Así, sumando todo eso y empezando a inventar, empezando a ver a los personajes que se van aglutinando, que van tomando una fisonomía precisa -La Maga, Oliveira, los miembros del Club de la Serpiente- ya entré en un camino que de golpe, para mí, fue novela. Me acuerdo siempre -de eso sí me acuerdo muy bien- de la sensación de alegría que me dio, porque hasta ese momento yo había estado chapoteando en el vacío.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Así, sumando todo eso y empezando a inventar, empezando a ver a los personajes que se van aglutinando, que van tomando una fisonomía precisa -La Maga, Oliveira, los miembros del Club de la Serpiente- ya entré en un camino que de golpe, para mí, fue novela. Me acuerdo siempre -de eso sí me acuerdo muy bien- de la sensación de alegría que me dio, porque hasta ese momento yo había estado chapoteando en el vacío.
martes, 1 de septiembre de 2015
El habitar es la manera como los mortales son sobre la tierra, a decir de Heidegger: “El hombre es en la medida en que habita”. Pero de este lado del mundo, no todo habita esa plenitud del espacio heideggeriano, sino que se mueven por sus bordes, entre los intercisos, como hologramas que pueblan un espacio ambiguo de liberación y resistencia, otros, son como sombras que pasan en una vaguedad.
Hay guerras que parecen nunca haber existido, revoluciones que no alcanzaron a ser más que eco de un entusiasmo inicial, y revoluciones que no lograron mover las parcas agujas del reloj de la historia. A veces los grandes sucesos no parecen pasar por ningún lugar, llegan como una resonancia del tiempo, y en eso se confunde con los cuentos de oídas, aunque éste último siempre llega como un rumor de algo que dice alguien que está pasando, y sólo basta repetir el relato una vez para que se repita como un salmo responsorial, para que se impregne en la memoria. Los cuentos de oídas siempre andan en busca de un testigo oidor que los repitan para parecer verdad, fórmula que les permite mantener su presencia etérea en la línea del destino.
Creer un poco, repetir mucho más, eso es lo único que necesitan los que como ellos están parados en medio de esa carretera larga y polvorienta que conduce a los pueblos olvidados, tragados por la derrota.
La Región más Transparente, es el título de la primera novela de Carlos Fuentes, inspirada en los primeros tiempos de la revolución mexicana; la que se narra en la novela, es la revolución que no alcanzaron a ver pasar, y la que para muchos sólo fue un cuentos de oídas, de historias cruzadas, plenitud de incongruencias, una realidad urgente y trastocada, pérdida en el limbo de sus propias abyecciones, contradictoria y venida a menos como un cuerpo que tiene como única regla la resta. Insostenible y fantasmal, como toda realidad hecha sólo de palabras.
En La región más transparente, la revolución llega a la ciudad, pero llega no para dejar de ser un cuento de oídas, sino su representación -como todas las revoluciones latinoamericanas- porque no son verdad, llega para revelar la derrota de cada uno de sus personajes.
Inaugura no un ámbito sino una brecha donde todo lo que se deforesta bajo las proclamas revolucionarias, se entremezcla, es su paradigma de igualdad. No conoce otro modo, un caos lineal y espasmódico en medio del cual buscan ser investidos los nuevos colonizadores del poder. Aquí nadie triunfa, todos en alguna medida son arrastrados por las formas predecibles del fracaso.
“La revolución llegó para quedarse”, se repite mucho en un cuento de oídas, si pero llegó como llega la noche, el viento, el aguacero, la crecida del río, la peste y el hambre. Nada quedará en pie, dice el nuevo conquistador parado sobre la arena movediza donde ha plantado la significativa base del nuevo orden con sus nuevas jerarquías.
En la literatura latinoamericana abundan los diálogos entre la nostalgia de tiempos pasados cuando todos soñaban con la justicia social y la igualdad económica, y la desigualdad social que siempre surgen con la llegada de la revolución, donde unos pocos se convierten en la nueva élite y la mayorías sigue viviendo en la pobreza y la desigualdad.
-Se acuerda compadre, cuando todos salimos de las mismas rancherías, de los mismos pueblos, todos igualitos a la Revolución. Pues ya ve usted, cuántos son ahora gente fina, y nosotros igual que cuando comenzamos (…) DÍAS DE FUENTES / FONDO EDITORIAL NUEVO LEÓN-MÉXICO
—Pues ya ve usted que no, abuelito. Soy la misma persona aquella que usted conoció hace un mes con los zapatos rotos y los calzones remendados; y crea usted ...PEONÍA / ROMERO GARCÍA-VENEZUELA
-Maita cierre la ventana, no ve que se nos va a pegar de los huesos el sereno pasmoso de la madrugada.
-Estaba asomada viendo porque ayer dijeron que llegó la revolución, pero veo y veo, pero no veo nada. Contestó la mujer.
-Lo que hay es un viento malo que sacude todos los trastos viejos guindados allá afuera, pero será porque estamos en menguante. Dijo.
-A veces es así, eso es lo que nos llega. Al otro lado de la montaña ayer, y que pasaron unos alpargatuos, montados en burros, con escopetas y fusiles diciendo que ellos eran la revolución, pero ya se fueron. Señaló
-A lo mejor ni pasaron, esos son puros cuentos de oídas. Dijo. DOUGLAS GONZÁLEZ / FRAGMENTO DEL CUENTO: AL DÍA SIGUIENTE
El nuevo orden revolucionario tiene dos bandos: los que se quedan anclados al pasado y los oportunistas y mercenarios sociales que se aferran a una promesa, tratando de sacarle provecho a todo cualquiera sea su precio, ignorando víctimas y sacrificios. Poco a poco la realidad va desdibujando a la revolución, en su lista de haberes no habrá redimidos.
Carlos Fuentes habla de la susceptibilidad, lo heterogéneo y el caos a la que están expuestas las revoluciones en este lado del mundo, donde la realidad hace sus propias mudanzas desintegradoras, bajo el secreto orbe del tiempo, como una medida de resistencia a la crueldad del poder.
miércoles, 19 de agosto de 2015
jueves, 13 de agosto de 2015
La base común de la filosofía es el asombro. En el libro del Teeteo, Platón habla de los primeros filósofos, y dice que a la gente les costaba entenderlos y por eso los llamaron “idiotas” ( idiota proviene del griego ιδιωτης (idiotes) para referirse a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos (utilitarios), sino sólo de sus intereses). Digamos aquél que no se ocupaba con prioridad de los asuntos básicos de la vida, sino de la búsqueda trascendental de las cosas.
El problema es que cuando la razón ocupa todo el espacio mental, estamos ante una obesidad del razonamiento, ese que se define por una angustia, por el exceso de control, extremada rigidez, apego a la perfección psicótica enfermiza, ocultamiento deliberado de errores, fallas, carencias, y todo un largo etcétera que permiten a fuerza de acumular convertir su cerebro en almacén donde tener a mano, la instrumentación necesaria para sostener una vida tan artificiosa como la razón que esgrimen tener.
sábado, 8 de agosto de 2015
Cuando el Gabo conoció a Chávez supo que este era la encarnación del senador Onésimo Sánchez
Fidel Castro ha variado su visión de la Cuba socialista, algo inviable e ilusorio, es un hecho indudable, también habrá variado su concepto del mercado capitalista, ya poco a poco la Isla se sumerge en él, las razones históricas del hambre y el fracaso de su modelo político lo demuestran día a día. Pero lo que si no ha variado ni siquiera en el acento, es al decir que el mejor amigo de su vida fue el escritor Gabriel García Márquez.
Siendo tan próximo a Fidel, y luego siendo Chávez tan íntimo a Fidel y a su mundo en la Habana, García Márquez, nunca ni se retrató con él, ni escribió una línea a favor a la llamada revolución bolivariana, cuestión que si hizo con el gobierno revolucionario de Salvador Allende y con la Nicaragua de la revolución Sandinista. García Márquez condenó a Chávez al silencio de sus palabras.
¿Qué separó a Gabriel García Márquez un convencido de la izquierda de Hugo Chávez?
A García Márquez le bastó acompañar al Chávez recien electo, en un vuelo La Habana-Caracas, para saber que conocía su discurso, que podía hasta predecir el orden de sus ideas, el énfasis denotado en ciertas palabras -porque casi todas las había pensado una y otra vez cuando las puso en la boca del senador Onésimo Sánchez, protagonista de su cuento "Muerte Constante más Allá del Amor", con ese estilo chapucero, despóta y populista y traficante de esperanzas; algo que sin duda conmovió la conciencia del escritor Premio Nobel, encontrarse frente a frente con uno de sus personajes habitando en otro hombre, destinado además de gobernar a un país de sus afectos como lo fue Venezuela.
Gabo al describir su primer y único encuentro con Chávez, relata lo siguiente -publicado en la revista Cambio de Colombia-: “El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: -Nos vemos aquí el 2 de febrero-. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.
Así lo describió en 1989, pero 29 años antes en otro viaje distinto, uno de esos que permite la imaginación literaria sobre las curvas del tiempo, entre metáforas y otro sustantivo, vemos emerger al mismo personaje pieza por pieza de la página en blanco de la máquina de escribir del Gabo, pero dejemos que sea la prosa del mismo García Márquez quien nos describa la fluctuación histórica de este personaje en dos tiempos.
"[El candidato] Acalló los aplausos con una orden de la mano, casi con rabia, y empezó a hablar sin gestos, con los ojos fijos en el mar que suspiraba de calor. Su voz pausada y honda tenía la calidad del agua en reposo, pero el discurso aprendido de memoria y tantas veces machacado no se le había ocurrido por decir la verdad sino por omisión a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio.
-Estamos aquí para derrotar a la naturaleza –empezó, contra todas sus convicciones-, ya no seremos más los expósitos de la patria, los huérfanos de Dios en el reino de la sed y la intemperie, los exiliados en nuestra propia tierra. Seremos otros, señoras y señores, seremos grandes y felices.
Eran las fórmulas de su circo. Mientras hablaba, sus ayudantes echaban al aire puñados de pajaritas de papel, y los falsos animales cobraban vida, revoloteaban sobre la tribuna de las tablas, y se iban por el mar. Al mismo tiempo, otros sacaban de los furgones unos árboles de teatro con hojas de fieltro y los sembraban a espaldas de la multitud en el suelo de salitre. Por último armaron la fachada de cartón con casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas de vidrio, y taparon con ella los ranchos miserables de la vida real.
El senador prolongó el discurso , con dos citas en latín, para darle tiempo a la farsa. Prometió máquinas de llover, los criaderos portátiles de los animales de mesa, los aceites de la felicidad que harían crecer legumbres en el caliche y colgajos de trinitarias en las ventanas. Cuando vio que su mundo de ficción estaba terminado, lo señaló con un dedo.
-Así seremos, señoras y señores –gritó-. Miren. Así seremos.
El público se volvió. Un trasatlántico de papel pintado pasaba por detrás de las casas, y era más alto que las casas más altas de la ciudad de artificio. Sólo el propio senador observó que a fuerza de ser armado y desarmado, y traído de un lugar a otro, también el pueblo de cartón superpuesto estaba carcomido por la intemperie, y era casi tan pobre y polvoriento y triste como el Rosal del Virrey [el pueblo donde daba su discurso]".
jueves, 6 de agosto de 2015
No hay una novela de J.M Coetzee (Premio Nobel 2003) que pudiera decirse que lo caracterice, o que sea la más emblemática de su obra. Cada una de las más de una veintena novelas de este autor sudafricano, con imagen de profesor inglés de literatura universitaria, marcan una honda separación una de la otra, con un lenguaje parco, de uso preciso y nada ampuloso. Pulcro y translúcido, propio de un seguidor de Kafka, aunque en nada se le parezca, ee a Coetzee lo han estigmatizado como un escritor sofisticado, solo para escritores, sin mayor relación con el gran público ávido comprador de autores culto. Por su estilo literario ceñido a lo hermético Coetzee fue estigmatizado como un narrador para eruditos, amantes de la novelística selecta.
En cada lectura de las novelas de Coetzee descubrimos que estamos ante una pieza única: En La Edad del Hierro, asistimos a la escabrosa lucha racial y política de la Sudafrica gobernada por el régimen del apartheid. En Foe, es la aventura de Susan Barton, una mujer que naufraga en una isla desierta donde convivió con Robinson Crusoe y su esclavo Viernes, hasta que de vuelta al mundo civilizado busca al autor de la novela Daniel Defoe para convencerlo de que Robinson Crusoe existe y que no es un invento literario. Otros títulos recomendados de este autor son: Infancia, Juventud y El Maestro de Petersburgo.
En tiempos recientes, existen dos tendencias marcadas por la crítica sobre un par de novelas de Coetzee: “Desgracia” y “Esperando a los Bárbaros”, ambas aclamadas como una renovación del autor y que marcan el camino a seguir por la novelística del futuro.
CHIMAMANDA NGOSI ADIHIE
Americanah, es una novela africana con acento anglosajón, escrita por la multipremiada narradora nigeriana Chimamanda Ngosi Adihie, residenciada en Estados Unidos, es un viaje de ida y vuelta a la exposición del mundo multiracial y sus valoraciones.
La gran tendencia narrativa de Americanah, es la manera de entender el mundo americano a partir de la visión del emigrante y lo que significa ser negro en America, negro estadounidense y negro extranjero. La condición superior del blanco, american White sobre el blanco hispano, la evidencia del pensamiento 2.0 de las redes sociales, y cómo se ha ido incorporando a nuestras realidad con toda una rutina diaria cibernética, donde la red ya forma parte del anclaje de la existencia. Facebook para apuntalar las relaciones, el blog como escenario para vencer el anonimato, ambas herramientas pasan a formar parte del equilibrio de los personajes a manera de compensar su incomprensible soledad y la pesadumbre del día a día.
Americanah narra la historia de una joven pareja nigeriana que apenas se asoma a las puertas del romance, Ifemelu y Obinze, cuando deciden abandonar su país, en busca de su propio lugar en un mundo con mejores posibilidades. Ambos se separan, Ifemelu viaja a EE.UU, y Obinze a Inglaterra, en momentos y circunstancias diferentes, destinos distintos, cada uno tras su ruta de vida, pero ambos marcados por la única experiencia que jamás podrán olvidar, la realidad de su condición racial. Sin lograr un lugar para sus vidas sin dejar de sentirse extraños, ambos son unidos nuevamente por la casualidad, el regreso a Nigeria.
Separados durante 30 años, cada uno interpreta a su manera la naturaleza del inminente reencuentro, y en ambos subyace un mismo temor: ser tratados como Americanah en su propio país, negros emigrados sin identidad que los relacione con su nación, un negro diferente que ha dejado de ser nigeriano, pero que regresa con un concepto de negritud que en momentos lo hace sentir diferente, incluso sofisticado e incapaces de reencontrarse plenamente con lo que eran antes de marcharse y dejar atrás su origen, al que regresan buscando el lugar que dejaron antes de irse. “Tengo la sensación de que dejé de ser negra nada más apearme del avión en Lagos”, dice Ifemelu, al pisar nuevamente suelo nigeriano.















