1.
Desde que se anunció la existencia del Coronavirus como epidemia, por su contagiosa y acelerada propagación pocos en el mundo se lo tomaron en serio, y no estaban equivocados, hacían lo propio de los ciudadanos condicionados por una sociedad global, hedonista y egoica, vivir bajo el imperio del consumo de lo efímero, individualismo puro: ”mi vida es tan maravillosa y tan mía que sólo obedece a mi propio placer, eso a mí no me va a pasar”.
Italia era un fiesta y España una rumba. Los ingleses –con su frialdad habitual- hacían proyecciones sobre la cantidad de muertes necesarias en tanto el agente viral alcanzara su pico y preparaban escenarios de control para su remanencia.
Mientras el coronavirus hacía su peregrinaje mortal desde China –epicentro de esta desgracia- hasta la vieja Europa, disfrazado de cuento infantil que poco a poco comenzaba a desteñirse en su propia mentira, donde un murciélago contaminado fue devorado por una serpiente, la cual a su vez terminó siendo vendida en el mercado de animales de Wuhan y consumida por humanos.
En América Latina como es costumbre le colocamos el filtro del realismo mágico, eso no llegará hasta aquí porque el coronavirus le teme al calor, no sobrevive a las altas temperaturas, eso sí, dejamos de ir a los restaurantes chinos y los ciudadanos asiáticos fueron blanco de nuestras sospechas, y convencidos por nuestra notoria ingenuidad, salimos a celebrar el sol candente del Caribe, agradecidos por su clima, regodeados en nuestras excesivas sudoraciones, las playas fueron declaradas zonas libres de pandemia, todos celebraban esa felicidad geográfica, convocados bajo la membresía dionisiaca del placer.
Pero toda felicidad tienen su fin y toda fiesta llega termina al amanecer. Valencia atardecía con la quietud habitual de sus domingos, en el cerro
El Café se movía una serpiente de fuego con altas llamaradas que bajo el cielo adquirían las formas del sueño, esa noche dormimos arropados con la palabra cuarentena, al día siguiente despertó a nuestro lado, ahora es parte de nosotros, vino para quedarse, ella tan decimonónica, una palabra tan lejana, tan de nuestros ancestros y sus historias como las de la fiebre española y ese otro rito en desuso del tiempo de las abuelas, algo que practicaban las mujeres recién paridas en otro siglo.
2.
Al otro lado del mundo, la cuarentena remitía a otro significado: el poderío militar chino, que con una prueba lanzada en su propio territorio, se colocaba a la cabeza de la superpotencia en el uso de armas biológicas, lo que dejó en evidencia que la lucha por el poder global, entre China y Estados Unidos, va más allá del ámbito económico, y que con el esparcimiento del coronavirus por el mundo, los asiáticos se anotaban un tanto a favor de 3-0.
Primer punto: Lograron neutralizar la economía mundial, sumergiéndolo en una cuarentena. Que lo hagan también con el aparataje militar será cuestión de días.
Segundo punto: El coronavirus es una invasión silente e invisible presente de manera significativa en los países miembros de la OTAN, incluyendo los Estados Unidos. Los cunde de pánico con terrorismo biológico.
Tercer punto: China diseña una estrategia de ajuste de tiempos, da cuerda al reloj y lo detiene a su conveniencia en cada jugada. Primero se golpea a sí misma, capta una atención, detiene el juego con la simulación de un accidente por el consumo humano de filetes de serpiente contaminados con coronavirus.
Tras el brote provocado en Wuhan, China niega la alarma, niega el contagio, niega el peligro, el mundo le cree, se confía y apagan las alertas. China gana tiempo en su conteo, y a medida que avanza el virus invade y neutraliza cada nuevo territorio. Cuando Europa y los Estados Unidos están subyugados por la pandemia, China se declara libre del coronavirus, y con toda su potencialidad militar disponible, lo mismo no se puede decir de los demás países. China juega el estratégico Mahjong con el mundo: Táctica, observación y memoria, que desplaza al ajedrez.en lo cerebral.
3.
Los chinos han sido eficaces en el arte de entretener, de allí que su teatro carezca de textos literarios, es un celaje de acrobacias, personajes de cantos de ópera y complicados malabarismos, lo que los ha hecho expertos en el disimulo, y eso es lo que han hecho.
El caso chino no es un asunto que remita a Nostradamus pero si a la ficción literaria. Desde la hermenéutica y mediante una suerte de teorema se llega al mismo patrón predictivo utilizado hace cuarenta años (1986) por el escritor Dean Koontz, en su novela de terror, “Los ojos de la oscuridad”, sitúa en la ciudad de Wuhan, el epicentro de una virulenta epidemia que mata al 5 por ciento de la población mundial, tras ser liberado un virus de un laboratorio de poderosas armas biológicas de esa localidad. La única variable es que en su novela Koontz nombra a este virus como Wuhan-400, y no coronavirus.
Pero la literatura fantástica, siempre nos ha entregado un boceto de las apetencias que esconde el Régimen comunista en sus ansias por controlar el mundo. En los comics de los años 60 desarrollados por Marvel, reaparece el despiadado Ming –inicialmente incluido en la saga de Flash Gordon -1934-, personaje siniestro que parecía haberse vestido con las cortinas roja-amarillas del Salón del Pueblo que presidia Mao.
El objetivo de Ming era esclavizar el mundo, para ello creaba los más siniestros planes, y diseñaba armas con rayos desintegradores, capaces de desaparecer a la ciudad de Nueva York. Más atrás en la historia registramos a Fu Manchú que como el actual gobierno de China odia a la civilización occidental, sobre todo a la raza blanca, como dato curioso el actual coronavirus fue desarrollado para afectar principalmente a personas de sangre tipo A y B, que es la que tienen más las personas de raza blanca.
China está en guerra, solo que el mundo aún no lo sabe.
lunes, 23 de marzo de 2020
Escena de Manhattan
Rosa no supo cuando su mente regresó a los pensamientos de los primeros días, siempre lo hacía como un acto reflejo de su pesimismo, y pensó que le llevaría tiempo adaptarse a la inmensa Babel de hierro, a la vertiginosa velocidad que reflejaban todas sus cosas, en la más empinada y cenicienta ciudad del mundo.
Pero el asunto es que llevaba un mes en eso de terminar de aterrizar y adaptarse, ya se le acababa el dinero, pese a que había llamado a medio mundo en Venezuela, a todos los que sabía podían tener contactos para que le ayudaran a conseguir un empleo. Ofertas había tenido muchas, hasta de sobra, pero siempre que había salido a las entrevistas, se quedaba petrificada, inmóvil en medio de la nada.
Después era sacudida por ese torrente sanguíneo que la movía de un tirón y ponía a sus pies a dar marcha atrás, en la dirección de reversa, la unica direccion en que eran capaces de moverse, su indetenible huida. Llegaba al hotel con la sensación de haber sido molida a palos, de haber sido perseguida por todas las miradas que sentía iban tras ella, como agarradas de su cuerpo, guindadas de su sombra.
En esos minutos de su escapatoria, rehusaba incluso mirar los rostros de los que se iba encontrando de frente, porque les veía una mirada de burla por su fuga, avusandola de no haberlo logrado una vez más. Rosa creía que eran capaces de auscultar su fracaso, de identificarlo como si ella tuviera una señal tatuada en su frente.
Las 7:55 de la mañana en la metrópoli que nunca duerme puede parecerse a la hora pico de cualquier ciudad del mundo, por eso Rosa tomó como una buena señal que en ese momento la avenida hubiera hecho una pausa en el flujo de personas, estaba casi solitaria, con poca gente.
Caminó hacia el lado más desierto de la acera, ya se disponía a cruzar, cuando miró sobre el horizonte y reparó en algo más que la sobresaltó y llenó de espanto, al ver las cientos de ventanas que bailaban proyectadas al cielo, sobre su cabeza, y que parecían asaltarla desde lo alto.
Sintió temor porque detrás de cada una de ellas sintió que la miraban como un bicho raro y se burlaban de su torpe caminar tercermundista que no era el desatendido y aislado estilo neoyorquino. Sintió que podían ver su no pertenencia, como que estaba allí de contrabando. Rosa miró de reojo su figura reflejada en una vidriera, y pese a que llevaba el cabello pintado de rubio platinado y su piel era blanca, se veía desencajar, tenía desactivado su mapa de la viveza colectiva, su auxiliar de navegación.
Mientras caminaba no dejaba de pensar en las decenas de ojos colgados detrás de los ventanales observándola, que dejaban resbalar sus miradas desde arriba como agujetas invisibles, como los rayos del sol a esa hora de la mañana. Razones suficientes para que ella, que pensaba que la mala suerte era como su sombra, lo tomara como un mal presagio.
Ella, que se esforzaba por borrar con el maquillaje de las apariencias cualquier rastro vulgar de su naturaleza humana, en ese momento se sentía desnuda, al descubierto.
Trató de no alojar en su mente pensamientos que no estuvieran en sintonía con la postmoderna y sacra doctrina de la Nueva Era. Pero recordo que ese día despertó con la boca amarga, y una acelerada palpitación entre el corazón y el estómago, este ultimo no dejaba de ladrar como un perro encadenado, al mismo tiempo lo sentía como un saco vacío que alguien exprimía amarrado a su espinazo, presintió que algo no andaría bien. A esa hora, sabia de antemano que algo no saldría bien.
No debí salir, recordó en ese momento, paralizada, a tan solo un par de blocks del hotel, sostenida a la acera, por una fuerza de atracción que no le dejaba dar un solo paso, porque sentía que una vez más su cuerpo cruzaría el umbral del hambre en pleno corazón de Manhattan.
Douglas Gonzalez
Cronica Urgente / Diario La Calle
Locura por las pantaletas usadas
El primer ministro japonés Shizo Abe atravesó las puertas del salón principal, en la antesala lo esperaban, los ministros de Salud, Interior y Justicia convocados a esa hora de emergencia para tratar un asunto de seguridad nacional.
Eran las 7:30 de la noche del lunes 27 de enero, cualquier persona que hubiera pasado frente a esa residencia, conocida como Kantei, vería los ventanales iluminados al igual que todos los días, hasta las 10:00pm. Jamás habría sospechado que allí dentro se discutía el destino del segundo mayor placer sexual japonés luego de la cópula, la “burusera”, el oler pantaletas usadas, y que implicaba destruir casi trecientos mil sobres presurizados con estas prendas adquiridas en China, para atender la demanda del negocio fetichista: un millón y algo compradas a jóvenes japonesas, quinientas mil que se calculaban estaban en tránsito de ser entregadas a sus destinatarios, además de otras setecientos mil en máquinas dispensadoras localizadas en las principales ciudades del país.
La “burusera” es la química del deseo, una práctica del fetiche. Desde hace décadas las jóvenes se han dedicado a vender sus bloomers usados. Su precio va desde 7 a 24 dólares dependiendo del tiempo de uso de la pantaleta.
Sus principales compradores son hombres de negocios y profesionales. Existe un protocolo para certificar el valor de la prenda. Las sudadas con dos días de uso, logran el precio mínimo, las más costosas suelen ser las usadas por una semana. La interesada en venderla debe acudir a un agente autorizado, con la braga puesta y quitársela en una especie de probador bajo la mirada de una supervisora, además debe entregarla acompañada de una foto suya.
Existen otros valores agregados que pueden incrementar su valor, si tiene restos de menstruo, flujo o heces; el cliente también puede obtener un pequeño tubo de cristal con orina de su propietaria.
La práctica de la burusera comenzó como una entrega amorosa de una prenda de la novia a su prometido, pero el corte tradicional y rígido de la sociedad japonesa potenció la burusera a un comercio que mueve millones de dólares al año. Es tal la demanda que las damas de las familias japonesas son totalmente herméticas y celosas con sus prendas íntimas, está reprobado socialmente colgarlas con el resto de la ropa lavada.
Existen bandas delictivas que se dedican a robarle las pantaletas a las jóvenes colegialas para venderlas en el mercado negro.
El Primer Ministro quedó a solas pensando en las advertencias de los otros tres miembros del gabinete: prohibir la burusera pondría en riesgo la economía, provocaría un desequilibrio psicológico en millones de japoneses, se incrementarían los delitos sexuales y las violaciones, y se elevaría la tasa de suicidios por esa transitoria infelicidad.
A esa hora todo Japón se disponía dormir, menos el primer ministro quien desvelado hasta la medianoche abrió la caja fuerte, sacó una pantaleta amarilla envuelta en papel celofán y la quemó en el incinerador, mientras la otra mitad del mundo apenas amanecía bajo la sombra del coronavirus.
Nosotros...los marcianos
El descubrimiento de la Tierra como el mundo habitable en el que llegaron desconocidas civilizaciones extraterrestres y lo colonizaron, en el afán por hacer prevalecer su especie por los infinitos puntos cardinales del Universo, era hasta hace pocos años uno de los grandes mitos que llenaba las páginas de las historias de ciencia ficción.
SUPERMAN
Superman quizás sea el personaje más conocido de la saga, a simple vista es un hombre común. Sin embargo, bajo su identidad de ciudadano rutinario, se esconde un extraterrestre dotado de superpoderes. Superman es un sobreviviente de Kripton, un planeta con una raza de superhombres, que siendo un niño es enviado a la Tierra por sus padres en una pequeña nave para que sobreviva y logre preservar su raza, en los momentos en que su planeta sucumbía a la destrucción.
Al crear este personaje en 1933 Jerry Siegel y Joe Shuster, ignoraban que seguían una tradición de los mitos milenarios de los dioses que bajaban del cielo descritos en los testimonios de antiguas civilizaciones.
Para los adeptos a Jung, y sus infinitas redes del inconsciente colectivo, las mentes de estos creadores se habrían conectado con una especie de memoria ancestral, que reúne todos los aspectos que convergen en la parte oculta, profunda y más insospechada de nuestra mente, y que vincula a todos los seres humanos, e incluso, involucra al medio ambiente, gravita en la atmósfera, y más allá porque es descrito como un campo energético que enlaza todo lo existente.
JUNG
Según Jung, hay una serie de experiencias psíquicas, imaginarios y símbolos, cuya existencia no viene dada por los aprendizajes adquiridos, sino que se trata de experiencias que compartimos todos los seres humanos, independientemente de nuestras historias de vida, desde el origen del hombre.
Quizás tanto el postulado del eterno retorno nietzscheano como el mito de Sísifo, pudieran entrecruzarse para explicar el devenir de una humanidad condenada –tras los actos fallidos de su existencia- a repetir el acto inaugural de la vida, hasta la eternidad, por propiciar la destrucción repetitiva de sus diferentes mundos.
Quizás seamos los únicos pobladores del Universo diseminados por todos lados y los extraterrestres seamos nosotros mismos, que a través de distintas etapas de nuestra existencia, hemos ido atravesando galaxias, buscando nuevos mundos habitables, y en cada una hemos ido dejando las huellas de nuestra infatigable hecatombe humana.
PHILLIP K. DICK
Hay una narración de Phillip K. Dick, titulada “Equipo de Exploración”, que narra la historia de un grupo elite del ejército, cuya misión es encontrar un planeta alterno donde pueda desarrollarse la vida humana, momentos finales de la posibilidad de vida en la Tierra marcha contra reloj bajo la sombra de un final apocalíptico, que se acerca cada segundo tras llevar treinta años de guerra continúa las superpotencias. Con esto han acabo las posibilidades de vida en la superficie del planeta, y los últimos humanos viven en colonias subterráneas, pero no les queda mucho tiempo. Sólo días. El paisaje de la tierra es de ruina y miseria, es el cementerio de nuestra civilización.
El capitán Hattheway, jefe de la misión interplanetaria elige Marte como destino, un poco caluroso pero será posible que podamos adaptar la vida humana al cercano planeta, dice su informe.
MARTE
Cuando aterrizan en Marte bajo la densa sombra de la oscuridad observan un paisaje muy similar a las ciudades que existían en la Tierra, con la sola diferencia había plataformas de lanzamiento robotizados por todos lados, como para asistir a una evacuación masiva, todo estaba convertido en una amasijo de chatarra, tras miles de años de ser abandonados.
Los primeros quince minutos en suelo marciano les permitió constatar que el planea había sido evacuado de emergencia, habían huido de algo inexplicable, pero terrorífico.
No había agua, ni ninguna presencia de otros recursos naturales, todo era destrucción y polvo de hollín oxidado. Aquí es imposible vivir, dijeron al unísono. Para ese momento cada uno tenía retratado el pánico en su rostro.
Los siguientes ocho minutos fueron mucho peor, consumidos por la incertidumbre revelada por un telescopio encontrado en una de las plataformas, en buen funcionamiento, y en el cual encontraron las coordenadas que con el instrumento pudieron ubicar y visualizar el planeta al que habían huido los marcianos.
Iremos tras los marcianos, observemos hacia donde fueron, si ellos se salvaron también nosotros, conversaron entre sí los tripulantes.
TIERRA A LA VISTA
Cada uno fue pasando a observar la promesa planetaria encontrada por los marcianos, pero todos se retiraron del telescopio con gestos de espanto. Uno a uno a medida que miraba por los binoculares exclamaba con asombro, no lo puedo creer, es la Tierra.
Los marcianos somos nosotros, no hemos viajado a ningún lugar, sólo hemos vuelto a casa, somos los hijos de este pueblo fantasma, pareció sentenciar al final el capitán Hattheway.
El relato de Phillip K. Dick, no es un hecho improbable, más cuando hoy, aquí en la Tierra muchos apuestan por la validez de esta hipótesis, a tal punto que para los próximos años las agencias espaciales planean enviar a Marte equipos de exploración arqueológica a fin de excavar el suelo marciano en busca de las huellas perdidas en el tiempo de esa otra humanidad que vino a conquistar la Tierra para renacer de nuevo, pero como siempre, para terminar al final tratar de escapar de la amenaza de nuestro propio apocalipsis.
domingo, 22 de marzo de 2020
Lo real está en el silencio
Ludwig Wittgenstein fue el filósofo que postuló que el silencio es la suma mayor de todo lenguaje posible. Al final de su obra Tratactus Logico-philosophicus –piedra angular de la filosofía del lenguaje-, señala que el lenguaje no habla de la realidad sino de sí mismo -es una representación- las palabras hablan de palabras no de otra cosa.
Tras pasearse por un andamiaje de deducciones lógicas argumentativas, luego de estudiar y derivar consecuencias sobre el lenguaje e identificar que al interior del lenguaje se juega al sentido, es decir a la interpretación subjetiva de las palabras; lo que llamó los juegos del lenguaje: nos dice como el sentido se construye siempre al interior de un conjunto de reglas que delimitan que es lo verdadero y lo falso, y lanza su teoría más controversial: el lenguaje no cumple su función de representar la realidad, está incapacitado de alcanzar ese objetivo: de lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio.
¿Qué hacer? ¿Lo que hace todo el mundo? Hablar sin parar aunque ese hablar jamás llegue a alcanzar lo real, y tal vez sea el silencio el que permita cifrar el movimiento de captarlo. Para Wittgenstein es el silencio el que abona el sentir, porque en silencio es que vemos al hombre pensando.
Por su estructura el Tratactus es un libro de difícil lectura, que busca profundizar la lógica y la filosofía del lenguaje. No es un libro de uso común –difícil que usted lo consiga en una librería-, tampoco es un libro abordable sin tener conocimiento previo de la lógica analítica, que debemos diferenciar de la lógica del sentido común que es lo que la mayoría suele nombrar como lógica. Es un libro problemático y desafiante en su comprensión, en el que se disputa todo, desde el lenguaje como real vehículo de expresión hasta la filosofía como ámbito donde se construyen las respuestas.
La escritura de Wittgenstein es fragmentaria, muy imprecisa y en permanente fluctuación, pero leerlo estimula pensar y a pensarte, pero pensarte más allá de las cosas y del lenguaje que las nombra. Hacerlo desde el sentido y el sin sentido de la expresión.
El Tratactus fue escrito en gran parte en los lugares menos imaginados para concebir una obra de su categoría, genialidad y trascendencia: las trincheras del frente de guerra de la Primera Guerra Mundial, donde Wittgenstein -siendo muy joven- luchaba como soldado del Ejército austriaco, su país de nacimiento, aunque posteriormente se nacionalizara británico. El libro siguió avanzando en su redacción incluso en la temporada cuando Wittgenstein estuvo recluido en un campo de concentración italiano.
Wittgenstein no es un autor popular, ni de lectura masiva, pero nos brinda una apertura hacia una filosofía desde donde podemos repensar todas las cosas.
Una extraña solicitud
Mi estimada señora, le voy a repetir algo que quizás usted este cansada de escuchar como una letania los últimos 30 años de su inexistencia, usted está muerta.
No creo que a usted le sorprenda tanto leer en mis palabras la reiteración del hecho indudable de que usted ya no pertenece al mundo de los vivos, como a mi recibir una solicitud de amistad en mi Facebook, desde el mundo de los muertos.
Me siento doblemente halagado que usted haya reparado en mí un humilde periodista y profesor de escritura, perdido en el anonimato de esta comarca del Caribe que es Venezuela. Primero por su condición de escritora, segundo porque lo hace desde el más allá, donde supongo no todos los difuntos tienen acceso a Facebook, sino el mundo sería un caos donde todos estarían chateando con sus muertos, y la muerte seguro perdería rigor y misterio, algo impensable. Porque pudiéramos estar hablando del fin de los ritos funerarios y de los cementerios, del apego a la necrofilia. Se acabarían los duelos por perdidas de seres amados, y sólo existirían los duelos amorosos a los que como usted sabe, no se les guardan luto sino despecho.
De sólo imaginar que mi Facebook se convirtiese en un espacio lleno de fantasmas; revisar un día la lista de mis contactos y ver que estoy en medio de un mundo de difuntos, sería espantoso para mí. Más aun viendo que me lleguen mensajes de personas como usted, que más que escritos serían verdaderos susurros del inframundo, como los de cualquier ser desencarnado, quejumbrosa y lenta, como aseguran es la voz de los muertos.
Cada vez que abriera mi Facebook lo haría con una misteriosa e inasible pesadumbre, pensando que usted está en lo desconocido, usted que siempre ha existido para mí, como un nombre de eventual recurrencia en los compendios de literatura hispanoamericana.
De aceptar su amistad también debería aceptar, por ejemplo, la de Tomás Eloy Martínez, coterráneo suyo con quien curse un par de notorios seminarios sobre el "nuevo periodismo" en sus últimas visitas en Caracas. Pero siempre he declinado tener amistades metafísicas, mucho menos en mi Facebook, sería algo atractivo, turbio, y aterrador, como el hecho de que usted me conteste este mensaje (espero que no).
Sin duda tengo en mi red, gente mucho menos generosa y culta que usted, pero con la diferencia de que ellos están vivos y usted no. Y la vida mi estimada señora, a diferencia de las novelas, tiene un final irremediable.
Debo confesarle que su solicitud de amistad me inquieto, tanto como cuando en mis años de liceísta pase casi quince días sin dormir tras leer la novela Aura de Carlos Fuentes, que impregnó mi imaginación de una atmósfera misteriosa y siniestra, como el hecho de que yo esté escribiendo este mensaje quimérico y mágico para alguien que habita en el más allá.
Ante su solicitud solo puedo recordar ese cuento referido por su querido Borges, no menos espeluznante que esta comunicación, que el narró diciendo "….estaba sola en el mundo, de pronto llamaron a la puerta…."
Le aseguro mi estimada señora que no sere yo quien la abra.
Saludos.
Al general Pérez Jiménez
no le gustaban los chinos
El edecán le hizo seña de que pasara al Despacho. Pedro Estrada el hombre de la mano de hierro del régimen, cerebro de la Seguridad Nacional, cruzó la puerta enarbolando su sonrisa enigmática de todos los días.
El general Marcos Pérez Jiménez, estaba parado con el teléfono al oído, mientras apoyaba la otra mano sobre su inmenso escritorio donde parecía caber un continente entero, al verlo le hizo un ademán de que se sentara, colgó la llamada y se arrellanó en la silla presidencial, donde su figura lucía más corta y regordeta de lo normal. Cruzó las manos sobre su abdomen, mientras jugaba con sus dedos le preguntó, dígame que tenemos hoy Pedrito.
Pérez Jiménez solía llamar por diminutivos a sus cercanos colaboradores, algo que manejaba como un código de confianza. Por esos días, en la memoria del terror estaba aún fresca la desaparición de siete sicilianos de una pensión de Caracas, que equivocadamente se habían aventurado en una secreta conspiración para asesinarlo.
Una aventura que nació a instancias de un interesado que necesitaba unos chivos expiatorios para crear una amenaza, y congraciarse abortando el complot. A los italianos les prometieron cien mil bolívares que nadie les dio, porque los muertos no cobran.
Consciente de lo delicado del tema Estrada apuró la pregunta: “General quería preguntarle que decidió sobre la solicitud de ingreso de ciudadanos chinos”.
“Usted sabe Pedrito, que ni chinos, ni árabes –respondió y luego agregó-: “Esa gente no entra aquí, sabe que los chinos comen cualquier vaina que se mueva, y no se integran como el europeo, son una raza aparte, y aunque parezca habladera de pendejadas, usted sabe lo que dicen, que nadie ha visto nunca un entierro de chino.
Estrada escuchó la negativa con una sonrisa franca y apacible. “Esos chinos algún día le van a echar una vaina al mundo, y agregó, deje el tema de los extranjeros en manos de Laureanito (Laureano Vallenilla-Lanz, ministro del Interior), a menos que alguno quiera venir a matarme”. Era una mañana del mes de noviembre de 1955.
Wuhan es una de esas ciudades desconocidas, sin rostro. Casi aislada culturalmente. Ninguno de sus habitantes ha visto jamás un negro en persona. Nada memorable ha pasado allá porque ni siquiera aparece en el Almanaque Mundial.
Nadie se habría enterado jamás de su existencia si en el pasado mes de diciembre no se convierte en el epicentro del Coronavirus que empieza como una gripe, causa fiebre y neumonía. Un virus mortal que entró en el cuerpo de un hombre después de que éste consumiera carne de una culebra infectada tras ser mordida por un murciélago portador del virus. Ahora es transmisible de humano a humano.
A partir de ese momento China se ha declarado en emergencia y la comunidad internacional en alerta.
Wuhan ha sido aislada, 80 muertos y 2.500 infectados. Nadie entra ni sale de esa ciudad de casi 12 millones de habitantes, el mercado de carnes exóticas ha sido clausurado, el resto de los países temen a su peor enemigo ese que no se ve, es silencioso e invisible y que puede volar por los aires de un Continente a otro, el mundo teme una nueva peste. Es el mes de enero de 2020.
Douglas Gonzalez
(Crónica Urgente/ Diario La Calle)
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