viernes, 21 de octubre de 2016



¿Se está devaluando el Premio Nobel de Literatura?

D.G

Cuando apenas ha transcurrido menos de una semana de haberse anunciado a Dylan como el ganador esta premiación le ha tocado navegar a medio camino entre el mal chiste de factura circense y lo que es un total desagrado. Transcurridos estos primeros siete días, el mundo literario como si fuera una maquinaria de un tren a vapor empezó con un lento arranque inicial, con puntuales pero muy comedidas críticas pero marcando cierto distanciamiento al conflicto, pero éste ha ido ganando velocidad, hasta llegar no sólo a cuestionarlo, sino a confrontar la naturaleza del galardón, al que se evalúa como un desacierto, como un capítulo oscuro en la historia de los Nobel, que sin duda pasará con más pena que gloria –lo que es un exhorto a la Academia Sueca para que evite, a futuro, una nueva devaluación de su presea-, a apropósito de esta afirmación el escritor Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura , dijo que Bob Dylan puede ser  un extraordinario cantante, pero no es  buen escritor.



Pero a los entendidos de la literatura esta premiación errática no les cayó de sorpresa, ya se había diferido el anuncio del ganador por poco más de una semana de la acostumbrada fecha  del anuncio protocolar, para ellos en esa semana de dilación sirvió para cocinarle el Nobel a Bob Dylan, algo de última hora, la mayoría  juzga que fue una salida fácil para no otorgárselo a quien en realidad se lo merecía este año, al novelista norteamericano Philip Roth, quien ha estado prevenido al bate - es decir esperando turno- por varios años consecutivos, además encabezando la lista de favoritos.





LITERATURA NO COMPLACIENTE

El silencio abre espacio a las conjeturas, y el mutis se cierne alrededor de la figura literaria de Roth, y en el caso de la Academia sueca, da a entender lo que para muchos siempre ha sido una sospecha, Phillip  Roht es un gran novelista –de lo que no hay duda- pero al parecer es un autor muy incómodo para premiar, por sus posturas anti estabilishment, la ironía con que trata el mito del sueño americano, su irreverencia ante el culto a la sociedad de masas, y su amplia escala de valores frívolos. No cree en las formulas para la vida feliz, que es lo que según Roth domina al mundo en estos momentos, como ese anhelo único. Una vida que la única libertad que te da es la de elegir: “Todo el mundo padece un trauma de adaptación, porque llevan una existencia privada de libertad”.

Según la opinión de algunas voces calificadas que año tras año vienen analizando los Nobel de Literatura, así como los entretelones de cada premiación, y el average de sus candidatos, concluyen que la Academia se distanció definitivamente de otorgarle el Nobel a Phillip Roth, por considerarlo un acto de provocación y de suma incomodidad, quienes al parecer ante la evidente realidad de premiarlo, prefirieron hacerse los suecos –cuestión que al parecer no les cuesta mayor trabajo-, y sacaron de la chistera del mago el nombre de Dylan. Algo que ha llamado la atención es que al parecer casi ninguno de los del comité de premiación, incluso su secretaria, Sara Danius, conocía la obra musical de Dylan a profundidad, la misma Danius confesó a la prensa que a lo sumo había escuchado un par de canciones del cantautor en toda su vida, lo que ya es mucho decir, ¿qué restaría para el resto del jurado?



UN MAR DE CONTRADICCIONES

La estampa del rebelde sin causa que encarnó la generación  Beatnik, o generación Beat, –sobre cuyo performance la Academia Sueca le otorga el Nobel- no tuvo en  Dylan, su mejor ni más grande exponente como poeta, tuvo otros como Alan Ginsberg, Jack Kerouac y hasta el mismísimo Willian Burroughs,  todos, cultivadores de esa literatura underground hecha por y para jóvenes irreverentes que usaban jeans las 24 horas y nunca iban a la barbería, ninguno de ellos jamás fue mencionado para un Nobel, entonces quedamos que sobre la literatura Beat, no recae eso que dijeron para justificar el premio de Dylan, por su nueva forma de narrativa para decir o narrar las cosas, simplemente porque otros ya habían inventado esa forma de decirlas y con mayor riqueza y propiedad literaria.

Salvo algunos defensores, para todos ha sido un acto hiperbólico, pantagruélicamente exagerado en el que incurrió la Academia Sueca al darle un posición de exagerada relevancia al canta-autor,  un premio que ha dejado sabor  tan simple como el de una ostia, sin dejar nada que saborear.

Bob dylan hasta ahora ha guardado silencio sobre la premiación recibida, algunos especulan que incluso pudiera rechazar la presea del Nobel en un acto de soberana honestidad. El único laureado que ha rechazado públicamente –a través de una carta- recibir el Nobel, fue el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre-. Un hecho indudable es que a estas alturas de los tiempos Dylan es un cantautor muy poco radiado, cuyas canciones, no se corean con la misma permanencia como la de los Beatles –por citar un grupo musical legendario que también fue pionero en eso de inaugurar una nueva narrativa musical-.



LOS LIBROS DE PHILLIP ROTH

Son muchos los epítomes con que se reviste a Phillip Roth el escritor, y su obra, la sensación de tierra baldía con que impregna su narrativa –desolación palpable-, otras veces muy brusco, pero eminentemente feroz. La obra de Roth no es para nada apacible, es una narrativa intrincada que fácilmente conduce al lector a ese estado de desasosiego de la existencia.

Roth salta a la palestra literaria con su novela Adiós Columbus,(1959), bien recibida por la crítica, pero con una alta dosis de polémica, obra con la que ganó el National Book Award de 1960. Nueve años después Roth vuelve a ser punto de una polémica virulenta con El lamento de Portnoy (1969) Pero su narrativa tuvo que esperar treinta y siete años después para lograr su definitiva consagración al serle concedido el prestigioso premio Pulitzer con una de sus más importantes novelas: “Pastoral Americana”, donde vuelve a poner en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana, desenmascarando la ilusión de que todos pudieran vivir todos los días un feliz día de acción de gracias, con la contradicción que significó la guerra de Vietnam como telón de fondo. En 1988 recibió la Medalla de Oro de Ficción, concedida anteriormente a los escritores John Dos Passos, William Faulkner y Saul Bellow.

Phillip Roth es el último de los mohicanos, el último representante de una estirpe de escritores, de la llamada literatura dura, de hombres que se hacían a partir de cero, que pulso a pulso fue creando la gran narrativa moderna norteamericana. Su tema es el hombre frente a la sociedad que pese a su complejidad no lo descifra, todo lo contrario lo envanece, sea la gran depresión, la segunda guerra mundial, la guerra de Vietnam, el culto al dinero, el reconocimiento y la fama, en fin el recetario del sueño americano, y lo que habita al otro lado, las miserias humanas, los padecimientos de la gente, sus ansiedades por la existencia y sus penurias, esa parte de la vida que muchas obras literarias tienden a invisibilizar.  Mientras que Dylan, es un viejo caballo que difícilmente arranque a trotar, pastea apaciblemente en los establos del sistema, donde al parecer ni siquiera recibir el Nobel logra sacarlo de su apaciguada zona de confort.

miércoles, 14 de septiembre de 2016





El tiempo y los tiempos de la conciencia

El tiempo exterior de los relojes y el tiempo interior de la conciencia nos impide conocer al tiempo como una unidad, sino en una derivada fragmentación. La escritora inglesa Virginia Woolf señalo a este respecto que la única manera de conseguir la visión unitaria en este mundo fragmentado, es a través de la propia e individualizada percepción, con la que elaboramos el mundo de nuestras observaciones cada vez que lo vemos una y otra vez.


En el universo de las pasiones –por ejemplo- el tiempo suele ser un acertijo sin solución. Ernesto Sábato en el memorable capítulo 34 de su novela El Túnel revela la acuciante angustia del tiempo cuando es marcado por las agujas de las emociones, donde en un minuto se puede vaciar la eternidad entera.

“Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes de ese tiempo anónimo y universal de los relojes que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de la muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo […]”.


El tiempo es uno de los elementos obsesos de los enamorados: “Estar contigo o estar sin ti es la medida de mi tiempo”, escribió Borges. Esa obsesión la encontramos en Woolf como representaciones: diálogo que la es del verbo, el tiempo exterior, y el monólogo el tiempo en toda su interioridad. En su obra Virginia Woolf siempre tendrá entre ambos elementos una permanente tensión y reacomodo, tratando de subvertir su visión del mundo una y otra vez, entre el tiempo mecánico observable de los relojes, y los fragmentos de tiempos que habitan el interior de la conciencia humana.

martes, 7 de junio de 2016


  
                   Russell Banks: la novela norteamericana de finales del siglo XX

Russell Banks (Massachusetts-1940), es otro de esos monstruos literarios genuinos que existen para el asombro en el ámbito de las letras, como uno de esos especímenes que por su rareza y complejidad  siempre causan admiración. Nacido en el seno de una familia norteamericana proletaria ha profesado un profundo nihilismo a las dos fórmulas establecidas en la sociedad estadounidense para alcanzar la felicidad: el the american dream y el american way of life.
Su culto a lo literario nace por propia convicción personal, de manera espontánea, según ha manifestado, creció sin ningún referente cultural en su familia, que como ha indicado creció en el típico hogar anónimo de un obrero, como ha habido millones. Banks que pudo haber elegido cualquier otra carrera, eligió estudiar letras algo que tuvo que haber sido tomado con extrañeza en medio de su entorno, pero desde joven Banks tenía el germen del escritor pululando por todos lados, sólo esperando por expresarse.
Al salir sus primeras publicaciones cuentos y novelas, fueron catalogados como un suceso literario y rápidamente comienza a convertirse en un escritor de renombre que lo llevan a ser galardonado con importantes premios literarios: O Henry, Pushcart, Fels y Best American Short Writting Fellowships, John Doss Passos y el de la American Academy of Arts and Letters.
Su obra narrativa contempla, entre otros títulos publicados: Aflicción, Como en Otro Mundo, Una americana consentida, Family Life, The New World, The Book of Jamaica, The Sweet Hereafter, Rompenubes y La ley del hueso.




¿Qué hay detrás de la literatura de Russell Banks? La vida de los desamparados, gente que va al trabajo, gana un sueldo para subsistir, busca la felciidad en la tv, o bebiendo cerveza y soñando con un futuro prometedor que como el Godot de Becket nunca llega. Vida de personas ante la catástrofe de conquistar las imposibilidades de la propia creación humana. Un nihilista del éxito de la organización social –como la norteamericana- basada en el materialismo. Si existe dios se esconde en una casualidad, o detrás de la voluntad humana.
El hombre no es dueño de su propia libertad, infectada por sueños, recetas existenciales y esperanzas, cuando esto no lo aniquila, es la pesada vida rutinaria que todo haz de originalidad apaga que lo sepulta.
Si buscásemos una metáfora que pudiera reflejar la impotencia y la frustración de Russell Banks ante esa especie de ficción social  que a millones deslumbra como una fe religiosa: el sueño americano, diríamos que es como el cuento de ese hombre común con incontables necesidades económicas que una tarde pasa frente a la puerta de un casino, en  momentos que se juega la gran apuesta del día. El número que salga ganador se llevará todo los montones de billetes que están apilados sobre la mesa. Pero nuestro hombre de hábitos muy domesticados, medianamente feliz, medianamente desdichado, oye como un eco muy lejano el llamado del crupier: ¡hagan sus apuestas señores, hagan sus apuestas!  Vacila en entrar o no, porque sus pasos están tan acostumbrados a repetir, una y otra vez su rutina de todos días que no se permite otro rumbo sino el que está marcado en el mapa de sus cotidianidades. Pero como una esperanza ajena que no le pertenece piensa en el 17 Rojo y afloja el paso mientras escucha con atención la bolita metálica rodar saltando los obstáculos de cada casilla numérica de la ruleta. De pronto el silencio es cortado por la voz cantarina del tahúr: “diecisiete Rojo, sin apuestas, gana la casa”. Siente que se baja tarde del tren de la vida, porque baja la acera con sentimiento de derrota, atrapado en esa otra eternidad inmediata que es el tiempo ordinario y repetitivo de todos los días, con su larga carga de sus hábitos y de actos predecibles. Nuestro hombre con tantos atributos comunes, no sabe cuánto tardará en volver la casualidad a jugar con él una vez más, sigue en andando esperando que el número de la casilla de su existencia sea gritado por ese otro crupier invisible que parece cantar a diario el destino de las cosas.



“Deriva Continental”, es la novela que me abrió la puerta a la obra de Russell Banks –edición de Bruguera, con la extraordinaria y muy notable traducción de Francisco Rodríguez de Lecea- , su narrativa no pierde un ápice del clásico ritmo de la novela norteamericana tan vinculada al lenguaje cinematográfico, pero siempre manteniendo ese ápice, esa pincelada sutil que es entretejer una narrativa suave de mudanzas imperceptibles, los volúmenes del lenguaje. Y es que las historias de Banks sin su lenguaje tan tejido en lo literario, en lo elaborado y meticuloso, perderían mucho de su elemento esencial, sino se cuentan con esa especie de rememoración épica  impersonal como suelen contarse este tipo de historias.
Su historia, como muchas otras de sus obras, son retratos de loosers, los  catalogados por ese denso sistema de vanidades como perdedores,  las minorías, pero más aún esa minoría que es masa –invisible e ignota- que es mayoría pero tan reducida en los espacios de la voluntad, por su colisión con el inevitable curso de la totalidad de las cosas que vive ignorándolo. También los negros, los bípedos, los analfabetas funcionales, el hombre común, el que trata de no serlo y termina mirándose siempre el espejo de sus propios fracasos, los inmigrantes, los buscadores de sueños, los que nunca abandonan sus propias pesadillas, todos ellos convergen en la narrativa de Russell Banks, quien a su manera y utilizando la voz de sus palabras denuncia y se compadece al observar como cada uno va siendo devorado por una cadena sucesiva de trampas que impone la secreta esperanza del “sueño americano”.
“Deriva Continental”, es la gran novela de finales del siglo XX norteamericana, narra la historia de dos personas, un hombre cuyo perfil bien pudiera responder al norteamericano promedio que busca en ese mar de esperanzas pescar el cambio de su vida y decide lanzarse a la aventura, y una mujer haitiana que emigra hacia los Estados Unidos tras el sueño americano.


INVOCACION
[Texto a manera de prólogo de la novela Deriva Continental]
“No necesitas memoria para contar esta historia, la triste historia de Robert Raymond Dubois, la historia que termina entre las calles secundarias y los callejones de Miami, florida, una mañana de febrero de 1981, y que empieza lejos al norte, en Catamount, Nueva Hampshire, durante una tarde fría, punteada por la nieve, de diciembre de 1979. La historia cuenta lo que le sucedió al joven Bob Dubois en los meses que transcurrieron entre una tarde invernal de Nueva Hampshire y una mañana oscura y húmeda de Florida, y cuenta también lo que les sucedió a varias personas que le querían, y a algunas personas de Haití y Jamaica, y al hermano mayor de Bob, Eddie Dubois, que le quería pero pensaba que no, y al mejor amigo de Bob, Avery Boone, que no le quería pero pensaba que sí, y a las mujeres que fueron amadas por Bob Dubois casi tanto como amaba a su esposa Elaine y de modo tan diferente. No necesitas memoria, sino tan sólo una compasión lúcida, y una rabia ardiente y antigua, y el amor por el sol de un hombre del Norte; es la historia la doble obsesión de un hombre blanco cristiano por la raza y el sexo, y de la vergüenza de un americano honesto de clase media por la historia de su nación. Esta es una historia americana de la segunda mitad del siglo XX, y no necesitas una musa para contarla, sino algo parecido a un hombre-boca, una voz que hable directamente frente a ti y no detrás de ti, porque nada de lo que se dice aquí depende de la memoria. Con una historia como  ésta necesitas una enumeración más que un recuento, una presentación más que una representación, y por esa razón está contada de la manera que está contada. Y por más que tú también puedas verla con tus propios ojos, y oírla con tus propios oídos –como si tú, el narrador de la historia, estuvieras sentado en el círculo de oyentes, atento, a la espera de sentirte tú también divertido, sorprendido, conmovido- deberás sin embargo verla con ojos que no son los tuyos y contarla con una boca distinta de la tuya. Así pues, deja que Legba se adelante y haga hablar a ese hombre-boca blanco de edad mediana. Bajemos por el Grand Chemin, el camino del sol, llenos de compasión y fortalecidos por el brillo de la rabia. Ven, Papá, ven a la encrucijada. Ven, Huesos Viejos, maravíllate ante el triple misterio de hombres y mujeres que se abrazan, de la negrura y de la llegada inesperada de los dioses de Guinea. Ven impaciente a buscar la vergüenza en todas partes. Da cuerpo y autorización y energía a la compasión y a la rabia de ese hombre-boca blanco, y cubre sus hombros con una adecuada capa de vergüenza, y dale un placer puro, físico, bajo el lento sol cercano, entre gentes y dioses cuyas evidentes diferencias respecto a él y su único gran Dios le llevarán también, finalmente, a aproximarse a sí mismo, además de a las otras personas presentes. Y deja contar a ese hombre lo que el buen ciudadano americano Bob Dubois hizo de malo a los ojos de Dios y de los Mysteres, y a los ojos del propio hombre-boca, abandonado por Bob Dubois junto a su esposa Elaine, que le había amado durante mucho, mucho tiempo, y junto a su hijo y sus dos hijas y su amigo Avery Boone y las mujeres que Bob Dubois había hecho el amor y los hombres y las mujeres que habían vivido y trabajado con Bob Dubois en Catamount, Nueva Hampshire, y en Oleander Park, Florida, y en las barcas der pesca de Cayo Moray. ¡Adelante, Legba, repito! Deja hablar a este hombre para que aquel hombre viva”.





lunes, 6 de junio de 2016

Juan José Arreola: el Confabulario cosmopolita

Hablar de la literatura de Juan José Arreola (México-1918), es hacer mención no sólo de un escritor cosmopolita, sino de uno de los narradores contemporáneos que aún le dieron sustento a la esencia mítica que reside en la densidad de esa serpiente emplumada que es la literatura mexicana, junto a los escritores Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Fernando del Paso, entre otros.
Su libro de cuentos Confabulario, es más que un compendio de narraciones es un universo narrativo expuesto con el estilo de un excelente cuentista, con todas las posibilidades cambiantes y multicoloridas de ese calidoscopio que es la tierra y el hombre y el incansable ritmo de ambos, una dando vueltas sempiternas jugando al sorteo de los destinos, el otro ampliando sus pasos acercándose y evadiendo, construyendo su propio laberinto, el de la vida.



Autodidacta, Arreola no estudió literatura en la Universidad, se hizo literato leyendo libros de los grandes escritores por su cuenta: “Soy autodidacta –es cierto-, pero a los doce años en Zaplotán el Grande leía a Baudelaire, a Walt Whitman y a los principales fundadores de mi estilo: Papini y Marcel Schwob, junto con medio centenar de otros nombres más o menos ilustres…No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje por sobre todas las cosas y venero a los que mediante la palabra han manifestado el espíritu desde Isaías hasta Franz Kafka”.
 Armisticio

Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. Nos veremos las caras en la tierra de nadie. Allí donde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: se alquila paraíso en ruinas. (Juan José Arreola)

viernes, 29 de abril de 2016






¿Vivimos una mentira?


Ningún sistema político de protección y respeto hacia sus ciudadanos como la democracia. De esclavos, siervos, súbditos, únicamente con deberes; pasamos a ser ciudadanos, también con derechos. La consolidación del estado democrático no fue fácil, ni continuada, ni igual a lo largo del siglo XX en los Estados occidentales. Todos, de manera directa o indirecta, sufrieron las convulsiones de los totalitarismos. Parecía que tras las contiendas bélicas y las penurias sufridas, la restauración de las libertades iban a traer, definitivamente, la paz, la concordia, el progreso, el bienestar y la estabilidad. Durante un tiempo, mientras se mantuvo la Guerra Fría, parece que fue así. Después el mundo ha ido cambiando a tanta velocidad que hoy ya no se sabe quién realmente lo gobierna, ¿los políticos, las multinacionales, los servicios de inteligencia…? ¿Quién gobierna hoy el mundo? La sociedad democrática se encuentra sola: desconfía del Estado, desconfía de los partidos políticos, desconfía de sus representados, desconfía de sus jueces (los mejor parados en la obra de Eco), desconfía de sus Fuerzas Armadas, desconfía de sus empresarios y banqueros, desconfía de sus profesionales, hasta desconfía de instituciones seculares, mucho más antiguas que la propia democracia, como es la Iglesia católica. Todos estos estamentos, y muchos más, están salpicados por la corrupción. Una corrupción no legalizada pero en algunos casos sí “autorizada”. El individuo democrático se siente solo, abandonado, inseguro, desamparado, esquilmado por los impuestos que vuelven a ser su único cordón umbilical con el Estado. 

El individuo democrático, que se siente desprotegido, aún confía en otro poder, el cuarto. Aún confía en la prensa libre, independiente, íntegra, incorruptible. Pero ¿qué sucede cuando este poder controlador y creador de la opinión pública también participa de los mismos males? Pero ¿qué sucede cuando los medios de comunicación escritos y audiovisuales mienten, engañan, son cómplices de las manipulaciones del poder, o ellos mismos quieren convertirse en un poder paralelo? ¿Qué sucede cuando los periodistas en vez de investigar, comprobar, cerciorarse de sus fuentes e informar de la verdad utilizan la imaginación, utilizan la ficción como un género periodístico que no literario? Mentiras, silencios, complicidades con las redes corruptas. Las noticias e informaciones transformadas en chantajes, extorsiones, rumores, comunicados interesados, insinuaciones, sombras sobre personas honorables. ¿Qué sucede cuando el periodismo libre e independiente, pilar insustituible de la democracia, se derrumba ante los intereses de un rico propietario prepotente dispuesto a la manipulación de la información y la opinión para alcanzar las más altas instancias del poder político y crear un nuevo totalitarismo moderno con falsos atuendos democráticos? ¿Qué sucede cuando no son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que crea las noticias según sus propios intereses?

Esta falsa novela de Eco podría ser un ensayo, pero lo enmascara bajo una ciencia-ficción no del futuro sino del pasado-presente

La caída de la prensa en manos irresponsables es la mordaza que los corruptos imponen a la democracia y significa la destrucción de las raíces de la democracia misma. Un periodismo que solo sirve para fabricar dossiers. Esta falsa novela de Eco podría ser un ensayo, pero lo enmascara bajo una ciencia-ficción no del futuro sino del pasado-presente, es todo un alegato contra el estado de ruina en el que ha devenido la sociedad italiana desde el fascismo hasta nuestros días. Un alegato demoledor. En una ficción literaria no hay por qué demostrar nada de lo que se dice, por lo tanto la realidad de lo que se cuenta queda en manos de la reflexión de cada lector. Pero el lector avizor se dará cuenta de que lo que habla Eco, más allá de los aditamentos novelescos, tiene muchos visos de verosimilitud. A veces la realidad sobrepasa a la imaginación.

¿Mussolini vivió, sobrevivió, fue apoyado por los americanos para combatir al comunismo? Desde luego su ideología no desapareció. La política italiana está repleta de oscuridades que Eco trata de sacar a la luz: “La sombra de Mussolini, dado por muerto, domina todos los acontecimientos italianos. Yo diría que desde 1945 hasta hoy, y su muerte real desencadena el periodo más terrible de la historia de este país, implicando al stay-behind, a la CIA, a la OTAN, a la Gladio, a la logia P2, a la Mafia, a los servicios secretos, a los altos mandos militares, a ministros como Andreotti y a presidentes como Cossiga y, naturalmente, a buena parte de las organizaciones terroristas de extrema izquierda, debidamente infiltradas y manipuladas. Por no decir que Aldo Moro fue secuestrado y asesinado porque sabía algo y habría hablado…”. La política italiana está repleta de connivencias entre todos los estamentos del Estado de un lado y de otro. ¿Berlusconi (al que no se le cita pero está omnipresente), un nuevo caudillo? Quizá lo intentó.


El estado de enfermedad de la democracia italiana puede encontrarse en una fase más peligrosa que el resto de las democracias occidentales, pero las otras también deben tomar buena cuenta de sus males. El periodismo es un eje fundamental para la regeneración, un faro que debe iluminar los pecados mortales de los demás y los propios. No hay sociedad libre sin prensa libre. Algo tan sencillo pero, a la vez, algo tan difícil. [César Antonio Molina - EL PAIS /España]

domingo, 17 de abril de 2016


Bradbury: El Hombre Ilustrado
y un transhumante de bibliotecas

Cuando Ray Bradbury publicó el Hombre Ilustrado, causó gran impacto la maestría de su narrativa  que muy al estilo de la Mil y una noches comienza con un prólogo que al mismo tiempo es un relato, que por sí mismo sirve de presentación enlazando al lector con las otras 18 narraciones extraordinarias, sin que en realidad haya ninguna relación entre una y otra. El hombre ilustrado no sólo es una historia magistral –la literatura jamás volverá a ser la misma después de haberlo leído-, sino que se nos presenta como el leit motiv  de los otros cuentos reunidos en ese volumen, porque es a partir de su historia que nacen las otras 18 que escribió Bradbury y que integran ese volumen.


Tatuado por una viajera del tiempo, el hombre Ilustrado, al igual que Caín, el filicida bíblico lleva en su cuerpo la marca de su propio estigma: “Tenía el cuerpo brillante y tatuado con unas ilustraciones que predicen el futuro”, en conjunto son una especie de maldición que pesa sobre él, no sólo toda su piel está tatuada, hecho que por sí mismo sirve para ser incluido en los catálogos de las grandes pesadillas, sino que sus ilustraciones tienen vida propia y predicen el futuro, al igual que la visión apocalíptica del profeta Juan en la isla griega de Patmos. Pero estas también revelan a quien las observa detenidamente el espanto de las escenas de los sucesos catastróficos que sobrevendrán en el futuro de su destino.
 La historia del hombre ilustrado, como la de Sherezade del relato las Mil y Una Noches, por sí mismas ya logran toda justificación como textos únicos de la literatura, y logran trascender el conjunto de narraciones que las acompañan.
La primera, el hombre ilustrado, en cierta medida es sucedánea del Somnium Astronomicum, texto que escribiera en 1634 Johannes Kepler, y se supone es la traslación soñada de un libro que relata las serpientes que habitan en la Luna, considerado uno de los textos inaugurales del género de la ciencia ficción (temas fantásticos apoyados en datos científicos que los revisten de cierto factor de posibilidad).
La segunda, Las Mil y una Noches es heredera del sueño que se intercala en historias que tratan de fundamentarse en la vida real, de la que toman prestados datos de su geografía, personajes, costumbres, hechos y época, algo propio de los relatos medievales, donde realidad y sueño suelen confundirse, al invadir uno la dimensión del otro con tal sutileza que el fenómeno pasa desapercibido y se juzga como existente.


Las Mil y una noches, es la historia de una bella mujer que evade su sentencia a muerte cada noche contándole fantásticas historias, que parecen nunca tener fin, a un Rey resentido y amargado por la infidelidad de su esposa, a quien veneraba, y pese a ello ordenó cortarle la cabeza al descubrir que le era infiel. Sentencia que también promulgó para cada mujer que en el futuro compartiera su lecho, sólo viviría con él una noche y al amanecer inmediatamente sería decapitada. La historia sexual de Sherezade no es relevante y el autor o los autores prescinden de ella, al igual que cualquier lector pudiera prescindir de las otras 1000 historias de su conjunto narrativo y de igual manera su mente seguiría acompañando la historia de una bella mujer que alimentó con la sed por lo fantástico durante una noche que duró dos años y nueve meses (mil y un días), dejándonos cuentos poblados por su mágica trascendencia.
Igual ese otro libro alimentado por el prodigio de lo fantástico que es el Hombre Ilustrado de Bradbury, pudiera excluir sus otras 18 historias y no perder un ápice del hechizo que lo ilustra. En su prólogo Ray Bradbury dice haberse encontrado con el Hombre Ilustrado “una tarde calurosa del mes de septiembre” en la región de Wiscosin. La imagen que nos describe es la de un hombre abrumado por el peso de su propia piel que lo condena a ser excluido de la vida tal como la conocemos, sin trabajo, sin amigos, sin familia, sin amor, por esa especie de sueños de sueños que han sido tatuados  en toda la membrana que cubre su cuerpo, y que son el motivo de sus infortunios. En medio de su tormento busca la paz que le es imposible, pero también busca ejecutar una recóndita venganza: “He buscado esa bruja todos los veranos, cuando la encuentre la mataré”, dice al referirse a la mujer que le tatuó esa especie de Aleph, primera palabra del alfabeto hebreo, y de dios -según la cábala-, y que en sí misma posee todas las otras que le suceden y por ende a todas las cosas por nombrar.


“Cuando las imágenes comienzan a moverse, me despiden. Ocurren cosas terribles en mis ilustraciones. Cada una es un cuento. Si usted las mira atentamente unos pocos minutos, le contarán una historia. Si las miras tres horas, las narraciones serán treinta o cuarenta, y usted oirá voces, y pensamientos. Todo está aquí, en mi piel, no hay más que mirar. Pero sobretodo, hay cierto lugar de mi espalda… -El hombre ilustrado se volvió- ¿Ve? Sobre mi omóplato derecho no hay ningún dibujo. Sólo una mancha de color.
“Cuando he estado con alguien un rato, ese omóplato se  cubre de sombras, y se convierte en un dibujo. Si estoy con una mujer, al cabo de una hora su rostro aparece ahí, en mi espalda, y ella ve toda su vida…cómo vivirá y cómo morirá, qué parecerá cuando tenga sesenta años. Y si me encuentro con un hombre, una hora después su retrato aparece en mi espalda. Y el hombre se ve a sí mismo cayendo en un precipicio o arrastrado por un tren…entonces me despiden”.
 Ray Bradbury no sólo asombra por su prolífica imaginación de la que también nos hace entrega en otra de sus clásicas narraciones: Farenheit 451 -relata el sombrío y horroroso destino de un cuerpo de bomberos cuyo objetivo no es apagar incendios, sino el de provocarlos para quemar libros-; también asombra por haber sido un joven que se formó a sí mismo como escritor, únicamente acudiendo a las bibliotecas que tenía acceso y leyendo todo lo que podía leer en su tiempo libre.


Paradójicamente nunca pisó un aula universitaria, pero sus libros son estudiados ampliamente no sólo en las universidades estadounidenses, sino en la de todos los países del mundo que se estudia la buena literatura de ficción.
Siguiendo a Bradbury pudiéramos preguntarnos: ¿Cuál es la mejor edad para leer? Creo que todas, sería una respuesta previsible, y nada reveladora. En cada etapa de la vida el hábito de leer hará de nosotros un navegante de conocimientos y experiencias, que suman un cúmulo de tiempo existencial vertido por otros, al que difícilmente accederíamos como por nosotros mismos porque la existencia humana físicamente no posee esa multiplicidad ante lo temporal, que sí nos otorgan el intelecto y la imaginación.
Sí de todas las edades tuviéramos que escoger una en específico para decir cuál es la mejor edad para leer, no dudaríamos en apuntar a la infancia y la juventud, son las etapas donde incide más el carácter formativo de la lectura, como un aula abierta del conocimiento.


Ray Bradbury, quien fue un autodidacta en materia literaria durante toda su vida, en 1999 fue recibido en el Salón de la Fama de la asociación de escritores de Ciencia ficción de los Estados Unidos. Bradbury un humilde muchacho muy pobre se hizo escritor autodidacta, formándose con la lectura de libros, lo que hizo de él un eterno trashumante de bibliotecas, “soy un habitante de bibliotecas desde siempre”, dijo en una entrevista publicada en el periódico El Mundo de España. Bradbury no sólo se ha convertido en un escritor consagrado, cuyos libros siguen inspirando la fantasía de muchas generaciones, sino que muchas de sus obras han sido llevadas a la gran pantalla hollywoodense. Bradbury, es un ejemplo de la formación que se puede alcanzar a través del libro que es un instrumento de enseñanza por sí mismo. Cuenta que en sus años de juventud era un ávido lector que con el tiempo –debido a su apego a ese mundo que se desdoblada en miles que es la Biblioteca- comenzó su interés en escribir, “fui un niño pobre, así que todo lo que leí lo leí en las bibliotecas. Si tocas una biblioteca me tocas el alma”.


domingo, 10 de abril de 2016


No se escribe como se habla

Tras el desembarco de la era de las nuevas tecnologías, con las computadoras, el internet, los sistemas de comunicación digital y las redes sociales se ha perfeccionado la penetración de la cultura de los medios audiovisuales en el ordenamiento de la vida cotidiana. Es indudable que el mundo digital impone una nueva orbita a los imperativos de la vida colectiva. Esta nueva colonización del Imperio de la ratio thecnica no sólo ha complejizado la aldea global de McLuhan, sino que ha abierto las compuertas a la dimensión de lo fantasmático donde el lenguaje y la imagen son su principales protagonistas. Sin embargo, pese a la significancia de todo este nuevo estadio del conocimiento humano el lenguaje como disciplina encargada de describir la realidad, aún no ha podido desprenderse de las aristas fantasmásticas que lo pueblan, no ha podido acceder a esa condición de disciplina pura, aspecto sobre el que Wittgenstein se pronunció en su momento.


Con los programas de autoedición cualquiera puede hacer una revista o un periódico en su casa. Navegando por la red en menos de una hora cualquier hijo de vecino puede despachar la lectura, tipo manual (informativa, más no formativa) de una de las decenas de resúmenes de la Crítica a la Razón Pura de Inmanuel Kant, que la red tiene a su disposición, lo que para muchos sería suficiente  para pasar a considerarse un ilustrado en filosofía de un solo plumazo.
Lo mismo acontece con esas otras representaciones imaginarias que experimenta quien se inviste de astrólogo porque se suscribe a una página de astrología, o el que se siente escritor tan solo porque cuelga en su estado en facebook un texto, generalmente elaborado a tientas y juntillas, es decir leyendo aquí y allá cualquier libro e imitando párrafos enteros que luego nos entregará como de su propia autoría..
Escribir no es lograr enlazar una cadena de palabras y después cruzar los dedos esperando que en esa brevedad que va entre el momento de la finalización del texto y su posterior revisión, sobre éste hubiese actuado algún misterioso duende que le proveyera de la exactitud gramatical requerida –que no le dimos-, aplique el uso del buen léxico –que no poseemos- y asegurase de que en cada párrafo se aplicara la debida sintaxis –de la cual carecemos-.


Si me pidieran que representara con una metáfora la imagen de lo que creo más se asemeja al acto de escribir, diría que la construcción de una pared de ladrillos. Porque aplica reglas muy parecidas a la construcción de un texto: Para lo cual se requiere de una métrica (como la de las reglas gramaticales) cuya aplicación nos asegura que la pared quede recta y no construyamos un adefesio que bajo la mínima presión se nos derrumbe. También requiere de  un conjunto de ladrillos (que serán las frases construidas). De igual manera requiere de una rítmica, la de colocar el pegamento para evitar que éste se endurezca y pierda toda su flexibilidad, y pueda ser manipulado debidamente para asegurar un mejor acabado. Al igual, todo texto está sujeto a una rítmica que en cierta medida determina la calidad de su acabado estético.
Una centenaria tradición que proviene de los tiempos antiguos designó que el Latín era el lenguaje ilustrado que debía hablar la gente culta y educada. Era pues la lengua oficial. Y por el otro lado estaba la vulgata –de raíces latinas en su estructura idiomática pero mucho más simplificado-, lengua ordinaria que usaba la gente común, así como los pobres y  los del más bajo estrato social. Porque hablar en Latín se hacía demasiado engorroso, y se comenzó con la modalidad de escribir en Latín, pero se hablaba en vulgata. Desde entonces quedó establecida una de las diferencias entre lenguaje oral (coloquial) y lenguaje escrito (formal), tanto en sus proximidades como en sus separaciones.


Uno de los mayores problemas que debemos hacer frente en la actualidad es que la diferenciación entre lenguaje escrito y oral parece haberse olvidado, y vemos día a día incrementarse el empobrecido nivel de escritura que se viene mostrando en las diversas publicaciones de las redes sociales, quienes escriben tan mal como hablan. Todo estudiante que haya egresado de la educación media, del bachillerato en Venezuela, en teoría debería estar capacitado de escribir por lo menos en un nivel básico, pero lamentablemente no es así. Razón por la que luego encontramos egresados universitarios, y hasta, estudiantes de las escuelas de periodismo que no dominan aún el arte de escribir, y les cuesta estructurar una cuartilla de forma coherente con un manejo preciso y eficaz del lenguaje.