domingo, 22 de marzo de 2020
Lo real está en el silencio
Ludwig Wittgenstein fue el filósofo que postuló que el silencio es la suma mayor de todo lenguaje posible. Al final de su obra Tratactus Logico-philosophicus –piedra angular de la filosofía del lenguaje-, señala que el lenguaje no habla de la realidad sino de sí mismo -es una representación- las palabras hablan de palabras no de otra cosa.
Tras pasearse por un andamiaje de deducciones lógicas argumentativas, luego de estudiar y derivar consecuencias sobre el lenguaje e identificar que al interior del lenguaje se juega al sentido, es decir a la interpretación subjetiva de las palabras; lo que llamó los juegos del lenguaje: nos dice como el sentido se construye siempre al interior de un conjunto de reglas que delimitan que es lo verdadero y lo falso, y lanza su teoría más controversial: el lenguaje no cumple su función de representar la realidad, está incapacitado de alcanzar ese objetivo: de lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio.
¿Qué hacer? ¿Lo que hace todo el mundo? Hablar sin parar aunque ese hablar jamás llegue a alcanzar lo real, y tal vez sea el silencio el que permita cifrar el movimiento de captarlo. Para Wittgenstein es el silencio el que abona el sentir, porque en silencio es que vemos al hombre pensando.
Por su estructura el Tratactus es un libro de difícil lectura, que busca profundizar la lógica y la filosofía del lenguaje. No es un libro de uso común –difícil que usted lo consiga en una librería-, tampoco es un libro abordable sin tener conocimiento previo de la lógica analítica, que debemos diferenciar de la lógica del sentido común que es lo que la mayoría suele nombrar como lógica. Es un libro problemático y desafiante en su comprensión, en el que se disputa todo, desde el lenguaje como real vehículo de expresión hasta la filosofía como ámbito donde se construyen las respuestas.
La escritura de Wittgenstein es fragmentaria, muy imprecisa y en permanente fluctuación, pero leerlo estimula pensar y a pensarte, pero pensarte más allá de las cosas y del lenguaje que las nombra. Hacerlo desde el sentido y el sin sentido de la expresión.
El Tratactus fue escrito en gran parte en los lugares menos imaginados para concebir una obra de su categoría, genialidad y trascendencia: las trincheras del frente de guerra de la Primera Guerra Mundial, donde Wittgenstein -siendo muy joven- luchaba como soldado del Ejército austriaco, su país de nacimiento, aunque posteriormente se nacionalizara británico. El libro siguió avanzando en su redacción incluso en la temporada cuando Wittgenstein estuvo recluido en un campo de concentración italiano.
Wittgenstein no es un autor popular, ni de lectura masiva, pero nos brinda una apertura hacia una filosofía desde donde podemos repensar todas las cosas.
Una extraña solicitud
Mi estimada señora, le voy a repetir algo que quizás usted este cansada de escuchar como una letania los últimos 30 años de su inexistencia, usted está muerta.
No creo que a usted le sorprenda tanto leer en mis palabras la reiteración del hecho indudable de que usted ya no pertenece al mundo de los vivos, como a mi recibir una solicitud de amistad en mi Facebook, desde el mundo de los muertos.
Me siento doblemente halagado que usted haya reparado en mí un humilde periodista y profesor de escritura, perdido en el anonimato de esta comarca del Caribe que es Venezuela. Primero por su condición de escritora, segundo porque lo hace desde el más allá, donde supongo no todos los difuntos tienen acceso a Facebook, sino el mundo sería un caos donde todos estarían chateando con sus muertos, y la muerte seguro perdería rigor y misterio, algo impensable. Porque pudiéramos estar hablando del fin de los ritos funerarios y de los cementerios, del apego a la necrofilia. Se acabarían los duelos por perdidas de seres amados, y sólo existirían los duelos amorosos a los que como usted sabe, no se les guardan luto sino despecho.
De sólo imaginar que mi Facebook se convirtiese en un espacio lleno de fantasmas; revisar un día la lista de mis contactos y ver que estoy en medio de un mundo de difuntos, sería espantoso para mí. Más aun viendo que me lleguen mensajes de personas como usted, que más que escritos serían verdaderos susurros del inframundo, como los de cualquier ser desencarnado, quejumbrosa y lenta, como aseguran es la voz de los muertos.
Cada vez que abriera mi Facebook lo haría con una misteriosa e inasible pesadumbre, pensando que usted está en lo desconocido, usted que siempre ha existido para mí, como un nombre de eventual recurrencia en los compendios de literatura hispanoamericana.
De aceptar su amistad también debería aceptar, por ejemplo, la de Tomás Eloy Martínez, coterráneo suyo con quien curse un par de notorios seminarios sobre el "nuevo periodismo" en sus últimas visitas en Caracas. Pero siempre he declinado tener amistades metafísicas, mucho menos en mi Facebook, sería algo atractivo, turbio, y aterrador, como el hecho de que usted me conteste este mensaje (espero que no).
Sin duda tengo en mi red, gente mucho menos generosa y culta que usted, pero con la diferencia de que ellos están vivos y usted no. Y la vida mi estimada señora, a diferencia de las novelas, tiene un final irremediable.
Debo confesarle que su solicitud de amistad me inquieto, tanto como cuando en mis años de liceísta pase casi quince días sin dormir tras leer la novela Aura de Carlos Fuentes, que impregnó mi imaginación de una atmósfera misteriosa y siniestra, como el hecho de que yo esté escribiendo este mensaje quimérico y mágico para alguien que habita en el más allá.
Ante su solicitud solo puedo recordar ese cuento referido por su querido Borges, no menos espeluznante que esta comunicación, que el narró diciendo "….estaba sola en el mundo, de pronto llamaron a la puerta…."
Le aseguro mi estimada señora que no sere yo quien la abra.
Saludos.
Al general Pérez Jiménez
no le gustaban los chinos
El edecán le hizo seña de que pasara al Despacho. Pedro Estrada el hombre de la mano de hierro del régimen, cerebro de la Seguridad Nacional, cruzó la puerta enarbolando su sonrisa enigmática de todos los días.
El general Marcos Pérez Jiménez, estaba parado con el teléfono al oído, mientras apoyaba la otra mano sobre su inmenso escritorio donde parecía caber un continente entero, al verlo le hizo un ademán de que se sentara, colgó la llamada y se arrellanó en la silla presidencial, donde su figura lucía más corta y regordeta de lo normal. Cruzó las manos sobre su abdomen, mientras jugaba con sus dedos le preguntó, dígame que tenemos hoy Pedrito.
Pérez Jiménez solía llamar por diminutivos a sus cercanos colaboradores, algo que manejaba como un código de confianza. Por esos días, en la memoria del terror estaba aún fresca la desaparición de siete sicilianos de una pensión de Caracas, que equivocadamente se habían aventurado en una secreta conspiración para asesinarlo.
Una aventura que nació a instancias de un interesado que necesitaba unos chivos expiatorios para crear una amenaza, y congraciarse abortando el complot. A los italianos les prometieron cien mil bolívares que nadie les dio, porque los muertos no cobran.
Consciente de lo delicado del tema Estrada apuró la pregunta: “General quería preguntarle que decidió sobre la solicitud de ingreso de ciudadanos chinos”.
“Usted sabe Pedrito, que ni chinos, ni árabes –respondió y luego agregó-: “Esa gente no entra aquí, sabe que los chinos comen cualquier vaina que se mueva, y no se integran como el europeo, son una raza aparte, y aunque parezca habladera de pendejadas, usted sabe lo que dicen, que nadie ha visto nunca un entierro de chino.
Estrada escuchó la negativa con una sonrisa franca y apacible. “Esos chinos algún día le van a echar una vaina al mundo, y agregó, deje el tema de los extranjeros en manos de Laureanito (Laureano Vallenilla-Lanz, ministro del Interior), a menos que alguno quiera venir a matarme”. Era una mañana del mes de noviembre de 1955.
Wuhan es una de esas ciudades desconocidas, sin rostro. Casi aislada culturalmente. Ninguno de sus habitantes ha visto jamás un negro en persona. Nada memorable ha pasado allá porque ni siquiera aparece en el Almanaque Mundial.
Nadie se habría enterado jamás de su existencia si en el pasado mes de diciembre no se convierte en el epicentro del Coronavirus que empieza como una gripe, causa fiebre y neumonía. Un virus mortal que entró en el cuerpo de un hombre después de que éste consumiera carne de una culebra infectada tras ser mordida por un murciélago portador del virus. Ahora es transmisible de humano a humano.
A partir de ese momento China se ha declarado en emergencia y la comunidad internacional en alerta.
Wuhan ha sido aislada, 80 muertos y 2.500 infectados. Nadie entra ni sale de esa ciudad de casi 12 millones de habitantes, el mercado de carnes exóticas ha sido clausurado, el resto de los países temen a su peor enemigo ese que no se ve, es silencioso e invisible y que puede volar por los aires de un Continente a otro, el mundo teme una nueva peste. Es el mes de enero de 2020.
Douglas Gonzalez
(Crónica Urgente/ Diario La Calle)
Puede ser de otra manera
Todo puede ser de otra manera, es el axioma que prevalece en el enfoque deconstructivista. Sale en busca de las otras perspectivas posibles, porque se parte de la premisa de que no hay verdad absoluta, porque no hay una verdad.
Lo que existe es una instalación de verdades que han pasado a creerse absolutas e incuestionables desde su imposición, y retroalimentadas con el ejercicio del poder.
El papel de la verdad es suplir totalidades, ser lo definitivo, lo seguro, un recurso al que apelar ante las interrogantes o los naufragios. Nuestra sociedad para estructurarse ha utilizado verdades con patentes eternas para funcionar y establecer un horizonte de equilibrio ficticio.
Por eso filósofos como Jacques Derridá, señalan que detrás de la veneración de muchas verdades sopla un viento de sospecha, algo oculto de los intereses históricos.
Derridá parte siguiendo la línea de Michael Foulcault, excarva el terreno, buscando el origen y cómo se legitimaron porque sabemos que ningún concepto anda mostrando su partida de nacimiento. Como los mitos se muestran como si fueran naturales, existentes de toda la vida.
Un concepto aceptado como verdad supone la eliminación de otras perspectivas, la liquidación de otros argumentos, la preeminencia de uno de ellos que se impuso sobre el resto. Pero ¿qué tiene que ver ese asunto sobre la cotidianidad de Juan, Pedro o María?
Ninguna.
Saberlo ni siquiera asegura que seremos más importantes o mejores personas. Tampoco nos asegurará mayor felicidad.
Y es que la deconstrucción es una filosofía que no tiene nada que ver con la felicidad, menos aún con la felicidad de marketing inscrita en el ámbito de la vida “utilitaria”, que se ha convertido en una especie de narcótico para la angustia existencial que según Heidegger condiciona la vida del hombre.
En todo caso la filosofía de la deconstrucción es una elección más de despertar- desde un ejercicio intelectual-, ante la realidad de la existencia zombie, aparentemente armónica y apacible, donde se vive en paz, donde todo funciona bien y correcta, cuyo origen podríamos decir se emparenta con la caverna de Platón, de la que muchos prefieren no salir, lo que también es una elección.
La carrera sin final
Toda literatura engendra una visión cosmogónica única, su forma de amalgamar su representación del mundo, el discurrir de la existencia de sus seres, el mapa perceptivo de sus geografías. Cada literatura aunque se enarbola con las mismas palabras, lleva un sello, una caracterización genuina, y un tono irrepetible.
DE LAWRENCE A DYLAN
Es el caso de los narraciones cortas de los escritores ingleses Dylan Thomas “Relatos completos”, (Random House-483páginas), y D.H Lawrence, “Tú me acariciaste y otros cuentos” de D. H. Lawrence (Random House-698 páginas) –con los que consumí el calendario de estos días decembrinos-, la geografía y las vidas humanas junto al accionar de sus conciencias se entrecruzan y yuxtaponen de forma vehemente.
Es la sensación que queda tras leer los dos tomos de cuentos de forma intercalada, de ambos escritores, donde apuntan y perfilan un verdadero atlas humano, sobre el que despliegan una especie de supra-conciencia de lo terrenal, en donde los paisajes descritos parecieran verdaderas manifestaciones del “topus uranus” de las emociones.
Cada hombre cohabita con los mundos a los que les permite acceder su estado de conciencia. Los mapas de la densa geografía que demarcan continentes, montañas, mares, desiertos, llanuras, con sus depresiones y accidentes de terreno, en manos de un escritor son como las zonas confiscadas y transitorias del yo debatiéndose sobre que figuración del ego va a asumir.
LOS CUENTOS
En los cuentos de Lawrence encontramos al escritor que va al encuentro de su literatura, pero que aún no se atreve a colocar su piedra fundacional, eso lo hará años más tarde. Mientras que Thomas actúa como un conquistador del lenguaje, su grito es: la literatura toda me pertenece, siguiendo lo cifrado de su espíritu bohemio hizo del alcohol el mar en la travesía de sus navegaciones poéticas. Lawrence parte de la imagen del escritor clásico, culto, inteligente, sensible y certero. Thomas la del artista enaltecido desde temprana edad, con su “halo” de outsider, poeta incomprendido e irreverente, un delirio que si bien le confirió el aura de ser un divo de las letras, también alentó su propia destrucción.
FIGURACIONES
En Lawrence, hay un constante cambio en la línea descriptiva, pero nunca de ritmo, involucra al paisaje y los hombres como una suave melodía, que somete a la geográfico a un matiz y a una comprensión que va más allá de lo racional, y así, comprendida y descifrada, la hace cercana a la vida humana, a veces limitándola sin guardar despojos, otras, dejándola que manifieste, que emane su propia esencia, a manera de preservar la violencia intrínseca de lo natural. Aunque detrás de cada línea siempre nos deje como un telón de fondo, un espacio silenciado, donde sólo hay lugar para las intuiciones.
El Lawrence de estas narraciones no sorprende, sus relatos parecieran navegar en un ligero barco de papel sobre un ligero riachuelo, llano y cristalino. Siendo sus primeras narraciones, no guardan ninguna relación con el Lawrence que escribió “El Amante de Lady Chatterley”, la novela que trajo a la literatura, el sexo, el orgasmo y las variadas formas del éxtasis sexual, no como una propuesta pornográfica, sino como una manera de contraponer el imperio de los sentidos, la profunda naturaleza erótica del hombre frente a un mundo mecanizado y deshumanizante, posterior al de la I Guerra Mundial.
SUEÑOS Y DELIRIO
Pese a que escribió estas historias en su etapa inicial del escritor que explora su propia literatura, en éstas ya se evidencia un alto vuelo literario, impecable lenguaje, y una precisa capacidad de desnudar la sociedad de la época, y su gravitación destructora hacia todo lo que representa la naturaleza esencial del hombre, su ser. Lawrence se crece en lo que será uno de sus sellos, el de un diestro y sempiterno jugador con el lenguaje, capaz de llevarlo a cualquier dimensión narrativa.
CONDICION HUMANA
Hay una extensa filosofía de la condición humana en la narrativa de Lawrence, “El sol está en el centro del cielo, como el corazón en el centro del ser. El sol es en sí mismo la inteligencia cósmica, así como el corazón es en el ser la sede de la facultad emocional”.
“Él estaba muerto y la carne viva de ella no tenía lugar contra él”.
“No se puede hacer sucia en los actos y espiritual en el ser”.
Por encima de cualquier consideración, Lawrence nos legó en estos cuentos una obra en la que apuesta al hombre y a su ser. Lawrence, descrito a menudo como un hombre un tanto taciturno, tendiente a la melancolía, murió de tuberculosis, faltándole el aire de la existencia, ese que tanto defendió en su obra.
NATURALEZA POETICA
Dylan Thomas es un poeta que jugó brillantemente con la prosa. Escribió cuentos memorables llenos de una poesía capaz de elevar al paroxismo a cualquier lector. Hay un eco gótico en muchas de sus escenas descritas que parecer haber sido hechas con el mismo material con que se construye la noche, descripciones e imágenes que transcurren en lo sombrío. Textos que despiertan lo emocional, la fe o su ocaso, tejidos desde lo visceral, tal como lo reclama su palabra de empeñado poeta maldito.
Los textos de Thomas, son un carrusel donde giran las pasiones humanas y sus bajos instintos, también la soledad, y la tensión humana de no ser comprendido. Son un paisaje apocalíptico entretejido en las nubes a cielo abierto, con el que nos evoca un tono profético al estilo bíblico. En momentos nos presenta escenas y personajes que parecen escapados del fondo del averno, o de espacios donde queda excluida la existencia de cualquier dios.
EL CIELO ENTRE LAS MANOS
En un cuento de Dylan Thomas el señor Humphries, el señor Roberts y el joven señor Peterson pueden ir camino a la taberna del pueblo e ir dándole la mano a las nubes, o inclinarse sobre redes del crepúsculo. Así escribió Thomas sus cuentos, manifestando su evidencia poética entre líneas. El caudal que se desata tras la lectura de Dylan Thomas se resume en una palabra abisal y portentosa: alucinación.
La escritura le permitió exhibir los laberintos terribles que ocupaban el espacio de su alma derrotada, y el desnudo altar de piedra frente al mar en que cada noche derramaba su propia sangre por la vida inmunda e infeliz que le toco vivir, a la que puso fin, según la leyenda, a los 39 años, una medianoche aciaga del año 1953, en un bar de la ciudad de New York, tras declamar su insaciable poesía y tomarse dieciocho whiskeys seguidos.
La sombra muere primero
El tren de la ruta Oeste del Metro arribó a la estación número 12 a las 10:09am, era una mañana lenta de un domingo solitario, apenas media docena de pasajeros iban en el vagón.
Las puertas se abrieron al unísono que los frenos hidráulicos descargaron de un pitazo su aire comprimido. Ely Núñez de 48 años despertó sobresaltado y saltó precipitado de su asiento apenas logrando salir unas décimas de segundos antes de que sonara la señal del cierre de puertas; atravesó ese umbral sintiendo que el corazón se le salía por la boca, con una sensación seca en su lengua, como si un trozo de papel de lija estuviera atorado en su garganta.
Caminó lento dejando que el frío del aire acondicionado permeara toda su humanidad, a medida que avanzaba se sintió invadido por una indescriptible comodidad, y una ligereza en cada uno de sus pasos. Cuando subió las escaleras su sombra era una leve mancha gris.
Al salir a la calle se dio cuenta que todo lo veía con mayor nitidez, hasta podía percibir la incesante danza de las moléculas en todas las cosas.
Cruzó la avenida ya sin su sombra y nunca vio que su cuerpo comenzaba a desvanecerse.
Como tampoco vio la ambulancia que esparció los ultimos vestigios de su existencia, al embestirlo cuando ya su cuerpo era una sutil huella de polvo en el asfalto, dejando tras de sí un cumulo de diminutas partículas dispersas en el aire como las que flotan en los rayos del Sol; en momentos en que ésta atravesaba velozmente la avenida en dirección a la Estación del Metro número 12, donde un pasajero fue encontrado sin vida, fallecido de muerte súbita.
Dos arquetipos novelescos
En literatura hay dos personajes que forman parte de los arquetipos de la condición humana Don Quijote y Madame Bovary. Ambos simbolizan dos vidas que claudicaron a las fantasías que promueve la lectura de relatos románticos y de aventuras. El primero, se obsesiona en imitar la vida de los nobles caballeros que protagonizaban las sagas de las novelas de caballería a las que leía con desaforado delirio.
El segundo, es Madame Bovary, protagonista de la novela de Gustave Flaubert. Emma Bovary casada con un médico de provincias sucumbe ante las historias de amor de las novelas románticas, las que devoraba leyendo cada noche hasta el amanecer, presa del hastío de su matrimonio, busca una vida de romance y en una serie de amantes ese amor ideal que sólo existe en la ficción novelesca, al final decepcionada del fracaso y sus desventuras amorosas decide suicidarse.
Douglas Gonzalez
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