viernes, 10 de julio de 2015









UNO DE ESOS DIAS 


Hay días que vienen cargados con años de atraso, con horas que pasaron hace tiempo. Con un gris quejumbroso pegado a su segundero, esos siempre los tacho de mi calendario.

Ni uno solo de esos minutos que llegan vestidos con la ropa de ayer me ayudan a reconocer el hombre que soy, menos en el que me he convertido.

Siempre he renunciado al ejercicio inútil de mi contabilidad, no soy bueno para los números. Un poco también por las palabras de Heráclito que nos advierten sobre eso que ya no somos.

El Sol es un espejo que me entrega el Barman para que vea el rostro irónico de mis vanidades. Pero... ¿se puede huir de uno mismo?

Es una tarde en que comienza a apagarse la fianza vencida de mis sentidos. Esas son las cuestiones del plazo, siempre llegan.

Afuera, la calle es una contorsionista insomne que nunca duerme.

Si caminas en ella no demorará en poner sobre tus labios la voracidad del paisaje.

Mi sangre se mueve serpentinamente como una larga montaña rusa por donde suben y bajan los ángeles con las alas rotas.

Son las tres de la tarde, a esta hora ya no hay nada que seguir. Sólo puedo darte un pedazo de este día cargado de ayeres para que no te quedes conmigo. (D.G)

domingo, 5 de julio de 2015


La vida muchas veces...



La vida muchas veces nos pondrá ante el debate de creer en la ficción tranquilizadora de los niños, o en la cruel certidumbre de los adultos, pero como siempre será cuestión de elegir.



El animal imaginario

El animal imaginario es aquél que se fabrica con el calidoscopio de las imágenes contrapuestas de nuestras emociones, la forma en que ellas cobran sentido de figuración, aunque en su fisonomía también concurren nuestros denotados presentimientos, por eso nunca tiene una forma definitiva es tan cambiante como un tablero de Puzzle. Suele alimentarse con voracidad insaciable del estado de nuestras conciencias.
El animal imaginario gravita en nuestra memoria muchas veces en blanco y negro, los no-colores, ausencia y distancia porque imaginado como es, la ausencia de color impide que se quede para siempre.






Palinuro de México, ese otro olvido

Palinuro de México del escritor mexicano Fernando Del Paso, uno de los mejores exponentes de la narrativa mexicana del  siglo XX es en mi opinión la tercera mejor novela escrita en español, la segunda es Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez, y la primera Don Quijote de la Mancha de Cervantes.



Palinuro de México apenas logró el Premio Rómulo Gallegos (Venezuela-1982), cayó en ese carrusel de lo absurdo que es la moda literaria, y poco a poco ha ido siendo dejada al silencio, conviviendo en el ostracismo del gran público lector. Nadie promueve su lectura, ni cita su recurrente rítmica, sus vueltas a la palabra y los mundos entretejidos que se forman con ella.

Palinuro quedó relegada a los estudios de maestrías universitarias, destinada a un público limitado y selecto, pero quienes sabemos de sus encantos, disfrutamos de su prosa seductora, solemos hacer un acto de justicia literaria hablando, refiriendo esta extraordinaria novela que a veces se asemeja al libro de arena borgiano, multiplicándose en sí mismo hasta hacerse infinito.




Palinuro guarda para mí no sólo el afecto literario que nos derivan los buenos libros, sino el sentido cercano de una amistad, como esos amigos prudentes que dejamos hablar para que nos cuenten la secreta confesión y búsqueda de lo imaginado a veces tan cercanos a lo nuestro que sus páginas las hacemos nuestras. Palinuro es un astrolabio con el que podemos navegar todos los mundos que habitan en este. Es una novela sentida, exuberante e hiperbólica donde la metáfora y la recurrencia imaginativa parecen construir un nuevo abecedario, una nueva manera de decir las cosas.

jueves, 2 de julio de 2015






 Un ramo de rosas rojas
con alas de mujer


            -Extracto del cuento-

En el cartel estaba escrito a manera de advertencia: “Unos fuman, otros beben, otros se drogan y otros se enamoran…cada quien se mata a su manera”. Si sólo le hubiera prestado atención a esas palabras de tanto calibre que como enviadas por el mismísimo Oráculo de Delfos parecían anunciar mi futuro.



Pensar que siempre estuvieron ahí, a la vista como si el iluminado aviso de una marquesina teatral el día de un estreno. Esas palabras vivían todos los días conmigo, justo a mi lado, sobre el escritorio de la gorda Margot, que es decir lo mismo que sobre el mío, porque estábamos pegados unos con otros, ahí cerquita dándome su alerta para que no me adentrara en ese peligro suicida del enamoramiento, si hubiera leído la discreta sabiduría de su consejo, jamás lo hubiera hecho.

 

 
  
¿Por qué no la tomé en serio, cada día que las tuve frente a mí? Sólo requerían de tres segundos de atención que bastaban para su lectura, cuando cada mañana me las encontraba frente a mí como un mosaico de señales de tránsito: “Peligro piso resbaladizo / reduzca la velocidad”, algo así por el estilo, o como si fuera una orden de prohibición decretada por una especie de Tribunal omnisciente.-



Bien si eso en realidad hubiera sucedido así ahora mismo yo no estaría tratando de desamarrar los nudos con los que me ha atado la nostalgia, esos mismos que enredo y desenredo entre las idas y venidas de este despecho tan ebrio de melancolía que me hace subir y bajar el ánimo como si fuera un ascensor enloquecido, fuera de control, llevándome al vértigo de mis sentidos cada vez que vengo y me escucho soltar una y otra vez el invariable monólogo de mi mal querer, de quien como yo es declaradamente un adicto con clara vocación de hipocondriaco en asuntos amorosos.



El único testigo de todo este desbarajuste emocional es el amigo Johnny Walker Red, ese solitario y eterno caballero inglés, a quien he hecho mi cómplice en la fabricación de este compás de espera, o de perdida esperanza. Estoy parado en el balcón, campaneando mi whisky con los dos últimos cubitos de hielo que pude exprimirle a la nevera, esperando a ver como comienza a brotar el amanecer y la noche se reduce dentro de mí como una sombra incesante, tratando de descubrir la razón del por qué los amores felices carecen de historia y son los amores contrariados, los infortunados por la insospechada naturaleza del fracaso y del destino, los únicos que siempre tienen una, aunque sean historias de desamor.



 

 Pero a estas alturas, la frase “cada quien se mata a su manera”, la llevo tatuada por todo el cuerpo, como una especie de Hachimaki, ese pedazo de tela que se amarraban en sus cabezas los Kamikases japoneses cuando volaban hacia su misión suicida. ¡Claro! Jamás sospeché que ese simple cartel, cursi y soberanamente kitsch, se reservara la secreta sabiduría, de una revelación para mí. Eso nunca lo supe, aunque siempre estuvo ahí anunciando y previniéndome y gritando a diario esa verdad que tantas veces me negué a leer, que hacía tiempo se había decretado el fin del amor, ese invento medieval –un mito creado por los mismos que aseguraban que la Luna era una inmenso queso que flotaba sobre nuestras cabezas, y que quien algún día llegara a alcanzarla sería inmensamente rico-, que como todos los inventos del alma, hasta los que la incluyen a ella son inexistentes.



 
 

 El amor ni siquiera llega a ser un concepto real, además el que se enamora es el corazón que no tiene cerebro, no piensa, ni posee memoria, quizás por eso es que a veces elegimos mal y perdonamos tantas otras, y es que el corazón solo sabe repiquetear con latidos acelerados y frenéticos con lo que abre los surtidores de todos esos fluidos que nos alucinan como verdaderas sustancias sicotrópicas, que junto a la adrenalina y todas esas secreciones hormonales que fabrica nuestro cuerpo en éxtasis, ayudan a crear un clima de satisfacción. Y uno que va por ahí de iluso pensando que ese retumbar del corazón es como el lenguaje cifrado de los tambores de la selva, capaces de transmitir un mensaje de amor, como si fueran una especie de clave universal, la que decodificamos poniéndole las palabras de nuestra recurrencia, de nuestra propia invención romántica, sin saber que el Corazón al igual que los tambores, repiquetea cuando los instintos y la lujuria muchas veces se juntan para formar un Bembé.(D.G)




 El Hacedor de las Cosas
-Las Palabras-
Esa mañana, El Hacedor de las Cosas que nunca escribe, nos contó la historia de las palabras. En los tiempos antiguos los magos y los sumos sacerdotes ejercían el oficio de escribanos. Magia y escritura eran atributos de lo oculto. Leer y escribir concurrían como actos sagrados, reservados a sólo a quienes estaban ungidos en el secreto culto del Dios de las palabras. 




La palabra era adorada como la partícula viviente de la creación, a partir de ella se hicieron todas las cosas. Algo que el hombre recrea cuando escribe y en lo que imita al Demiurgo quien le habló a la nada para hacernos de ella.

Las palabras estaban reservadas para a los ritos ocultos y eran entretejidas en largas invocaciones del ceremonial sagrado. Tal se consideraba su poder hipnótico y seductor que un día la palabra hizo hablar a la Efigie, para señalar su asombro de que el hombre pretendiera contar la eternidad sumando los días y tratando de develar el misterio que propone cada noche.  

Cuando llegaron las guerras los hombres se apresuraron en resguardar las palabras y preservar el influjo de su misterioso poder crear las cosas con sólo nombrarlas,  temían que otros hombres se apropiaran de ellas y se igualaran a los dioses, porque todos sabían de sus poderes capaces de transfigurar la realidad. Entonces se acordó resguardarlas entre el tesoro y se creó el primer libro para meter en él todas las palabras tanto las que hablan de lo hecho, como de lo soñado.



El libro también fue una forma de luchar contra el olvido, entre tanta palabra guardada encontraron el amor, primero fue una descripción vaga como la de una ensoñación, idea frágil y etérea como una nube. Después a partir de ella se formó el concepto común que habilitaban todos los hombres en su corazón. Fue cuando los magos descubrieron que el amor embriagaba tanto como el vino y que lo hacía de forma permanente e ideal. Entonces pensaron como retenerlo, preservarlo y multiplicarlo en los hombres y el tiempo como un relato sin fin, que saltara de un corazón  a otro como un mal de contagio, para ello soltaron las palabras, una a una, para que se escribieran todas las historias las que se viven y las que se sueñan. (DG)


lunes, 29 de junio de 2015




El uso político del resentimiento

Douglas González

“El resentimiento ama la debilidad, y donde no la halla, la crea”

“Todo resentimiento es una forma diferida de venganza”, señala el filósofo español Fernando Savater. El resentido quiere tomar revancha, castigar y a eso lo llama hacer justicia. Es alguien que acumula una memoria de falsos desprecios atesorada en su interior, sólo le preocupan dos cosas: los otros que considera mejores que él y la felicidad que éstos poseen; está marcado por su pasividad e impotencia ante este hecho irrevocable y que según él  existe a cuenta de su propia infelicidad.

Cuando el resentimiento es conducido al escenario político es para ser usado como fuerza de ataque y provocación, con un solo impulso: la necesidad de quitarle la felicidad a sus oponentes, por el simple hecho de que ellos siempre lo fueron y él no. La orden es: execrarle la buenaventura, quitársela para siempre, de ahí parten sus ataques y ofensas, cólera y furor, que serán los elementos que se pondrán en marcha su maquinaria política con un fin único: derrotar  históricamente a su adversario, aislarlo del poder, borrarlo del escenario social y de las posibilidades que este le brinda. Eliminarlo como competencia.


El resentimiento actúa como un espejismo, una manera alterada de observar y de definir la realidad, pero si algo se reserva el resentimiento es el ser una evaluación errónea en torno a las verdaderas capacidades de libertad, triunfos y logros de la persona. El resentido está condicionado por su entorno, lo que oye y lo que ve. Es una condición mental que responde a una conducta aprendida más que a la  injusticia social, una manera parcializada de ver las cosas; un argumento tóxico (Max Shiller),  pervertido y engañoso con el que se fabrica el cristal a través del cual se ve el mundo.

Un resentido puede ser desde un conformista a un hacedor de proyectos al que sólo le gusta soñar, pero nunca  ejecutar, de esos que andan en la vida buscando a otros para que carguen con la culpa de su propio fracaso. O culparlos por su ser muy poco. 
“El resentimiento es una autointoxicación psíquica, con causas y consecuencias bien definidas. Es una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos”.


El resentimiento social puesto en marcha jugará un papel determinante en aglutinar masa de seguidores, todos guiados por un mensaje único, repetido en mil palabras: una perversa valoración y un envenenamiento moral.
Todas las valoraciones que surgen del resentimiento son reactivas –negativas a decir de Fernando Savater-, no activas. “Si ahora se me pregunta por qué hay que preferir lo activo a lo reactivo, lo dominante a lo defensivo, lo positivo a lo negativo, habré de responder que, a fin de cuentas, tales preferencias están dictadas por la fuerza de la debilidad de cada cual: es decir, que sólo el débil cuestiona –porque su fisiología moral lo inclina a ello- el valor de la actividad o el dominio y que sólo el débil se pregunta por qué está moralmente por debajo – o por encima- del fuerte”.
Una de las características del resentimiento político es que cuando hace uso del poder desmonta todas las instituciones. Debe hacerlo porque cambiar todo aunque sea de nombre, le otorga una seguridad inaugural. De ahí que necesite otros mapas y nuevas referencias, porque dejar la institucionalidad como siempre ha existido sería un factor de inestabilidad y opresión para él. 
El resentido siempre será un convencido de que él hubiera hecho mejor las cosas, hubiera llegado más lejos con todas las ventajas, fortalezas y dotes que ve en el otro. Pero sabemos que eso no hubiera pasado, el mejor ejemplo lo tenemos en Venezuela, donde una clase gobernante de “resentidos”, conduce al país de manera totalitaria y absolutista, aún teniendo en sus manos recursos de inmensa riqueza a lo largo de 15 años, y han acabado llevando el país a la ruina, el único mérito que pueden mostrar. Y es que el resentido es un demoledor, no un constructor, su alimento es la deflagración de las cosas. Sólo basta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de ello. Como el inevitable giro del molino que todo lo pulveriza o lo vuelve migajas.