miércoles, 14 de enero de 2015

El GORDO

-Raymond Carver- (*)

Estoy sentada tomando café y fumando en casa de mi amiga Rita y se lo estoy contando.

 Esto es lo que le cuento.

 Es ya tarde en un miércoles lento cuando Herb sienta al gordo en una mesa de mi sección.

 Este gordo es la persona más gorda que he visto, aunque se ve pulcro y bien vestido. Todo en él es enorme. Pero lo que mejor recuerdo son sus dedos. Me doy cuenta por primera vez cuando me detengo en la mesa cercana a la suya para atender a la pareja de ancianos. Sus dedos son tres veces más grandes que los de una persona normal: largos, gruesos, cremosos.

 Atiendo mis otras mesas, un grupo de cuatro hombres de negocios, muy exigentes: otro grupo de cuatro, tres hombres y una mujer, y esta pareja de ancianos. Leander le ha servido agua al gordo y, antes de ir a su mesa, le doy bastante tiempo para que se decida.

 Buenas tardes, le digo, ¿qué le puedo servir?, le digo.

 Era grande, de verdad grande, Rita.

 Buenas tardes, dice. Hola. Sí, dice. Creo que estamos listos para ordenar, dice.

 Tiene esta forma de hablar... extraña, tú sabes. Y cada rato produce un pequeño resoplido.

 Creo que empezaremos con la ensalada César, dice. Y después un plato de sopa con pan y mantequilla extras, si me hace favor. Chuletas de cordero, creo, dice. Y papa al horno con crema agria. Luego veremos lo del postre. Muchas gracias, dice, y me entrega el menú.

 Por Dios, Rita, ésos sí que eran dedos.

 Me apresuro a llegar a la cocina y le entrego la orden a Rudy. La toma con una jeta que para qué te cuento. Ya conoces a Rudy. Rudy es así cuando trabaja.

 En el momento en que salgo de la cocina, Margo —¿te conté de Margo? ¿La que persigue a Rudy?— Margo me dice, ¿quién es tu amigo el gordo? De veras que es un gordinflón.

 Eso tiene que ver. Seguro tiene que ver.

 Preparo la ensalada César en su mesa, él observa cada uno de mis movimientos a la vez que unta pedazos de pan con mantequilla y los pone a un lado, y todo el tiempo suelta ese resoplido. De todos modos, estoy tan nerviosa o lo que sea, que derramo su vaso de agua.

 Lo siento muchísimo, le digo. Siempre sucede cuando una tiene prisa. Lo siento mucho, le digo. ¿Está usted bien?, le digo. Le diré al muchacho que limpie de inmediato, le digo.

 No importa, dice. Está bien, dice, y resopla. No se preocupe, no hay cuidado, dice. Sonríe y hace una señal con la mano mientras me dirijo hacia donde está Leander, y cuando regreso a servirle la ensalada, veo que el gordo se ha comido todo su pan con mantequilla.

 Poco después, cuando le traigo más pan, se ha terminado su ensalada. ¿Sabes de qué tamaño son esas ensaladas César?

 Es usted muy amable, dice. El pan está maravilloso, dice.

 Gracias, le digo.



Bueno, está muy rico, dice, lo decimos en serio. No siempre disfrutamos de un pan como éste, dice.

 ¿De dónde es usted?, le pregunto. No creo haberlo visto antes, le digo.

 No es la clase de persona que puedes olvidar, agrega Rita.

 De Denver, dice.

 No digo nada más al respecto, aunque tengo curiosidad.

 Su sopa estará lista en unos minutos, le digo, y me retiro a poner los toques finales a mi grupo de cuatro hombres de negocios, muy exigentes.

 Cuando le sirvo su sopa, veo que el pan ha desaparecido otra vez. Justo se está metiendo el último pedazo de pan en la boca.

 Créame, dice, no siempre comemos así, dice. Tendrá que disculparnos, dice.

 Ni lo mencione, por favor, le digo. Me gusta ver a una persona que disfruta de la comida, le digo.

 No lo sé, dice. Supongo que podría llamársele así. Y resopla. Se arregla la servilleta. Entonces levanta su cuchara.

 ¡Dios mío, qué gordo es!, dice Leander.

 No puede evitarlo, digo, así es que mejor cállate.

 Le pongo otra canasta de pan y más mantequilla. ¿Qué tal estaba la sopa?, le digo.

 Gracias. Buena, dice. Muy buena, dice. Se limpia los labios y se da unos golpecitos ligeros en la barbilla. ¿Hace calor aquí, o es mi impresión?, dice.

 No, hace calor aquí, le digo.

 Tal vez nos quitemos el saco, dice.

 Adelante, le digo. Una persona debe sentirse a gusto, le digo.

 Es cierto, dice, eso es muy muy cierto, dice.

 Pero un poquito más tarde veo que todavía tiene puesto el saco.

 Se han ido los grupos numerosos y también la pareja de ancianos. El lugar se está vaciando. Pero cuando le sirvo sus chuletas de cordero y su papa al horno, junto con más pan y mantequilla, el gordo es el único que queda.

 Le pongo muchísima crema agria a su papa. Rocío trochos de tocino y cebollines sobre su crema agria. Le traigo más pan y mantequilla.

 ¿Todo está bien?, le digo.

 Muy bien, dice, y resopla. Excelente, gracias, dice, y resopla de nuevo.

 Buen provecho, le digo. Destapo la azucarera y miro su interior. Él asiente y continúa mirándome hasta que me retiro.

 Ahora sé que yo buscaba algo. Pero no sé qué.

 ¿Cómo va ese tonel de tripas? Te va a desgastar las piernas, dice Harriet. Ya conoces a Harriet.

 De postre, le digo al gordo, tenemos el “Especial Linterna Verde”, que es un pudín con mermelada, o pastel de queso o helado de vainilla o nieve de piña.

 ¿No la estamos retrasando, o sí?, dice, y resopla con cara de preocupación.

 En lo absoluto, le digo. Claro que no, le digo. Tómese su tiempo, le digo. Le traeré más café mientras se decide.

 Vamos a ser sinceros con usted, dice. Y se mueve en el asiento. Quisiéramos el “Especial”, pero quizá también tomaremos un helado de vainilla. Con sólo una gota de salsa de chocolate, si me hace favor. Le dijimos que estábamos hambrientos, dice.



 Me dirijo a la cocina para ordenar su postre, Rudy dice, Harriet dice que en una mesa tienes un gordo de circo. ¿Es cierto?

 Rudy se ha quitado el delantal y el sombrero, si entiendes lo que trato de decir.

 Rudy, es gordo, le digo; pero eso no es todo.

 Rudy sólo se ríe.

 Parece que a esta muchacha le gusta la gordura, dice.

 Es mejor que tengas cuidado Rudy, dice Joanne, que acaba de entrar en la cocina.

 Me estoy poniendo celoso, le dice Rudy a Joanne.

 Puse el “Especial” ante el gordo y un platón de helado de vainilla con salsa de chocolate a un lado.

 Gracias, dice.

 De nada, le digo... y me invade un sentimiento.

 Aunque usted no lo crea, dice, no siempre hemos comido así.

 Por mi parte, yo como y como y no puedo subir de peso, le digo. Me gustaría engordar, le digo.

 No, dice. Si pudiéramos elegir diríamos que no. Pero no podemos.

 Entonces levanta su cuchara y come.

 ¿Qué más?, dice Rita, encendiendo uno de mis cigarrillos y acercando su silla a la mesa. Esta historia se está poniendo interesante, dice Rita.

 Eso es todo. Nada más. Se come sus postres, y después se va y Rudy y yo nos vamos a casa.

 Vaya gordinflón, dice Rudy, estirándose como lo hace cuando está cansado. Entonces nada más se ríe y vuelve a ver la tele.

 Pongo a hervir agua para el té y me ducho. Me paso la mano por el vientre y me pregunto qué ocurriría si tuviera hijos y uno de ellos me saliera así de gordo.

 Vierto el agua en la tetera, arreglo las tazas, el azúcar, la crema, y le llevo la bandeja a Rudy. Como si hubiera estado pensando en ello, Rudy dice: cuando era niño conocí a un gordo, un par de gordos, de verdad gordos. Por Dios que eran rechonchones. No me acuerdo de sus nombres. Gordo era el único nombre que tenía ese niño. Lo llamábamos Gordo, al niño de al lado. Era mi vecino. El otro niño vino después. Se llamaba Bambolino. Todos lo llamaban Bambolino, excepto los maestros. Gordo y Bambolino. Me gustaría tener sus fotos, dice Rudy.

 No se me ocurre nada que decir, así es que tomamos nuestro té y al poco tiempo me levanto para ir a la cama. Rudy se levanta también, apaga la tele, le echa llave a la puerta, y empieza a desvestirse.

 Me meto en la cama, me arrimo a la orilla y me acuesto bocabajo. Pero enseguida, tan pronto como apaga las luces y se mete en la cama, Rudy empieza. Me pongo bocarriba y me relajo un poco, aunque es contra mi voluntad. Pero aquí está la cosa: cuando se coloca sobre mí, de repente me siento gorda. Siento que estoy terriblemente gorda, tan gorda que Rudy es una cosa pequeñita que apenas siento encima de mí.

 Es una historia extraña, dice Rita, pero puedo ver que ella no sabe cómo interpretarla.

 Me siento deprimida pero no voy a ahondar en esto con ella. Ya le he contado bastante.

 Se queda allí esperando, acomodándose el cabello con sus delicados dedos.

¿Esperando qué? Me gustaría saber.

 Es agosto.

 Mi vida va a cambiar. Lo presiento.


(*) Escritor representante de la corriente literaria denominada “Realismo Sucio”

domingo, 11 de enero de 2015


Poema del NO

-D.G-
No me pidas que te espere
No me ames sin tiempo
Los relojes sólo saben sumar la divagación inútil de los encuentros, donde el futuro es un disfraz de esperanzas
No me guardes en tu memoria
No me ames sin tiempo,
No me conviertas en una botella lanzada al mar con una nota de débito con data imprecisa
ayer, hoy, quizá mañana
No me quieras con sombras,
No me ames sin tiempo
Veámonos frente a frente, sin la intermediación de un sueño, para que las miradas puedan navegar, incluso más allá de nuestros cuerpos.
No me pidas que jure
No me ames sin tiempo
Porque el amor no se ata a las promesas, y tu nombre no está, nunca llega, es invisible como todo lo que no existe.
No me guardes en una fecha, con día, mes y año
No me ames sin tiempo
Prescindamos de la eternidad y su palabra vaga, tan jurada en amores,
tan violentada en la distancia.
No me pidas que me rinda
No me ames sin tiempo
No hurgues más en tu memoria, desata mis recuerdos no sea que robes algo que ya no soy
Recuerda Borges ya lo dijo, sólo existen los paraísos perdidos
No pronuncies mi nombre
No me ames sin tiempo
y verás como cae el verano de rodillas en la perfidia de su desnudez,
El otoño se rinde sin el perdón del viento.
y el invierno se convierte en un viejo autobús que pasa a las 7am. con rostros llenos de prisa sin saber a dónde van.
No gastes todas tus palabras
No me ames sin tiempo
Las necesitaras para esta y las otras vidas que tengas que vivir,
hasta que por fin, tú puedas encontrarnos.




LA DIFICIL CEREMONIA
-Homero Aridjis-

Ánfora para la fluidez implacable del origen
para la libertad de los cuerpos
yo te escribo sin nombre

así abro mi jaula de pájaros siniestros
así prefiguro la seguridad de las manos
así comprometo mi tiempo en tu tiempo
así me descubro entero en ti compacta

Éste es mi incendio de cauces y de cuencos
mi confusión de estaturas y edades

Tú eres la impenetrable      la siempre nueva
la que dices a media voz tu movimiento

yo te escribo sin nombre      en alianza
con los fervientes de los ojos inmediatos

Tú elevas la densidad de las raíces
tú afirmas lo que las otras niegan
tú eres la verdad de mis días
la espiral de mi comienzo

tú eres la inaplazable
la mujer desnuda
yo te escribo sin nombre
en las ciudades brumosas
en los antemuros en la piel
en las escaleras que no ascienden

viernes, 9 de enero de 2015

LA BANALIDAD DEL MAL
La banalidad del mal (término acuñado por la filósofa Hannah Arent), es una de las claves que puede explicarnos cómo una sociedad que por años tuvo un comportamiento visiblemente pacífico, apegada a los elevados principios morales se ve de pronto convertida en un recinto dominado por la criminalidad y la decadencia. Con un crecimiento de la violencia y la inseguridad que se han convertido, junto a la escasez, en los principales problemas públicos del país.



Las sociedades dominadas por regímenes totalitarios son las que más propenden en banalizar el mal, son las destinadas a ver cada día como algo normal los más atroces asesinatos, el robo, el secuestro, el crimen, el incumplimiento de los derechos humanos, el legítimo espacio político y de participación de la oposición, la carencia de insumos alimenticios, y la toma de decisión de manera unilateral. Siempre la salida banal será a la que los voceros del régimen echarán mano, a manera de chanza y convertir en chiste lo denunciado, o escurrirlo señalando que se trata de una falsedad o exageración. En cualquiera de los casos, el objetivo es disimularlo, quitarle atención, desmentirlo, en fin restarle importancia, es la manera que tienen de camuflarlo.

Pero mucho más graves aún es cuando la banalidad se convierte en el disfraz que se adopta ante toda carencia, incumplimiento, falta de servicio, inseguridad y corrupción, cuando llegamos ahí, tal como los venezolanos hemos llegado, es importante saber que estamos frente a la disfuncionalidad total y plena del Estado (el Estado pierde su función esencial y deja de ser lo que siempre ha sido para convertirse en una máquina generadora de poder y riqueza de la minoría que lo controla), y pasa a ser la banalidad la única “política pública” que se adopta en realidad, es el disfraz adoptado por una voluntad poderosa para abolir la conciencia de todos.

sábado, 3 de enero de 2015


El equivocado valor político de la muerte

Cuando a una sociedad se le impone un estado de guerra artificial, sea esta regresiva, guerra total, política, económica, bacteriológica, de los precios, del acaparamiento, eléctrica, electoral, de cualquier cosa que invente quien en ese momento haga de prestidigitador de las alucinaciones del poder; podemos decir que vamos camino hacia  una total desposesión democrática.
Es el valor recurrente hacia el cual apunta esta simulación de enfrentamientos bélicos permanentes, usados con el fin deliberado de mantener un nivel de pánico, zozobra, miedo y angustia en una población que es manipulada por la ficción de una conflagración que jamás ha existido. 
Y es que en Venezuela desde hace rato se nos ha implantado un estado de guerra psicológico, fomentado desde el ámbito psicótico, de quien transitoriamente ha usufructuó el control del Estado. Durante los últimos 15 años hemos vivido sometidos a los imperativos que conlleva el enfrentamiento bélico, algo que cada día cambia de escenario, pero el rol país siempre es el mismo: vamos a ser invadidos, el imperio nos quiere arrasar, y el orden mundial capitalista sabotea el gobierno de la revolución. Así se repite cada semana, cada mes porque el gran promotor de nuestras guerras, siempre  tiene nuevos enemigos, aunque sean estos mayoritariamente puras invenciones metafísicas. Así, se nos ha ido arrebatando un país poco a poco. Nunca necesitamos ser invadidos, el enemigo se ha fomentado adentro, se ha construido el camino que nos conduce hacia la barbarie. 
Una barbarie que ha sido capitalizada en esa parte del país notablemente ingenua en términos civilizatorios, alienada por sus slogans, seriamente limitada en su analfabetismo funcional. Un segmento poblacional que cree, sostiene, alimenta, milita y defiende esta simulación permanente de guerra, porque creen que es la realidad más verdadera responsable de la crisis del país. Así lo indica un estudio de opinión de Datanálisis, de cuyos resultados se desprende esta misma porción del país respalda las medidas de saqueo popular coordinado como "El dakaso".  Sin embargo, más allá de lo anecdótico que constituye este hecho de político clientelar, hay que tener presente sus consecuencias: La atmósfera creada por una convocatoria permanente a la guerra, aniquila a una sociedad tranquila y legítima, le hace romper sus lazos, y se abre la brecha  al cultivo del miedo, según Hobbes y Maquiavelo, el miedo tiende a convertirse en la "pasión más corriente".


El desasosiego se convierte en el rector emocional que mentalmente neutraliza, liquida y condena al individuo. Es el momento en que la muerte se instala como premisa, como un cerco social, imponiendo la desocialización del individuo y su desterritorialización, generando un erosión de sus tradiciones, una pérdida de control de su mundo y del devenir histórico. Ya en ese momento se está en manos de la barbarie emergente, los hijos de Morlocks, salidos de las alcantarillas en el devenir de la medianoche. Son los nuevos gestores de la política sustentada en las entidades grandiosas del fracaso, tales como: la República, la Patria, la Revolución, el Socialismo. Residentes en una sociedad desfigurada por medalaganismo, donde lo popular, lo chabacano, el malandraje y el ultraje a los valores superiores civilizatorios es lo que prevalece como factores aliados de quienes sólo quieren permanecer en el poder. 

Mientras el resto de la población queda sumida en el miedo y la des-posesión que los arrastra como una ola, porque ya no tienen de dónde agarrarse, porque jamás serán partícipes de ese festín de la inaugurada insensatez caníbal que tras devorar todos los principios democráticos, iniciará la caza del ciudadano independiente. Aquél que no se suma a su proyecto político revolucionario revelado como eficaz máquina de guerra utilizada para exterminar todo aquello que represente normas y los valores, en pos de lograr la instauración de su cultura de la demolición. A los ciudadanos apegados a una larga tradición cívica, buscarán aniquilarlo reduciéndole cada vez más su espacio de participación, negándole acceso  a la toma de decisiones. Condenado a la no participación sabe que su destino final es la aniquilación política programada.

¿Cómo puede sentirse el ciudadano representado por un modelo político que al hacerse cargo de la conducción de la Nación, la han ido desmontando, ladrillo por ladrillo, hasta sumirlo en el más grave nivel de las miserías, por su incapacidad de gerenciar al Estado eficazmente?
Los datos históricos señalan que el desarrollo inteligente de la especie humana se registró hace 47 mil o 65 mil años, con la aparición del hombre de Neaderthal, con lo cual dio su gran paso evolutivo hacia el Homo Faber, acontecimiento que significó el gran salto en la condición de la especie, capaz de fabricar utensilios útiles para su vida diaria, tal como lo evidencia el hallazgo de objetos fabricados con piedra Silex, encontrados en los restos de asentamientos prehistóricos cavernarios . Son los datos más evidentes que reseña el lugar común de la historia. Sin embargo, existe un hecho que para muchos investigadores es mucho más trascendente y que en realidad marca el afloramiento de la humanidad, el inicio de los ritos fúnebres. 
El hecho de darle sepultura a los muertos, y más aún en de establecer una ubicación determinada en su geografía inmediata para agrupar sus entierros, como una manera de preservar al individuo de la muerte definitiva, también es una forma de rebelarse contra ella y extender mediante el rito fúnebre  la posibilidad de no desaparición del que murió, una manera de conservarlo junto a ellos en su propia tierra,  al lado de los vivos, lo que sin duda es una pretensión de vencer a la muerte y su arrebato.
Desde esa naciente antigüedad, todas las civilizaciones humanas han diseñado una tradición para conservar a sus muertos, ninguna los ha dejado al abandono y sin ritos.
Si partimos de los anterior más como una condición reflexiva que como dato histórico podemos afirmar que la pérdida de la ritualidad fúnebre, el abandono de los muertos, la actitud sacrílega y vulgar de un sistema social hacia la muerte, pero a la vez que es despojada de su asentamiento simbólico, la usan como valor preponderante que subyace en lo ideológico-doctrinal, como herramienta de lucha política.Nos coloca como una sociedad asistir en primera fila al proceso de nuestra propia deshumanización. 
El primer impulso del hombre desde la época primitiva a nuestros tiempos es impulsada por su instinto de sobrevivencia. Su gran experiencia traumática es que por mucho afán, por exagerada que establezca la empresa de su vida, la muerte será su destino final, un claro ejemplo democrático de la vida al que todos asistimos “corporalmente” en condiciones de igualdad, en lo que es el cesar e iniciar un proceso de desintegración.
En Venezuela, vivimos marcados por el trauma de la muerte, la tasa de asesinatos en manos de la delincuencia causa asombro y estupor, son tan considerablemente alarmantes como el parte numérico de un país que libra una guerra, ¿tal vez lo estemos y no lo sabemos?
Desde hace quince años hemos venido escuchando un discurso bélico promovido desde la más alta magistratura del Estado, la Presidencia, donde a veces el enemigo es una ideología, una forma de consumo, un estilo de vida, un color de piel, una zona residencial, un lance histórico, cualquier excusa ha sido perfecta para endurecer a la sociedad, cerrarla sobre sí misma, dividirnos como pueblo, aniquilando nuestra capacidad de reinventarnos, oxigenándonos. Colocándonos en una encrucijada donde todo nos asfixia, el asedio de la inseguridad, la angustia por los choros, el ambiente carcelario (cultura Pran) de las calles del centro de la ciudad y en muchas barriadas. Vivimos una angustia de guerra, la angustia del combatiente que sale y se persigna cuando regresa vivo a su casa al final de la jornada, porque ha estado viviendo evitando su encuentro con la muerte en esta guerra, investida en el llamado “pueblo en armas”.



LA DEGRADACION DE LA MUERTE RESPONDE A SU TRIVIALIDAD. Cuando la muerte se ha hecho una condición trivial, en su acto de dominación  nada fortuito que pase a ser el rector de las movilizaciones, de la desconstrucción de todo lo que representaba la vida, la desterritorialización del trabajo, la cultura. Inaugura una vuelta en el tiempo, con su respectiva necesidad de choque, de trauma que se verá residenciado en la larga tensión social en que se convive a partir de entonces. Es guerra, aunque esta vez se trate de pueblo contra pueblo.  No es entonces un hecho casual que un fulano lo maten a las 9 de la noche de un viernes, y la Policía Científica llegue con su equipo forense a hacer el levantamiento de Ley a la 1pm o hasta a las cinco de la tarde del sábado, casi 24 horas después. El hacinamiento dantesco en las morgues y la podredumbre de su entorno de trabajo, unos resguardos con techos de zinc, que semejan el galpón de un taller mecánico de mala muerte, donde yacen los cadáveres menos putrefactos, esperando turno para la necropsia de ley. Los enseres utilizados martillos ferreteros, serruchos, seguetas y mandarrias, a los alrededores descuidados pipotes de metal que en un momento transportaron aceite, son utilizados para echar los restos humanos que va desechando el examen patológico, alrededor de ellos y encima, una docena de gatos hambrientos se encaraman aquí y allá buscando robar un bocado del festín.
Porque en tiempo de guerra, infundada como la que vivimos en Venezuela, o no, las sociedades tienden a coagularse, a gangrenarse en varias partes de su cuerpo, es el único método que conoce históricamente para resistir y vencer. En el caso que nos ocupa, es una guerra que llaman regresiva, total de un sector de la sociedad que detenta el poder político con pretensiones totalitarias y hegemónicas.

PATRIA, SOCIALISMO O MUERTE. Cuando en Venezuela se enarboló el lema con el cual se pretendió acelerar y radicalizar el proceso revolucionario del que hablaba Hugo Chávez –decimos hablaba porque este proceso hoy se encuentra prácticamente desmantelado por los nuevos patricios que manejan el poder y la administración del Estado-, en realidad se estaba consagrando el desmantelamiento de las relaciones individuo-sociedad que en sí mismos, constituyeron históricamente una unidad viva, cuyos valores están depositados en la llamada moral cívica y como tal le sería fatal contraponerle el de la muerte, o peor aún, pretender sustituir al elemento vida con el factor muerte. Desde entonces se le ha creado a los individuos una confusión entre los roles de la vida y la muerte y una devaluación de sus respectivas garantías, al mismo tiempo un grave descenso en la capacidad cívica de controlar a la muerte, por qué al fin y al cabo que es la ciudad, sino la expresión de una especie de pacto social, en el que el individuo se entrega a su elaboración, sostenimiento y contribución, a cambio de que esta con su planificación, instituciones y cuerpos médicos y armados, lo defiendan lo más posible de la muerte y en cierta medida establezca su control frente a su amenaza. Propio de las sociedades muy evolucionadas. Roto este pacto comienza la moral cívica,  a costa en este caso de un patriotismo salvaje, comienza  la elaboración de la insensibilidad, las deshumanización, hasta que ésta de manera perversa se convierta en la nueva moral cívica, por supuesto ya degradada se convierta en el paradigma del patriotismo salvaje cuyo objetivo es lograr el servilismo vulgar, la subordinación absoluta a esa mística concepción de Patria.

LA SOCIEDAD DE LOS SUICIDAS. Sumada a esta desconstrucción del pacto tetraédrico, ciudad-individuo-vida-moral cívica, se yuxtapone la progresiva des-socialización a través de un reordenamiento político perverso de la sociedad y su posterior des-territorialización, convirtiendo a los individuos en una especie de extranjeros dentro de su propia comunidad. Llegados a ese momento, el ciudadano promedio opta por aislarse, no participa, se siente como los primeros hombres sólo frente a la muerte yque la vida tal como la conoce, incluso la suya misma está sujeta a condicionantes que no maneja que desconoce en toda su nueva realidad, y con las que jamás prevé involucrarse: “Hordas de malandros disfrazados de luchadores políticos, delincuentes en el papel de operadores electorales, bandas de delincuentes armados simulando ser un brazo de defensa popular del régimen, personeros gubernamentales chabacanos y vulgares, con poco o ningún grado de civismo, haciendo el papel de reordenadores del Estado. Es en esa etapa que surge la posibilidad del suicidio en todas sus posibles acepciones, directas, indirecta, sublimizadas o no, propia del desespero social. El suicidio como gesto de desespero marca una ruptura irrevocable. Como señala Morín, el suicidio consagra la total dislocación entre lo individual y lo cívico.
Socialismo, Patria o Muerte, no sólo ha fracasado como mentor de una etapa política dedicada a la consagración revolucionaria, peor aún indicas el fracaso de la revolución bolivariana en su máxima expresión “donde  se produce el suicidio –incluso en su abstracción más metafísica-  la sociedad no sólo ha fracasado en su intento por ahuyentar la muerte, de procurar el gusto por la vida al individuo, sino que ella misma ha sido derrotada, negada: ya nada puede hacer por y en contra la muerte del hombre”, (E. Morín).



Por lo pronto veremos síntomas de evolución de habernos deslastrado del patriotismo salvaje, de la invaloración de la sociedad, cuando empecemos a tratar a nuestros muertos con la consideración y respeto que merece un cuerpo difunto. Cuando veamos al grueso de la sociedad retomar sus ritos funerarios con la reserva y el decoro requeridos, no como sucede en los actuales momentos que las funerarias con asaltadas, o cuando los choros sacan el cadáver de un compinche de la urna y lo montan de parrillero en una moto y comienzan a darle vueltas, y hacerle chanzas, más propio de una sociedad tribal, que de una nación que en algún momento comenzó a diseñar su perfil civilizatorio, donde hordas de los individuos permutadores de la miseria habitan e invaden cementerios, y los convierten en escondite de sus actividades delictivas. Tenemos la urgente necesidad de no abandonar nuestros principios humanísticos, caso contrario la barbarie que promueve los antivalores e impone el país-canibal terminará por extinguirnos cada vez más, sustituyendo la vida con la muerte. Cuando Dostoievsky anunció la muerte de dios, sentenció que en adelante sería el factor humano -con todo lo que en sí podía convocar- lo que ocuparía su lugar de manera delirante, conduciéndonos hacia todos los peligros del totalitarismo, tal como acontece hoy con quienes hacen las veces de huéspedes del poder en Venezuela, empeñados en perpetuar una contracultura hostil contra los valores establecidos con el único objetivo de materializar la total desposesión democrática del país.

Y saltamos…. a la Era del Vacío

Desde hace poco más de dos décadas se viene hablando que el hombre inició una nueva Era. se trata de una nueva fase en la historia del individualismo occidental. Sus principales características son: 1. Elevación  del valor narcisista, se pasa de un individualismo limitado al individualismo total. 2. Prevalencia del aquí y el ahora. 3. Reina la indiferencia de masa, sentimiento de reiteración y estancamiento, autonomía privada, innovación superficial.4 Se enaltecen los valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y la sinceridad y el psicologismo.

En pleno inicio del siglo XXI, hay teóricos que aseguran que el hombre es un animal disociado, que vive en un estado permanente de alienación y que la cultura de consumo masificado y a la cosificación del ser humano, cada vez hace más ancha la brecha en razón y psicosis, producto de la conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la era del consumo, la emergencia de un modo de socialización y de individualización inédito, que rompe con el instituido por la promesa racionalista de la ilustración en los siglos XVII y XVIII.
Aparece una nueva forma de control de los comportamientos, a la vez que una diversificación incomparable de los modos de vida, una impresión sistemática de la esfera privada, de las creencias y los roles, es decir, una nueva fase en la historia del individualismo occidental.


Este nuevo proceso de personalización remodeló en profundidad el conjunto de los sectores de la vida social, con una perspectiva de “lo nuevo”. Es una mutación sociológica global, una combinación sinérgica de organizaciones y significaciones, de acciones y valores. El proceso de personalización también corresponde a la fractura de la socialización disciplinaria, a una sociedad flexible basada en la información y estimulación de las necesidades, el sexo y la exaltación de los “factores humanos” en el culto a lo natural, cordialidad y sentido del humor.
El proceso de personalización implica una nueva forma de organizarse, de comportarse partiendo desde lo privado. Hay nuevos procedimientos que contienen nuevos fines, valores y legitimidades sociales: valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y la sinceridad, al psicologismo, la expresión libre, en síntesis un nuevo significado de autonomía.
La lógica individualista con “el derecho a la libertad” se instala en las costumbres y en lo cotidiano. El proceso de personalización surgió como el fin de la edad moderna y la unión de las esferas de la vida social; lo que nos permite hablar de una sociedad postmoderna.
En la sociedad postmoderna reina la indiferencia de masa, sentimiento de reiteración y estancamiento, autonomía privada, innovación superficial y el futuro no se considera o asimila; esta sociedad quiere vivir aquí y ahora. No tiene ídolo ni tabú, estamos regidos por el vacío, un vacío que no comporta, ni tragedia ni apocalipsis. También puede notarse una nueva era de consumo que se extiende hasta la esfera de lo privado; el consumo de la propia existencia a través de la propagación de los mass media.
El futuro no tendrá que escoger entre las lógicas duales características de esta, gracias a la flexibilización en cuanto a las antonimias. La cultura postmoderna amplía el individualismo al diversificar las posibilidades de elección, anular puntos de referencia, destruir sentidos únicos y valores superiores; es una cultura despersonalizada o “hecha a medida”. Predomina en esta era el valor del “derecho de realizarse”.
Aparece el valor narcisista como consecuencia y manifestación del proceso de personalización, se pasa de un individualismo limitado al individualismo total. También se puede decir que es una era de “deslizamiento” donde no hay una base sólida ni un anclaje emocional estable; todo se desliza en una indiferencia relajada. 
El narcisismo es inseparable de un entusiasmo por relacionarse con el otro como lo demuestra el aumento de asociaciones como grupos de asistencia y ayuda mutua. El individualismo reside en conexiones colectivas de intereses miniaturalizados,  solidaridad de micro-grupo y redes situacionales. En el narcisismo colectivo nos juntamos por qué nos parecemos, por qué estamos sensibilizados por los mismos objetivos existenciales, con una necesidad de reagruparse con seres “idénticos”. El narcisismo encuentra su modelo en la psicologización de lo social.


La era postmoderna está obsesionada con la información y la expresión, donde todos podemos ser el locutor y ser oídos; La expresión gratuita, la prioridad del acto de comunicación sobre lo comunicado, la indiferencia por lo comunicado, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor se ha convertido en el principal receptor. Hay una necesidad de expresarse en sí, aunque sea para si mismo, comunicar por comunicar, expresarse solo por el hecho de expresar, es decir, la lógica del vacío.
Narciso o la Estrategia del Vacío
Narciso es el símbolo de nuestro tiempo, se ha convertido en uno de los temas centrales de la cultura. El narcisismo aparece como un nuevo estadio del individuo, en el cual el se relaciona con él mismo y su cuerpo, hedonista y permisivo desprovisto de los últimos valores sociales y morales que coexistían. La propia esfera privada cambia de sentido, expuesta únicamente a los deseos cambiantes de los individuos.
Únicamente la esfera privada sale beneficiada con estos cambios gracias a los valores como cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los complejos, o esperar las vacaciones: vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible. Nace el homo psicológicus, al acecho de su ser y bienestar. Se trata de vivir en el presente perdiendo el sentido de continuidad histórica. Vivimos para nosotros mismos, sin preocuparnos por tradiciones o posterioridad, es así como el sentido histórico se olvida de la misma manera que se olvidan los valores e instituciones sociales. 
Esta estrategia narcisista de “supervivencia” del individuo, se explica dado el clima de pesimismo y catástrofe inminente, tratando de preservar así la salud física y psicológica. Aparece entonces como síntoma social el narcisismo colectivo instalándose a nivel masivo una apatía frívola.
Nos acostumbramos a lo “peor” que consumimos diariamente en los mass media, que amenaza permanentemente y no ha conseguido la  conciencia social debido a la velocidad con la que se emiten los mensajes, impidiendo cualquier emoción o conciencia social duradera. El narcisismo surge de la huida generalizada de los valores y finalidades sociales, provocada por el proceso de personalización. Se concentra entonces la atención en el Yo funcionando por el placer, bienestar, desestandarización, promoción de individualismo puro liberado totalmente de los encuadres de masa y enfocado en la valoración generalizada del sujeto. 
Esto lleva como últimas consecuencias a la privatización sistemática de la edad del consumo.


El Zombi y el Psi
Simultáneamente a la revolución informática, las  sociedades posmodernas conocen una “revolución interior” por el  conocimiento y realización personal, la propagación de organismos  psi, técnicas de expresión y de comunicación y sensibilidad terapéutica. La terapia psi genera una figura de narcisismo identificado con el homo psicológicus que trabaja duramente para la liberación del Yo, para su gran destino de autonomía de independencia: renunciar al amor o “to love myself enough so that I do not need another to make me happy”.
 En ese dispositivo psi, ofrecer el cebo del deseo y la barrera de la represión es una provocación que desencadena una irresistible tendencia a la reconquista de la verdad del Yo. De este modo la  autoconciencia ha sustituido a la conciencia de clase; El narcisismo permite entonces el abandono de la esfera pública y por ello una adaptación funcional al aislamiento social. Para que el desierto social resulte viable, el Yo debe convertirse en la preocupación central.
Al igual que el espacio público se vacía emocionalmente por exceso de informaciones, de reclamos y animaciones, el Yo pierde sus referencias, su unidad, por exceso de atención: el Yo se ha convertido en un conjunto impreciso. Es a esa misma disolución de Yo a lo que apunta la nueva ética permisiva y hedonista. Las asociaciones libres, espontaneidad creativa, no-direccionalidad, nuestra cultura de la libre expresión, pero también nuestra ideología del bienestar estimulan lo temporal y contribuyen al desmenuzamiento del Yo; la era de la voluntad desaparece.
Las sociedades occidentales están pasando de un tipo de sociedad más o menos dirigida por otros a una sociedad dirigida desde el interior. La personalidad debe profundizar su diferencia, su singularidad: el  narcisismo representa esa liberación de la influencia del Otro y funciona fundamentalmente como agente de proceso de personalización.


Que el Yo se convierta en un espacio “flotante”, sin fijación ni referencia, una disponibilidad pura, adaptada a la aceleración de las combinaciones, a la fluidez de nuestros sistemas, esa es la función del narcisismo. El narcisismo hace posible la asimilación de los modelos de comportamientos, nace una formación permanente y un impulso hacia la igualdad o similitud.
El Cuerpo Reciclado
La representación social del cuerpo ha sufrido una mutación, y la llegada de ese nuevo imaginario social del cuerpo produce el narcisismo. El cuerpo ha perdido su estado de materialidad muda en beneficio de su identificación con el ser-sujeto, con la persona.

El miedo moderno a envejecer y morir es parte del neo-narcisismo: el desinterés por las generaciones futuras intensifica la angustia de la muerte. Es el proceso de personalización que al evacuar cualquier posición trascendente genera una existencia puramente actual. El individuo pasa a enfrentar a su condición mortal sin ningún apoyo trascendente.
En cuanto a la personalización del cuerpo, el permanecer joven y no envejecer es el mismo absoluto de reciclaje. El cuerpo psicológico ha sustituido al cuerpo objetivo, para el narcisismo se trata de hacer existir el cuerpo por sí mismo, estimular su autorreflexividad, reconquistar la interioridad del cuerpo. Estamos inmersos en una cultura de la personalidad a condición de precisar que el propio cuerpo se convierte en sujeto y debe situarse en la órbita de la liberación.
Simultáneamente a una función de personalización, el narcisismo cumple una misión de normalización del cuerpo: el interés febril que tenemos por el cuerpo no es “libre” ya que obedece a imperativos sociales como la línea y la forma. El cuerpo se convierte en un espacio flotante que queda en manos de la movilidad social.


Un Teatro Discreto
La condena moral de la impersonalidad, se inicia en el reino de la personalidad, la cultura psicomórfica y la obsesión moderna del Yo en su deseo de revelar su ser verdadero o auténtico. Cuanto más se liberan los individuos de códigos y costumbres en busca de una verdad personal, al mismo tiempo sus relaciones se convierten cada vez más fratricidas y  asociales. 
El intimismo se convierte en sinónimo de incivil.
La disolución de los roles públicos y la compulsión de autenticidad han engendrado una forma de incivismo que se manifiesta, por una parte, en el rechazo de las relaciones anónimas con los “desconocidos” en la ciudad y el confortable intimismo, y por otra, en la disminución del sentimiento de pertenencia a un grupo y correlativamente la acentuación de los fenómenos de exclusión.
Las convenciones rígidas que marcaban las conductas han sido arrastradas por el proceso de personalización que tiende a la desreglamentación y la flexibilización, aspirando a una mayor autenticidad y libertad en sus relaciones.
La autenticidad pasa a ser considerado un valor social, con signos como manifestaciones demasiado exuberantes, discursos demasiado teatrales que no producen el efecto de sinceridad. Se ha llegado a la necesidad de expresarse sin reservas “libremente”, pero siempre dentro de un marco preestablecido. La discreción se presenta como la forma moderna de la dignidad. El narcisismo se define por el encierro sobre sí mismo, o sea la “discreción”, signo e instrumento del “self-control”.






¿Apocalipsis Now?
Cuanto más tolerante es la imagen que la sociedad a de sí misma, más se intensifica y generaliza el conflicto pasando de la guerra de clases a la guerra de todos contra todos. El “éxito” pasa a tener un significado psicológico: la búsqueda de la riqueza no tiene más objeto que excitar la admiración o la envidia. Las relaciones humanas, públicas y privadas se han convertido en relaciones de dominio, relaciones conflictivas basadas en la seducción fría y la intimidación.
El estado de la naturaleza se encuentra al final de la Historia: la burocracia, la propagación de las imágenes, las ideologías terapéuticas, el culto al consumo, las transformaciones de la familia, la educación permisiva han engendrado una estructura de la personalidad, el narcisismo, juntamente con unas relaciones humanas cada vez más crueles y conflictivas. Solo aparentemente los individuos se vuelven más sociables y más cooperativos; detrás de la pantalla del hedonismo y de la solicitud, cada uno explota cínicamente los sentimientos de los otros y busca su propio interés sin la menor preocupación por las generaciones futuras. Las redes del amor propio y del deseo de reconocimiento son las responsables de este estado de guerra.
Hay una profunda revolución silenciosa de la relación interpersonal, lo que importa ahora es ser uno mismo absolutamente, y el Otro pasa a ser indiferente; Solo queda entonces la voluntad de realizarse aparte e integrarse en círculos cálidos de convivencia. 
No existe tal guerra de sexos, sino el fin del mundo del sexo y sus oposiciones codificadas. La seducción femenina, misteriosa o histérica, deja paso a una auto-seducción narcisista que hombres y mujeres comparten por un igual, seducción fundamentalmente transexual. El feminismo pasó a ser una máquina de eliminando el estándar del sexo.

Veinticuatro mil Watios
Las transformaciones dentro de la familia, una “ausencia” del padre y dependencia de la madre llevan al niño a imaginar a la madre castradora del padre, y son esas condiciones las que alimentan el sueño de reemplazar al padre.
El Super-Yo se presenta como una celebridad, de éxito que, de no realizarse, desencadenan una crítica implacable contra el Yo. De este modo se explica la fascinación ejercida por los individuos célebres, estimulados por los mass media que intensifican los sueños narcisistas de celebridad y de gloria, animan al hombre de la calle a identificarse con las estrellas, a odiar el borreguismo y le hace aceptar cada vez con mas dificultad la insignificancia de la existencia cotidiana. El narcisismo se nutre antes del odio del Yo que de su admiración.
A través del exceso de imágenes se realiza la personalización: la humanización viene con la inflación creciente de la moda. Así cada vez hay mas estrellas y menos inversión emocional en ellas, se genera una indiferencia hacia los ídolos, hecha de entusiasmo pasajero y de abandono instantáneo. 
Hoy día no cuenta tanto la devoción por el Otro como la realización y transformación de uno mismo, cada uno con sus lenguajes y en sus grados diversos, los movimientos ecológicos, el feminismo, la cultura psi, la educación cool de los niños, la moda “práctica”, el trabajo intermitente o el tiempo flexible.
El principio de realidad queda sustituido por el principio de transparencia que transforma lo real en un lugar de tránsito, donde el desplazamiento es clave: la personalización es una puesta en circulación. El espacio público se ha convertido en un derivado del movimiento.

El Vacío
 Los desórdenes de tipo narcisista constituyen la mayor parte de los trastornos psíquicos tratados por los terapeutas, mientras que las neurosis clásicas ya no representan la forma predominante de los síntomas. Los trastornos narcisistas se presentan como trastornos de carácter derivados de un malestar difuso, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas y los seres.
Los individuos aspiran más a un desapego emocional, debido a la inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas nos llevan a una huida ante el sentimiento; Levantar las barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas, es el fin de la cultura sentimental, el fin del “happy ending”.
El sentimentalismo ha sufrido el mismo destino que la muerte, resulta incómodo exhibir las pasiones, declarar ardientemente el amor, llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Como en el caso de la muerte, el sentimentalismo resulta incómodo, se trata de permanecer digno o discreto. Nuestra época queda caracterizada entonces por la huida ante los  signos de sentimentalidad.
Cuanto más libres, las relaciones se vuelven emancipadas de las viejas sujeciones, más rara es la posibilidad de encontrar una relación intensa. En todas partes encontramos la soledad, el vacío, la dificultad de sentir, de ser transportado fuera de sí, de ahí la huida hacia delante en las experiencias que no hace más que traducir esa búsqueda de una experiencia emocional.





jueves, 1 de enero de 2015


García Márquez, un entrevistado controversial

La muerte de Gabriel García Márquez ha producido tal conmoción en nuestras letras, como no se registraba una desde 1986, cuando murió Borges. La misma sensación de vacío, tristeza y desamparo se adueñó de todos los espíritus que aman la literatura en castellano, dictándoles idéntica convicción: no habrá otro igual. Ya no gozaremos de nuevas magias, ni gastaremos vida junto al Fabulador Supremo. Debemos dar por perdida la ilusión de que, aun teniendo que sobrellevar la peripecia de nuestra existencia gris, había un brujo tramando incansablemente para nosotros hiperbólicas felicidades.


Nos hemos quedado solos y es grande la cofradía de los dolientes: escritores, editores, periodistas, intelectuales y, con mejor derecho, agradecidos y desinteresados lectores de ayer y de hoy.

Parece evidente que un grupo sintió como ningún otro la partida del colombiano, y son sus colegas los periodistas. Es legítimo pensar que en cada uno de ellos anida la seguridad de estar llorando al mejor de los suyos, al que llevó a la excelsitud las triquiñuelas de la profesión y que se valió de ellas para dar forma a un incomparable. Empero...

Rodolfo Walsh dictaminó, con extraordinaria inspiración periodística y literaria, que de entre todos sus oficios terrestres el que más le convenía era el violento oficio de escribir: García Márquez, que compartió muchas cosas con Walsh, podría haber concordado con la salvedad de que, para él, no hubo otro quehacer que no fuera ese, y, precisando el juicio, el de escritor de libros hasta las últimas consecuencias y costara lo que costase.

Lo sabemos porque se lo confesó a un periodista y también, naturalmente, escritor.

***



En junio de 1967, Buenos Aires era la capital de la industria editorial en lengua española. Era natural, por tanto, que Cien años de soledad, la novela que estaba en boca de todo el mundo, se hubiera editado aquí. (Nos hemos acostumbrado tanto a las pérdidas que hoy esa primacía se nos ocurre tan lejana como ajena).

Dos tapas de Primera Plana, un concurso en que fue jurado junto a Roa Bastos y Marechal y un extraordinario reportaje de Ernesto Schóo fueron el marco del hoy mítico acontecimiento de su visita a la Argentina, que debe no poco a la intuición de aquel gran periodista que fue Tomás Eloy Martínez.

Cóctel en el Hotel Plaza. La excusa, entregar el premio del mentado concurso, pero la verdad es que todos quieren una palabra de la nueva celebridad. Acosado por los cronistas, García Márquez desilusiona a todos por igual con la misma explicación: no da entrevistas.

Entre aquellos está Antonio Requeni, de La Prensa. No se resigna. Espera a que la ingesta de bebidas y bocadillos apacigüe los ímpetus para buscar otra oportunidad. La reunión desmaya y el fin se ve cercano; los escribas experimentan la melancolía de cada uno de esos convites, cuando la urgencia de la redacción les recuerda que su participación en el mundo de las exquisiteces, el boato y los comedimientos es ilusorio, o apenas tangencial.

Ralea la concurrencia, lo que le permite vislumbrar (¡charlando con el invitado!) a Beatriz Guido, que para el mundo es escritora profesional, pero que, en realidad se desempeña como ángel tutelar de su “Babsy” y, según aseguran quienes la conocieron, de cualquier amigo en trance de afán. Antonio Requeni es uno de ellos y busca un aparte.

—Betty, por favor, conseguime unos minutitos con García Márquez...

—Pero, vos viste, no quiere hablar con nadie, Antonio.

—Decile que es para La Prensa, que es un diario importante, el más viejo de Buenos Aires. Dale...

Beatriz despliega sus alas y susurra quién sabe qué conjuro al ilustre y esquivo visitante, que accede a conceder tres minutos, no más.

¿Qué preguntarle a ese hombre retacón, morocho, que le recuerda al por aquel entonces célebre Juan Valdés, símbolo del café de Colombia? La premura y la poca paciencia no son, por cierto, las mejores condiciones para sacarle el jugo a una exclusiva. Pero no hay que dejar pasar la ocasión.

Transcribo:


—¿Cómo definiría su estilo? —es la primera pregunta.

Seco, cortante, el novelista contesta:

—Un realismo disparatado.

—¿Reconoce algún antecedente?

—Hasta hace poco reconocía antecedentes, pero después de analizarlo mucho, comprendí que eran los críticos quienes me habían hecho creer en esas influencias. Hoy, los únicos antecedentes que reconozco son los cuentos que me contaba mi abuela.

(...)

Le pregunto entonces si la transformación operada en la narrativa de los últimos años, especialmente en América Latina, tiende únicamente a renovar aspectos formales o pretende además reflejar una nueva visión de la realidad.

—Los novelistas como Cortázar, Carpentier, Guimarães Rosa, Vargas Llosa y yo mismo —contesta— nos estamos dando cuenta de la verdadera realidad latinoamericana y para poder expresarla tenemos que experimentar nuevas formas, formas que tiendan a reflejar más certeramente esa realidad. Creo que escribir novelas es contar las cosas que le pasan a la gente. Antes se le daba importancia al paisaje, ahora queremos profundizar esos caracteres y en eso va incluido todo (el paisaje, las psicologías individuales, la situación política y social). Usted ve que ya no se hacen panfletos, ahora se escriben novelas.

—¿Eso quiere decir que la novela es sucedáneo del libelo?

—No —responde rápidamente—, la novela no es un sucedáneo, pero lo incluye. Una novela auténtica, en estos momentos, necesariamente debe constituir un testimonio social y hasta político, pero implícitamente, a través del hombre, no como se hacía antes.

(...)

—¿Cree que puede alcanzar trascendencia una novela que se escriba hoy en América con una estructura y una expresión tradicionales, de espaldas a la experimentación de la novelística actual?

—Yo no niego nada de la novelística anterior. Los defectos de que podía adolecer no eran el tratamiento, los procedimientos estilísticos, que no eran malos. Lo que ocurre es que antes había una forma distinta de ver las cosas.

El entrevistador advierte que el embrujo de Beatriz se disipa. En cualquier momento García Márquez lo dejará plantado o —lo que es peor— alguno se avivará y...¡adiós, primicia! Pregunta lo primero que se le viene a la cabeza.

—¿Qué consejo daría a un joven escritor latinoamericano con vocación de novelista?

La pregunta es inocente, y también un lugar común. Pero esos tiempos también eran de inocencia, una inocencia tan grande como para llamar “dictablanda” a la tiranía de turno. El país vivía por inercia de las glorias del pasado, e ignorábamos que el golpe de 1966 marcaba la cuenta regresiva que nos llevaría a la destrucción y el horror.

—Que escriba mucho. El principal problema de los escritores latinoamericanos es que, en general, son escritores de domingo. No se dedican de lleno a la creación.

—De acuerdo; pero tenga en cuenta que muchos escritores, aún importantes, deben trabajar en otra cosa para vivir, para sostener a una familia, dar de comer a sus hijos...

El periodista se siente tocado. Él a su vez es escritor, pero es para parar la olla que está frente al comienzo de la leyenda. Aunque las amarillentas páginas de La Prensa nos desmienten, el escritor le espeta, de manera brutal:

—¡Pues que los hijos se mueran de hambre!

Reflexiona Requeni:

¿Cansancio? ¿Fastidio? ¿El whisky? Tal vez, un poco de cada cosa, pero también la confirmación de que ese hombre tímido, a pesar de su apariencia maciza, había tomado ya una determinación irreversible. Se había dado cuenta de que tenía algo importante que decir y lo haría, del modo que fuese y sin importarle los sacrificios o lo que hubiera que dejar por el camino.

Matar a los hijos de hambre seguro que no, pero lo necesario como para dejar con la boca abierta a cualquiera, como a un azorado periodista de Buenos Aires, en el lejano invierno de 1967.



La respuesta me pareció un exabrupto y no me animé a consignarla en el reportaje. Más tarde comprendería el verdadero sentido de la frase. García Márquez no dejó morir de hambre a sus hijos pero, con su esposa, hizo muchos sacrificios para poder dedicarse a escribir.