domingo, 22 de marzo de 2020

                                                           
                                                                   LA PLAZA



Unos aseguran que llegaron con su forma de viento, como silbando dentro de esa niebla tenue, casi imperceptible que nunca se disipó y que desde entonces lo cubre todo con una película opaca. Con ellos llegó el miedo, los parroquianos dejaron de ir a la plaza por las noches porque empezaron a sentir que eran hostigados por docenas de miradas inquisidoras, provenientes de los árboles frondosos de la plaza, que los atravesaban como agujas y les vaciaban la sangre de todo su cuerpo.

 A los pocos días dejaron de ir a sentarse en las mañanas y por las tardes, ya nadie iba a mecerse con el viento, ni a pescar su brisa, los enamorados se ausentaron como si allí se hubiera declarado el fin del amor, los niños no dejaban de llorar con angustia apenas pisaban el lugar que hasta ayer había sido el recinto de sus juegos de inocencia, pasó a ser motivo de angustia y temor.

En ese tiempo la gente comenzó a murmurar sobre las apariciones de un ser espectral, una criatura escapada de alguna secreta bóveda infernal, extraño,  oscuro, y misterioso, ante el que se inclinaban las sombras.

La plaza ahora es una tierra de nadie, donde nada verde crece y los pájaros no se atreven ni a cruzar esa parte del cielo. Las calles cercanas que llegan hasta allí se han convertido en intrincados senderos cobijados por penumbras de dibujadas casas moribundas, como las que existen en las pesadillas y los cuentos de terror.

De noche, las luces ya no alumbran la plaza que es sombria y fantasmal, las plantas tras secarse han adquirido un color gris de piedra, igual que el de los árboles muertos de los que nace una  tupida enredadera de largos bejucos, de una especie que nadie había visto jamás, y que ha ido entrelazando un intrincado tejido vegetal de largos pasadizos que juntándose unos a otros, semejan gigantescos nichos o colmenas, en cuyo interior parece ser una noche eterna.

Quienes se aventuran a caminar por aquél lugar cuando en el cielo nacen las primeras sombras, escuchan un coro de extraños resoplidos y gritos provenientes del entramado de aquellos árboles, y sienten en el aire un olor penetrante a fragancia almizclada y seca, como la que sale del moho y el polvo de los huesos viejos que por años han estado pegados a la tela de los ataúdes, tan abundante que se forman ventiscas con el serrín de los despojos óseos, que va regándose por todos lados.

Los habitantes de la ciudad dicen que la plaza no es lo que parece, sino que se trata de un ser vivo, un espanto abominable proveniente de los abismos sepulcrales, que emergió en esa tierra para coronar una maldición. Un ente que crece cada día y va extendiéndose más y más, devorando todo con apetito insaciable calles, colinas y las casas de la ciudad.

Al llegar el amanecer, todos destrancan sus puertas y se asoman con temor, para ver como cada día el paisaje va adquiriendo la fisonomía de un lúgubre cementerio abandonado, como si la plaza fuera una espectral tumba que crece.

Cronica Urgente / Diario LA CALLE

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