lunes, 21 de noviembre de 2022

De infortunios y esperanzas


"El Bar de las Grandes Esperanzas", es una película con abundantes matices literarios, es palpable que detrás de la historia, la pluma de un escritor consagrado. Eso me pareció en un primer momento. A medida que avanzaba su proyección, en la cinta se iban desplegando algunas pistas que sin duda conducían a un virulento estilo novelesco, y en ningún momento su autor trató de disimularlo, todo lo contrario, lo dejó en evidencia, en frases como: "¿Sabes por qué Dios inventó a los escritores? Porque le encanta una buena historia. Y a él le importan un carajo las palabras. Las palabras son la cortina que hemos colgado entre él y nosotros mismos. Trate de no pensar en las palabras. No busques la frase perfecta. No hay tal cosa. Escribir es conjeturar. Cada oración es una conjetura educada, tanto para los lectores como para ti”.  

Además, estaba el hecho de que el bar se llama Dickens, lo que sin duda es un saludo para Charles Dickens y su novela ”Grandes Esperanzas", historia que guarda mucho paralelismo con el drama de la novela de Moehringer: El infortunio es la materia prima de la esperanza. En la novela de Dickens el protagonista es un niño llamado Pip, que padece todos los infortunios de un niño criado en la pobreza. En la de Moehringer, su protagonista es un niño llamado JR, que padece el infortunio existencial de querer pertenecer y sentir que no pertenece a nada, ni a nadie. Al final de la película esperé con atención que aparecieran los créditos de la película. Y enm efecto, el Bar de las Grandes Esperanzas, como se tituló la película en español, cuyo original en inglés es "The Tender Bar", era la versión cinematográfica de una novela de Moehringer, con tintes de las memorias autobiográficas de la infancia de su autor.

J.R es el apelativo del protagonista, igual al  de J.R Moehringer.  En la historia JR es un niño un tanto perturbado que vive en un hogar desfasado de Long Island, y que arrastra severos problemas de personalidad por haberse criado sin un hogar verdadero. Tras abandonarlo a él y su madre, ambos se ven en la necesidad de vivir en casa de los abuelos maternos. Obsesivo y maniático producto de una crianza inestable, con una madre neurasténica que siempre parece estar al límite de la cordura y de su existencia, JR atraviesa el vía crucis de su infancia.

Sus abuelos maternos son un par de viejos decadentes como todo el ambiente que los rodea, que no han logrado superar el menoscabo de sus cuerpos que les ha traído la vejez y, una creciente depresión por el sin sentido que encuentran en una vida que les señala el camino a la muerte-; es una casa donde hay todo un desfile de situaciones y personajes paradójicos, entre ellos destaca el Tío Charlie -coprotagonista-, quien funge como una suerte de reivindicador de la vida turbia de JR. El tío Charlie es el dueño del Bar Dickens, lugar que se convierte en el en el centro del peregrinaje existencial de JR, y es el portador de la voz y opiniones sensatas con la que trata de darle un sentido de verdadera existencia a JR.

En el Dickens JR, trata de responderse todas las preguntas que se ha hecho sobre su padre, de quien sólo sabe que trabajaba en la radio y que era una suerte de locutor y DJ, venido a menos. Su padre es el fantasma que lo habita, una voz que JR trata de atrapar de manera infructuosa explorando las emisoras el dial, sintonizando una radio tras otra. 

Pero es en el Dickens donde la vida cobra sentido para JR, tratando de encontrar las respuestas para la vida y sobre el hecho de ser hombre. Preguntas que tratará de responder escuchando y observando la gama de personajes que frecuentan el bar. Sobre todo hombres que le sirvan de referencia de ese mundo exterior y desconocido, eso que nombran allá afuera, o en la calle, que nunca  marca con precisión un lugar que se sepa exactamente dónde está, sino que es una especie de metáfora para nombrar la experiencia de vida, la sumatoria de la existencia, JR es un niño que trata de responder su relación con su mundo y descubre que sólo lo puede hacer desde la literatura, y a partir de allí fabrica su mayor sueño, llegar a ser escritor.

Es su tío Charlie quien lo alienta a seguir, quien trata de convencerlo de que está obligado a mirar más allá, de las cuatro calles del pueblo, y  le repite una y otra vez  que el verdadero éxito está fuera del Bar, lejos de todos ellos y lo que representa el poblado de Manhasset, que es el lugar donde viven y donde parece que el tiempo está en una burbuja, apartado de la realidad real. La vida de JR puede resumirse en la de un ser que vive en el desamparo, el desamparo de hallar una familia, un hogar legítimo, un sentido de la vida, y eso lo encontrará en la literatura, sabe que los personajes literarios están hechos de otra sustancia  

De Moehringer se ha ponderado su estilo de escribir biografías, sin duda es un periodista con una particular manera de escribir biografías dado su estilo narrativo que trae como estandarte un Premio Pulitzer. Una de sus técnicas es colocar a los lectores frente a textos con matices literarios que demuestran un profundo conocimiento de la estructura de los "tempos" de la prosa y de sus efectos que en conjunto suman un estilo excepcional ¿Cuál es la receta secreta de Moehringer? 

Simple, Moehringer escribe las biografías como si fueran crónicas periodísticas, con todos los recursos que implica escribir este género: primero, saca al historiador de la mesa de trabajo. Segundo, se queda a solas con el periodista. Tercero, invita al literato; así comienza el juego de la prosa, donde ambos, periodista y literato, se mecen por los aires como un par de trapecistas haciendo piruetas y saltos, mostrando lo mejor de su arte, el de volar sin alas, lo que pone de relieve con un tono novelesco que le permite hacerlo escribir la historia dentro del género más antiguo del lenguaje escrito, la crónica. 

En esencia ese es el esquema que predomina en las biografías de Moehringer, el resto como dijo J.L. Borges es literatura. Su estilo narrativo es postmoderno, en pasajes pareciera cercano al de Paul Auster, como exponente de esa técnica donde el escritor no deja en evidencia su intención al escribir, sino que la historia parece tener vida propia, fluye por sí misma. Técnica narrativa derivada de la de Anton Chejov, fabricar escenas cargadas de simplicidad, soportadas en una narrativa de la imagen, que discurren cuadro a cuadro a cuadro -tal como lo aconsejaba Tom Wolfe-, y el revestir a sus personajes de una naturalidad y sencillez hasta convertirlos en seres imprescindibles e inolvidables. 

En la novela clásica los personajes principales suelen ser representaciones de arquetipos, aunque presentados como individuos normales, los atributos de sus actuaciones están cifrados en una excepcional exhibición de virtudes, o bien marcados por el destino del héroe y la aventura -algo que los coloca más allá de la condición humana común-; sino se construyen desde el extremo de la maldad y la cobardía.  Siempre todo gira en torno a resaltar los rasgos del ancestral antagonismo entre los representantes arquetípicos del bien y del mal: el héroe, el villano, el santo, el malvado, el justo, el usurero. La novelística de Moehringer rompe con esos arquetipos -responde al esquema de la narrativa postmoderna-, el mismo concepto lo extiende a las biografías, la realidad real es la norma que prevalece, ante la que el lector se siente que es una parte extendida de su cotidianidad, como si ocurriera en el vecindario de al lado.

domingo, 13 de noviembre de 2022

 

El Miranda infinito de Carrillo


Mi nombre es Julio César Carrillo dijo el hombre a manera de presentación, cuando jaló la silla para sentarse en la mesa de la panadería donde yo tomaba café, con la lentitud contemplativa que a veces nos proporcionan las mañanas, un minuto antes había solicitado compartirla conmigo. Era un hombre nutrido en gestos humildes, vestía como las personas que con los años se han obligado a la vida sencilla, como si la merma de la juventud les produjera  una especie de  cansancio o hastío que les impidiera  transitar por los pasillos de la elegancia. Su rostro curtido hablaba de su pasado, de faenas del campo de sol a sol, y evidenciaba el desgaste bondadoso por las agujas del tiempo. Hablaba con un entrañable acento guaro que me recordó las viejas voces de algunos pobladores de mi infancia, de los valles del Turbio y de la tierra  rojiza de Quíbor. Tengo 72 años, acotó, en algún momento de nuestra conversación, con un gesto en el que se mezclaban ingenuidad y timidez y que comprendí lo había acompañado siempre. 

Julio César despachaba con fruición un enrollado dulce que mojaba dentro de su taza de café, entretanto yo atendía una llamada telefónica, en medio de la cual  pronuncié  la palabra ambigüedad, lo que bastó para que una vez que colgara el teléfono, mi  improvisado compañero de mesa me preguntara, disculpe doctor, pero esa palabra ambiguo a qué hace referencia exactamente. Sentí que esa pregunta  no venía sola, y que detrás de ella se escondía un puente de palabras, pero a esa hora yo le hacía fintas al aburrimiento, así que no esquivé su pregunta. Aunque primero fue necesario aclararle que yo no era ningún doctor, para luego derivar un poco en el carácter indeciso de la palabra ambigüedad, tan escurridiza como un pez en el agua. 

¿Si Usted no es doctor entonces que es? Preguntó. Periodista y escritor, le dije. A Julio César se le iluminó el rostro con el brillo sustantivo de esas miradas que sólo son posibles en las personas que se han dedicado a descubrir el mundo por sí mismos, sin jamás haber pisado una escuela. "Yo apenas estudié hasta segundo grado -esa frase la enarboló  con una amplia sonrisa que se dibujó en su cara con orgullo-. No tengo familia, sólo tenía mamá y murió cuando yo era muy pequeño, antes de morir ella me regaló a la familia de la finca donde trabajaba y ahí me crie solo. No se nada de nadie, nada, ni de papá, ni de hermanos, ni tíos, primos, nada". Tras escucharlo entonces entendí que ese lector que se había formado en Julio César -quien me confesó que su único tesoro eran sus libros- había fabricado al  escritor como quien diseña un artificio para que lo acompañe en la vida.

Nunca me casé, dijo, aunque compartí con muchas mujeres al final me quedé solo. Una vez le cortaba el cabello a un cliente -porque yo soy barbero de profesión-, a un doctor como usted, era psicólogo, y le pregunté a qué se debía eso, y él me respondió que esa era una opción de vida. Hubo una pausa de silencio, ambos nos concentramos en nuestros cafés. Me sentía escrutado por su mirada curiosa, como quien observa algo de su interés desde un horizonte lejano.
"Pues mire doctor ya le dije que soy escritor y quiero publicar un libro, insistió Julio César, a quien tras reiterarle mi protesta por su insistencia de colocarme el título doctoral, que además pronunciaba con cierto acento pantagruélico, convino en decirme, bien tranquilo si usted no lo es no importa, pero usted para mí será el doctor. Eso me lo dijo de manera llana, como si sus palabras estuvieran sincronizadas con la forma en que estaba sentado en la mesa, con los brazos alrededor del plato, un gesto afable que invitaba a la confidencialidad. 
"Yo aprendí a leer y escribir a los cipotazos, pero para mi leer es lo que más me gusta en esta vida, y digo lo mejor que me ha pasado; llevo más de veinte años escribiendo, cosas de aquí y de allá, tiempo en el que he colaborado con portales de opinión en internet y como articulista de periódicos y en algunos semanarios. Pero desde hace quince años que estoy escribiendo un libro sobre Francisco de Miranda, de ese libro es que quiero hablarle doctor -dijo- de ese tengo más de setenta páginas escritas".

La sola mención de Miranda, hizo que ambos nos extendiéramos en nuestras respectivas impresiones sobre el personaje más genuino de la historia venezolana, y que sobresalía de los otros porque era un universo en sí mismo. "Tengo veintidós libros sobre Miranda, entre ellos varios de su diario personal la Colombeia." Eso nos bastó para seguir prolongando el diálogo de esa mañana, adentrándonos en ese laberinto de vida que es Miranda. 

Sin embargo, cuando nombró la Colombeia, no pude dejar de hacerle la observación de que yo tuve 27 tomos de ese diario. Dado que en mi época de novel reportero en Caracas, me tocó hacer la cobertura noticiosa de la Presidencia de la República, y descubrí que ese Despacho tenía a su cargo la publicación de la Colombeia, la recopilación de los diarios de Francisco de Miranda recuperados por la Nación en una subasta en Londres. Hasta la fecha que yo hice el recuento se habían editado 27 tomos que se estaban distribuyendo a las bibliotecas del país y en ese entonces logré que me donaran una de esas colecciones.  Esos libros no creo sean muy comunes por aquí -dije-, y le acote esa Colombeia se la había regalado a un amigo hacía unos años cuando me fui a vivir al exterior. 
-¿Dondé la consiguió ? Pregunté-. 
-Mire doctor son quince tomos y me los regaló un vendedor callejero de libros usados -respondió -, de esos que están por las aceras, quien viendo mi interés en esos libros cada vez que yo pasaba por ahí, un día me dijo llévate esos libros chico, pesan mucho para yo estarlos llevando y trayendo, además nadie me los va comprar.  Eso sí, te los regalo si te los llevas hoy mismo, te los doy porque esos me los vendió un carajo por tres lochas.
-Y usted los ha revisado bien -pregunté. 
-Están como nuevos -contestó Carrillo. 
No sé porque en ese momento pensé que esos eran mis libros, y que mi amigo se había visto en la necesidad de venderlos por alguna crisis económica transitoria; y le pregunté a Carrillo, sino se había fijado si esos libros tenían algún sello con el nombre de alguien en alguna parte.
-Déjeme decirle que sí doctor,  abajo en el lomo, tienen un sello con el nombre de Douglas González.
-Esos son mis libros Carrillo -le dije-,  yo soy Douglas González.
-No puede ser. Yo tengo los libros que eran suyos doctor, los que usted le regaló a su amigo?
-Sí Carrillo, al parecer él prefirió venderlos que leerlos, frase que no pude evitar fuera acompañada por una risa sonora.
-Qué tipo tan loco -dijo Carrillo viéndome con asombro-, lo que botó para la calle fue oro puro.

El saber que tenía unos libros que alguna vez fueron míos le amplió la brecha de confianza a Carrillo, quien me expuso, "mi historia de Miranda es distinta, es poética, a veces relata historias pero siempre desemboca en lo apologético". 
Imaginé el estilo de Carrillo, lleno de alabanzas, con visiones de héroe homérico sobre Miranda, en medio de un verbo vehemente, dando cuentas de todas las acciones del generalísimo. 
-Por eso le digo doctor, mi  Miranda es distinto -dijo-, no se parece a ninguno; es una exaltación, un canto donde trato de recoger todas las imágenes existentes en la conciencia nacional sobre el precursor de la independencia.
-Entiendo muy bien lo que usted dice -respondí.

Me enseñó un par de libros que según él eran reveladores sobre Miranda y que cargaba atajados en una carpeta llena de papeles. El correr de la mañana fue disipando el diálogo poco a poco hasta que nos despedimos justo cuando Carrillo terminó su café.
 
Lo vi perderse al fondo de la calle de su cotidianidad con su carpeta bajo el brazo llena de trazos de su biografía infinita sobre Francisco de Miranda, escrita por ese entusiasta poeta en el que se había convertido, quien partiendo desde lo elegíaco había encontrado el único lenguaje que podía remitir la grandeza del héroe que tanto admiraba, "desde la poesía de voz encumbrada, única manera de escribir algo a la altura de ese personaje tan universal", como el mismo me dijo. 
Estoy seguro que día a día la poesía de Carrillo irá sumando versos y metáforas en su quehacer de reconstruir con el lenguaje de los dioses la vida de Francisco de Miranda, el americano más universal .

Douglas González  ©copyright

domingo, 23 de octubre de 2022

 Vivir con un escritor 


Por: Gloria Hidalgo 

Hace más de treinta años conocí a  un joven  que poseía  sueños, miradas, poesía y mucho talento,  estaba inmerso en las hojas de sus libros al punto de confundir su propia vida con la de las historias que lo enamoraban cada noche, así un día podía estar en la piel y  de forma fiel en Martin Romaña, o  vestirse totalmente de negro un domingo por la tarde y poder sentir todo lo que podía transmitir Cioran o cualquier otro poeta que estuviera entre sus manos, cada palabra y cada gesto suyo estaba impregnado de metáforas,  pero no solo eso pasaba, también podía suceder que se quedaba  en silencio pensando para luego escribir de forma frenética durante horas sin poder yo dirigirle la palabra pues podía perder el hilo de sus pensamientos.

Libros, autores, librerías, cajas y más cajas de libros eran su mayor tesoro, travesías infinitas de búsqueda de un título, el olor de un libro,  un autor  especifico, podía pasar horas y horas buscando, dejándose guiar por su instinto hasta encontrar lo que buscaba, eso nos podía llevar incluso días en las calles de Caracas, hasta llegar a convertirse en un verdadero placer tanto para él como para mí, amar a un hombre que ama la literatura y la vive es vivir en una eterna aventura, ver las fachadas de las casas e imaginarnos la vida de los que habitaban adentro eran uno de nuestros entretenimientos preferidos.  Así podía yo tropezarme en la mañana con Juan Rulfo a la orilla de mi cama, o con el queridísimo  Gabriel García Márquez y hasta sentir que estaba tomando café en Macondo con alguno de los Buendia. Mario Benedetti también me acompaño infinitas veces con una copa de vino en la voz de mi amado, Milán Kundera con su insoportable levedad del ser, el embarazo de mi hija Oriana fue acompañado del Hobbit de Tolkien, amé a Octavio Paz con sus poemas solares,  y así mientras me enamoraba me  iba empapando dulcemente de cultura literaria, un poquito aquí, un poquito allá, algunos muy densos para mi gusto, otros adorables como mi Bryce Echenique y Virginia Woolf y la inolvidable Tregua de Benedetti.

En fin vivir con un escritor no es tarea fácil, muchas veces la realidad los derrota, la cotidianidad y no les queda otra cosa que volver a sumergirse entre sus libros, sus talismanes dorados para volver a tocar tierra y tener ese equilibrio que solo la magia de la literatura les devuelve, para un hombre que ha nacido para escribir su cueva debe oler a café, a silencio, a miradas delicadas y pies descalzos para no perturbar sus pensamientos y dejarlo volar con libertad. 

Amar a un escritor es escribir cada día la vida, él la mía y yo la suya.

domingo, 9 de octubre de 2022


Annie Ernaux un Nobel en blanco


Unas semanas antes de  la premiación del Premio Nobel de Literatura recayera en Annie Ernaux, supe de ella porque su nombre figuraba entre los candidatos favoritos para recibir el galardon. Cuando repasé el argumento para su selección, me encontré con lo mismo de siempre, su valoración ideológica por la lucha de la mujer y que su obra es un retrato minucioso que recoge los imperativos de la vida a los que está obligada enfrentar la condición femenina. Factores suficientes para armar una ecuación, cuyo resultado es: feminismo militante y todo lo demás que esto trae consigo. Ernaux no propone nada nuevo, ella responde a ese esquema de escritores que tiñen su obra con la reivindicación social que con tan buen beneplácito suelen acoger los encargados de otorgar el reconocimiento "máxime" de las letras.

De los candidatos al Nobel este año, sólo tres -en mi opinión- poseían una obra con el suficiente nivel literario y con la categoría estética, con atributos genuinos y excepcionales de ingenio. Ellos son -y los citaré en su orden jerárquico-: Milan Kundera, Thomas Pynchon y Haruki Murakami. Cada uno con una obra meritoria y trascendental. 


Sin embargo, todo indica que en Estocolmo perdura la superstición de premiar ideologías y no literatura. Annie Ernaux suena a eso, se intuye desde un primer momento y se comprueba al leerla. Además no es necesario leerse libros completos de la autora, se puede hacer una lectura fragmentaria de algunos textos. Es el mismo método que practican los miembros de la Academia para hacer su votación. Algo que salió a la luz con el cuestionado premio a Bob Dylan,cuando uno de miembros del Comité -tratando de lavarse las manos- declaró que no sabía a ciencia cierta por quién había votado en esa ocasión, no tenía idea de quién se trataba, porque dos semanas antes de la votación fue que el Comité de postulados le entregó una carpeta con un resumen curricular del autor, algunas trozos de poemas y canciones, y en base a eso fue que él realizó su votación. 

El Nobel de Annie Ernaux, es prueba de que ser un genial escritor no basta para recibir el Premio. Ernaux es sin duda una destacada escritora, profesora de literatura, dedicada al quehacer narrativo, y con un alto nivel que la ha llevado a publicar más de una veintena de libros a sus 82 años, y goza de un nutrido grupo de lectores en toda Europa, pero de ahí a ser encumbrada con el Premio Nobel, hay una gran distancia, su obra no está a ese nivel.

Su estilo está sobre marcado por la palabra innecesaria y redundante, desluce al tratar de reproducir la realidad en la escritura como si ésta fuera una fotografía, que al final nos deja una imagen muchas veces desenfocada. Su prosa sobreabunda en el uso del recurso de la descripción lo que hace que luzca mecánica y aburrida y su narrativa en momentos se torne superflua y desabrida. Suele ser reiterativa con incursiones en la palabra plana, vecina, puerta a puerta, del lugar común. Hay páginas de sus textos que son como escalar una larga escalera, o el contar los ladrillos de una gigantesca pared. En líneas generales su lectura resulta pesada y monótona, y a veces termina frente a un desierto de metáforas.

Premiar literatura es un compromiso mayor, no estamos hablando de un premio al mejor diseño arquitectónico, modelo de auto, o de casa, No. Es un premio a lo más íntimo de la imaginación humana, donde se duplica la existencia, el ámbito desde el cual se crea la conciencia de ser, el conocimiento hombre-mundo y que inaugura nuevas posibilidades del sueño imaginativo. Donde se otorga el poder de la imaginación para confabular contra la realidad legitimada, como ya lo dijo Vargas Llosa, en toda literatura hay un deicidio. Es la llave que abre las puertas a la fascinación y la fantasía. Aristóteles aseguraba que leer, era no sólo una forma de educarse, sino de procurar mejores hombres. Educarnos en el valor de elegir, leer es enfrentarnos a universos comparativos, a puntos de partida del pensamiento crítico. 

La obra Kundera, Murakami y Pynchon poseen una literatura que ya trasciende en el tiempo, y en ese devenir, llegado el momento en la posteridad, podrán prescindir de que se hayan ganado o no, el Premio Nobel; se convertirán en clásicos por sí mismos, sin importar ese galardon, como lo es la Ilíada de Homero o la Divina Comedia de Dante. Caso contrario de la señora Ernaux, cuya narrativa de seguro quedará almacenada en los anaqueles de un hecho histórico, o un mero recuento estadístico, que no logrará la estatura de "clásico". Ernaux es una buena escritora, conoce bien su oficio. su temática es escribir sobre la vida común de manera común, sin mayor esteticismo y muchas veces lo hace desde el lugar común de todas las cosas, sin la originalidad que exige el arte.

Escribir es un acto estético, por eso la literatura comprometida fracasó al nacer. Lo literario responde a lo artístico y como tal debe permanecer alejado de los entuertos de las ideologías,  las militancias y  cualquier otro dogma errático. Hay algo importante que se viene perdiendo en el análisis literario, el papel del lector que viene a ser una estructura ausente y a la vez extensiva del texto, ¿quién lo lee?, sabemos que ese lector llega al libro con la mente confusa convertida en una torre de Babel, fragmentada por una realidad acuciante. ¿Se va a incrementar su confusión narcotizando su tiempo de ocio con una lectura con tendencia ideológica?

Para que un texto se nutra y se rehaga bajo la mirada del lector, debe ser libre, imperativo y abierto a esa posibilidad. No tener ninguna otra finalidad que la búsqueda del conocimiento y el placer estético. ¿Qué más requiere el lector para eso? Una lectura que le permita alcanzar un estado de autoconciencia racional que para algunos autores obedece a una conciencia mística, en la relación lector-libro. Para ello la condición sine qua non es prescindir de las influencias externas, y alcanzar la libertad plena, espacio donde se libera el texto y quien hace su lectura.

Hay un hecho indudable, el Premio Nobel de Literatura está secuestrado, vive encerrado entre las cuatro paredes levantadas por las ideologías, a veces como que lo dejan salir al patio para tomar aire y se dan premiaciones acertadas como la Mario Vargas Llosa en el 2010. Sin embargo, en su aparente cautiverio se han otorgado las más extrañas e infrecuentes  premiaciones. Repasemos las más desacertadas que como arena en el desierto lo han opacado en los últimos diez años: en el  2011 se premió al psicólogo y poeta sueco, Tomas Tranströmer, calificado como un poeta sin brillo, una premiación para congraciarse con los de casa, sin duda, Tranströmer era sueco.  

El 2012  fue el año del disimulo con el escritor chino Mo Yan, un intelectual muy vinculado al Partido Comunista chino, próximo a Xin Jinping, actual presidente de China. Yan es autor de una obra opaca, un premio que fue calificado como un gesto de relaciones públicas con el Comité Central de Pekín.

En el año 2016 vino la hecatombe con el de Bob Dylan, un premio a la falacia, quizás un consuelo para esa intelectualidad norteamericana promotora de hogueras de vanidades, Dylan no es un escritor ni mucho menos. 

En el 2018, le tocó el turno a Olga Tokarczuk, una poeta promedio, aunque mejor ensayista, de nacionalidad polaca, dueña de una obra sin mayor vuelo, en la que transita el mismo sendero de la reivindicación femenina de Annie Ernaux, partidaria de la izquierda, ecologista, defensora de los derechos humanos y de las comunidades vulnerables como la LGTB.

En el año 2019 la mala racha del Nobel se extiende y concede el Premio al reaccionario de ultra derecha, y señalado simpatizante del movimiento nazi, y todo lo que suene a ser un conservador europeo, el austriaco Peter Handke.  

En su momento el Nobel se le negó a escritores que hoy en día, no sólo forman parte del canon literario, sino que están entre los clásicos, Franz Kafka, Marcel Proust, James Joyce, Virginia Woolf, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier y Juan Rulfo. 

El Nobel ha comenzado su desaparición como referente de la alta literatura, y con el se derrumba el tinglado que promovía de cara al mundo que dicho galardón era entregado por la calidad literaria del autor, y no por motivaciones subalternas, como la política, tal como ha demostrado ser.

Al Nobel se le acabó la credibilidad, aquella vieja costumbre que desde Estocolmo se establecía quienes formaban parte del canon literario y quien no. El Nobel ha acabado como la fábula de la serpiente que terminó por morderse su propia cola, hiriendose de muerte a sí misma; aunque aún pueden faltar algunos excesos como que se lo otorguen a escribidores como Paolo Coelho o Walter Riso. El Nobel se convirtió en un viejo barrigón y permisivo que bambolea una copa de cognac en la mano, y que ha convertido su oficina en una plataforma de relaciones públicas, para eso quedó.


#annieernaux

#premionobelenblanco

#premionobelsecuestrado

#premionobelalaideologianoalaliterarua



miércoles, 5 de octubre de 2022


 Este día que quizás fue ayer



Para Gloria, la musa

Este día que quizás fue ayer es un día tan efímero que de haberlo pensado no valdría la pena haberse despertado en él, muchos menos salir a sus calles, caminar bajo su sol, ni junto a su gente, ni mezclarse con las voces que vinieron con él.

Este día es tan corto que pudiera caber en los cinco mililitros de una inyectadora, como si vaciar una ampolla de tiempo se tratara. Es un día en que el cielo ha descendido de su distancia, para posarse más cerca de nuestras  cabezas, con su encapotado de grises tremulantes. Es un día tan angosto como un túnel, que no permite artilugios, ni siquiera me atrevo a sacar los que hay en el cuento que llevo bajo mi brazo.

Este día que quizás fue ayer, voy camino a la oficina de correos donde espero una carta para mi, si es que mi nombre ha logrado colarse en la secreta permutación de los milagros. Llevo el cuento conmigo como si él pudiera servir de testigo en la búsqueda de noticias que lo hagan vivir, en otras palabras, ajenas y confesas de lejanas distancias, fuera de las mías.

En la oficina de correos me informan que no hay correspondencia para mi; ni un delgado sobre a mi nombre. Pero se equivocan, junto al dorso de la puerta destaca un cartel de color sepia amarillento con grandes letras marrones que anuncia a los ganadores del esperado concurso literario. Es la noticia que espero, pero que llegó en sobre abierto, sin destinatario, público. Con vano afán busco entre sus nombres mi nombre propio, pero la lista está vacía, evanescente, como la tarde que ya no existe.

Este día que quizás fue ayer, mi musa y yo hemos quedado sin notificación alguna. Ni primero, ni segundo, ni tercero. Ningún lugar. Regresamos sobre nuestros pasos anónimos, ahorrando cada uno de ellos, porque no sabemos cuántos nos han dado, y mucho menos cuántos nos quedan por andar. 
Volvemos a nuestro laberinto antes de que alguna nostalgia acabe con este instante de dos horas. Vamos de prisa esquivando las gotas de lluvia que todo lo van salpicando; meto mi mano bajo el abrigo, palpo el cuento y por el momento eso me basta.

Es mi secreto premio personal ignorado por ella, y es escribir sólo para sus ojos; ella, quien siempre está aguardando para desnudarse en cada rincón de mis palabras. Sabiéndome guardián de este secreto le doy nuevos ánimos a su mirada triste, y así seguimos haciendo camino tomados de la mano, ella, musa de cada minuto y yo, escritor anónimo intentando escribir algo que pueda retenerse en las formas del viento, de la tierra, en el agua, este día de hoy que quizás fue ayer.

©Copyright. Douglas González



lunes, 26 de septiembre de 2022

 

¿Qué tal les va en el paraíso de los cerdos? (Cap I)




Una sombra que se pavonea y se agita por 

un momento sobre el escenario…y desaparece. 

William Shakespeare




1

Llevaba así más de una hora, acostada en la cama ensimismada con la nada de sus pensamientos, con los ojos pegados al techo. De su boca salió un largo bostezo, señal de que no tenía motivos para seguir en esa posición, pero tampoco con su existencia. Se volteó hacia un lado y alargó su brazo hasta la mesa de noche, apartó el tomo de antología de poesía inglesa del S. XIX, y agarró el ejemplar de una vieja novela policial, usada hasta el desgaste que compró  a la salida del Metro. Empezó a leerla como si se tratara de un acertijo, y en su mente pasó lo de siempre cuando leía una de esas historias que llamaban del género negro por el tratamiento poco amable que sus tramas suelen darle a la vida y a las esperanzas. Pensó en New York, la mítica urbe, porque era sólo ahí donde era capaz de imaginar la trama de novelas como esa. New York era la ciudad de sus incógnitas, protagonista de sus ficciones. El hogar de Superman, metamorfoseada en la Ciudad Gótica de Batman y perpetuada en los rascacielos que son una especie de vía libre para Spiderman. En fin, la dueña de todas las metáforas con que la imaginación viste a la fantasía de ciudad. Para descubrir a la verdadera New York hay que verla dos veces, primero con los ojos físicos, y luego con los de la imaginación, sino jamás revelará su verdadero rostro.

Abril 11. 10:45 pm.

-¿Has encontrado algo en el carro del sospechoso?

- Nada. Revisé todo el coche, está lleno de manchas por todos lados.Pero encontré esto en la guantera -mostró un pequeño frasco de vidrio-, creo que es nitroglicerina, pero no estoy muy seguro.

-Pues llévalo al laboratorio y que lo examinen.


Las calles de New York habían estallado en su mente como un calidoscopio de mil colores que empujaba su necesidad de estar allá, y no a más de tres mil kilómetros de distancia donde se encontraba. Sintió lo que en la antigua Babilonia nombraron como el principio del anhelo: entra por los ojos, luego se apodera de la mente y después como un torrente de agua se riega por todo el cuerpo la impostergable necesidad de estar en ese lugar que se desea y no, en ningún otro.

Pero esta vez su deseo iba más allá, porque deseaba estar entre las páginas de esa novela desde que leyó la primera frase. Por eso le pareció revelador apenas abrió el libro encontrar aquellas líneas que parecían haber sido escritas como un mensaje secreto de las sibilinas para ella.


Solía entablar una especie de soliloquios en los que trataba de explicarse sus estados emocionales y las ideas que venían con ellos, los llamaba dosis de autoconocimiento, y se adentraba en esa ruta de preguntas y respuestas como quien recorre un largo camino internado en el bosque.

¿Al despertar en las mañanas has pensado qué historias, hechos han pasado en las calles mientras tú dormías? -Leyó en el libro. Esa frase le quitó las últimas trazas del sueño de un sobresalto-. Tal vez no lo hagas, quizás procedas de la forma más simple como lo has hecho hace un momento, buscas una novela de crónica roja o negra policial, la abres como esta mañana, y empiezas a leer relatos sobre personas y cosas -enlazadas en una ficción-  vinculadas a eventos que en realidad no han pasado, porque todo existe sólo en tu imaginación.”, pero seguirás adelante acosada por la sed de fantasías, porque esas lecturas te conducen a una suerte de delirio catártico, capaz de liberar tu conciencia de la bestia urbana que llevas por dentro, herida por la inacción conservadora de tu vida, pero que arrastra tu pensamiento con su inquietud, navegando tus emociones en ríos de adrenalina que las hacen indetenibles.


Cerró el libro, entrecerró los ojos y se quedó pensando en esas últimas palabras que se hicieron presentes dentro de ella y que se le estaban devolviendo como un bumerang, que le atravesaban la conciencia con la fuerza de un huracán. Estiro su cuerpo para liberarlo de la flojera y continuó leyendo.


Atención a todas las unidades…el sospechoso del tiroteo es un hombre americano, de 1,75 de estatura, setenta kilos de peso, cabello castaño, rasgos corrientes, lleva bigote. Repito,

atención a todas las unidades…


Pero su pensamiento no le daba tregua, resultaba invasivo: Esa tu necesidad, no es algo que te pertenezca en exclusiva, a todos nos viene desde tiempos antiguos, los romanos tenían toda una industria de la adrenalina en el Coliseo. La diversión era ver como las fieras despedazaban a los condenados. Saltaban y gritaban, apostaban y se felicitaban unos a otros, ante cada ataque, cada miembro desprendido de cada una de las víctimas; uno ganaba, otro perdía. Era toda una celebración que la arena estuviera llena de jirones de carne arrancados por las garras de leones, tigres y hienas hambrientas, en medio de los charcos de sangre vaciados de los cuerpos muertos. 

Es cierto, mirar es genial. Observar la vida a través del ojo de la cerradura. Pero pasan los días, uno tras otro, y no te sucede nada ni siquiera parecido, así que empiezas a pensar que esas cosas solamente suceden en los libros, no en la realidad.  Y punto.

Quizás eso sucede en este preciso momento que tienes el apetito del morbo disparado por llenar tu inconforme y puta vida, atiborrada de hastío con detalles ilustrativos del bajo mundo donde deambulan las mentes enfermas, si porque el bajo mundo no comienza con un boceto arquitectónico, sino con una mente errática, llena de sentimientos underground, desde donde enarbola la lírica de la desgracia ¿Asombroso verdad?, violencia y asesinatos en todos sus matices, dolor y vidas partidas. Pero más asombroso es que leas sobre personas que ni siquiera conoces, o sabes si realmente existen fuera de tu recreada imaginación, y que mientras lees te mueras por las ganas de que esa vida que describe esa novela sea la tuya. No te conformas con las palabras que te hablan de ella, no. ¿quieres más? Bien es el momento de que lo vivas bajo tu propia piel.


Y ese era su punto, que su vida era tan simple y anónima como todos los que estaban al otro lado de la página y no dentro de ellas donde los personajes tenían su propia vida, habitaban una dimensión. Continuó leyendo el libro.


Redada: A la Jefatura de policía fue llegando un gran número de sospechosos, los agentes revisaron hoteles, casas particulares y otros edificios en un radio de 10 kilómetros cuadrados de la escena del tiroteo. Todos los coches y hombres que estaban disponibles participaron en la redada, el margen era cada vez más estrecho, hombres que volvían de una cita o que llegaban tarde de una fiesta o de una partida de pocker se vieron sorprendidos y llevados en un coche patrulla hasta la comisaría (...) el interrogatorio de los sospechosos fue riguroso, concienzudo y tedioso. Pero todo fue en vano, el hombre que disparó al agente Rowland no estaba entre ellos. 


New York provocó un efecto multiplicador en el interior de su conciencia, porque esas escenas de la gran ciudad convocaron a otras y estas a otras, y así en lo sucesivo, y cada vez que eso pasaba su percepción se transformaba en lo que ahora los chinos que creen que descubrieron el agua caliente, llaman “realidad ampliada” que no es otra cosa que desplegar la capacidad de los sentidos en su percepción de las cosas. 

En su caso lo hacía, agregándole nuevos detalles. Tuvo varios deja vu del tiempo que vivió en la ciudad, donde nunca fue una fiesta como aseguró Hemmingway de París, o Truman Capote del mismísimo New York, porque la ciudad de sus evocaciones estaba hecha de lo que ella hubiera querido ser y no fue, por eso su memoria estaba llena de esa sustancia que anula la realidad, los recuerdos, que siempre terminaban llevámdola de vuelta a la propia inconsistencia de lo imaginado. 


Pensar la ciudad la hizo sentir entre sueños y esto le alargó el sopor en su cabeza, y su mente surfeó entre las olas del adormecimiento. Había amanecido en medio de una oscurana, y se quedó en la cama imaginando que era de madrugada, se arrellanó entre las sábanas y cerró los ojos ignorando su voz interior que le gritaba que dejara de soñar, porque aquél día estaba obligada a despertar una vez más. 


El teléfono móvil destelló en la penumbra de la habitación al recibir un mensaje, ella aún con los ojos entreverrados vio la hora, las 7: 30 am, y aunque todavía estaba oscuro saltó de la cama; era tarde aunque afuera el tiempo seguía tan encapotado como si eternamente fueran las 6 am. 

Jamás volvería a fiarse del amanecer -se dijo- porque a veces, aunque parezca inverosimil- dejaba de cumplir su tarea de todas las mañanas: anunciar al nuevo día y despertar a millones de personas. Aunque también pensó que había una trama de misterio detrás de todas las cosas, y el llegar tarde ese día quizá era parte de esa trama, obedecía a un asunto del destino y no a la responsabilidad de las personas. Creía que el peso del destino era una cuestión ineludible, como pasa en el cuento del jardinero persa que le pide ayuda a su Príncipe, porque la la muerte lo ha amenazado y necesita le preste dos caballos para llegar a Ishapan lo más pronto posible, así la muerte no podrá alcanzarlo.

El Príncipe le presta sus caballos. Por la tarde se encuentra con la muerte, y éste le pregunta porque había asustado de esa forma a su jardinero. A lo que la muerte respondió, no le amenacé su Alteza, sólo le recordé que esta noche nos veríamos en Ishapan.


La policía estaba a la caza, pero no tenía un rostro definido, el asesino del agente Rowland, no era más que una descripción, la sombra de un hombre; misteriosa, inquietante, mortal que se escurría por algún escondrijo de la gran ciudad.


Salió a la terraza en busca de una toalla, miró el paisaje bajo el grueso manto de nubes, atravesado por tímidos rayos del sol que caían en forma perpendicular dibujando la imagen de una diadema que refulgía en el horizonte, como si se tratara de una corona celestial. Esa visión la conmovió, buscó en su recuerdo una música para esa escena, y pensó en el Adagio en Sol Menor de Tomas Albinioni, nombrada -a pesar de su naturaleza lánguida- la canción más hermosa del mundo. Le hubiese gustado tener su IPad a la mano y escuchar esa pieza mientras miraba aquél paisaje que sólo existía para ese momento.


A esa hora, deseaba que el día hubiera comenzado con las horas intactas, que no se le hubiera restado ni una sola por culpa del insomnio que le había sumado horas a la pesadez del sueño haciendo esa parte de la mañana más pequeña. El insomnio es el verdugo de la noche, la hace pedazos, como un vaso de vidrio cuando se estrella contra el piso, y la mañana la convierte en algo tan incómodo como caminar con una cánula metida en el trasero, que es como estar muerto sin estarlo.


De pronto se desataron los cordones del cielo y empezó a llover, pensó que aquel era un amanecer nacido bajo el signo de Piscis. Entonces entendió porque los piscianos sienten tanta atracción por el color amarillo, tratan de deshacerse del gris que llevan por dentro, y también supo porque siempre se deprimen los días nublados.


Sin huellas y sólo con una vaga descripción para seguir investigando, la policía volvió a emprender la búsqueda a partir del “modus operandi” del sospechoso.


Las primeras gotas de agua eran como grandes monedas que sonaban como proyectiles al chocar contra el suelo, miró y contó dos, nueve, después vino una seguidilla veinte tantos, cincuenta y pico, cieeeennn.., y perdió la cuenta, en lo que siguió una secuencia de incalculables splash, splosh, drip, drop, que como un tren que arranca se fue acelerando más y más; en menos de un minuto alcanzó  un “crescendo” que ensordeció a todos con su sonido de metralla. En menos de dos minutos ya caía un torrencial aguacero.


Apenas dejó de llover, se alistó con la misma velocidad que lo hace la chica que cortan en dos con un serrucho dentro del baúl de trucos del mago, y a los pocos segundos sale detrás de las cortinas del escenario enterita, vestida de otro color y sin un solo rasguño.


Se concentró en acicalarse, en su afán de andar sobria, la elegancia era su toque personal, su manera de marcar distancia de ese ambiente marginal donde vivía. Era como si mientras se vestía estuviera invocando un conjuro que le permitiera evadirse del entorno donde vivía. Salió y la calle la azotó con una cachetada en la cara. Ante ella aparecieron las fachadas empobrecidas, las casas de cemento crudo a medio hacer, los techos de zinc. Vestirse al estilo Givenchy no le bastó para evitar los pensamientos intrusivos de la miseria, atravesó las calles húmedas por la lluvia con los ojos heridos de decadencia. 

Con el mal presentimiento de vivir en su propia negación. De reojo vio al fondo el cerro, que arriba coronaba la desgracia, observó sus vías intestinales expuestas, un laberinto de tubos blancos y grises mal pegados de los que goteaban aguas negras por sus filtraciones, cargando el ambiente de fetidez. Al fondo, un largo tejido de empinadas calles y escalinatas armaban un empinado tejido de marañas que parecía subir hasta las puertas del cielo.


La trampa equivocada: La policía ubicó al dueño de la tienda de artefactos usados donde el asesino solía vender los artículos robados. Él aceptó servir de señuelo. Llamó al ladrón para decirle que tenía el dinero pendiente que tenía que pagarle. Pero el criminal percibió cierto titubeo en la voz del comerciante cuando llamó. suspicazmente acudió a la cita una hora antes de lo acordado, sospechando que era una trampa. En efecto comprobó que lo era. Se deslizó con sigilo dentro del local y sorprendió a los dos policías encargados de su captura. Los resultados cambiaron a su favor esa noche, los despachó a ambos, a uno lo golpeó en la cabeza con su arma y al otro le disparó y después escapó.


El Sol saltó en medio de las nubes, la mañana se puso tan deslumbrante que sus rayos caían como punteadas en la cabeza de los transeúntes. Caminó con paso acelerado hasta llegar a la avenida, en medio de un silencio absoluto, sólo se aseguró de llevar la mano derecha dentro del bolso donde sus dedos tenían agarrado su revólver Smith & Wesson calibre 38, Chiefs Special, al que se encomendaba para salvarse de todo peligro como si fuera el Padre Nuestro de cada día.

Al llegar al Metro la ciudad era un hervidero sofocante, el calor agobiante dejaba la sensación de estar dentro de una bolsa plástica puesta sobre el asador. LLegó a su destino, después de pasar cuatro estaciones, para salir tuvo que esquivar una jungla de malvivientes, a los sádicos y sus miradas morbosas, los roces indeseables de babiecos, la insistencia de los pedigüeños fraudulentos, charleros y cuanto perdedores de oficio vestidos de lo imposible que se encontró ahí esa mañana. A todos los vió por el retrovisor de la vida, y se tranquilizó diciendo a sí misma que de seguro eran parte de ese mundo lleno de imperfecciones que ella no inventó. 


Sintió un alivio al salir de esa ola de rostros, los más anónimos y feos que algún día podrían llegar a contar la historia de sus ojos, Angie Mollejas de 25 años, de los cuales cuatro malgastó viviendo en Nueva York soñando con la fama, comerciante, lectora voraz, y sin ninguna otra vocación, llegó a la Clínica Virgen del Valle en la avenida Casanova. Entró con su vestido rojo, con poco maquillaje en su cara y la boquita apenas pintada de rosa; llevaba un revólver en su bolso y un libro bajo el brazo, porque ella al igual que Teresa la protagonista de esa novela ”La Insoportable Levedad del Ser” del escritor Milán Kundera, anhelaba que el libro fuera el promotor de la conexión entre dos almas, la suya y la del otro capaz de descifrar el amor más allá del recipiente de su cuerpo, en el ámbito de la levedad que corresponde según la tradición platónica a las almas. Eran las nueve y media de la mañana de un día que se deslizaba, sin ninguna otra voluntad, que el de las agujas del reloj que son empujadas por el haz del destino.


Una luz blanca que pendía de una lámpara solitaria bañaba aquél pasillo con una luz anémica que le imprimía un matiz decadente. Esa visión le hirió el estómago a Angie quien se sentó al final de la fila dejando cuatro puestos entre ella y otros pacientes que estaban en turno de espera, tenía grima de estar allí, no quería estar cerca de nadie, sentía que de algo podía contagiarse. Era su tercera cita para un despiste de cáncer mamario. Se puso los lentes que rebuscó en su bolso, con el gesto de quien renuncia a su última realidad, sacó la novela, cruzó las piernas y continuó su lectura donde la había dejado la última vez.



La policía reunió veinticinco testigos, personas que habían sido atracadas, testigos de asaltos a tiendas, gente que vio al asesino escurrirse dentro de las cloacas de la ciudad. Así logró hacer un retrato hablado del criminal tan exacto que parecía una fotografía del sujeto; en ese momento se reveló el rostro del hombre más buscado de la ciudad de Nueva York. El retrato se repartió entre los trabajadores que iban de puerta en puerta; los del correo, los distribuidores de periódicos y los repartidores de leche, fue uno de éstos quien lo identificó como el hombre huraño y evasivo que vivía en la casa 106 de la Hogland Boulevard. Esa noche 37 agentes rodearon su residencia por los cuatro costados, pero el hábil criminal se fugó por el techo, tras ser perseguido fue acorralado y terminó enfrentándose a tiros con sus perseguidores y murió al intentar evadirse por la boca de una cloaca callejera, lo último que alcanzó decir fue “esos policías robaban lo que yo robaba”, y murió. Esa noche no hubo héroes, todos se fueron con un apartado silencio bajo el rugido nocturnal de una ciudad que nunca duerme.



Terminó de leer la novela y el cerebro le quedó en ebullición tenía la urgente necesidad de sentirse en acción, hacer algo definitivo, ir tras una aventura como los personajes de la nivela, como perderse en la ciudad, la Metrópoli como laberinto, el destino final del hombre, como lo retrata Edgar Allan Poe en El Hombre Multitud.

Paseó su mirada sobre el resto de los pacientes que estaban sentados en las sillas a cada lado del pasillo, catorce y con ella quince, en total que esa mañana malgastaban una fracción de su existencia vacía, tiempo cronometrado para el desecho.

Sintió que se quedaba sin aire, el ambiente estaba pesado, había poca ventilación y el pasillo era angosto, retiró el tapaboca de su cara y respiró profundamente, hasta llenar de aire sus pulmones, suficiente para eludir las ganas de salir corriendo de ese lugar. “Si tan sólo esto fuera New York”, pensó, y esas palabras quedaron rebotando en su cabeza como una pelota loca.


¿Cómo me pierdo en una ciudad que conozco?, se preguntó Angie, mientras evaluaba cómo sería eso ¿ebria o drogada?, tal vez sería posible, ¿de qué otra manera?, porque todos nos perdemos en lo desconocido, algo obvio, banal y poco interesante, aunque el no conocer es una forma de perderse.

Pero ella lo pensaba de otro modo, era un perderse conociendo la suma exacta de todas las cosas: cada letrero, el número de cada calle y sus cercanos callejones, el volúmen de los transeúntes a cada hora del día, el lugar de los kioscos y las tabernas, el nombre de las esquinas, los bomberos, las tiendas en cada cuadra. Las avenidas largas, las que suben y las que bajan. El número de puentes y su ubicación, las paradas de bus; los recorridos del Metro, las vías donde no está prohibido girar en U, la estación de policía, los bares y los restaurantes, el lugar de cada quiosco, el número de plazas y parques, el hospital. En fin la ciudad entera, eso sí sería perderse de verdad, y hacerlo como un acto heroíco. 

Sin embargo, ese perderse implicaba no tener a nadie a quien preguntarle dónde estoy, o por dónde regresar, es como ir rebotando de un lugar a otro en sentido errático, como una bolita en la máquina de Pinball. 

Sin embargo, no estamos solos, ni podemos estarlo porque somos multitud, un punto de su tejido, y ahí radica la trampa, pensar al individuo y desconocer la multitud que lo sumerge.

Además estaba lo otro, perderse en una ciudad que ya conoces es evadirse, romper las cadenas, pero sería temporal; porque existen los apegos, las lealtades, el deber ser, y cada una de estas instancias de nos remiten a la apelación, al memorial que son formas de suplicarle al pasado que nos abra las puertas para volver. La evasión real es la muerte, la huida legítima.

©Copyright. Douglas González