domingo, 1 de marzo de 2026

 





 "Lo extraño puede resolverse por la reflexión, lo maravilloso por lo maravilloso mismo".

                                                                                                                 Tzvetan Todorov

Un tal Antonio Gomicio Ortuño: Cuando

Cervantes quizo viajar al Nuevo Mundo


En el año 1590, reina Felipe II, el emergente Imperio Español con apenas un siglo reinando en el mundo vive la más grande prosperidad de su historia, la fuente de su riqueza son los tesoros provenientes del Nuevo Mundo, o las indias como también se le llamaba en esa época, fue un auge económico tan alto que estremeció los cimientos de la vieja Europa; donde todo estaba cambiando y el hacer fortuna estaba a la orden del día, es una promesa que alcanza a todos, los que tengan el valor a embarcarse para ir en busca  de los tesoros al otro lado del mar.

Los nacidos pobres, los hijos de familias venidas a menos, vasallos y carentes de herencia y de abolengo, hasta los aventureros encontraban en esa nueva ruta de la esperanza un destino de fama y fortuna. Los trepadores de oficio y los buscavidas se valieron de todo tipo de maniobras para hacerse con recomendaciones y así obtener licencia para ir en busca de su propia parcela del tesoro en el Nuevo Mundo, que ya no era sólo era una referencia en el mapa, sino un ámbito en el que una realidad gravitaba en dos dimensiones: Una en la mentalidad española de la época, de una intrincada y misteriosa geografía que estaba en esa tierra de promesas al otro lado del mar; dos, la otra que se propagó como un virus y se adueñó de la conciencia de sus principales ciudades, haciéndolas alucinar.

Por sus calles circulaban tantas leyendas como crédulos dispuestos a escucharlas. Se multiplicaron y se sobredimensionan los mitos, esa instancia racional que trata de explicar la realidad con la imaginación, y que ayudaron a inventar al Nuevo Mundo, sobre el que se inventan exageradas historias y narraciones fantásticas que alimentaron el imaginario social de España por más de trescientos años, abriendo brecha a prolíficas elucubraciones que describen palacios de oro y ciudadelas imposibles; tierras mágicas donde la riqueza  se decía brotaba de los árboles.

Para los viajeros que desembarcaron en el Nuevo Mundo, todo era desconocido y maravilloso al mismo tiempo; nuevas plantas, nuevos animales, un clima amable y cálido con brisa suave, que para los desconocidos provenientes de la fría y lacerante Europa, fue como sentirse como Adán en el paraíso, de noche cuando miraban el horizonte, se encontraban con otro cielo, otro mapa de estrellas, eso les decía que estaban en otro mundo.

Sobre América ha habido una visión tan variada y cambiante como las formas de un caleidoscopio, algo que se ha multiplicado con la inventiva y ensoñación de los viajeros trashumantes que han caminado la densidad del nuevo continente; cuyo acercamiento real a veces exige que en momento prescindamos de la ortopedia de la historia y sus fechas, para sumarle el valor proveniente de las intermediaciones fantásticas que gravitaban en la mente de los viajeros, ante su inconmensurable realidad.

Lo alucinatorio lo dominó todo, algunos llegaron a convencerse de que el paraíso perdido estaba en algún lugar de la nueva tierra. La quimera se erigió como el elemento jerárquico de esa nueva realidad, y extendió sus dominios alimentando  leyendas que movieron ejércitos, fundaron pueblos a sangre y fuego y promovía un peregrinaje incesante de buscadores de la buena fortuna y el milagro. Todos van en una marcha hacia lo desconocido que durará unos trescientos años marcados por el desenfreno de aquellos que persiguiendo mitos como la ciudad de El Dorado, multiplicaron historias como la Fuente de la Eterna Juventud, las ciudades que coronaban montañas de oro, el Reino de las Amazonas y los reinos mágicos como el de Quetzalcóatl y el mítico lago de Oro, que nunca dejaron de replicarse una época tras otra.

Todos querían contar algo, tener un rol protagónico y cada uno hacía su propia versión de lo oído o leído, incluso los rumores servían para alimentar las narrativas y contar una historia.

El Nuevo Mundo es un mundo sobre todo hecho de palabras, palabras que van pasando de boca en boca y con ello se aumenta la fascinación en quienes las escuchan.

En ese punto de la historia, la fantasía promete construirlo todo, y su matrimonio con la realidad le permite crear una primera geografía, hija del pensamiento mágico, cuya cartografía apunta al mapa fantástico con monstruos imaginarios y paraísos pérdidos.

Ante el acoso de estas fantasías que se pregonan en las calles sucumbirá Miguel de Cervantes Saavedra, quien se contaminó por las promesas de hacer fortuna fácil, en un momento en que siente su vida detenida y sin avances; es pobre y manco de un brazo, vive un claustro, encerrado la mayor parte del tiempo, con la mano que le queda escribe la primera parte de El Quijote, sale poco, gasta lo mínimo, sobrevive con pequeños trabajos temporales, está devastado, es un hombre sin porvenir.

En este punto de la historia aparece un aventurero, Antonio Gomicio Ortuño, un saltimbanqui del rumor callejero, en el pasado marino aventurero y oportunista, ha participado en la conquista de América; por eso también le llamaban Antonio el Indiano, adjetivo que se aplicaba a los que volvían de Las Indias con dinero, prestigio y nueva posición social, aunque este no fue su caso; el Inidiano se presentaba a sí mismo como Don Antonio García Ortuño, ”Yo, benemérito de las Indias, que serví a Su Majestad”, solía decir.

Cervantes entabla amistad con Antonio Gomicio Ordoño quien llena su mente con relatos inverosímiles y fantasiosos. Pero Gomicio Ortuño está muy distante de ser  el experimentado expedicionario que proclama ser, él también es un sobreviviente al igual que Cervantes quien estuvo preso en Argel, él fue cautivo de los indígenas en el Perú, eso lo había convertido en un verdadero encantador de serpientes, con una retórica delirante y embaucadora con la que sin ningún rubor borraba de las historias que contaba los límites entre lo verdadero y lo fantástico y fraguaba las mentiras más deliberadas.

Cervantes y Gomicio Ordoño viven en la misma calle Huertas del Prado, donde se decía que había más putas que puertas.Cervantes sabe de Gomicio Ordoño que es hombre solicitado por los que desean aventurarse al Nuevo Mundo; todos quieren  saber de su experiencia de las buenaventuras y los peligros. Gomicio Ordoño no tiene límites, a cada pregunta da a rienda suelta con el estímulo de algunas monedas. Cervantes se suma a los grupos de oyentes y queda eclipsado con sus narraciones, quien con facilidad conquista la mente febril de Cervantes.

A los pocos meses de conocer a Gomicio Ortuño, Miguel de Cervantes es preso de la idea de viajar y hacer fortuna en el Nuevo Mundo. Ha dejado de escribir, camina de un lado a otro sin cesar ante la incertidumbre de hacer esa travesía, hasta que decide solicitar el permiso al Consejo de Indias, para embarcarse hacia las tierras conquistadas. Es el mes de marzo del año 1590, Cervantes tiene 43 años, y una idea fija, hacer fortuna, pero los días pasan lentos y con pesadumbre. Cervantes está abatido por la desesperación, confía en que su pasado militar le dará la venia del Consejo.Pero su petición es rechazada, la licencia le es negada. Es definitivo, Cervantes no viajará al Nuevo Mundo.

Aquél hombre, el idealista irremediable, arquetipo del soñador de los mundos imposibles, ha sufrido un revés que lo dejó como náufrago en medio del mar. Retomó la escritura de Don Quijote de la Mancha, manuscrito que abrazó como la tabla de salvación que lo mantuvo a flote.

No tenía ninguna otra certeza que la de su escritura, y con ella se preparó para traspasar las fronteras de la imaginación, sumergido en las limitaciones de su vida, creó a ese personaje Don Quijote y su sombra, Sancho Panza, como el prototipo de la aventura de los mundos que habitan en la conciencia. No es Odiseo, es un hombre común; el anti héroe que renace con la nueva humanidad, que un día decidió salir de los límites de su comarca mental, como los hombres salen cada día de sus casas a perseguir sus sueños, a derrotar el acoso de sus propias alucinaciones.