miércoles, 16 de mayo de 2018



Vivimos bajo la dictadura de las fantasías


Desde la Industria Cultura y sus patrones de consumo, pasando por la sociedad del simulacro, cada vez se nos ha alejado más y más de ejercer la crítica esa razón pura y alucinada por sus propios excesos. El elemento crítico, es el llamado a establecer los límites entre realidad y fantasía, entre verdad y mentira, pero la razón se ha erigido en una espiral exponencial sin ninguna sujeción, donde todo se justifica, lo que es una manera de negarse a sí misma, perpetuándose como instrumento de la SIN RAZÓN, la serpiente que termina mordiéndose la cola. 

Herederos de la sociedad del simulacro donde éste ocupa el lugar de lo real, creando la hiperrealidad, por su densa y prolongada exposición en el holograma mediático (redes y medios masivos), nos dirigimos ahora hacia el final irremediable: lo artificial como valor único y supremo de la razón. El cerebro ha fabricado su propia droga para estar en un estado high permanente.

Ya es un hecho, realidad y ficción cohabitan, el simulacro es sólo el terreno de su sustento, la hiperrealidad abre paso para que la fantasía suprima la realidad; de lo massmediático pasamos a su extensión más compleja: las redes digitales, que son el mensaje, la memoria, el territorio y el mapa, una especie de divinidad que tiene todas las respuestas y reserva todas las formas posibles de los anhelos. La caverna de Platón, ha pasado a ser un matrix, no con hombres, sino con mentes encadenadas (enajenadas). ¿Cuántos Matrix hay? Tantos como la fantasía de la Physis los produzca y promueva, la dictadura de las distopías, erigidas como modelo único.

Hay para todos. Nada escapa a ella, hay una elaboración a la medida de cada necesidad, es el holograma, el nuevo tejido social. Desde profetas del mercado, a vendedores de utopías,  fabricantes de imbéciles,  iluminados de las redes que encuentran ese dios cuántico hecho a medida y semejanza a las necesidades de cada yo, o el misticismo hormonal. Olvido y sustracción por lo ficcional, apego a lo imaginacional, todos sujetos al flash timer que sólo es capaz de medir los tiempos de  una sociedad  cada vez más distópica. (DG)

martes, 15 de mayo de 2018


Hay ciudades que existen sólo para 
que nos enamoremos de ellas

Hay libros que uno no deja de leer nunca, con los que uno se propone una lectura interminable, para mí los verdaderos libros de culto, que están a la mano para la lectura recurrente, para abrirlo y reencontrarnos en él. Uno de mis verdaderos libros de culto es La Vida Exagerada de Martín Romaña del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, quizás porque Romaña tiene muchos rasgos de mí, o viceversa. ¿Pero quien no quiere vivir la vida pantagruélicamente con una dosis de exageración?. Siempre tuve varios en mi casa, de esa edición de Plaza y Janes, de portada azul celeste que aparece el sillón Voltaire de color rojo, sobre éste los dos cuadernos de navegación (de la memoria) uno azul y el otro rojo, los que iba escribiendo Martín Romaña según su estado de ánimo y los eventos que sucedían en su vida.

Cuando alguien que apreciaba iba a mi casa, aparecía yo con un ejemplar de Martín Romaña y se lo obsequiaba, creo haber regalado no menos de 12 ejemplares, comprados en una librería en liquidación en una de esas pérdidas calles del Boulevard de Sabana Grande, donde seguro podías escuchar esa canción de Sabina, los bulevares de los sueños rotos y parecerte que allí, eso también era verdad. Sabana Grande de los poetas, los bohemios, los trashumantes literarios, cuadras y calles donde podíamos soñar vivir en esa otra vecindad que sentiamos nos pertenecía por estar siempre tan cerca en los libros, nos parecían que estaban a la vuelta de la esquina, como el París de Martín Romaña.



Las ciudades no sólo son espacios urbanos de una convocada arquitectura sobre las que el tiempo, o los tiempos, se mueven en cada momento otorgándole una identidad, impregnándola de esa atmósfera única, determinada no sólo por la suma de sus factores físicos y anímicos con los que transitamos cada instante, y con los que le asignamos un valor, la experiencia de haberla vivido. Es así, como las ciudades van siendo depositarias de una plasticidad, una estética con que las reinventamos tantas veces como en ellas concursen en nuestra emocionalidad, con la  que nos asista y que vamos dejando adosada en una calle,  clavada en una esquina, fijada en un paisaje,  como una nota poética en la puerta de una edificación o escribir una frase frente a un portal. Tuve un amigo Massimo, en la escuela de Letras, que durante semanas salía en las tardes con tres lápices de grafito y un sacapuntas, a escribir frases poéticas, o poemas haiku –estilo japonés- por todas las esquinas de Caracas, decía que estaba sembrando la ciudad con su poesía.




Y esa ciudad, que es esa porción de la memoria teje certezas y ambages que nutren a la ciudad revelada que habita en nuestro interior, la que se nos va mostrando en esa experiencia única que jamás se mostrará en el mapa con toda la extensión fantasmagórica de sus posibilidades, que van más de nuestros sentidos. Quizá por eso Italo Calvino llamó a las ciudades invisibles a aquellas que emergen para ser habitadas sólo por nuestras conciencias, más allá de los millones de personas que puedan vivir en ellas, y nos propone varias acepciones: “Las ciudades de  la memoria. Las ciudades del deseo. Las ciudades de los signos. Las ciudades sutiles. Las ciudades de los intercambios (la de los no-lugares). La ciudad del cielo. La ciudad de los muertos y la ciudad de los ojos”. Pudiéramos agregar a esa categorización, tantas ciudades como emociones le asignemos al horizonte móvil de su geografía. Calvino también nos deja un corolario sobre el vínculo ciudad: “hay ciudades que sólo existen para que nos enamoremos de ellas”.

 Así pasa con el París del mayo del 68, revivido como los colores de un calidoscopio con  todas sus combinaciones, por el escritor Alfredo Bryce Echenique, en “La vida exagerada de Martín Romaña”. Si al llegar a la última página cerramos la novela y volamos a París buscando esa la ciudad doble, una anclada en una geografía a la que podemos visitar, la otra a las metáforas alucinantes salidas de las páginas de un libro,  cada una hay que salir a buscarla por caminos distintos, a ver si la encontramos. Sino, tendríamos que tener la carga subjetiva de su memoria y la posibilidad de convocar de cada una de sus nostalgias para poder pisar una de sus calles. (DG)





Saliendo de la caverna de Platón

Son numerosas las interpretaciones que se han realizado sobre el mito de caverna de Platón, quien sostenía que el hombre estaba limitado por sus sentidos sentidos para conocer la realidad porque sus sentidos estaban limitados, lo engañaban, dándole una visión equivocada e incompleta de la realidad.

En el mito de la caverna el hombre está sentado de espaldas a la realidad, dentro de una caverna, encadenado sin poder cambiar de posición. Sólo puede mirar hacia su interior, entre él y el exterior hay un muro y una hoguera encendida, en medio de los cuales pasan otros seres cargando objetos, cuyas sombras se proyectan en el fondo de la caverna.
Lo único que ve es un desfile de sombras y nada más.

Ese hombre ha estado sentado allí,al igual que sus ancestros desde tiempos inmemoriales, siempre han visto sombras por eso creen que es lo único que existe.

Hasta que un día se pregunta de donde vienen todas esas sombras? Y decide liberarse de sus cadenas. Atraído por la luz exterior sale de la caverna y ve el mundo tal como es, con sus colores y sus formas. Contempla el cielo, el sol y cae en cuenta de que siempre lo que había visto eran sombras, un reflejo distorsionado y limitado de las cosas reales.

Vuelve a la caverna con la gran noticia y pide a todos que se liberen y salgan a conocer la realidad, pero nadie le cree, lo toman por loco, lo ven como una amenaza y lo matan. Aquí la muerte es un símbolo de anulación. Lo hacen porque los habitantes de la caverna estan alienados por la certeza que les otorga su mundo de sombras, creen que es la única realidad. Como hoy los hay alienados por lo "mass media" y las redes que son su complemento en promover escenarios disociativos, holograma de la sociedad del simulacro, presentando cada vez una mayor complejidad ilusoria para el sujeto. Gente que toma los estereotipos como los referentes reales de la existencia.



Cavernas hay muchas, la industria cultural y sus derivados, las ideológicas, los dogmas políticos y religiosos, y todo ese reservorio de pensamiento único y envolvente, totalitario que erige el individuo parcializado como un muro para que lo separe de la realidad y de la confrontación con el pensamiento critico.

La razón es la gran puta de siglo XX, sentenció Sartre, sirve para justificar cualquier cosa, o pensamiento errático puede encontrar en ella una legitimación que le otorgue partida de nacimiento. Sólo la razón crítica, limita la especulación sin sentido y su eventual desacierto. Es la única manera de mantenernos fuera de la caverna. El otro es el conocimiento por intuición, circunscrito a la fenomenología bergsoniana, un tema más profundo que requiere una consideración aparte.

lunes, 14 de mayo de 2018


Roberto Bolaño ¿escritor de moda o culto personal?

¿Moda, culto personal, mercadeo literario o escritor representante de un exclusivo movimiento literario? Qué motivos hay detrás de los miles de lectores convencidos que hacen su peregrinaje por la obra del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003), como un acto de fe de quien descubre una nueva narrativa.  

Que un escritor se apunte rasgos de inmortalidad, no sólo reviste que su obra se mantenga como referente en lo literario, para lo cual los libros de Bolaños calzan los puntos, como los de Carlos Fuentes, Fernando Vallejo y Alejo Carpentier, cuyas narrativas han sabido surfear las olas del tiempo, pero no de igual manera las del mercado literario que sabe crear mitos, elevando los rasgos trágicos, existenciales, de un escritor, una manera de hacerlo atractivo, de mantenerlo a flote en la oferta y demanda de los gustos e inclinaciones literarias de este tiempo tan volátil y efímero, como manipulable y artificioso que es la moda, una manera de lograr que lo sigan editando, o reeditando, según el caso y no queden consignados en el inalterable recinto de las bibliotecas.



Roberto Bolaños, fue sin duda un autor prolífico de una reinventada literatura, en vida obtuvo varios premios relevantes, el Herralde, y el Rómulo Gallegos, este último por su novela Los Detectives Salvajes que prácticamente ayudó a hacer mucho más visible su obra en todo el continente, y desde allí al resto del mundo.

España fue seducida por él, en Francia lo elogiaron y le dieron el título del último maldito, por su vida literaria, sus declaraciones, su intercambio conceptual con la realidad a la que juzgaba y valoraba de una manera muy particular, muchas veces saliéndose del guion del deber ser y asumiendo la postura de un outsider. Estados Unidos no fue menos, le abrió las puertas como el postrero de los parias de la literatura hispanoamericana, incluso la revista Times eligió su libro 26666, como revelación literaria del año.

Pero la pregunta nos persigue desde el inicio del texto ¿Qué hace a Bolaños tan significativo? La respuesta está en lo que fue su vida. Bolaños fue el tipo de escritor cuya vida se hace tan o más literaria que su obra, ambas discurren en un mismo tiempo de la tránsfuga, compartiendo el curso paralelo de sus alucinaciones, donde él terminó siendo el producto final, el lugar donde reside el fetiche. 

Bolaño era irreverente, un come libros por excelencia, y a partir de allí lo reinventaba todo, y todos los textos salidos de sus manos tenían ese efecto, ese sello de la buena, seductora y trascendental literatura latinoamericana, pero con ese efecto innovador, una ruta que desde hace un tiempo para acá vienen transitando algunos escritores, conocidos unos, anónimos otros. Pero a esa condición de literario como valor agregado se le suma su condición existencial de cismático, y bohemio irreverente, junto a la imagen de su fragilidad, muy cercana a la Woody Allen y ese estilo personal que sumaba en cierta medida a una reedición del mito de la generación Beat, con todo lo que ella comprendía, esa visión trasnochada y apologeta de quienes han convivido al lado del abismo, asomándose a veces, guindando en su borde, sujetados por la mano de la droga, el alcohol, el éxtasis , que señalan algunos de los que prematuramente se han ocupado de su biografía, como los factores definitivos de su muerte.



La vida de Bolaño fue el centro de su obra, la creación intensa del otro, el que discurre entre las líneas, todo enmarcado  en una sutil y muy inteligente reelaboración entre aquí y allá a manera de una nueva cosmogonía de sus autores más recurrentes: los del boom latinoamericano, y el claro y vertical sostenimiento de sus influencias de la narrativa anglosajona, cifrada en nombres como James Joyce, y la Premio Nobel afroamericana Toni Morrinson.

En un escritor todas sus novelas son importantes, las más destacadas de Bolaño son Los Detectives Salvajes, Chile Nocturno y 2666, ésta última es ensalzada por los críticos como la coda de la literatura latinoamericana, llegando incluso a ser comparada con ese tótem que es Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. Uno de ellos es el escritor mexicano Jorge Volpi, para quien Bolaño fue el último escritor latinoamericano, lo demás, los que vengan en la línea del tiempo después de Bolaño, están condenados  a escribir guiados por esa prosa urgente e inmediata, limitados a remitirse a sus horizontes nacionales y eminentemente localistas. Imaginamos que esta tesis de Volpi, es más un producto de sus afectos que la sentencia irrevocable de un oráculo.

Nos es más dado creer que Bolaño es parte de una generación de literatos latinoamericano post boom, algo que comprobamos cuando nuestra lectura ha despachado media docena de sus libros, incluido ese breve tomo de cuentos, titulado Llamadas telefónicas –quizás el menos meritorio de su obra-, cuentos en lo que a lo largo de una entronización literaria a veces hace brillar la prosa, pero siempre termina descendiendo sobre un horizonte plano sin bosquejos, ni parpadeos, adentrada en una monotonía que muchas veces asciende y arropa para terminar en el moderado lenguaje de las cosas ordinarias, en torno a las que a veces respiramos un profundo vacío.



Contra la eternidad postulada para un escritor, por lo general siempre termina conspirando su propia obra, bien porque sea desplazada por los dictados de la moda del mercado, o porque es simplemente olvidada, como parte de un paquete generacional. ¿Quién duda de la trascendencia y calidad literaria de la obra de Alejo Carpentier? Nadie, pero hoy sólo es leído por los estudiosos, por  los bibliófilos, los conversos literarios, pero difícilmente usted verá uno de sus libros ofreciéndose en el mercado abierto, capaz de promover una lectura casual porque Carpentier no está de moda, y su vida fue muy estructurada, muy predecible, jamás rompió con las formas.

Sin duda la obra de Bolaño integra una gran narrativa,  como la del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, o el cubano Reynaldo Arenas y el mismísimo Fernando Del Paso con su Palinuro de México, obra que línea por línea es superior a 2666, pero que sigue estando a la saga de Cien Años de Soledad. Bolaño sella su literatura con una marca insospechada, como escriben los de su generación, quizás de manera inconsciente, con una profunda evocación a la narrativa cinematográfica, no evoca literatura lo que sucede cuando leemos un clásico como la Ilíada o la Divina Comedia, no, evoca pantalla, lo que puede ser una ventaja para conectarse con esa masa de lectores, que al igual que él, son hijos de la sociedad de la información, crecidos bajo la sombra de lo mass mediatico, pero también es la suma de su gran fragilidad para consagrarse como un clásico.


miércoles, 11 de abril de 2018




....el sentido

Encontrar el sentido de la vida es una de las grandes motivaciones e interrogantes del hombre desde que camina sobre la tierra. Civilizaciones enteras han centrado su existencia buscando despejar esta interrogante, de eso se ha ocupado la religión, la filosofía, la ciencia, la industria cultural, y toda la extensa gama del pensamiento especulativo. Vivir y no sobrevivir es como llevar tu existencia a las puertas del paraíso, a las que casi nadie suele tocar jamás.

El por qué algunos los mueve esta motivación y otros no, no obedece a ninguna estadística, no lo establece ni la raza, ni la geografía, mucho menos la época que le tocó vivir, no existe un vínculo palpable que vaya más allá del propio ser humano, como protagonista de su existencia.

Algunos pensadores dicen que la diferencia entre unos y otros, viene dada porque quienes parten a buscarle el sentido a sus vidas, lo hacen desde una sensación de nostalgia que les provoca el vacío interior de la conciencia. La etimología nos reporta que la nostalgia es la sensación de pena de quien siente un extravío, y no encuentra el camino de regreso.
¿Cuándo tenemos esa sensación de vacío en la conciencia, hacia dónde queremos regresar? Por lo general a recuperar una sensación de plenitud existencial que consideramos perdimos. Vamos en busca del ideal, algo que no esté avasallado por la cotidianidad, ni sea proclive a la decadente, algo sublime, que creemos ubicado detrás de la puerta que cierra el acceso al paraíso.

jueves, 5 de abril de 2018


El muy curioso señor Beckett

La radicalidad es el santo y seña de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989), fácil de comprender cuando se le representa, condenadamente oscuro pero por eso mismo fascinante en su narrativa. A Beckett le importan las palabras, pero también es consciente de que con ellas es imposible interpretar un mundo confuso. Alguien así lo tiene todo menos una personalidad ligera y fácil. El mito es conocido: misógino, asocial, enigmático y profundamente triste, eso marcado por su larguirucha y distante apariencia -¿quizá porque era corto de vista?- termina de conformar el retrato canónico del irlandés.


Pero, dejando a un lado su altura física y su miopía, la realidad difiere un poco de la leyenda. Samuel Beckett, el último modernista (Editorial La Uña Rota) es una de las grandes biografías del autor escrita por el también irlandés Anthony Cronin, y la primera del narrador y dramaturgo vertida al castellano. El libro tiene el aliciente de desmontar algunos tópicos sobre el autor.

La biografía de Cronin apareció originalmente en 1997 y quedó un tanto oscurecida por la publicación ese mismo año de la más oficial y exhaustiva de James Knowlson, que tuvo acceso exclusivo a documentación privada de Beckett y es bastante hagiográfica. Quizá por eso, otro genial irlandés, John Banville, calificó esta como más «amena» y «elegante».

Cuenta la leyenda, hábilmente construida por el propio Beckett, que éste nació marcado por el signo de la fatalidad. Dejando a un lado los recuerdos de su vida uterina que según una de sus amantes, la promiscua mecenas Peggy Gugennheim, eran los causantes de sus cambios de humor y su recurrente hipocondria, a Beckett le gustaba decir que nació un Viernes Santo, que además caía en 13. Como una predestinación del sufrimiento humano, del que se iba a convertir en albacea. La verdad -así consta en su partida de nacimiento- es que nació un mes después.



TALENTO PARA LA FELICIDAD
La familia del escritor pertenecía a la alta burguesía de Dublín en 1906 y  Cronin detalla, por supuesto, las difíciles relaciones del autor con su madre, una fanática religiosa de aspecto hombruno. Pese a una infancia solitaria, en su adolescencia y su primera juventud fue un alumno popular, bien considerado entre los profesores y un excelente deportista, lo que se estrella contra su célebre frase: «Yo tenía escaso talento para la felicidad», en referencia a esos años.

Tampoco es cierto que fuera, como se ha dicho, el secretario de James Joyce, a quien conoció en París en 1928 cuando el autor del Ulises era un faro para los jóvenes escritores y Beckett formaba parte de ese círculo. Pronto la amistad entre ambos adquirió mayor trascendencia, aunque se empañara por el enamoramiento no correspondido de la hija y niña de los ojos de Joyce, Lucia, que acabaría encerrada en una institución mental años más tarde.


Una de las más suculentas anécdotas de Beckett queda hecha trizas en el libro de Cronin. Es sabido que fue apuñalado por un proxeneta en plena calle y más tarde, tras recuperarse, preguntó a su fallido asesino por qué lo había hecho. La réplica, «no lo sé», bien podría haber cuadrado en Esperando a Godot, la obra que le llevaría a la fama mundial y su rampa de lanzamiento hacia el Nobel. Pues bien, Cronin, asegura que Beckett en un primer momento comentó que el criminal y él «intercambiaron saludos» y solo años más tarde, con ya su acuñado teatro del absurdo en marcha, empezó a hacer circular la célebre versión que tantas jugosas interpretaciones ha fundamentado.

Pero la gran aportación de la biografía es la certificación de que Beckett, lejos de ser un pajarraco solitario, tuvo un gran sentido del humor y en sus últimos años -así lo constató Lawrence Shainberg en su entrevista para Paris Review- alguien rodeado de amigos. La foto que ilustra el libro, un raro Beckett riendo, no es casual.
#beckett #esperandoagodot  #finaldepartida #teatrodeloabsurdo #literatura #premionobel #misogeno #asocial

viernes, 30 de marzo de 2018


Prometeo y la historia de un hombre solo

Censura quien ve en la verdad una amenaza para su poder. Censurar no sólo es silenciar voces, es ocultar, apagar luces. Toda censura presupone un oscurantismo, una larga noche para el conocimiento y comprensión del ser humano.

Aquellos que invocan con una ideología política, religiosa o mesiánica el cierre definitivo y una única validación de la historia como escenario que justifique la prevalencia de su dogma. Los regímenes totalitarios se caracterizan por impones doctrinas basadas en el determinismo histórico, donde el ser humano es visto como objeto y no como sujeto histórico, sino como simple mediador en el proceso de la lucha de clases, como lo considera esa mitología sociológica que es el marxismo. Donde el hombre no tendrá otro protagonismo, ni ninguna otra trascendencia que servir de instrumento a la lucha de clases, a decir de Marx esa es la lucha esencial de la humanidad, hasta lograr el establecimiento del comunismo.



PROMETEO ENCADENADO
Uno de los primeros actos de censura de la historia, nos viene de la mitología griega, con la historia del castigo de Prometeo, quien por robar el fuego de los dioses para los hombres, fue condenado a ser atado con cadenas a una montaña, donde cada día un Águila le devora su hígado, el que siendo el Titán inmortal, se le regenera una y otra vez, suplicio que deberá soportar el célebre cronidas hasta la eternidad. El fuego de Prometeo, fue luz, vida y entendimiento para los hombres, por eso lo condenan.
Celosos de la difusión del conocimiento y se conozca la verdad, los regímenes totalitarios, al igual que los antiguos dioses griegos, condenan a cualquier portador de ese fuego que ilumina conciencias, la censura es lo que prevalece sobre todo.

De la censura y el poder que la reviste, de la disidencia como forma de pensamiento del anti-poder, nos habla la literatura del escritor chino Gao Xingjian (Premio Nobel de Literatura). Una radiografía a los años de la China republicana, la efervescencia del “Salto Adelante” de Mao Tse Tung, que liquidó millones de vidas en un inútil esfuerzo económico guiado por el fanatismo y la opresión. Y  el tiempo en que se instauró la crueldad como terrorismo de Estado con la política violenta de la “Revolución Cultural”.

¿PARA QUIÉN SE ESCRIBE?
¿Para quién se escribe. Quién se supone se asome detrás de las palabras? En esa línea de la vida, todo lector es un cómplice de ese vórtice de soledad en que el escritor crea como un demiurgo inconforme su mundo de palabras porque es a lo único que alcanza. Para él cada frase es un anzuelo que lanza a ver qué tanto de realidad logra pescar.

Por eso todo escritor es un dios solitario, igual que el original, aquel que inconforme con la naturaleza literal de la palabra un día decidió hacerla carne y darle vida a todas las metáforas de su memoria creando la vida, como la segunda naturaleza del amor, al que tampoco le basta habitar palabras y requiere de un cuerpo para trascender las trampas del verbo, aunque los románticos en algún momento optaron por  declarar lo contrario.

De forma ahorrativa, el filósofo rumano Emil Cioran cifró el amor como el encuentro entre dos soledades, concepto que creemos más aplicable a lo que es la lectura: Leer es el encuentro entre la soledad memorial de un libro y el lector, que abre un universo de posibilidades que se nos presenta en cada lectura. Cuando abrimos un libro nada de lo que precedió en su escritura nos es ajeno, sus desasosiegos e incertidumbres, aún su verdadera esencia que siempre se escurre en las silenciosas jornadas de su creación.

PALABRAS Y SECRETOS
Pero hay otro tipo de escritores, los que creen que las palabras solo pueden arroparlos a ellos y a  sus secretas motivaciones, y a nadie más, son los que dicen que escriben para ellos mismos como el caso del escritor chino Gao Xingjian –Premio Nobel literatura-: “Has escrito este libro para ti, un libro sobre la huida, el libro de un hombre solo. Eres a la vez tu Señor y tu apóstol, no te sacrificas por los demás y no pides que nadie se sacrifique por ti, no puede ser más justo. Todo el mundo  desea la felicidad ¿por qué sólo habría de pertenecerte a ti? De hecho la felicidad es bastante rara en este mundo”.



Los libros para uno mismo son aquellos que te hablan con su historia, aquellos donde nos  podemos encontrar con nosotros, con el otro que fuimos, algo de lo queremos ser, o incluso los espejismos de lo que a veces perseguimos ser pero jamás alcanzamos. Un libro siempre abre un espacio lo haya escrito algún desconocido cien años antes, porque vamos cada uno con su propia mano buscándonos y encontrándonos detrás de las palabras.

Aún cuando esa historia que leemos no nos toque eso que somos, nos descubre la experiencia de la otredad, de vernos en el otro, de vivir transitoriamente su experiencia. Eso nos pasa con los libros de Xingjian, nos conduce a una tierra de destinos innumerables, aunque todos discurrieran finalmente hacia lo mismo, el peso de un Estado Comunista, totalitario, cuyo principal objetivo es despersonalizar al sujeto. Una manera de uniformar a todos los miembros de una sociedad, con el mismo rostro y un rótulo de identidad con un número y un expediente político abierto por el solo hecho de pensar, y solo debe esperarse que te equivoques y pienses las cosas desde el lado equivocado, una posibilidad de culpa que se balancea en el aire, amenazante sobre su cuello como la espada de Damocles, sin saber con qué detalle, con cual  mirada del descuido, que frase impertinente pudiera condenarlo al silencio para siempre.

EL LIBRO DE UN HOMBRE SOLO
Más que del hombre, la novela “El libro de un hombre solo”, nos remite a su quehacer de conciencia en su lucha con un poder que vigila, domina y controla todos los aspectos de su vida,  desde su forma de caminar hasta las veces que suele ir al baño diariamente, si sonría ante ciertos eventos o permanece indiferente, su manera de vestir, e incluso los lugares que visita, las conversaciones que tiene y los recuerdos, si estás obligado a borrar y deshacerte de tus recuerdos de antes de la revolución, porque por tus recuerdos también puedes ser condenado.

El régimen comunista chino, como cualquier otro en el mundo, gira en torno a la conciencia de la gente, cualquier anomalía fuera del orden de la conducta revolucionaria es corregida de inmediato, mediante tratamientos disciplinarios o la muerte. Como resaltantes hashtags, de este lectura encontramos: reeducación para el trabajo, reeducación ideológica, confiscación de la conciencia, vigilancia del pensamiento, enemigo público, historia personal (expediente político) donde ceder significa una sola cosa: entregar la conciencia. 



De ahí quizás provengan esos rostros impávidos, sin expresión cierta, miradas ausentes, como de quienes están adentro, pero muy adentro de su interior: Una realidad tan cruenta y hostil ante la que muchos optan por vivir adentro en sus propios sueños, y nos dejan solo trozos de ellos a su paso por la realidad, porque prefieren que los ignoremos también, porque puede ser la diferencia entre vivir y morir.
Como una especie de paneo autobiográfico, "El libro de un hombre solo", nos refiere estampas de la infancia, recuerdos familiares, la vida de un adolescente en pleno fervor de la Revolución Roja, el hacerse hombre con conciencia pero sin rostro, donde el drama, el amor y el erotismo, no dejan de estar presentes en un balance de vida marcado por la censura y la represión.

“La vida humana es una red que querrías deshacer, nudo tras nudo, pero al final sólo consigues una madeja de hilos enredados y eres incapaz de desenredar esas cuentas caóticas que la vida representa”.

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