domingo, 22 de marzo de 2020


D. H Lawrence: lo erótico



La literatura erótica despierta en el Siglo XX con D. H. Lawrence, su libro “El amante de lady Chatterley”, estuvo sujeto a la controversia y llevado a juicio, antes de salir a la venta.

Rechazado por varias editoriales, al final luego de suprimir partes ardientes del relato, que generaban un éxtasis jamás encontrado en otro texto, la novela terminó siendo editada con un cuerpo mutilado –la mecanógrafa encargada de transcribir el original para su impresión renunció al llegar al capítulo seis por las sacudidas sexuales que su lectura generaba en su cuerpo-, hasta la década de los 60, época de la liberación sexual se permitió que la obra se reimprimiera con el contenido original de cada una de sus partes.

En la Venezuela de mediados de los años 70, las librerías exigían ser mayor de edad a quien solicitara comprar “El amante de Lady Chatterley”,  por lo que los estudiantes de Letras de la Universidad, si eran menores de edad, y que por razones catedráticas estaban obligados a leer la obra de Lawrence, debían  adquirirlo con su representante y éste obligado a firmar un libro donde certificaba que sería usado con fines académicos.

Nadie como Lawrence se había asomado antes en la literatura con un ejercicio tan transgresor en el lenguaje ante lo erótico, y al mismo tiempo con tal nivel de matiz y sutileza, abundando lo sensual y con ello derribando los últimos muros de la recata sociedad victoriana y su influencia en el mundo.

Como un amplificador de cada gesto, cada caricia de ese diletante  mundo erótico que invade y perdura en la conciencia más allá de los sentidos, incluso más allá del acto amoroso, y abraza como la corriente de un río a la piedra sumergida en sus aguas al otro cuerpo: “a cada momento, en cada instante, ella sentía que cedería completamente y se hundiría disuelta: se aproximaba el punto de fusión en que se desharía de la perfecta inconsciencia de sus pies.

Pero él la llevaba por la sala bailando  y parecía sostener todo su cuerpo con sus  miembros, con su propio cuerpo, y su calidez parecía penetrar en ella, más cerca, hasta fusionarse en su interior y convertirla en líquido para él, como una intoxicación. (La Media Blanca / D.H Lawrence-1914)

La sexualidad es el cumplimiento del deseo alimentado por la pasión, y un dejar de ser en esa brevedad que salimos de nosotros mismos para reencontrarnos en el cuerpo del otro. Lo erótico es el viaje de la mente saltando las prohibiciones, colocando al ojo donde jamás debería mirar, es la seducción del otro en uno mismo, lo imaginable, lo fascinante.

Sade que inauguró una especie de erotismo negativo postuló en su utopía que una sociedad con plena libertad sexual, debía abolirse la pena de muerte, pero no el asesinato sexual, porque el sexo responde a nuestro instinto animal, responde a alcanzar el objeto del desahogo, incluso hasta si llegásemos al frenético arrebato, deshacernos de él exterminándolo, cómo única manera de que nos revierta el placer concedido.

El erotismo es otra cosa, es transgresión del pensamiento, jugar en la mente con lo prohibido, abolir la represión en cada fantasía. Fourier sentenció, estamos condenados simultáneamente a inventar reglas que definan lo normal en materia sexual –y a transgredirlas desde lo erótico, que es donde se hace cumbre la novelística de D. H. Lawrence.

Imaginación y deseo erótico están más allá de la carne esencial, del instinto, porque no es un cuerpo cualquiera lo que persigue el erotismo, a diferencia del instinto animal, no. Es un cuerpo que encarne las posibilidades de su imaginación erótica.

Douglas Gonzalez



 Toni Morrinson al vuelo


Crimen, pasión, envidia que todo lo que mira lo pervierte, la violencia en sus diferentes matices y su acción demoledora de certezas. La realidad inmediata siempre presente como un campo cercado de espinas, guetos innombrables construidos por el color de la piel, la vida de los afroamericanos separados de esa otra realidad que les es tan inalcanzable como lo son los sueños al despertar.

Así gravita el mundo narrativo de Toni Morrinson (Ohio-EE.UU /1931), escritora afroamericana, premio Nobel de Literatura 1993; un mundo que como un péndulo se mueve entre el legado de la fantasía mítica de la esclavitud y lo irrevocable de una sociedad blanca, dominante e intransigente que niega la integración, y a veces la mínima convivencia entre razas diferentes.

Las voces urbanas y rurales, el eco de las luchas generacionales de la gente de color en Estados Unidos, por el reconocimiento y la igualdad, y como estos se reparten en una cotidianidad que a veces deja espacios de descanso para la felicidad que pasa como un brisa efímera hasta que desaparece en la inacción de las rutinas de vidas obstinadas, la tristeza que los embarga o los interrumpe la desgracia, son elementos del quehacer poético de sus textos.

Los personajes de las novelas de Toni Morrinson tienen el estigma de los buscadores de tesoro, pero al final de cada búsqueda, tras seguir la ruta marcada en cada uno, terminan dándose cuenta que la equis que indica el lugar del hallazgo está bajo sus  pies, y que el tesoro son ellos mismos.

También hay una fragua, un respirar constante al ritmo de la existencia inconforme, la que trata de ir más allá de las preguntas y que no cesa en su afán de trascenderse a sí misma. En sus novelas  perviven las pequeñas alegrías, los amores devotos, lo delicioso del vivir que como un matiz en momentos opaca la dureza de sus vidas.

Conocí la narrativa de Morrinson a través de una crítica argumental sobre el desarrollo de una de sus tramas que hiciera el escritor José Saramago (Premio Nobel 2008), sin embargo, luego de leer cinco de ellas: “La Canción de Salomón”, “Ojos Azules”, “La Isla de los Caballeros”, “Beloved” y “Sula”, en cada una pude leer a una escritora que deja resonancias en un eco literario que se expande párrafo a párrafo, generando la atmósfera  que  define el hecho estético que estructura las páginas de sus libros. Mínima quedó la crítica de Saramago.

Toni Morrinson voló ayer a los 88 años, dejándonos esos mapas del tesoro que son cada una de sus novelas, llenas de una desmesurada literatura.
                  Una cerveza en Saint Cloud


Cerca de la ciudad de Kissimmee, está el pueblo de Saint Cloud, fundado por soldados del Ejército del Sur al final de la guerra civil norteamericana, eso hace que no sea casual que en casi todas sus casas ondee como una símbolo de lealtad a ese pasado la bandera confederada, señal de todo lo que allá existe: Racismo, cultura supremacista Redneck y abundantes whitetrash´s, anglos pobres que bajan de sus carros con su prole descalza y se atiborran de comida chatarra en las tiendas de baratijas de todo a dólar.

La vía es muy transitada por grupos de motorizados que cuando no están acelerando sus Harley´s  en la carretera, descuentan largas raciones al tiempo estacionados en un bar que está en una encrucijada frente al Fleat Market armado como un campamento de tinglados y construcciones efímeras. El bar invita con sus avisos con letras de neón, es una cabaña de madera enclavada en medio de la nada, con una bandera de los Marines junto a la confederada, señal del culto militarista, de gente poco tolerante, no exenta de la camorra y donde negros y latinos no son bienvenidos.

En pleno verano, con el sol derritiendo el asfalto, nuestro mayor deseo era una cerveza bien fría, y esa cabaña era toda una tentación. Aquél verano pasé cada sábado frente a ella, porque mi esposa, Gloria, trabajaba los fines de semana en el Fleat Markett, en el bazar-tienda de Paul, un  gringo buena gente y bonachón que a lo largo de cinco locales, vendía artículos para coleccionistas y husmeadores de  las más extrañas vanidades.

Gloria salía a las 3pm, pero atraído por ese ambiente de feria y su peregrinación humana, yo llegaba antes del mediodía para caminar de arriba a abajo, como un viandante extasiado de aquél decimonónico y casi laberíntico campamento lúdico.

Un día llegué a un puesto de comida con mesas regadas en un amplio pasillo, donde vendían muslos de pavos con gigantescas papas rellenas de carne y queso fundido, al frente tenía una tarima donde alguna que otra vez vi a un solitario cantante, sin público, entonar lánguidas canciones con inmensa carga de melancolía, por mucho tiempo sólo vi esa estampa de sólido aburrimiento, que sólo sobrevolaban las moscas, pero ni rastros de cerveza porque según explicó su dueño, un gigantón de Alabama, la nevera llevaba semanas descompuesta.

Acostumbrado a verme cada sábado pasar frente a su local, el  gigantón, quien ya me decía “buddy” (pana, compinche), un día me anunció que el siguiente fin de semana tendría cerveza y música de una banda que calificó como "unos muchachos que tocan excelente".

Ocupado por un trabajo temporal, no fui el siguiente sábado sino, después de un par de semanas, caminaba y como a cien metros del local ya se sentía el ambiente de juerga que rodeaba aquél recinto. A medida que te adentrabas en el espacio del local, el sonido de las guitarras y la batería marcando el tiempo musical que crecía desalojando el murmullo de los pasillos, iba alentándolo todo con sus melodías festivas. En la tarima vi a un grupo de músicos, eran los muchachos con barba y cabello entrecano de "buddy", quienes con un acento sureño depurado, calmos y distantes, tocaban los primeros acordes de una notable versión de la canción “The Sultan´s Swing”, del grupo Dire Straits, cuya voz líder y primera guitarra Mark Knopfler, es uno de mis imprescindibles, eso le imprimió mayor tono de fantasía a la tarde.

Al verme el gigantón “buddy”, con una sonrisa que podía enmarcarse en un gran aviso de la carretera, me alargó una helada lata blanca de Budwiser,  una cerveza “lager bohemia”, de casi uno litro, “está va por la casa”, me dijo. Esa cerveza –pese a que ya había tomado algunas desde mi llegada a Estados Unidos-, fue la primera que me tomé allá con total plenitud, la disfrute como un beso de la abundancia, paso a paso, desde que bajó por mi  paladar con su amasijo burbujeante, hasta sorberla toda como si fuese la metáfora de un cuerpo enamorado.

Esa tarde frente a aquella tarima, entre el olor extravagante de cerveza agria, regada por el piso, a carne ahumada de pavo asado y hotdogs, escuchando esa mixtura de voces y sus acordes de guitarra, sellé una breve felicidad de mis años vividos en Kissimmee, tiempo en que no me leí un solo libro, pero peregriné hacia otra forma de felicidad.  Años después me enteré de que el viejo Paul había muerto, y que el Fleat Market, como todo carrusel de fantasías desapareció de la noche a la mañana, arrasado por un tornado.

Douglas Gonzalez

 "Cronica Urgente" - DIARIO LA CALLE
    
 El otro golpe



Los dos hombres hablaban en voz baja y en susurros, como si después de soltar las palabras al aire no quisieran que volaran más allá de sus propios oídos, “esta vaina es increíble -dijo el más gordo y canoso de los dos que vestía de pantalón y camisa de jeans azules, echándose para atrás para estirarse en la silla-. Si es así, esto es el golpe del siglo.

-Es así marico -respondió su interlocutor encendiendo un cigarrillo, era un hombre delgado, pisando los 35, con cara de contable-. Algo bien planeado, nos engañaron a todos, y a más de 50 países y a las grandes potencias como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, al mundo entero, tu no vez que los gringos están como echados pa’tras.- dijo.

-Coño es difícil de creer, nos hundimos -dijo el de azul visiblemente consternado-, eso del vamos bien, a mí siempre me sonó pendejo  –añadió al tiempo que respiraba hondo, buscando llenar sus pulmones.

Su mirada hasta ese momento inquieta se perdió a lo lejos, como buscando un horizonte, se acercó al Contador y le dijo: -Sabes lo peor de todo, yo como la mayoría no sé cómo vivir en este infierno, nunca nos preparamos para una pesadilla así – sonó su celular y con un gesto de fastidio desvió la llamada-, esto es un  país al revés en manos del hampa en todas sus escalas: ¿qué tenemos? Un gobierno que es un pranato y una oposición con estafadores de cuello blanco que terminan vendiendo un diálogo para darle oxígeno al régimen.

El contador tomó un largo sorbo de café y dándole una palmada en el hombro le dijo: -Aquí va a sobrevivir el que pise tierra y deje de creer en pajaritos preñados compadre, hay que dejarse de mariqueras, queda reinventarse y producir en verdes.

El de azul con el rostro deslucido como si le hubieran pasado una aplanadora, y agarrándose la cabeza con las dos manos confesó. -Cuando empezó lo del vamos bien Dora y yo pensamos que todo era cosa de días, nos confiamos y lo que teníamos guardado para irnos a Costa Rica, lo empezamos a gastar, hasta un fin de semana para Los Roques nos fuimos, y ahora tú me dices que nada –dijo con tono de desespero-. No sé cómo decirle esta vaina, cómo llego y le digo mira el compadre me dijo que lo del cese de la usurpación, elecciones libres y bla, bla bla, es un cuento chino.

El contador lo miró fijamente, y sin revelar un gesto que se hiciera eco de sus emociones respondió: -Debes hablar con ella -dijo-. Si de pinga -replicó el de azul-, cómo le digo que todo fue una operación montada por los bolichicos, tipos como los Derwick, los choros de la oposición, como se le dice eso a alguien que cuando empezó el vamos bien, le dije que deshiciera las maletas que no nos íbamos para ningún lado -preguntó.

-Ahorita aquí no va a pasar nada -aseguró el Contador y levantó una mano para pedir otros dos cafés-. ¿Quieres un cachito? –le preguntó al de azul, pero éste lo rechazó-.El diálogo es para blindar al gobierno.

-Se me quitó hasta el hambre, que vaina nos tendremos que ir Efraín, y ya no tenemos plata –agregó llamando al contador por su nombre-. ¿Quién aguanta sin nada, ni gas, una luz va y viene, sin efectivo? Los dólares ya no rinden, y te digo, yo casi que estoy loco y mamando, mi mujer y yo vivimos con lo mínimo y ahora lo de la gasolina, esto es peor que vivir en un rancho.

-Lo que si te digo es que esto tiene una factura sofisticada –aseguró el Contador-, los tipos hicieron una vaina de bisturí, pero la operatividad del plan es mente caribe, tumbe a la venezolana, y aquí hay complicidad interna –dijo con énfasis- y de alto nivel, con capacidad de hacer lobby y plata, estamos hablando de millones de dólares de financiamiento, para ganarse miles de millones.

Aún no eran las nueve de la mañana y el de azul se sentía apesadumbrado y sin energías, siguió escuchando al contador.

 -Por eso la urgencia de nombrar embajador en Estados Unidos y manejar todo el billete de Pdvsa, el negocio de los bonos y lo que no sabemos, todo lo que se mueve allá afuera.

-Arrecho todo esto –replicó el de azul parándose de la mesa-. Compadre tengo el celular full, pero a mí me queda una rayita, me dio un sueño bárbaro  -dijo levantándose de la mesa y dando por terminada la reunión , el contador lo siguió, y saliendo de la panadería le soltó un último comentario.

-Creo que ya deben tener el billete asegurado –dijo-, por eso lanzaron ese loco 30 de abril y liberaron al “tristatarasobrino” de Bolívar, y sueltan que ya venían dialogando en La Habana, y lanzan lo de negociar elecciones en Noruega, nada gratuito –advirtió-, porque lo de Noruega es un escenario de negociación lento, a dos años, mínimo, es una receta Farc-Cuba, tiempo suficiente para borrar todo en la mente de los pendejos y volvernos a joder.

Douglas Gonzalez

Publicado en Crónica Urgente / Diario LA CALLE
                                                           
                                                                   LA PLAZA



Unos aseguran que llegaron con su forma de viento, como silbando dentro de esa niebla tenue, casi imperceptible que nunca se disipó y que desde entonces lo cubre todo con una película opaca. Con ellos llegó el miedo, los parroquianos dejaron de ir a la plaza por las noches porque empezaron a sentir que eran hostigados por docenas de miradas inquisidoras, provenientes de los árboles frondosos de la plaza, que los atravesaban como agujas y les vaciaban la sangre de todo su cuerpo.

 A los pocos días dejaron de ir a sentarse en las mañanas y por las tardes, ya nadie iba a mecerse con el viento, ni a pescar su brisa, los enamorados se ausentaron como si allí se hubiera declarado el fin del amor, los niños no dejaban de llorar con angustia apenas pisaban el lugar que hasta ayer había sido el recinto de sus juegos de inocencia, pasó a ser motivo de angustia y temor.

En ese tiempo la gente comenzó a murmurar sobre las apariciones de un ser espectral, una criatura escapada de alguna secreta bóveda infernal, extraño,  oscuro, y misterioso, ante el que se inclinaban las sombras.

La plaza ahora es una tierra de nadie, donde nada verde crece y los pájaros no se atreven ni a cruzar esa parte del cielo. Las calles cercanas que llegan hasta allí se han convertido en intrincados senderos cobijados por penumbras de dibujadas casas moribundas, como las que existen en las pesadillas y los cuentos de terror.

De noche, las luces ya no alumbran la plaza que es sombria y fantasmal, las plantas tras secarse han adquirido un color gris de piedra, igual que el de los árboles muertos de los que nace una  tupida enredadera de largos bejucos, de una especie que nadie había visto jamás, y que ha ido entrelazando un intrincado tejido vegetal de largos pasadizos que juntándose unos a otros, semejan gigantescos nichos o colmenas, en cuyo interior parece ser una noche eterna.

Quienes se aventuran a caminar por aquél lugar cuando en el cielo nacen las primeras sombras, escuchan un coro de extraños resoplidos y gritos provenientes del entramado de aquellos árboles, y sienten en el aire un olor penetrante a fragancia almizclada y seca, como la que sale del moho y el polvo de los huesos viejos que por años han estado pegados a la tela de los ataúdes, tan abundante que se forman ventiscas con el serrín de los despojos óseos, que va regándose por todos lados.

Los habitantes de la ciudad dicen que la plaza no es lo que parece, sino que se trata de un ser vivo, un espanto abominable proveniente de los abismos sepulcrales, que emergió en esa tierra para coronar una maldición. Un ente que crece cada día y va extendiéndose más y más, devorando todo con apetito insaciable calles, colinas y las casas de la ciudad.

Al llegar el amanecer, todos destrancan sus puertas y se asoman con temor, para ver como cada día el paisaje va adquiriendo la fisonomía de un lúgubre cementerio abandonado, como si la plaza fuera una espectral tumba que crece.

Cronica Urgente / Diario LA CALLE
                                     
                    Ragtime en la oscuridad


Fue una noche que duró cuatro días, fue el apagón más largo de la historia, desde el jueves hasta el lunes,cubriendo al país entero, borrando todos sus rasgos civilizatorios, dejándolo sepultado en una oscurana medieval.

Ya era domingo y José Ignacio subía el quinto botellón de agua del día. El sábado había visto a medio edificio huir para la playa, incluyendo al jefe del condominio quien al salir tiró las llaves y dijo, resuelvan como puedan.

Y es que el jueves cuando subía en su BMW gris por la rampa del estacionamiento tuvo un mal presentimiento, se dio cuenta que la ciudad había dejado de funcionar, llegó a la esquina y vio el caos: el semáforo sin luz, los automóviles atascados en el embotellamiento y sus conductores pegados al teléfono celular tratando de entender la tragedia que significaba un apagón a nivel nacional, alarmados porque conocían la ineptitud del gobierno ante las catástrofes, y se sintió en la película “Final Judgment”, con la pujanza interior del pánico y la incertidumbre.

A las 3:05 pm, Amparito Gómez, una rubia delgada a quien todos le decían "catira", estudiante del octavo de psicología iba en el Metro pensando que no había nada peor de andar pedaleada, no habían pasado dos estaciones cuando todo se apagó, y una soberana mentada de madre retumbó dentro del vagón tratando de rasgar el velo de la oscuridad. Una hora después, el vagón era en un murmullo de malos olores, sudores pegostosos y rostros desventurados.

¿Y no van a abrir esta vaina? Gritó una voz desesperada,  fue cuando muchos venciendo el temor a ser atracados, sacaron sus celulares para alumbrar donde estaban las palancas de emergencia, jalaron pero nada, así pasaron la primera hora, no llegó ningún rescate, las puertas nunca se abrieron. En la segunda hora el vagón estaba convertido en un baño turco apestoso y sofocante, el caos sanitario se paseaba sobre sus cabezas, a las 6:00pm, el aire había colapsado.

Dos horas después, José Ignacio llegó a su apartamento en Bello Monte, su mujer con siete meses de embarazo estaba sofocada, no me aguanto sin aire, dijo. Vámonos para un Hotel, pidió. Pero no había nada disponible.

Bajaron a dormir al carro por lo del aire acondicionado. Hasta que habló con su papá y este le dijo que subieran a su casa, porque podían envenenarse con el monóxido. Dijo que el gobierno culpaba del apagón a la oposición de terrorismo cibernético, “que locura”, dijeron los dos al mismo tiempo, es como que te digan que alguien hackeó tu nevera por internet.

Amparito estaba a punto de vomitar, en ese momento escuchó que rasgaban las puertas y entraba una bocanada de aire. Eran las 7:15pm, y tenía un ataque de asco. Dos hombres la miraron y uno dijo mira a la gringa esta. Ella los ignoró, estaba acostumbrada a que le dijeran pitiyanqui porque le gustaba usar ropa de marca, gringa por el color de su pelo y porque escuchaba música en inglés.

José Ignacio bajó a comprar cigarros por los alrededores de la Morgue, donde siempre hay vendedores ambulantes. Estacionó para fumarse los dos que necesitaba para reponer su saldo deficiente de nicotina.

Estaba encendiendo el segundo, cuando de la oscuridad vio salir a una señora por la acera que conduce a la Morgue, iba cargando el cadáver de su hija, lo llevaba envuelto en una sábana. Eran las 10 de la noche y con la serenidad que viste a la resignación, dijo que tuvo que caminar por la ciudad a oscuras con su hija muerta, porque llamó a emergencias y nadie contestó, tampoco encontró quien la auxiliara, su hija tenía 19 años y apenas pesaba 10 kilos.

A las 2:00am de la madrugada, fueron rescatados los del vagón. Amparito agarró un taxi con otros cuatro, pensó que cuando llegara al Bloque se encontraría a la ladilla insomne del Rafa, un vago, una verdadera biografía del fracasado que cuando la veía le decía lee a Marx y a Lenin para que despiertes gringuita, y soltaba su palabrerío devaluado: proletariado, burguesía, imperio, perteneciente al grado cero de la escritura, eso pensaba mientras atravesaba una Caracas dormida de un apagon, una ciudad en el grado cero de su existencia.
                     
                   El meteorito y los tukis



Leandro es choro y son las 9 de la noche, a esa hora está en la azotea recostado del tanque de agua fumando marihuana para relajar el día. Estaba ahí con la mente en zozobra, viendo a La China, naufrago de su ilusión, buceándola mientras ella hacía ejercicios con sus amigas en la terraza de su casa. La China, era una morena a quien la genética no le había negado ningún atributo, parecía la gemela de Norkis Batista, pero en los últimos meses había engordado unos cuantos kilos, después que estuvo saliendo con el gordo Frank, porque dicen los que creen en vainas que la gordura se pega por el beso.

La China era de las intocables del barrio, nadie se comía la luz con ella, hermana menor de tres policías mala conductas, un guardia y un par de criminales que eran verdaderas lacras, que andaban por las minas, le daban inmunidad contra el hampa, y un salvoconducto de entrada y salida del barrio a sus amigos. Ahora La China vivía haciendo cuanta dieta le recomendaban, ante la amenaza de ponerse como un tanque de guerra, eso era lo que contaba su prima Yamilet que le hacía las uñas. La China está haciendo la dieta de la berenjena, otro día llegaba con  el cuento lo de la toma de la concha de naranja, o la de la chayota.

Estaba ensimismado viendo eso, cuando llegó el Yendri  en la moto y le gritó  baja.
Se puso una franela, agarro su calibre  38, seguro que hay plomo esta noche, pensó con recelo animal. Tenía una mirada fría y oscura, sin ningún contenido humano en sus ojos.

Al  verlo Yendri le dijo muévete menol, hay un beta en Flor Amarillo, cayó un meteorito, actívate, vamos a hacer esa vuelta que eso está alyiorno,  la vaina  está full en intelnet.

No era raro que el Yendri anduviera en moto a esa hora,  aunque en ese horario nunca salía del barrio, tenían muchas culebras sueltas, lo de ellos eran los celulares, robaban en las mañanas, cuando salían a rebuscarse en las tardes era porque en la mañana no habían cuadrado nada. Pero llegarse a Flor Amarillo, era otra voz, muchas bandas en esa zona. pero el Yefri lo tranquilizó, eso está al pelo menol, nada de salitre, media Valencia va a estar allá, le iba hablando y los dos veían en en la pelicula de sus mentes a un tropel de gente llegando al sitio, chamas “fresis” y chamos bien, tomándose selfies con sus tremendos celulares con el meteorito, un tiro al piso los vamos a tumbar a todos.

Ambos ignoraban que la masa de los meteoritos se desintegra al incendiarse apenas entran en la atmósfera terrestre y lo que lo que va dejando es una estela incandescente de ceniza y después con el impacto lo que queda -si acaso-, es un reguero de piedritas y puede que una más grande en el centro del hoyo, pero como la ciudad no había sido sacudida por el asteroide, lo más probable es que lo que quedara no fuera más grande que una caraota.

No había nadie, una docena de curiosos como ellos que pasaban desatendidos sin bajarse de sus carros por la calle  oscura, sin alumbrado, llena de huecos y con un reguero de aguas negras. Coño como que nos vacilaron bien feo menol, dijo el Yendri, mientras miraba hacía el terreno baldío buscando una señal del meteorito. Pararon en la esquina en un puesto de perro calientes, y preguntaron aquí fue donde dicen que cayó el meteorito?

El perrocalientero sonrió y les dijo media Valencia ha venido a preguntar por esa vaina esta noche, aquí no ha caído nada, solo que unos carajitos se pusieron a prender todo ese monte, dijo señalando el terreno baldío en el que aun chispotorreaban algunas ramas con su rojo incandescente. Y si la gente sigue parándole a todo lo que sale en internet van a terminar todos locos de bola y enfermos. Si ese meteorito hubiera caído aquí, yo hubiera hecho mi noche.

Nosotros también, pensó el Yendri, y arrancó su moto.