lunes, 23 de septiembre de 2024


LA SEMEJANZA DE UN HOMBRE


En los años de la post-guerra, a finales de de la década del 40, los escritores Herman Hesse y Thomas Mann, mantenían un serio intercambio epistolar.  En una carta que Hesse le envía a Mann le advierte que no confíe que todas esas personas que suele ver a diario salir de sus hogares con impecables camisas blancas, con trajes y elegantes corbatas, empujando los cochecitos con sus bebes, y sus zapatos bien lustrados son hombres. No lo son. En realidad no son seres humanos, son la semejanza de un hombre. 

Herman Hesse se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, para ilustrar una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la vida auténtica y el conformismo superficial. Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de autenticidad o profundidad interior. Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.

Hermann Hesse, en su carta a Thomas Mann, donde se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, está profundizando en una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la "vida auténtica" y el "conformismo superficial". Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de "autenticidad" o "profundidad interior". Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.

Hesse siempre estuvo profundamente influenciado por el "existencialismo" y las ideas de "individualidad". En obras como "Demian" o "El lobo estepario", explora la lucha entre el ser interior y las máscaras que la sociedad nos impone. Hesse cree que muchos seres humanos viven como autómatas, sin cuestionar su existencia o conectarse con su ser más profundo. Se adaptan a las normas y convenciones sociales sin reflexión.

La década de 1940 es un periodo en el que la industrialización y el progreso tecnológico habían generado un cambio en la vida urbana. Hesse veía en este nuevo estilo de vida un peligro: la "alienación del ser humano" frente a la rutina diaria, donde el comportamiento cívico y las apariencias externas se convertían en el único parámetro de valor, en lugar de la "búsqueda interior" o la "autenticidad".

En sus escritos, Hesse a menudo critica el concepto de "hombres-máquina", individuos que, si bien mantienen un aspecto impecable y cumplen sus funciones sociales, han perdido contacto con su alma, con su esencia más íntima.

Hesse también fue influenciado por las filosofías orientales, particularmente el budismo y el hinduismo, que ponen un gran énfasis en la idea de la "ilusión" o "maya": la apariencia superficial del mundo que oculta la verdadera naturaleza de la existencia. De este modo, muchas de las personas que cumplen con las expectativas sociales son como “semejanzas humanas”, atrapadas en esta ilusión, sin buscar el verdadero sentido de su ser.

 En su famosa novela El lobo estepario, Hesse habla de la dualidad que existe en el ser humano: por un lado, la parte civilizada y, por el otro, el lado salvaje, instintivo. Aquellos que solo viven en la superficie, preocupados por sus camisas blancas y su buen comportamiento, han reprimido esa parte de sí mismos que es más auténtica y verdadera, convirtiéndose en una especie de “caricatura” de lo que es ser humano.

Hesse, al calificar a algunos individuos como “bípedos” o “semejanzas humanas”, no está atacando su humanidad per se, sino señalando que no han alcanzado una vida verdaderamente plena y consciente. En su visión, ser humano no es solo cumplir con las expectativas externas, sino también conectar con el yo profundo, cuestionar la existencia, y perseguir el autoconocimiento.

Lo que cuestiona Hesse es la sociedad-espejo, donde existe la tendencia a dejarse llevar por las apariencias y las expectativas sociales, mientras se ignora la necesidad de una vida reflexiva y auténtica. Para él, muchos se conforman con el “rol” de ser humano, sin explorar la profundidad y el sentido más amplio de la vida, lo que los convierte en una especie de "espectro" de lo que podrían llegar a ser.

Hesse critica la superficialidad de aquellos que parecen humanos en el sentido externo pero no lo son en el sentido más profundo, porque no han despertado a su verdadero ser. Es una invitación a no ser "simulacros" de lo que se espera de nosotros, sino a buscar la autenticidad en nuestra vida.





lunes, 15 de julio de 2024



Bella entre las bellas

Al tercer día de cumplir 83 años, Zoila recibió el regalo de su vida, fue electa Reina de Carnaval del asilo de ancianos donde residía. 

A partir de ese momento, sintió que era arrastrada por el tiempo inmemorial, y que las agujas que señalan el tiempo finito que orienta el sentido de las vanidades, aceleraban su corazón, y en su cuerpo estalló una vitalidad desbordada para ella desconocida, pensó que era algo natural entre las mujeres que son declaradas soberanas de la belleza, bella entre las bellas. 

El rostro de Zoila dibujó una sonrisa del tamaño del cielo cuando le colocaron la corona de cartulina forrada con diamantinos de plástico, bañada en el falso oro creado con escarcha dorada, que como un embrujo apagó en una brevedad las horas sordas y largas del tiempo, y anuló todos los años de ostracismo, abandono y soledad que acumuló su cuerpo como una segunda piel y que estaba pegada a ella.

Ese día Zoila sintió que no recibía una corona, sino algo más, una suerte de bendición absolutoria, algo que descendía desde lo más alto del cielo, como gesto de una tardía justicia divina que ponía fin a su condena irrevocable de fealdad que la acompañó toda la vida, porque Zoila era fea, porque los dioses de la belleza, Apolo y Afrodita, se habían negado a mirarla cuando nació.

Quizá por eso Zoila llevó la corona pocos minutos, porque cuando la directora del ancianato la colocó en su cabeza, Zoila fue encandilada por los destellos de ese artificio plástico escarchado que brillaba como mil soles, le dio un beri-beri, una especie de descompensación de la existencia y cayó de largo a largo, sin sentido, debido a ese éxtasis emocional y murió.

El médico que la examinó y firmó el acta de defunción, dictaminó: muerte por ictus, aunque para Zoila fue sumirse en un largo letargo del sueño con la sensación eterna de su reinado, sentada en su trono hecho de cartulina de colores y adornos de papel crepé, del que no se levantaría jamás.

El destino que selló aquel día como el único de su vida en que fue bella, hizo el milagro que por años estuvo esperando años. Sin saberlo, aquella tarde Zoila fue coronada como la más bella sólo para ir a tocar las puertas del cielo.

miércoles, 10 de julio de 2024

 Amor en contraste



Leer "El Mono Blanco" de John Galsworthy, cien años después, conlleva un dilatado y profundo ejercicio de contraste. El Mono Blanco es una novela que forma parte de la saga de los Forsyte escrita en 1924, y todo un clásico de literatura inglesa del S.XX, escrita por Galsworthy, premio Nobel 1932, una novela que describe los aspectos del amor como se vivía en la época post-victoriana, con la precisión de un cirujano, y así nos lo presenta: cercenado, domado, condicionado, mutilado, por decir lo menos. 

Sujeto a las férreas convenciones sociales que imponían a la desbocada naturaleza del amor, la pasión, el rigor de una camisa de fuerza.

A medida que avanzaba en la lectura de la novela -Tomo V. Los Premios Nobel de Literatura / Editorial Plaza y Janés (papel biblia) 1964 - recordaba la película Lost in Traslation, de Scarlet Johanson y Bill Murray, sobre el encuentro de dos amigos en Tokio, entre los que nace un amor cómplice guiado por la necesidad que a ambos les impone un sentimiento de soledad que los lleva a abrazar un sentimiento ambiguo, desbordado en la atracción, la búsqueda, el roce cercano y que viene a ser como una revelación sobre los sentimientos de estos dos personajes, pero en ese preciso instante en que la historia parece próxima al desenlace carnal, ese amor que no merma y los tiene apasionados, rompe con todas las convenciones, se despiden, con la promesa de esperar una nueva oportunidad.

El denominador común se preguntará qué es ¿amistad profunda o amor no convencional? Una inventada manera de amar en abandono. Sobre la mesa quedan abiertas las cartas de la profunda conexión emocional y de una intimidad que no trasciende lo físico.

La pareja protagonista del Mono Blanco, Dinny Cherrell y Michael Mont, es un matrimonio que se enfrenta a diversas pruebas. Michael, en un momento de tensiones entre el progreso económico y las tradiciones familiares, un enfrentamiento entre el dinero y los ideales.

El amor y el contraste en la novela de Galsworthy, lo determina las rígidas estructuras de clase y las convenciones sociales de la Inglaterra de los años 20 del siglo pasado. Las relaciones están sujetas no por los individuos, sino a las expectativas de la sociedad y la presión por mantener las apariencias, que los maneja como unas marionetas, lo que impide puedan ir tras sus sueños.

En la película "Lost in Translation", el amor se desarrolla en el contexto moderno y multicultural de Tokio, donde sus personajes están muy lejos de sus entornos familiares y sociales; es esta desconexión lo que les permite abrirse a una relación libre de restricciones sociales, aunque sigue siendo compleja y ambigua al mismo tiempo, debido a los propios compromisos personales de cada quien, y que tienen un peso en sus respectivas existencias. Sin libertad para amar.

"En el mono blanco", el amor matrimonial de Michael y Dinny Mont es una relación formal y comprometida, pero también llena de conflictos. El amor es visto como un capital social, algo que debe ser mantenido a pesar de las dificultades y las insatisfacciones personales, sin posibilidad de ser libres.

Mientras que  "Lost in Translation" nos propone una mirada más efímera y menos definida. Porque se trata de una conexión emocional profunda que surge en un breve encuentro, donde ambos encuentran consuelo y comprensión mutua. El amor es un algo transitorio, nada lo ata a largo plazo, vive del momento.

En "El mono blanco": de Galsworthy las tensiones amorosas se resuelven desde la moral del deber ser, a pesar de sus dificultades, poco a poco los personajes encuentran la forma de coexistir dentro de lo establecido.

Quizá el argumento más relevante de la película de Coppola es que abre un compás al futuro en la relación entre Charlotte (Scarlett Johanson) y Bob (Bill Murray, a dejarse redescubrir en lo abierto e incierto, porque el futuro es lo que no se sabe. 
A diferencia de Michael y Dinny, no hay nada definido, ni un escenario claro sobre si su conexión se transformará en algo más o si permanecerá como un recuerdo significativo. 

El final cerrado que tiene el amor en El Mono Blanco, arraigado en esa frase lapidaria, hasta que la muerte los separe, contrasta con el final abierto de Lost in traslation, que refleja la ambigüedad y la naturaleza indeterminada del amor del mundo moderno.


Amor en contraste













domingo, 7 de julio de 2024

 

El Hombre Solo


La soledad es un fenómeno que se ha intensificado en la sociedad contemporánea, particularmente entre los hombres de mediana edad, entre los 40 o 50 años; haciendo que muchos se encuentren en el punto crítico de sus vidas, bien sea porque han perdido el su propósito de vida, por desarraigo familiar o producto de un divorcio, o tras sufrir una tragedia.

Lo que muchas veces los lleva a enfrentarse a una sensación de aislamiento y pérdida de metas en medio de un complejo sistema social cada vez más exigente, que, en lugar de proporcionar apoyo, a menudo los presiona y asfixia, para que estén a la par de las "expectativas" figuradas, que promocionan como ideal las redes sociales, que se han convertido, para el común denominador, en el lugar donde en la actualidad se legitima y se aprueba el éxito de las personas.

Las redes promueven una felicidad digital, esa sensación de tener reconocimiento, tener amigos que te siguen, sentirse acompañado, verdad es una ilusión, no existe. Enfrentados a la condición de soledad que padece el hombre en la sociedad actual, surgen las redes sociales para crear ese espejismo de felicidad. Un espacio de relaciones fáciles, donde se cree vencer la diferencia social, se vence la timidez, así como otras limitaciones. Las redes están hechas para los solitarios heridos de infelicidad, y las redes le dan esa sensación de acompañamiento, "sensación", pero que no es real.
La tecnología lleva años encargada de diseñar espacios de felicidad, así llegamos a las redes sociales, un dispositivo creado, no sólo para la difusión, sino para que cada quien se convierta en su propio manager, en supervisor de sí mismo, que reporte en su muro la tarea realizada, y al mismo tiempo viva en esa autoexigencia de siempre estar en "lo visible", lo aprobable, lo auditable por ese espejismo que llamamos opinión pública, y también audiencia que navega por las redes, las que etiquetan y dan me gusta, y que muchos suelen confundir con el concepto de logro.

Así vemos cómo día a día crece el desquiciamiento por "figurar", aparecer, postear. Un apetito insaciable por ser reconocido por los otros y la necesidad impostergable por el "me gusta", y en esta etapa cualquier individuo debe comprender que sin saberlo está viviendo una vida sin contenido, en la existencia vacua, la del "hombre interpretado", el que no habla ideas propias sino las habladas por otro, el loro social, del que hablaba Martín Heidegger, y que llamó el hombre de la vida falsa.
Esos selfis a diario, y a cada tantas horas, publicados de manera compulsiva, sin otro propósito, ni contenido que la exhibición del ego personal, nos vienen hablando de eso, igual que el sentimiento de ansiedad que persigue a muchos por miedo a desaparecer en las redes (no actualizar publicaciones).
Por lo general quien está ubicado en este horizonte, suele confundir el éxito con el logro, que aunque son conceptos relacionados, son distintos: El éxito se refiere a la realización de un objetivo deseado, al cumplimiento de una meta, y suele implicar una percepción social y personal de triunfo. Por su parte el logro, es la realización de una tarea específica o la consecución de una meta particular, sin que implique una evaluación social o dependa de una alta difusión (redes, publicidad, etcétera).
Sobre la soledad del hombre en la sociedad actual y las pautas conductuales que de esta condición existencial se deriva, voy a citar parte de lo afirmado por tres filósofos de la escuela filosófica de Frankfurt: Erich Fromm, Herbert Marcuse y Walter Benjamín, que arrojan mucha luz al respecto.
En su libro "El miedo a la libertad", Fromm, argumenta que vivimos en una sociedad generadora de alienación en todas las personas, ninguna escapa de ella. Todos entran en esa cosificación mental, porque esa es una condición central de la sociedad moderna tal como ha sido concebida. Para Fromm el hombre actual a pesar de los avances tecnológicos y sociales, se siente más aislado que nunca.
"El hombre moderno está al borde de la desesperación" señala, indicando que la libertad adquirida en la modernidad viene acompañada de un sentimiento de aislamiento y desconexión . A los 40 o 50 años, muchos hombres experimentan este vacío existencial, especialmente cuando se enfrentan a la crisis de la mediana edad. La pérdida de propósito y la desconexión emocional son síntomas de una sociedad que valora más el éxito económico que el bienestar emocional.
En su "El hombre unidimensional", Herbert Marcuse, explora los niveles de explotación de la mente y conciencia del hombre en la sociedad industrial avanzada manipula las necesidades y deseos de los individuos obligados a mantener el status quo. Según Marcuse, el hombre moderno es condicionado a aceptar y perpetuar una existencia superficial y conformista. En este contexto, los hombres de esa edad se sienten atrapados en roles y expectativas rígidas que limitan su autenticidad y creatividad.
La presión por cumplir con los estándares sociales de éxito y masculinidad contribuye a una sensación de asfixia y desesperanza, que a su vez debe enfrentar el pánico frente a un reloj que no se detiene en descontar su tiempo útil como individuo productivo.
Walter Benjamín, en sus "Tesis sobre la filosofía de la historia", describe la sociedad moderna, como una época marcada por la pérdida de significado. Benjamín argumenta que la aceleración del progreso y el enfoque en el consumo han erosionado las bases culturales y espirituales de la sociedad. "Cada época sueña con la siguiente" , pero en ese sueño, muchas veces se pierden las raíces que dan sentido a la existencia.
Para los hombres de mediana edad, esta pérdida se manifiesta en una crisis de identidad, donde el pasado se percibe con nostalgia y el futuro con incertidumbre.
Si bien la soledad del hombre moderno no es una condición irrevocable. La búsqueda de autenticidad y conexión puede ofrecer un camino hacia la redención y el sentido. Fromm sugiere que el amor y la creatividad son los antídotos contra la alienación. "El amor es la única respuesta sana y satisfactoria al problema de la existencia humana".
En este sentido, establecer relaciones auténticas y dedicarse a actividades creativas puede ayudar a los hombres de mediana edad a superar su soledad.
Marcuse, aboga por la resistencia al conformismo y la búsqueda de una vida más plena y significativa. Esto implica cuestionar las normas sociales y encontrar formas de expresión personal que trascienden las limitaciones impuestas por la sociedad industrial avanzada. Benjamín, con su enfoque en la recuperación de la memoria histórica y cultural, sugiere que reconectar con el pasado y valorar las tradiciones puede proporcionar un sentido de continuidad y pertenencia en un mundo cambiante.

Sin embargo, uno de los mayores retos que implica la soledad del hombre es también mantenerse apartado del fantasma de las adicciones, promotoras de estados de felicidad efímeros y ficticios, como los del alcohol y las drogas que terminan socavando al sujeto y dejándolo como un saco roto, por dónde poco a poco va perdiendo su conexión con la vida.

sábado, 6 de julio de 2024


El Templo

La primera vez que hablé con ella, enseguida me soltó: "tienes que ir a conocer el templo".

Me lo dijo con ese entusiasmo febril que le imprimió a sus palabras un matiz de lo que reserva algo oculto, la misma con la que alguien puede decirte, tienes que venir a mi casa a conocer al Dalai Lama, algo así.

Por un largo ejercicio de lucidez personal, hace tiempo que perdí mi capacidad de asombro; soy un escéptico declarado en lo relativo a iluminados, gurús, maestros elevados, santos, faquires y proclamadores de lo sagrado.

La sola mención de la palabra templo, retumbó en mi con el mismo efecto de la onda expansiva de una bomba sonora.

Quedé pensativo mirando a aquella mujer que estaba parada frente a mi, de apenas 1,60 metros de estatura, disminuida, desencajada que estaba sobre los huesos de un cuerpo que tenía la semblanza de quien ha vivido sometida a penurias y privaciones, lo que creo ayudaba a imprimirle a su voz un ritmo y un tono de quien ha estado habitando por largos períodos el invernadero de la ansiedad.

Hablaba como quien busca con desespero su lugar en el mundo, o viceversa.

-El templo que tenemos en la casa, afirmó, con una sonrisa.
Pronunció esas palabras sin la convicción propia de la fe. Enseguida comprendí que se trataba de un deseo, no una realidad, pero ya mi mente se había adentrado en la travesía por un túnel poblado de imágenes de posibles templos.

Trataba de ubicar si adjunta a la casa había una estructura como una capilla, o un salón budista que respondiera a lo que ella llamaba el templo.

Sabía que ella cuidaba una cierta mansión de arquitectura avant garde -que en algún momento intentaron invadir unos malvivientes-, era una edificación con un diseño danés ecléctico, con grandes alerones puntiagudos a dos aguas, de madera, con altas paredes de vidrio que circundaban gran parte de la primera y segunda planta, pero también sabía que ella tenía un acceso limitado a los espacios de esa casa.
Había estancias y habitaciones a las que le estaba vedada, estar, salvo para hacer labores de limpieza.

La pregunta era: ¿dentro de aquellos espacios dónde estaba el templo?

Guiado más por la curiosidad que por contactar cualquier estado de gracia autoinducido por ese ensamblaje de pensamiento sugestivo que es la nueva era, con la disposición propia de un boy scout, un día llame a la puerta de la casa.

Me abrió la puerta, y pasé al lado de un rellano frente al jardín, había una terraza donde un grupo de acólitos hacían ejercicios de yoga otros repetían mantras, o hacían las dos cosas al mismo tiempo sin mayor rigor, en medio de lo que parecía una hoguera de marihuana, porque cada uno tenía un tabaco de esos en la mano.

-Vine a conocer el templo, le dije.

-Que bueno -respondió ella riéndose-, el templo es todo esto, dijo haciendo un gesto circular con su brazo que abarcó toda la casa.

-¿En serio? -dije con cierto escepticismo.

Al ver mi cara de sorpresa y mi actitud de desconcierto, reiteró, "este es un espacio sagrado"- y caminamos.

Me invitó a pasar, a hacer un recorrido por el templo, que resultó ser una casa que en un tiempo no muy distante fue un lugar de lujo sofisticado, pero que ahora convertido en lo que ella llamaba "el templo" se había convertido en un lugar común y corriente, donde pernoctaba y permanecía gente con apetencias hippies, se vestían como tales, esgrimían sus mismo lugares comunes, mostraban una absoluta vocación errática, y jugaban a eso de paren el mundo que me quiero bajar.
Todos reunidos bajo el techo de lo que fue una casa de lujo, producto del sistema que ellos tanto cuestionan, convertida en carpa decadente, descuidada, sucia, decadente, porque al parecer es así la manera que responde la contracultura.

Aquella casa daba lástima, obras de mantenimiento que quedaron dormidas en el tiempo, otras tiradas al descuido, camas desordenadas, ropa de niños tirada aquí y allá en los salones principales, la cocina repleta de platos sucios con resto de las comidas del día.

Recordé a Thedoere Rosak, el primero que desmanteló al movimiento hippie y sus pretensiones contraculturales, y a eso lo llamó: escapismo, y es que sólo hacen eso escapar, vivir en una carpa, no bañarse, abundar en piojos, llenarse de un lenguaje bobo y floripondio y no hacer nada.

Entendí que lo del templo era un revestimiento metafísico que su imaginación le ponía a las cosas, pero nunca hubo tal, una suerte de solipsismo fallido diluido en lo ilusorio.

Todo aquello era producto de lo que he llamado una construcción de la "filosofía marihuana".
Porque un templo es un edificio o espacio sagrado destinado a la práctica de la adoración religiosa, la oración y otros rituales espirituales. A lo largo de la historia y en diversas culturas, los templos han sido lugares donde se venera a divinidades, se realizan ceremonias y se busca una conexión espiritual, o establecer vínculo con principios religiosos abstractos.

Le agradecí el tour por el templo, ya dispuesto a marcharme, me dijo no te he enseñado lo más importante, y me condujo a un recodo de la sala principal, en donde había una colchoneta tirada en el piso, "Aquí estuvo durmiendo mi maestro".

-¿Cuál maestro pregunté?

-Bueno en realidad es mi guía espiritual -y pronunció un nombre equis-. Él trabaja sobre superar la necesidad humana de comer alimentos y de elevar el alma no comiendo. Él lleva siete años sin comer, ni siquiera bebe agua.

La miré con fijeza. Mientras me hablaba de su maestro, su rostro, su tono de voz cambiaron, tras la mujer amigable y receptiva, emergió una fanática, que sin ninguna evidencia objetiva, quiere demostrar lo indemostrable, en ser más papista que el Papa, alguien que en ese momento solo quiere impresionar exteriorizando toda la carga de su ego desmedido. ella ya no se mostraba racional, quizá en ningún momento lo fue. Me hablaba y miraba ensimismada el horizonte, como quien delira confundiendo fantasía con realidad.
En ese momento ya habíamos llegado a la puerta de salida, me despedí y salí de aquél lugar con el alivio de quien escapa de un agujero negro. Me alejé convencido de que ese día había tenido un encuentro insospechado con la insensatez, ese acto circense donde la cordura comienza a coquetear con la locura, y seducida por esta termina caminando a ciegas por la cuerda floja.