lunes, 29 de septiembre de 2025


   En algún lugar, en ninguna parte


Entre la ciudad de Kissimmee y la población de Chiefland, hay 120 millas que se recorren en hora y media en coche a una velocidad moderada, sólo basta atravesar esa escurridiza serpiente de asfalto que es la Florida Turnpike e irse abriendo paso a ese paisaje desmedido y marcado por la visión de grandes ranchos y criaderos de caballos, bordeados por sus largas vallas blancas que se extienden a lo largo de la carretera, generando en quien las observa la sensación de estar dentro de un cartel publicitario de una marca de leche, o como si estuviéramos dentro de una postal cinematográfica, de esas que contemplamos con el influjo hipnótico que el goce estético deja en nuestra mirada y que abre las puertas a la imaginación; porque al contemplar esos grandes letreros nuestra mente se torna hollywoodiana, pensando que aquello es el retazo de una película perdida en ese paraje. Es una sensación intensa, pero breve como un flash evanescente que desaparece justo antes de recorrer esa fracción del asfalto y girar en la próxima curva.

No conozco a nadie que haya ido de una a otra de estas ciudades a pie, pero si lo hubiera hecho, se habría expuesto a crucificar sus cinco sentidos. Porque apenas hubiera entrado en la calle principal, habría sido presa de la misma pesadumbre y bochorno que su calor húmedo provoca en medio de aquel ambiente sofocante, que a esa hora parecía precipitarse desde aquel cielo gris, de elevada humedad de finales del verano de agosto y que aplastaba mi ánimo contra el suelo.

Era el año 2003 y yo me sumergía por esos días, en la densidad de la novela Jornada en las Sombras de Martin Flavin, premio Pulitzer 1944, era una manera de recrearme en aquella jornada estival de los días de fuego, donde el amanecer es un brochazo de amarillo incandescente, un resplandor de sol reverberante cuya luz hiere los ojos y detiene el paso del tiempo, haciéndolo demorado y taciturno, las horas son lentas y se amontonan una tras otra creando la monotonía. Era una calle en la que apenas das cinco pasos y el resoplido del asfalto con sus bocanadas del aire caliente estalla en tu rostro con sus 44 grados de calor que te quitan la respiración.

Aquellas avenidas estaban perfiladas por frondosos cipreses calvos, con robustas raíces, nacidas para hundirse en las aguas del pantano,pero en Chiefland, herían las capas del asfalto; grandes mastodontes enlutados por el musgo colgante de sus ramas que arrojaban destellos de una tonalidad verde-gris y la imágen de árboles dolientes. Estos árboles están por todos lados y generan un ambiente como si el pueblo estuviera enmarcado dentro de una catedral vegetal, con las bóvedas impregnadas de un aire melancólico y una quietud que rememoraba las sombras de los pantanos.

Chiefland vivía en esa parte del tiempo que obedece a los sitios y a ciertas geografías donde siempre gira en sí mismo, sin avanzar. La arquitectura de las casas, los automóviles que estaban estacionados a las puertas de sus garajes, o aparcados a lo largo de la calle, todo hablaba de una época anterior, imprecisa de treinta, veinte, y diez años atrás. Un fenómeno inexplicable del que nadie habla y quienes lo padecen viven en él sin saberlo, remitidos a un mundo sombrío donde susurran los fantasmas.

La relación entre ese mundo y este, bien podría resumirse en la frase, "la distancia que les separaba era muy grande, tan grande que nunca fue recorrida", escrita en la novela de Flavin. Si no hubiera ido aquel verano del 2003, a Chiefland, jamás hubiera captado la identidad anacrónica que pueden compartir dos realidades que como muchos objetos, las conciencias y algunos lugares viven en tiempos diferentes, a veces con leves matices poco perceptibles a primera vista, otros como el caso de Chiefland, tan pronunciados que a primera vista espantan.

Jornada en la Sombra, publicada en 1945, a la vista de la literatura actual, presenta un estilo narrativo un tanto anticuado, lineal, con un ritmo acompasado y sin sobresaltos; como esas marchas inalterables que no revocan nada, en la que se sostiene una cierta monotonía faulkneriana. Es una prosa que avanza en, y sobre la pausa, lo que crea la sensación de que lo que ella convoca, se cumple siguiendo un rumbo inevitable, como si los personajes caminaran en pos de su destino sin cuestionarse, ni preguntarse nada, ni de la vida ni el por qué lo hacen.

La historia escrita por Flavin es simple, crea a Sam Braden, como personaje principal de una historia cargada por hitos de superación personal, la búsqueda del éxito y el sueño de la riqueza, pero dónde los héroes también pierden. Sam es el hijo mayor de un matrimonio que buscando una promesa de destino llega al pueblo de Wyattville, un lugar imaginario que Flavin ubica en el estado de Iowa.

Al día siguiente de su llegada el padre de Sam, Jim Braden es nombrado Sheriff, oficio que ejercerá de manera inalterable durante treinta años, al igual que su madre Sarah, dedicada a realizar trabajos de costura en casa. Pese a los estadios de esfuerzos y penurias, la vida no les basta y los Branden jamás superan el nivel de la pobreza. Su historia familiar es el combustible que utiliza Sam, para alcanzar el éxito; estudia lo básico, y desde joven emprende una vida laboral dura en la que ejercerá diversos oficios. Sam tiene un norte, la superación personal, algo que logrará gracias a su persistencia y ambición personal.

El libro es un recorrido de carencias, económicas y sentimentales, como el desamor, la ambigüedad de las relaciones familiares y sus fracasos. Antes de la mediana edad Sam logra el sueño de ser rico, pero esta vez es el dinero el que no le basta; la felicidad ese algo intangible que habita en la conciencia debe pagarse a otro precio, uno de ellos suele ser la soledad.

En la novela, la existencia es observada desde el horizonte de lo previsible, en ella no se plantean dilemas morales o mayores problemas de conciencia. Al igual que en Chiefland, todo está enmarcado en la cotidianidad. Lo vemos en la figura del Sheriff, símbolo decorativo e inerte de la ley, ocupado el mayor tiempo en nada, en mantener su oficina abierta, porque no hay a quien perseguir o investigar, no hay delincuentes sino camorreros de pueblo. Los delincuentes pasan de largo, o simplemente, no paran en el lugar. Así es el transcurso de la dimensión humana en esos dos escenarios: la naturaleza expuesta de forma genuina, sin cortapisas, dejando que las cosas sean sin intermedio, sin matices, feas o bonitas como las hojas secas que caen del árbol. Porque nada tiene la intención de servir de testimonio de una época, o un tiempo cifrado en sí mismo.

Como las calles de Chiefland, Jornada en las sombras, es una línea recta y superficial, donde el elemento más recurrente es lo repetitivo, todo parece ser lo mismo, las casas, los autos, la forma un tanto decimonónica de vestir la gente, lo que nos da la sospecha de que hay algo inalterable en su paisaje urbano, que se niega a irse, a pasar. Una repetición constante que genera un efecto hipnótico en el lector y en el visitante, una especie de quietud que acaba transmitiendo la profundidad de la vida diaria que termina impregnando su atmósfera con su característica sencillez, donde es anulado todo artificio, por el artificio mismo, porque pasa a ser parte de la naturaleza común, algo que va resonando de forma poderosa a lo largo de esta novela, y es lo que da vueltas a la brújula para indicarnos que estamos en algún lugar, en ninguna parte.

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