martes, 31 de marzo de 2015




El Hacedor de las cosas (Fragmento)
Douglas González



El asesino llegó ante el Hacedor de las cosas con un saco lleno de huesos viejos y secos y diez monedas de Oro.

Colocó todo sobre el mesón y le pidió que le fabricara un sustituto del muerto.

Argumentó que estaba arrepentido de su crimen y quería vivir en paz.

El Hacedor de las Cosas, examinó los huesos uno a uno, comprobó que estaban completos y dijo:

-Todos los huesos tienen Alma porque han nacidos pegados a ella, pero este hombre era tu hermano, ¿Y cuál no lo es? Pero a este no lo puedo armar otra vez, porque su alma vive contigo instigándote con la culpa y el arrepentimiento, negándote la posibilidad del perdón. 

Recogió los huesos y se los devolvió junto a las diez monedas de Oro.

-El morirá definitivamente el día de tu muerte. Para ese entonces ya no podrás venir a mi, dijo.


El Hacedor de las cosas (Fragmento)
Douglas González



-¿Qué pasó con todas las cosas que me dijiste?

-Cuando te las dije eran verdad. Pero como todo hecho de palabras, desapareció en el silencio.

-¿Entonces qué es lo que realmente existe?

-Sólo las cosas que están por decirse.


domingo, 29 de marzo de 2015



La literatura es una expresión inconforme

Por: Vicente Blanco

“La felicidad existe y además es una palabra que debe ser de uso frecuente en nuestras afirmaciones. Es mi consideración personal. Muchas personas me han preguntado si practico una suerte de nihilismo en relación a la felicidad –por el sugestivo título de mi novela- , les puedo asegurar que no es así, creo en la felicidad y además es el único oficio que ejerzo sin protesta alguna, quizás porque tengo muy presente la sentencia del escritor Jorge Luis Borges, “La vida debe ser un acto de felicidad”, es decir sólo debe movernos a actuar aquello que nos hace verdaderamente felices,  con el resto de las cosas seguimos el patrón cotidiano de nuestras obligaciones”.

Así se expresa el periodista y escritor Douglas González, en una conversación en que de las precipitaciones propias del diálogo inicial y entusiasta van cediendo su ritmo al sostenimiento de una voz más reflexiva, a veces profesoral y catedrática, incluso en los momentos laberínticos de los intríngulis que evoca, describe y enumera en sus digresiones. Es el estilo de quien se define a sí mismo como un oficiante de la lectura, algo que reitera cuando le preguntamos sobre lo que ha sido su experiencia de haber publicado su primera novela: “Nunca jamás digas la palabra felicidad” en el exterior y no en Venezuela.


-Una breve satisfacción personal –responde-. Digo breve porque a veces se me olvida, han pasado hasta dos semanas en que ni siquiera piense remotamente  en eso, y de repente me acuerdo e investigo en internet dónde la están colocando y quién más la está ofertando, porque la novela se vende impresa en papel fundamentalmente, aunque tengo entendido que está siendo comercialidad como E-book, libro digital, por un portal llamado Freebooks. Pero las otras doce librerías por internet venden el libro físico. En lo personal lo que más me sorprende es la cobertura de mercado que se logra a través de internet, como eso de estar en todos lados. Principalmente la novela se vende en su versión impresa en España y por ende el mercado europeo. De hecho creo que hasta la tienda Ebay, en Inglaterra, estaba ofertando un ejemplar usado, aún a muy buen precio en libras, es decir hay todo tipo de lectores para ella. Con la novela me pasa que me levanto un día y me asomo a la red y veo que la están ofertando no sólo en Amanzon.com, sino en el mercado japonés con Amazon.jp, o en la India, eso me divierte y me asombra, claro está algo que juzgo una de las bondades de la globalización, años atrás hubiera sido impensable.

Nunca jamás digas la palabra felicidad, fue publicada en España el pasado 12 de Diciembre 2014, por lo que Douglas González indica que aún es un período muy corto para hacer una evaluación concreta, aunque advierte: “No es mi primera novela, tengo tres en proceso de escritura y Nunca jamás digas la palabra felicidad, fue un capítulo que se me escapó de la que en realidad es mi primera novela, y que aún no he dejado ir, porque contrario a Nunca Jamás, es una narrativa por demás exigente, con una complejidad que no posee Nunca jamás, en la que sólo quise resaltar el peso del anonimato social e ilustrar ciertas perspectivas de valoración política a través de un a veces sórdido otras irónico y hasta caricaturesco trhiller policíal, que es como creo que se comporta nuestra realidad actual, en su mezquina e inhumana lucha por el poder”.

-¿La trama de la novela se desarrolla en Venezuela?
-Digamos que Venezuela, pero como No-Lugar, y bajo esa categoría que pertenece al filósofo francés Marc Auge, surge una realidad sin nombres propios, sin perfil, ni características como son los No-Lugares, un espacio que ha perdido su esencia e identidad, un lugar que sólo subsiste para el intercambio. Un lugar de paso lo es un pasillo del Metro, que permite la efímera transición de las cosas. Venezuela que ha sido des-socializada ha pasado a ser un No-Lugar, donde tenemos guerras tan efímeras que ni siquiera trascienden su declaración verbal. Golpes de Estado que no logran superar en la realidad los primeros cinco minutos de su anuncio en cadena nacional por radio y TV. Cuando estamos inmersos en un teatrín de lo efímero, como este, todo apunta a que estás en un No-Lugar, en un espacio heredado para la transición, aunque esta palabra no le guste a mucha gente.


-¿Algunas preferencias literarias?
La literatura norteamericana, a mí me sucede algo muy curioso, me gusta toda, tanto la elaborada en los años 30 donde emergió ese movimiento o corriente literaria en Estados Unidos que se llamó Realismo Técnico, hasta la literatura desarrollada posteriormente, a lo largo del Siglo XX, y la actual, autores hay un sin número, pero en mi haber tengo una preferencia nostálgica por las novelas de gansters y detectives que se publicaron en la egida del pull fiction, de escritores del corte de Mike Spillane y su célebre detective Mike Hammer. Fui un lector precoz, a los once años estaba leyendo Dostoievsky, no por intelectual, sino porque lo único que tenía a la mano para entretenerme eran libros y muchas novelas de trhiller policial, por lo que siempre los leía, pero a los catorce descubrí a Spillane y fue cuando sentí que quería ser escritor, y como era de suponer quería escribir como él. Después fui descubriendo que era la literatura, pero aún le guardo afecto a mis viejas lecturas sobre Mike Hammer.

-¿La difícil tarea de ser escritor en América Latina?
-Creo que el peso alienante de nuestra condición colonial generó a lo largo de los primeros años una literatura dependiente. Era una especie de réplica de la novelística que se hacía en Europa o Estados Unidos, quienes ya habían alcanzado un nivel y técnicas notables. Para ese momento América Latina estaba rezagada, se ve en la necesidad de dar un gran salto, y se gesta el Boom, ofreciéndole un nuevo rostro literario al mundo algo que en lo que creo ayudó mucho, esa visión mítica que se ha tenido sobre América, del nuevo hombre, el nuevo mundo, y es esta nueva narrativa la voz de esta nueva historia.

Venezuela un país con poca tradición editorial
“En este lado del mundo lo difícil es que te publiquen, caso Venezuela siempre hemos sido un país con poca tradición editorial. En la actualidad las editoriales, las pocas que aún existen, muchas no salen de ese cliché de la narrativa caraqueña, donde todas se parecen, o están esperando ver atravesar por sus puertas a un García Márquez. Mientras que la profusión de títulos que publica el gobierno, pudiera atrever a decir que el 99 por ciento son muy malos, ilegibles, creo que Monte Avila ha sufrido una profunda perversión”, comentó finalmente.




martes, 3 de marzo de 2015


Evito ser

Evito ser como ese hombre que se asomaba a la ventana cada 21 días para ver en las nubes del cielo el designio que le permita salir a tomar el Sol.
Quizás Influenciado por el espíritu de una de esas mujeres invisibles que viven cazando afrentas donde no las hay, tallando todo lo que ven equívocamente en la piedra angular de los resentimientos.
Llevándola con todo su peso sobre los hombros, mirando su propia incomprensión en el borde de los abismos.
A veces somos una sombra que pasa pegada a la carne que además del sabor de la sal, nos revela la sed  ignota de una trascendencia perdida en la memoria de los diez mil seres,
cuando aún éramos un inofensivo polvo de estrellas
Creyéndonos más privilegiados que esa Mariposa cuya eternidad está cifrada en menos de 24 horas,
Si nace de día jamás llegará a conocer la celosa estela oscura de la noche, porque la vida sólo le alcanza, o para vivir bajo el Sol o para ser regida por la conmovedora Luna, pero nunca logra convivir con la magia de los dos suspendidos en la distancia celestial, seduciéndose, persiguiéndose hasta ocultarse, uno tras otro en el horizonte de la tarde y del amanecer, o batallando en la desvariación de los eclipses.
Miles ha antecedido tus pasos por esta tierra, todos con el ego insuflado de grandeza, lo único que no debes olvidar es que tus pasos cada día pasan por sobre todos ellos, hoy viajeros interminables hechos polvo. (D.G)



miércoles, 18 de febrero de 2015



Teotihuacan


Idos los hacedores de soles y de lunas 
los constructores de templo y de tumbas 
desvanecidos los dioses en los cerros 
y perdidos lo hombres en la noche 
por la desierta calle sólo vaga un perro hambriento 
con toda el hambre de la historia en sus entrañas
 y todas las puertas cerradas a su paso 
¿Quién siguiéndolo por la Calzada de los Muertos 
atravesando los espectros que flotan en la tarde 
entre serpientes mariposas y pájaros
 al penetrar el espacio de la ciudad fantasma 
no ha de llegar por siempre al destino del hombre?
Aquí donde se cosntruyó una y otra vez el templo sobre el templo y el hombre sobre sus cenizas aquí en el poniente extremo donde se precipitaron juntos sacerdotes y edades y donde el quinto Sol se ha de hundir en la noche terrestre brilla todavía nuestro sol cotidiano
Muertos los dioses y deshechas sus obras los siglos al final se hacen palabras ruinas mordidas por la luz y el viento 
y el hombre en su agonía 
no sabe hacia dónde reclinar la cabeza 
ni con qué voces dirigirse a la muerte 
mientras por el valle desolado 
sólo pasa el más inasible de los dioses del aire

©Homero Aridjis


"...Sólo la noche posada en tus cabellos, 
la noche raspándonos los ojos,
la noche uniéndonos y separándonos..."



Noche

Alice Munro (Lumen, 2013)

En mi juventud parecía no haber nunca un parto, o un apéndice reventado, o cualquier otro incidente drástico de salud que no ocurriera mientras arreciaba una tormenta de nieve. Las carreteras estarían cortadas, así que de todos modos no se podría pensar en sacar un coche, y habría que enganchar varios caballos para llegar al pueblo e ir al hospital. Por suerte aún había caballos: en circunstancias normales la gente se habría deshecho de ellos, pero con la guerra y el racionamiento de combustible las cosas habían cambiado, al menos por el momento.

Por eso cuando me empezó el dolor en el costado tenían que ser las once de la noche, y soplaba una ventisca y, como en ese momento en nuestro establo no había caballos, tuvimos que pedir el tiro de los vecinos para llevarme al hospital. Un trayecto de apenas una milla y media, pero aun así una aventura. El médico estaba esperando, y nadie se sorprendió cuando se preparó para extirparme el apéndice.





¿Se extirpaban más apéndices entonces? Sé que todavía se hace, y que es necesario, incluso sé de alguien que murió por no intervenirlo a tiempo, pero en mi memoria ha quedado como una especie de rito al que pocas personas de mi edad debían someterse, o por lo menos no muchas, y no todas tan de improviso, o quizá sin tanta pena, porque signifi caba unas vacaciones de la escuela y daba cierta categoría: haber sido tocado por el ala de la mortalidad distinguía, aun fugazmente, del resto, en una época de la vida en que tal cosa podía llegar a ser grata.

Así que, ya sin apéndice, pasé varios días viendo por la ventana del hospital la nieve cernirse lóbregamente a través de unos árboles de hoja perenne. No creo que se me pasara por la cabeza pensar cómo iba a pagar mi padre esta distinción. (Creo que tuvo que desprenderse de una parcela de bosque que había conservado al vender la granja de su padre. Quizá esperaba utilizarla para poner trampas, o elaborar jarabe de arce. O quizá sentía una nostalgia innombrable.)

Luego volví a la escuela, y disfruté de que me dispensaran de educación física más tiempo del necesario, y un sábado por la mañana que mi madre y yo estábamos solas en la cocina, me contó que en el hospital me habían extirpado el apéndice, tal y como yo pensaba, pero no fue lo único que me quitaron. Al médico le había parecido conveniente extirparlo, ya que estaba metido en faena, pero lo que más le preocupó fue un tumor. Un tumor, dijo mi madre, del tamaño de un huevo de pava. Pero no te preocupes, dijo, ahora ya ha pasado todo. La idea del cáncer en ningún momento se me ocurrió, y mi madre tampoco la mencionó nunca. No creo que hoy en día pueda hacerse una revelación como esa sin alguna clase de pregunta, alguna tentativa de esclarecer si lo era o no lo era. Maligno o benigno, querríamos saber inmediatamente. La única razón que se me ocurre para que no hablásemos de ello es que la palabra debía de estar envuelta en un halo de misterio, similar al que envolvía la mención del sexo. O incluso peor.

El sexo era vergonzoso, pero sin duda encerraba algunas satisfacciones; desde luego nosotros las conocíamos, aunque nuestras madres no estuvieran al corriente. En cambio, la mera palabra cáncer evocaba una criatura oscura, putrefacta y hedionda, a la que no se miraba ni siquiera al quitarla de en medio de una patada. De modo que no pregunté, ni nadie me dijo nada, y solo puedo suponer que era benigno o que lo extirparon con mucha destreza, porque aquí estoy. Y tan poco pienso en ello que toda la vida, cuando me piden que enumere las intervenciones quirúrgicas que me han hecho, automáticamente digo o escribo solo «Apendicitis».

Esta conversación con mi madre probablemente tuvo lugar en las vacaciones de Semana Santa, cuando las ventiscas y la nieve de las montañas habían desaparecido y los arroyos se desbordaban agarrándose a todo lo que encontraran a su paso, y el broncíneo verano estaba ya a la vuelta de la esquina. Nuestro clima no se andaba con devaneos, nada de clemencias. En los primeros días calurosos de junio terminé la escuela, después de librarme de los exámenes fi nales con notas bastante buenas. Tenía un aspecto saludable, hacía las tareas de la casa, leía libros como de costumbre, nadie creía que me pasara nada raro.

Ahora tengo que describir el dormitorio que ocupábamos mi hermana y yo. Era un cuarto pequeño en el que no cabían dos camas individuales, una al lado de la otra, de manera que la solución fue poner literas y colocar una escalerilla por la que trepaba la que dormía en la cama de arriba. Que era yo. Cuando estaba en la edad de las tomaduras de pelo, levantaba una de las esquinas del fino colchón y amenazaba con escupirle a mi hermana pequeña, indefensa en la litera de abajo. Claro que mi hermana, que se llamaba Catherine, no estaba indefensa del todo.



Podía esconderse bajo las mantas; pero mi juego consistía en acecharla hasta que la asfi xia o la curiosidad la hacían salir de nuevo, y en ese momento escupirle en plena cara, o fi ngir que lo hacía y conseguir el efecto deseado, enfurecerla. A esas alturas ya era mayor para esas tonterías; demasiado mayor, desde luego. Mi hermana tenía nueve años y yo catorce. La relación entre nosotras siempre fue desigual. 

Cuando no estaba atormentándola, fastidiándola con alguna necedad, adoptaba el papel de sofisticada consejera o le contaba historias espeluznantes. La disfrazaba con la ropa vieja que se guardaba en el arcón del ajuar de mi madre, prendas demasiado buenas para cortarlas y hacer edredones, y demasiado anticuadas para que nadie las usara. Le ponía el carmín endurecido de mi madre en los labios, le empolvaba la cara y le decía que estaba preciosa. Era preciosa, sin asomo de duda, pero cuando terminaba de maquillarla parecía una muñeca extranjera estrafalaria.

No pretendo decir que ejercía sobre ella un control total, ni siquiera que nuestras vidas se entrelazaran constantemente. Ella tenía sus propios amigos, sus propios juegos. Juegos que tendían más a la domesticidad que al glamour. Sacar de paseo a las muñecas en sus carricoches, o a veces, en lugar de las muñecas, a algún gatito disfrazado que siempre desesperaba por escapar. Además había sesiones de juego en las que alguien era la maestra y podía pegar al resto en los antebrazos con una vara y hacerlos llorar de mentirijillas, por infracciones y estupideces varias.

En el mes de junio, como he dicho, quedé libre de ir a la escuela y me dejaron a mi aire, como no recuerdo haberlo estado en ninguna otra época de mi juventud. Hacía algunas tareas de la casa, pero mi madre aún debía de encontrarse con las fuerzas necesarias para ocuparse de la mayor parte de ellas. O quizá entonces teníamos dinero para contratar a alguna mujer a quien mi madre llamaría sirvienta, aunque todo el mundo las llamara empleadas.

En cualquier caso no recuerdo haberme enfrentado a ninguno de los trabajos que se me amontonaron los veranos siguientes, cuando luché de buena gana por mantener la dignidad de nuestra casa. Por lo visto el misterioso huevo de pava me concedía cierta condición de inválida, así que a ratos podía pasearme por ahí como alguien de visita. Aunque sin darme aires de ser especial. Nadie en nuestra familia se hubiera salido con la suya en eso. Iban por dentro, la inutilidad y la extrañeza que sentía. Y tampoco era una inutilidad constante. Recuerdo haberme agachado a entresacar los brotes de zanahorias, igual que todas las primaveras, para que las raíces alcanzaran un tamaño decente.

Debió de ser simplemente que no había cosas por hacer a todas horas, como ocurrió los veranos de antes y después. Así que quizá por eso me empezó a costar conciliar el sueño. Al principio creo que simplemente me quedaba despierta en la cama hasta alrededor de medianoche, extrañada de notarme tan despabilada, mientras el resto de la casa dormía. Había leído, me cansaba como de costumbre, apagaba la luz y esperaba. Nadie había venido a decirme que apagara la luz y me durmiera.

Por primera vez en la vida (y eso también debió de marcar un estatus especial) dejaban que yo decidiera cuándo hacerlo. La casa mudaba paulatinamente de la luz del día hasta que las luces de la casa se encendían a última hora de la tarde. Al dejar atrás el trajín general de las cosas por hacer, por tender y por terminar, se convertía en un lugar más extraño, en el que las personas y el trabajo que gobernaba sus vidas languidecían, las necesidades de cuanto les rodeaba languidecían, y los muebles se retraían, al no depender de que nadie les prestara atención.

Podría pensarse que era un alivio. Al principio tal vez lo fuera. La libertad. La novedad. Sin embargo, a medida que mi difi cultad para conciliar el sueño se prolongaba y fi nalmente se apoderaba completamente de mí hasta el amanecer, se convirtió en una creciente preocupación. Empecé a recitar rimas, luego poesía de verdad, primero para obligarme a perder la conciencia, y ya después al margen de mi voluntad. La actividad me frustraba. O era yo quien me frustraba a medida que las palabras terminaban en el absurdo, en un discurso tonto sin pies ni cabeza. No era yo.


Toda la vida había oído ese comentario sobre otra gente, sin pensar qué podía signifi car. Entonces, ¿quién te crees que eres? También había oído decir eso, sin atribuirle una verdadera amenaza al comentario, tomándolo simplemente como una especie de mofa rutinaria. Piénsalo de nuevo. A esas alturas ya no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá dormir ni siquiera era deseable. Algo se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba.