viernes, 20 de febrero de 2026

 ¿Quién no recuerda a Lorena Bobbitt? 

Castró a su marido por venganza


Aquello sucedió el 23 de junio de 1993, un día que amaneció con los atributos de las soleadas mañanas veraniegas en la región de Virginia, en la Costa Este de los Estados Unidos. En las emisoras de radio retumbaba el tema "What´s Up" del grupo 4 Non Blondes -hoy considerado un clásico del rock alternativo-, cuya primera estrofa se convirtió en el himno de toda una generación: Twenty five years and my life is still trying get up that great big hill of hope for a destination; canción que causaba una verdadera efervescencia que a esa hora hacía burbujear el ánimo de la audiencia norteamericana. 

Mientras en las cercanías del condado de Prince William, un hecho atroz recorría como pólvora encendida la ciudad: Lorena Bobbitt, hasta entonces una desconocida camarera de un restaurante, se había entregado a la policía tras confesar que le había cercenado el pene a su marido mientras éste dormía, en venganza porque la maltrataba y violaba sin piedad. 

El hecho que ocupó los principales titulares de prensa del día, convirtió a Lorena Bobbit en la mujer más famosa del mundo.

Una historia como el caso de Lorena Bobitt, es un tema que vertido en el estilo del Nuevo Periodismo atrapa y puede reactualizarse según se enfoque para efectos de una crónica, utilizando elementos de la narrativa literaria -como he redactado a manera de ejemplo el primer párrafo que encabeza esta reseña-, sin que pierda un ápice la envergadura de los hechos.

Es la tarea que hace ese viejo sabueso del Nuevo Periodismo que era Gay Talese una década después, con la noticia sobre Lorena Nobitt, en su libro "Vida de un Escritor" -Editorial Aguilar / 652 páginas-, en el que se sumergió con la habilidad de un buzo para explorar todos sus pormenores. Para ello echó mano a entrevistas, observaciones de los fragmentos de esa vida de cerca para entregarnos un dossier de 24 páginas, en el que no deja cabos sueltos sobre Lorena Bobbit; vertidas con otras palabras y la amplitud necesaria de su estilo, en la que están contenidas aspectos biográficos -concluyentes para el momento, año 2008- de los dos personajes que protagonizaron esa historia, Lorena Bobbit quien fue absuelta durante el juicio y su marido John Bobbitt, a quien el mismo día de sufrir la amputación le pegaron el pene.

Uno de los recursos del Nuevo Periodismo, es que no importa que tanto se conozca la naturaleza de los hechos, ni el tiempo que haya pasado, porque la revelación de nuevos detalles, la manera que son hilvanados y los giros narrativos con el que cada hecho es contado, nos permiten entregar una historia como si fuese escrita por primera vez.

 Es muy común que llegada la vejez, esa edad irreversible, la vida para cualquier hombre es una derrota aceptada, como señaló Marguerite Yourcenar, Talese con su libro "Vida de un escritor", da una señal de victoria no de derrota, elaborando un retrato íntimo y reflexivo del oficio de escribir, que incluye aspectos personales vinculantes a su dedicación como narrador, donde pone en evidencia lo vinculante a la tarea del escritor: paciencia para unir fragmentos como un rompecabezas, observación minuciosa y  fidelidad con la realidad. También nos entrega a manera de revelación los fantasmas que le persiguieron como periodista: inseguridades, fracasos y obsesiones, y muestra cómo la vida cotidiana, enmarcada en sus rutinas, relaciones y silencios, logra convertirse en materia narrativa. 

Talese ocupa un puesto en el salón de la fama del Nuevo Periodismo el que fecundó en un tiempo de disonancias narrativas junto al influyente Tom Wolfe, en una cruzada que seguía el estandarte que una vez enarboló uno de sus pioneros Jimmy Breslin, y muchos otros que concebían al periodismo más allá del hecho informativo de la forma tradicional, basado en la teoría de la objetividad y su postulado de la pirámide invertida, en un periodismo con profundidad literaria sin abandonar la fidelidad a los hechos, como una forma de arte, donde el detalle humano, cada pieza del entorno, es tan importante como el hecho noticioso, y eso es lo que nos entrega Talese en cada uno de los 36 capítulos de "Vida de Escritor", una narración detallada, escénica y profundamente humana.

sábado, 7 de febrero de 2026


 NOVELAS SOBRE DICTADURAS: UN GUIÓN PARA TIRANOS


Al igual que el protagonista de la novela de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, que creyó ser un caballero andante por el delirio derivado de su lectura enajenante de las novelas de caballerìas; así mismo, ha habido gobernantes que atraídos por los estadios del poder reflejados en la novelística sobre dictadores, se han embriagado de sus lecturas para cultivar el ejercicio de su tiranía.

Era conocido el desmedido interés de Fidel Castro por las novelas de caudillos y dictadores. En su biblioteca personal abundaba una vasta colección de libros sobre esta temática, de la que más le interesaban eran las narraciones referidas a la conservación del poder y cómo construir una imágen de héroe-dictador. Libros que subrayaba y tomaba notas de lo que en ellos se describía: políticas represivas, espionaje de los opositores, medidas de control y vigilancia, comportamiento social y manipulación popular en base a las necesidades, como las del hambre: las que poco a poco fue asimilando y las hizo su manual personal del poder.

En su época de estudiante de derecho, Castro tropezó con el libro del a,b,c del poder: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, y que pasaría a ser su libro de cabecera y cambiaría su conciencia para siempre abriendola para que germinara en ella el germen del tirano. 

De su lectura aprendió que su prioridad era conservar el poder por encima de todo, incluso si para ello debía recurrir al uso de la violencia, la fuerza, el engaño e instaurar el miedo como modelo social. Hizo suya la frase "es mejor ser temido que amado", y que la crueldad bien administrada es de gran utilidad política, que la ley y la virtud debían estar sujetas a la razón de Estado, por lo que debían cambiarse tantas veces fuera necesario para mantener el dominio, lo que responde al axioma: el fin justifica los medios.

A diferencia del Quijote que alucinaba con molinos de viento, Castro lo hacía con el poder. Inventa con el uso de la propaganda el mito de la revolución cubana, y la hace un modelo político exportable. Pero Cuba le queda pequeña a sus ansias delirantes, Fidel sueña con toda América Latina.

El periodista y escritor colombiano, Plinio Apuleyo Mendoza, en su libro "Aquellos tiempos con Gabo", refiere que cuando conoció su amigo el Nobel Gabriel García Márquez, lo llevó a conocer a Fidel, se encontró con un hombre poco profundo y nada teórico que manejaba una revolución como si fuera una agencia de venta de carros, y anota, era un hombre común con el desenvolvimiento de un vendedor. Fidel usaba las notas de sus lecturas como guiones de actuación del personaje que él se había inventado sobre sí mismo porque carecía de densidad intelectual, era un político hábil y audaz, pero en esencia un hombre básico y pragmático.   

En el año 1969 llegó a las manos de Fidel Castro, la novela "Maten al León" del mexicano Jorge Ibarguengoitia, que le da la idea de cómo convertir una democracia en una dictadura disfrazada con la pantomina de unas elecciones libres, fórmula que promoverá  aplicar primero en Venezuela, luego en el resto de la américa latina, donde las victorias presidenciales de la izquierda siempre traían consigo el comodín de una reforma constituyente, recurso usado para modificar la Constitución y perpetuarse en el poder. 

"Maten al León", es una novela sobre el Presidente de una isla caribeña que se convierte en dictador. La Constitución de la isla no permite la reelección indefinida, pero él la modifica, bajo el argumento de ampliar las reivindicaciones sociales del pueblo, pero cuyo único fin es permanecer en el poder, instaurando un gobierno tiránico sustentado en el horror, tempranamente Cuba y Venezuela han sido fieles ejemplos de ese delirio por el poder que guió la vida de Fidel, un enajenado por sus lecturas de novelas sobre dictadores.

 


CUANDO EL INSPECTOR se marchó, la radio anunciaba la paralización del servicio de correos, sus trabajadores estaban en huelga porque no querían ser acusados de ser mensajeros de malas noticias. Mientras atravesaba la avenida observó a varios de sus repartidores instalando banderas con corazones rosa con las que el gobierno promovía su campaña de la felicidad. 

En ese momento pensó que con la muerte del Comisario la clave para resolver aquel misterioso caso, quedó sepultada en el silencio perpetuo que existe bajo tres metros de tierra, y que como todas las cosas allanadas por el misterio, terminaban por llenar de incertidumbre su condición humana. 

Algo que nunca sabremos -se dijo a si mismo-, porque la realidad se comporta  como una colección de aparentes verdades –se detuvo un instante-, mientras se sacudía el polvo de su elegante traje inglés de color gris, marca de Gieves & Hawkes, justo antes de montarse en su auto. 

Enfiló derecho hacia una calle poblada de árboles, con aceras tapizadas de grama tupida que enmarcaban largas hileras de casas a ambos lados. Los porches resplandecían, exhibiendo cada uno  grandes ventanales que invitaban a pasar la mirada al interior. En algunas casas ya habían prendido las primeras luces de la tarde para esparcir las sombras del anochecer. 

Sentado al volante, el Inspector observó a través de un ventanal a una joven rubia con falda roja y jersey blanco inclinar su cuerpo para ser besada por el joven que la rodeaba con su brazo atrayéndola hacia él, inaugurando con ese gesto, la forma perenne que tienen los cuerpos de entenderse mutuamente. 

Hundió el acelerador y se alejó sacando toda la potencia al motor que rugió, mientras las sombras de las tupidas ramas de los árboles, semejantes a briznas de paja movidas por el viento, pasaban como una película sobre el parabrisas. Encendió la radio y oyó el final de la melodía "Fly to the Moon", y  lamentó no haberla sintonizado desde el principio: era una canción que lo conmovía y que como todas las de su estilo, hablaba de amor y de amantes cobijados bajo la secreta nocturnidad de una vieja Luna nostálgica, por los anhelos de todos los enamorados. 

De alguien cuya voz va y viene atrapada en ese viento que trae los ecos del pasado que lo adormece todo, incluso el resarcir del alma cuando llega la soledad, después de hacer su giro interminable por los 24 Husos Horarios que tejen el tiempo solar y el espacio geográfico de todas las regiones del planeta. De unos besos que nunca se dieron y que se guardaron con una sincera promesa en un lugar en quién sabe dónde. 

Tras sonar el último compás, el locutor dio la hora, indicando que eran las 6:43 pm, y anunciando la siguiente melodía; la voz de Martha Tilton, acompañada con la orquesta de Benny Goodman inumdó la atmósfera del auto con las notas de esa canción que a esa hora de la tarde le imprimía un dejo inquebrantable del desamor. 

El Inspector dejó escurrir su auto libremente por un camino cubierto de hojas marrones y secas, que crujían bajo el peso de las ruedas, pensando que quizás la felicidad era tan frágil que de sólo nombrarla desaparecen como las.hojas que iban quedando atrás en en la vía.

Mientras avanzaba por el asfalto, sintió como si estuviera dentro de una vieja película a blanco y negro, y que en algún otro lado del Universo unos espectadores estarían en el cine conmovidos viendo las escenas finales donde transcurría ese trozo de la historia de su vida. 

Eso pensaba, mientras se imbuía en el brillo de aquella tarde con un sol rendido en el horizonte que a esa hora pintaba de dorado todas las cosas, haciéndolas refulgir como si estuvieran sumergidas en un mar de oro, cuyos límites llegaban justo hasta la siguiente esquina, en la cual tenía que ir hacia la derecha, o a la izquierda. En verdad no le importaba en cuál de esos dos sentidos comenzará a girar una vez más la perseverante rueda de su destino; una decisión que jamás lo trasnocharía. Iba agarrado con todas sus fuerzas al volante de su auto siguiendo la línea blanca e indivisible de la carretera, donde la verdad se torna una apariencia con la que esquivamos lo irónico de la vida, y la felicidad una búsqueda perpetua a la que estamos condenados para siempre.


(Separata de la Novela: Nunca Jamás digas la palabra felicidad - Douglas González Carmona / En 2da Edición, revisada -Próximamente a la venta en Amazon.com)

lunes, 29 de septiembre de 2025


   En algún lugar, en ninguna parte


Entre la ciudad de Kissimmee y la población de Chiefland, hay 120 millas que se recorren en hora y media en coche a una velocidad moderada, sólo basta atravesar esa escurridiza serpiente de asfalto que es la Florida Turnpike e irse abriendo paso a ese paisaje desmedido y marcado por la visión de grandes ranchos y criaderos de caballos, bordeados por sus largas vallas blancas que se extienden a lo largo de la carretera, generando en quien las observa la sensación de estar dentro de un cartel publicitario de una marca de leche, o como si estuviéramos dentro de una postal cinematográfica, de esas que contemplamos con el influjo hipnótico que el goce estético deja en nuestra mirada y que abre las puertas a la imaginación; porque al contemplar esos grandes letreros nuestra mente se torna hollywoodiana, pensando que aquello es el retazo de una película perdida en ese paraje. Es una sensación intensa, pero breve como un flash evanescente que desaparece justo antes de recorrer esa fracción del asfalto y girar en la próxima curva.

No conozco a nadie que haya ido de una a otra de estas ciudades a pie, pero si lo hubiera hecho, se habría expuesto a crucificar sus cinco sentidos. Porque apenas hubiera entrado en la calle principal, habría sido presa de la misma pesadumbre y bochorno que su calor húmedo provoca en medio de aquel ambiente sofocante, que a esa hora parecía precipitarse desde aquel cielo gris, de elevada humedad de finales del verano de agosto y que aplastaba mi ánimo contra el suelo.

Era el año 2003 y yo me sumergía por esos días, en la densidad de la novela Jornada en las Sombras de Martin Flavin, premio Pulitzer 1944, era una manera de recrearme en aquella jornada estival de los días de fuego, donde el amanecer es un brochazo de amarillo incandescente, un resplandor de sol reverberante cuya luz hiere los ojos y detiene el paso del tiempo, haciéndolo demorado y taciturno, las horas son lentas y se amontonan una tras otra creando la monotonía. Era una calle en la que apenas das cinco pasos y el resoplido del asfalto con sus bocanadas del aire caliente estalla en tu rostro con sus 44 grados de calor que te quitan la respiración.

Aquellas avenidas estaban perfiladas por frondosos cipreses calvos, con robustas raíces, nacidas para hundirse en las aguas del pantano,pero en Chiefland, herían las capas del asfalto; grandes mastodontes enlutados por el musgo colgante de sus ramas que arrojaban destellos de una tonalidad verde-gris y la imágen de árboles dolientes. Estos árboles están por todos lados y generan un ambiente como si el pueblo estuviera enmarcado dentro de una catedral vegetal, con las bóvedas impregnadas de un aire melancólico y una quietud que rememoraba las sombras de los pantanos.

Chiefland vivía en esa parte del tiempo que obedece a los sitios y a ciertas geografías donde siempre gira en sí mismo, sin avanzar. La arquitectura de las casas, los automóviles que estaban estacionados a las puertas de sus garajes, o aparcados a lo largo de la calle, todo hablaba de una época anterior, imprecisa de treinta, veinte, y diez años atrás. Un fenómeno inexplicable del que nadie habla y quienes lo padecen viven en él sin saberlo, remitidos a un mundo sombrío donde susurran los fantasmas.

La relación entre ese mundo y este, bien podría resumirse en la frase, "la distancia que les separaba era muy grande, tan grande que nunca fue recorrida", escrita en la novela de Flavin. Si no hubiera ido aquel verano del 2003, a Chiefland, jamás hubiera captado la identidad anacrónica que pueden compartir dos realidades que como muchos objetos, las conciencias y algunos lugares viven en tiempos diferentes, a veces con leves matices poco perceptibles a primera vista, otros como el caso de Chiefland, tan pronunciados que a primera vista espantan.

Jornada en la Sombra, publicada en 1945, a la vista de la literatura actual, presenta un estilo narrativo un tanto anticuado, lineal, con un ritmo acompasado y sin sobresaltos; como esas marchas inalterables que no revocan nada, en la que se sostiene una cierta monotonía faulkneriana. Es una prosa que avanza en, y sobre la pausa, lo que crea la sensación de que lo que ella convoca, se cumple siguiendo un rumbo inevitable, como si los personajes caminaran en pos de su destino sin cuestionarse, ni preguntarse nada, ni de la vida ni el por qué lo hacen.

La historia escrita por Flavin es simple, crea a Sam Braden, como personaje principal de una historia cargada por hitos de superación personal, la búsqueda del éxito y el sueño de la riqueza, pero dónde los héroes también pierden. Sam es el hijo mayor de un matrimonio que buscando una promesa de destino llega al pueblo de Wyattville, un lugar imaginario que Flavin ubica en el estado de Iowa.

Al día siguiente de su llegada el padre de Sam, Jim Braden es nombrado Sheriff, oficio que ejercerá de manera inalterable durante treinta años, al igual que su madre Sarah, dedicada a realizar trabajos de costura en casa. Pese a los estadios de esfuerzos y penurias, la vida no les basta y los Branden jamás superan el nivel de la pobreza. Su historia familiar es el combustible que utiliza Sam, para alcanzar el éxito; estudia lo básico, y desde joven emprende una vida laboral dura en la que ejercerá diversos oficios. Sam tiene un norte, la superación personal, algo que logrará gracias a su persistencia y ambición personal.

El libro es un recorrido de carencias, económicas y sentimentales, como el desamor, la ambigüedad de las relaciones familiares y sus fracasos. Antes de la mediana edad Sam logra el sueño de ser rico, pero esta vez es el dinero el que no le basta; la felicidad ese algo intangible que habita en la conciencia debe pagarse a otro precio, uno de ellos suele ser la soledad.

En la novela, la existencia es observada desde el horizonte de lo previsible, en ella no se plantean dilemas morales o mayores problemas de conciencia. Al igual que en Chiefland, todo está enmarcado en la cotidianidad. Lo vemos en la figura del Sheriff, símbolo decorativo e inerte de la ley, ocupado el mayor tiempo en nada, en mantener su oficina abierta, porque no hay a quien perseguir o investigar, no hay delincuentes sino camorreros de pueblo. Los delincuentes pasan de largo, o simplemente, no paran en el lugar. Así es el transcurso de la dimensión humana en esos dos escenarios: la naturaleza expuesta de forma genuina, sin cortapisas, dejando que las cosas sean sin intermedio, sin matices, feas o bonitas como las hojas secas que caen del árbol. Porque nada tiene la intención de servir de testimonio de una época, o un tiempo cifrado en sí mismo.

Como las calles de Chiefland, Jornada en las sombras, es una línea recta y superficial, donde el elemento más recurrente es lo repetitivo, todo parece ser lo mismo, las casas, los autos, la forma un tanto decimonónica de vestir la gente, lo que nos da la sospecha de que hay algo inalterable en su paisaje urbano, que se niega a irse, a pasar. Una repetición constante que genera un efecto hipnótico en el lector y en el visitante, una especie de quietud que acaba transmitiendo la profundidad de la vida diaria que termina impregnando su atmósfera con su característica sencillez, donde es anulado todo artificio, por el artificio mismo, porque pasa a ser parte de la naturaleza común, algo que va resonando de forma poderosa a lo largo de esta novela, y es lo que da vueltas a la brújula para indicarnos que estamos en algún lugar, en ninguna parte.

martes, 5 de agosto de 2025

Y...desembarcamos en el "fake state"



El término "fake state" viene a inaugurar una nueva hipótesis política, y al mismo tiempo funge como alerta filosófica sobre los riesgos a los que están sometidos los habitantes de una sociedad que vive bajo una distorsión del ejercicio del poder.

El gobierno que promueve y sustenta el "fake state", no necesita ser justo, porque no está capacitado para ello, lo que si necesita es ser creíble, y esa credibilidad la genera con una oleada de informaciones efectistas que terminan por obnubilar el sentido crítico de la gente ¿Cómo definir un sistema de gobierno que combina al mismo tiempo inacción con esperanza, fracasos con promesas, decadencia con esplendor? Donde todo, absolutamente todo no es más que un hecho de palabras que buscan encubrir con falsas apologías algo inexistente.

El concepto que he desarrollado del "fake state" apunta a definir esto como una estructura de simulacro político permanente, donde el Estado no actúa para transformar la realidad, sino para mantener viva la ilusión de que lo hará algún día.
La parálisis institucional -desmantelamiento de la red de salud, educación e institucional en general-, se maquilla con retórica redentora, mientras los fracasos se resignifican como “pasos necesarios” hacia un futuro que jamás llega.
Este fenómeno, típico del “fake state”, no se sostiene a pesar del autoengaño, sino precisamente gracias a él: el discurso oficial no describe la realidad, sino que la sustituye. Así, el poder se perpetúa no por sus resultados, sino por su capacidad de mantener viva la ficción de sentido en la gente.

Reconocer sus mecanismos es el primer paso para desmantelarlos. Como sociedad, estamos llamados a defender la verdad no solo como un principio moral, sino como la base de toda convivencia democrática

La expresión “fake state” es el término que hemos acuñado para referirnos a esos estados cuyos gobiernos se sostienen mediante mentiras, manipulación sistemática de la verdad y distorsión de la realidad. Es una formulación poderosa y sugerente, aunque no es un término técnico en ciencias políticas, y se acerca mucho al concepto de estado distópico o incluso estado totalitario orwelliano.

Características de un "fake state" (estado falso): Legitimidad basada en falsedades: el poder no se justifica por la voluntad popular (robo de elecciones), no existe un marco jurídico justo (manipulación de tribunales y fiscalía para criminalizar a los opositores políticos), con narrativas manipuladas.

Monopolio de la información: control o distorsión deliberada de los medios de comunicación, educación, historia oficial.

Revisión o negación de hechos: uso sistemático de la mentira, la censura o la desinformación para modificar la percepción colectiva.

Control emocional: apelación al miedo, al enemigo externo, al nacionalismo exacerbado o al culto a la personalidad.

Desactivación del pensamiento crítico: se alienta la obediencia emocional antes que la reflexión lógica o ética.

En su novela 1984, George Orwell describe un estado totalitario en el que: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza.

En la novela 1984, existe un lenguaje llamado la neolengua, y la manipulación del pasado son herramientas clave del poder. En este sentido, el “fake state” es el heredero moderno de esa visión de gobierno sustentando por un sistema político que no necesita que le crean, porque que nadie se atreve a cuestionarlo, y ante eso estamos.

Douglas Gonzalez Carmona (*)
Periodista especializado
en Comunicación Estratégica y Opinión Pública

sábado, 26 de abril de 2025

 

La eternidad como destino


Vivimos una existencia impregnada por una falsa idea de eternidad, esa una de las razones por las que la muerte nos sorprende y no nos habituamos a ella. Siempre es un huésped inesperado que llega como una tempestad a socavar los estamentos de los afectos y los apegos. La muerte no existe para nosotros salvo cuando la pensamos o somos testigos de su perpetuidad, pero cuando nos olvidamos de ella, la mayor parte del tiempo vivimos inmersos en una narrativa ficcional con la sensación de ser eternos. Todos los hombres estamos condenados a morir, el cesar definitivo es una realidad impostergable, a diferencia de los animales que son inmortales porque la ignoran.

En su cuento El Inmortal, el escritor Jorge Luis Borges devela el estamento filosófico de la muerte, es la que le otorga sentido a la vida. El relato hace referencia a una ciudad bordeada por un río secreto que purifica de la muerte a los hombres y los convierte en inmortales. Borges nos muestra y a la vez justifica el imperioso juego de la finitud como modelador de la vida con todas las posibilidades que hacen su diversidad.
 
Para él la eternidad es cosa banal, una empresa fallida para el ser humano, donde no hay ni creatividad ni destino porque al prescindir del tiempo, todo está condenado a la inmanencia, a girar en la rueda infinita del eterno retorno, "donde nada es que no haya sido". Borges describe a los inmortales como seres obligados a cargar el pesado yugo del hastío, a vivir una existencia vacía y monótona, atrapados en una eternidad sin sentido.
 
Hay personas que pensamos que vivirán para siempre y no las asociamos con la muerte, quizás porque creemos que su presencia hacen mejor la existencia de este mundo. A mi me ha pasado con algunos escritores cuyas muertes me han tomado por sorpresa: Gabriel García Márquez, José Saramago, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato y la más reciente Mario Vargas Llosa; con cada uno de ellos mi oficio de lector me ha llevado a vincularse íntimamente con sus palabras, porque cuando los he leído han pasado a habitar en mí, y ahora son parte de mi memoria. Son amistades literarias con las que he sentido mayor identidad y vínculo, cercanía y sentido de vida que muchas otras que han caminado junto a mi cotidianidad.

Para Borges vivir eternamente significa experimentarlo todo, hasta que ya no quede nada nuevo y nos coloca frente a aquella máxima bíblica, "no hay nada nuevo bajo el sol". Al no haber fin, no hay posibilidad del deseo fuera de ese instante "ad infinitum", no hay sentido de la urgencia, ningún proyecto significativo, ni motivos para actuar. Las experiencias, por más extraordinarias que sean, son repeticiones y como todo lo que se repite muchas veces, pierde su valor.

El Inmortal, revela el lado oscuro de la eternidad: los hombres dejan de luchar, de sentir pasiones, se pierde el anhelo de conquistar el tiempo futuro; es el reino del hastío; incluso el protagonista se olvida de su propio nombre. La inmortalidad, en vez de ser una bendición es todo lo contrario, los despoja de su naturaleza humana: el deseo, el miedo a la muerte, la memoria individual, el soñar, es el retorno al mundo adámico original, a la existencia "vegetativa" del primer hombre, antes de su caída en el tiempo.

He pensado en el tema de la eternidad a propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de literatura y uno de los pilares del llamado "boom" latinoamericano. Con su novela "La Casa Verde", inicié a los doce años la lectura de una de las mejores -sino la mejor- literatura del mundo.
Saber que su palabra llegó al punto final nos deja en medio de una orfandad literaria, porque con los escritores no pasa como con otras cosas que inmediatamente pueden ser sustituidas, no. La literatura es una experiencia "estética" del lenguaje, exige dotes narrativos, el manejo magistral de recursos literarios: metáfora, ritmo, imágenes; además de escribir con un estilo único, profundo y original, puede decirse que es la manifestación artística de la palabra escrita.

Sin embargo, ese sentimiento de orfandad no es lo suficientemente egoísta como para  haberle deseado a Vargas Llosa que viviera eternamente, porque al final más que una gracia divina, los estaríamos condenando a sufrir el castigo de la monotonía que desgasta el alma, la deshumaniza y la conduce a un callejón sin salida que es una vida sin muerte, sin límites y sin propósitos, perpetuada en el hastío que es la otra muerte de la condición humana.
 
Tras esta argumentación, al estimado Vargas Llosa, a quien tuve el privilegio de conocer en una Conferencia que dio en el Auditorio de la Facultad de Humanidades en la Universidad Central de Venezuela, deseo que descanse en paz, y que sus palabras sigan trascendiendo el tiempo de los hombres que es una manera digna ser eterno sin llegar al hastío.

domingo, 6 de abril de 2025


Vivir en blanco y negro


Siempre me han gustado las películas en blanco y negro, siento que revisten un cierto enigma, algo desconocido, y también porque disfruto esa atmósfera distante que crean sus imágenes aplanadas en la pantalla sin color, que me permiten vivir la sensación de estar en un sueño.

Hace tiempo empecé a escribir un cuento que ha terminado siendo una novela, aún inconclusa, “Un día en la nieve, el sueño de Lázaro”, de corte neorrealista, por estar enfocada en el mundo cotidiano y rutinario de su protagonista, pero también su estructura responde a eso que los alemanes denominan “Bildungsroman” porque narra el crecimiento del personaje y las experiencias que va acumulando consigo.

Lázaro es un joven que representa al antihéroe latinoamericano de nuestro tiempo, marcado por la desilusión y el individualismo; sin una identidad clara, se siente más como un espectador de su propia vida, atrapado en la superficialidad, el hedonismo y una serie de relaciones afectivas vacías; sin una verdadera misión, con una existencia que va a la deriva marcada por la nostalgia, lo picaresco, el amor, el despecho y lo absurdo, y quien pese a haber nacido en una de las regiones más calientes del soleado Caribe, persigue el sueño de irse a vivir a un lugar frío, donde caiga nieve.

Cuando Lázaro tiene una emoción fuerte, o está frente a una mujer bella, el mundo se le vuelve en blanco y negro, la realidad deja de tener color, una condición que le dura varios días hasta que vuelva a su punto de equilibrio el tabulador de sus emociones.

La película Pleasantville, que retrata a una típica sociedad conservadora norteamericana de los años 50, nadie conoce el color, incluso le tienen miedo a todo lo que se guarda detrás de él, porque lo consideran un escándalo, una suerte de sacrilegio. Se sienten seguros, con sus tonos grises en un mundo blanco y negro.

Hasta que un día, algunos de sus personajes descubren el placer del sexo y lo que con éste pueden experimentar, ocurre que todo comienza a llenarse de color en sus vidas.

Poco a poco la sociedad de Pleasantville, comienza a despojarse de esa camisa de fuerza de vivir en lo previsible, lo moralmente correcto, abandona el deber ser y comienza a enfrentar el miedo a perder el miedo, para asumir la sexualidad como una dimensión natural y transformadora del ser humano, capaz de enriquecer la vida y abrir el camino a la libertad personal.

Pese a que Pleasantville, realizada en 1998, a lo largo de casi tres décadas se ha convertido en una película de culto y un clásico del cine irreverente, al colocar al sexo como la emoción esencial del individuo, una gran mayoría sigue sin comprender su metáfora de la liberación, la que hizo de su personaje Betty, la primera mujer en adquirir color por la felicidad sexual, como símbolo de la liberación femenina. Casi treinta años después, muchas continúan viviendo en un mundo gris son color, atrapadas en su cotidianidad, sin cambios, en su típico rol de amas de casa.

¿De dónde proviene ese mundo blanco y negro que se desdobla para opacar los colores de la vida? Quienes viven bajo la sombra del blanco y negro al igual que los habitantes de la caverna platónica, creen que esa es su única realidad.

Ese mundo proviene de la culpa por la mítica caída en el tiempo de Adam y Eva, tras ser expulsados del paraíso. El sexo como pecado (salvo que tenga lugar dentro del matrimonio).

Toda persona gris siempre le temerá y huirá del color, se aferrará a cualquier asidero, para sostener su defensa de aislarse y preservar su integridad en blanco y negro, aunque a veces sueñe en colores.