sábado, 6 de julio de 2024


El Templo

La primera vez que hablé con ella, enseguida me soltó: "tienes que ir a conocer el templo".

Me lo dijo con ese entusiasmo febril que le imprimió a sus palabras un matiz de lo que reserva algo oculto, la misma con la que alguien puede decirte, tienes que venir a mi casa a conocer al Dalai Lama, algo así.

Por un largo ejercicio de lucidez personal, hace tiempo que perdí mi capacidad de asombro; soy un escéptico declarado en lo relativo a iluminados, gurús, maestros elevados, santos, faquires y proclamadores de lo sagrado.

La sola mención de la palabra templo, retumbó en mi con el mismo efecto de la onda expansiva de una bomba sonora.

Quedé pensativo mirando a aquella mujer que estaba parada frente a mi, de apenas 1,60 metros de estatura, disminuida, desencajada que estaba sobre los huesos de un cuerpo que tenía la semblanza de quien ha vivido sometida a penurias y privaciones, lo que creo ayudaba a imprimirle a su voz un ritmo y un tono de quien ha estado habitando por largos períodos el invernadero de la ansiedad.

Hablaba como quien busca con desespero su lugar en el mundo, o viceversa.

-El templo que tenemos en la casa, afirmó, con una sonrisa.
Pronunció esas palabras sin la convicción propia de la fe. Enseguida comprendí que se trataba de un deseo, no una realidad, pero ya mi mente se había adentrado en la travesía por un túnel poblado de imágenes de posibles templos.

Trataba de ubicar si adjunta a la casa había una estructura como una capilla, o un salón budista que respondiera a lo que ella llamaba el templo.

Sabía que ella cuidaba una cierta mansión de arquitectura avant garde -que en algún momento intentaron invadir unos malvivientes-, era una edificación con un diseño danés ecléctico, con grandes alerones puntiagudos a dos aguas, de madera, con altas paredes de vidrio que circundaban gran parte de la primera y segunda planta, pero también sabía que ella tenía un acceso limitado a los espacios de esa casa.
Había estancias y habitaciones a las que le estaba vedada, estar, salvo para hacer labores de limpieza.

La pregunta era: ¿dentro de aquellos espacios dónde estaba el templo?

Guiado más por la curiosidad que por contactar cualquier estado de gracia autoinducido por ese ensamblaje de pensamiento sugestivo que es la nueva era, con la disposición propia de un boy scout, un día llame a la puerta de la casa.

Me abrió la puerta, y pasé al lado de un rellano frente al jardín, había una terraza donde un grupo de acólitos hacían ejercicios de yoga otros repetían mantras, o hacían las dos cosas al mismo tiempo sin mayor rigor, en medio de lo que parecía una hoguera de marihuana, porque cada uno tenía un tabaco de esos en la mano.

-Vine a conocer el templo, le dije.

-Que bueno -respondió ella riéndose-, el templo es todo esto, dijo haciendo un gesto circular con su brazo que abarcó toda la casa.

-¿En serio? -dije con cierto escepticismo.

Al ver mi cara de sorpresa y mi actitud de desconcierto, reiteró, "este es un espacio sagrado"- y caminamos.

Me invitó a pasar, a hacer un recorrido por el templo, que resultó ser una casa que en un tiempo no muy distante fue un lugar de lujo sofisticado, pero que ahora convertido en lo que ella llamaba "el templo" se había convertido en un lugar común y corriente, donde pernoctaba y permanecía gente con apetencias hippies, se vestían como tales, esgrimían sus mismo lugares comunes, mostraban una absoluta vocación errática, y jugaban a eso de paren el mundo que me quiero bajar.
Todos reunidos bajo el techo de lo que fue una casa de lujo, producto del sistema que ellos tanto cuestionan, convertida en carpa decadente, descuidada, sucia, decadente, porque al parecer es así la manera que responde la contracultura.

Aquella casa daba lástima, obras de mantenimiento que quedaron dormidas en el tiempo, otras tiradas al descuido, camas desordenadas, ropa de niños tirada aquí y allá en los salones principales, la cocina repleta de platos sucios con resto de las comidas del día.

Recordé a Thedoere Rosak, el primero que desmanteló al movimiento hippie y sus pretensiones contraculturales, y a eso lo llamó: escapismo, y es que sólo hacen eso escapar, vivir en una carpa, no bañarse, abundar en piojos, llenarse de un lenguaje bobo y floripondio y no hacer nada.

Entendí que lo del templo era un revestimiento metafísico que su imaginación le ponía a las cosas, pero nunca hubo tal, una suerte de solipsismo fallido diluido en lo ilusorio.

Todo aquello era producto de lo que he llamado una construcción de la "filosofía marihuana".
Porque un templo es un edificio o espacio sagrado destinado a la práctica de la adoración religiosa, la oración y otros rituales espirituales. A lo largo de la historia y en diversas culturas, los templos han sido lugares donde se venera a divinidades, se realizan ceremonias y se busca una conexión espiritual, o establecer vínculo con principios religiosos abstractos.

Le agradecí el tour por el templo, ya dispuesto a marcharme, me dijo no te he enseñado lo más importante, y me condujo a un recodo de la sala principal, en donde había una colchoneta tirada en el piso, "Aquí estuvo durmiendo mi maestro".

-¿Cuál maestro pregunté?

-Bueno en realidad es mi guía espiritual -y pronunció un nombre equis-. Él trabaja sobre superar la necesidad humana de comer alimentos y de elevar el alma no comiendo. Él lleva siete años sin comer, ni siquiera bebe agua.

La miré con fijeza. Mientras me hablaba de su maestro, su rostro, su tono de voz cambiaron, tras la mujer amigable y receptiva, emergió una fanática, que sin ninguna evidencia objetiva, quiere demostrar lo indemostrable, en ser más papista que el Papa, alguien que en ese momento solo quiere impresionar exteriorizando toda la carga de su ego desmedido. ella ya no se mostraba racional, quizá en ningún momento lo fue. Me hablaba y miraba ensimismada el horizonte, como quien delira confundiendo fantasía con realidad.
En ese momento ya habíamos llegado a la puerta de salida, me despedí y salí de aquél lugar con el alivio de quien escapa de un agujero negro. Me alejé convencido de que ese día había tenido un encuentro insospechado con la insensatez, ese acto circense donde la cordura comienza a coquetear con la locura, y seducida por esta termina caminando a ciegas por la cuerda floja.


 

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