domingo, 9 de marzo de 2025

 


El paraíso perdido de Don José*

New York es la única ciudad que estando bajo un capote gris de nubes inciertas, ejerce una fascinación sobre mí, quizás porque la veo erguida como una luminaria en el centro del mundo, es lo que yo llamo el hechizo neoyorquino y que convierte a esa ciudad, en una ciudad única, haciendo que las demás parezcan simples paradojas, malogrados remedos, fallidas anunciaciones, espacios del declive civilizatorio, arquitecturas con aspiraciones a metrópolis en perpetuó simulacro, pero New York es como el centro del caleidoscopio y eso es otro cosa.

Esta ciudad donde estoy tiene dos colores básicos, un gris tremulante en invierno y un color matizado de tierra agreste el resto del año. Me asomo por la ventana del primer piso y contemplo el paisaje lleno de casas que no se han movido de allí por siglos.

Con los ojos impregnados con esa mirada bajo a la calle, apenas doy tres pasos una gota de agua estalla en mi frente, lo tomé como un mensaje a destiempo, pero ya era tarde, no podía detener mis pies que avanzaban facultados por el afán de la curiosidad de ver con qué tropezaban en su afán por recorrer los rincones de la ciudad. Algo que había sido infructuoso en los últimos días, sólo se veía turistas caminando en tropel, con la mirada expectante como preguntándose dónde estaba la aventura de vivir, sin saber dónde, al final terminaban todos vencidos, tanto descorazonados estafados por sus propias emociones. Eso si siempre guardan su una última sonrisa para tomarse la foto en la Catedral de 700 años donde siempre terminan sus pasos.

La mente es una relatora de paisajes cuando escuchamos música; por ejemplo, el jazz evoca en mí calles sombreadas, antros desvencijados, un farol en una esquina adormilado por la penumbra como aquél que despuntaba en esa calle empedrada de aquella ciudad sin nombre, con rastros centenarios pegados a cada lado de la acera, donde las cortinas de lluvia se corrían de un lado a otro mecidas por el viento. 

Caminaba en medio de esa calle y frente a mí tenía la perfecta escena que surge al escuchar el ritmo musical sincopado del Dixieland del sur de los Estados Unidos. No faltó que sonarán las notas de Summertime salidas de la trompeta de Miles Davis, o que Ella Fiztgerald y Louis Armstrong cantarán a dúo, They Cant´n take that away from me, para sentirme en medio de una de esas escenas que promueve en mi mente las viejas canciones de jazz, mientras el cielo comenzaba a desparramarse con su intenso rumor de lluvia.

Era marzo con su coda invernal dejaba impregnada todas las cosas, con su viento húmedo, dejando al horizonte tapizado de ceniza, antes de esconderse en las montañas de hielo.
Justo entré a una taberna, cuyo interior estaba iluminado con escasez por unas lámparas color ámbar. 

Pedí una copa, justo al lado, presidía una mesa redonda la figura prominente de un hombre de unos sesenta años que con su volumen la abarcaba casi toda; estaba sentado a sus anchas, era alto y calvo con una melena crecida en la parte de atrás de su cabeza, como la figura de Benjamín Franklin que está estampada en los billetes de cien dólares. En ese momento arremetía contra el recinto con voz altisonante, como la de un director de subastas, ante medio docena de almas que estaban frente a él, expectante e hipnotizadas por la desnudez de sus palabras. Lo miraban con cierta reverencia, mientras él se desgañitaba con el énfasis teatral que le imprimía a cada frase de su monólogo que rememoraba la historia de una esquina de putas.

Nunca supe su nombre, lo llamaré Don José a secas para los fines de esta crónica.

El ambiente del lugar me resultaba medieval, la impasibilidad de los presentes, cuerpos cansados hace tiempo, con sus rostros de humanidad dormida. Don José hablaba de la rutina negadora de la vida que propiciaba la infelicidad. Recordó otra ciudad sin nombre en la que había descubierto una posibilidad abierta al paraíso. Una esquina capaz de borrar en un instante esa faz de mundo hostil y degradante, transformar la depresión en entusiasmo.

Era una esquina que surgía del cruce de una calle y una avenida, pero en un haz que escapaba a las miradas comunes se revelaba un ambiente, una suerte de burbuja que surgía en medio de la calle, contenida en la atmósfera de un universo oculto, em donde solían fugarse quienes lograban robarle minutos a las horas de vida que habían vendido a las empresas para subsistir, y se iban a escondidas a descolgar ese tiempo en aquél espacio habitado por las ofertas flamígeras del amor, los descotes, los labios de carmín, el perfume alucinante que embriagaba por desbordarse en las caricias y el sexo tarifado de las putas.

Sin quitar la mirada a su copa de vino en la que parecía utilizar como bola de cristal para ver las escenas del pasado, Don José, sentado en medio de esa mesa sin lustro, aquél día lluvioso del invierno europeo, hurgaba en su memoria con visible entusiasmo, como quien lanza al río de sus memorias el anzuelo de sus palabras para pescar un pedazo del tiempo perdido.

Entre palabras, Don José tomaba un sorbo de vino, dejaba la copa sobre la mesa, si quitarle la mirada, mientras degustaba la bebida, paseando el líquido unos segundos por su boca, como un catador cuando analiza la virtud sensorial del tinto, y sin levantar sus ojos de la copa siguió relatando con tono de solemnidad, “ninguna de aquellas mujeres, tenían un rostro real, el rostro siempre se los poníamos nosotros, o sino ellas llegaban con sus máscaras elaboradas para la seducción. Paseaban sus siluetas ceñidas a las bondades del cuerpo, prendas sugestivas, iban bañadas en perfumes de almizcle que herían la razón, y se movían con un tongoneo de carmín detrás del cual emergía la imagen del fetiche, idea que nos asistía en el momento de alquilar por una hora nuestra idea fugaz hecha mujer”, dijo.

Don José recordó que los visitantes de aquel paraíso se dejaban arrastrar por lo ilusión que cifraban sus sentidos: “éramos nosotros quienes las vestíamos con el ropaje que fabricaba la fantasía de nuestra mente, veíamos lo que queríamos ver, vírgenes, santas o perversas, porque nuestros ojos en ese momento miraban a través de las metáforas eróticas que reposaban sobre aquellos cuerpos en alquiler, cada uno dispuesto para la entrega de esa ficción que era el refugio al que la brevedad de nuestros instintos no podía renunciar” .

En instantes su mirada parecía extraviarse, en ell fondo de un abismo, y decía: hubo amores, si los hubo; pero de los que nunca supimos su nombre verdadero, porque sólo existieron en la brevedad; simple, ellas no eran ellas, eran sólo un instrumento utilizado por el tormento de nuestras almas románticas.

Al final de aquella tarde, quizás asistido por ese sentimiento de pesadumbre que suele acompañar a quien se sabe desalojado de lo fantasioso y está condenado para siempre del reducto de su realidad , Don José dijo en tono melancólico, “creo que aquél paraíso jamás existió, fue un espejismo de nuestros propios anhelos, algo con lo que le dimos rienda suelta a lo que imaginaba el deseo, y eso es algo peligroso, porque distorsiona nuestra manera de ver las cosas y hace que actuemos de manera alocada, con la conciencia anulada por el sentimiento lúdico.

“Por eso digo que sólo existía para nosotros -reiteró Don José-; porque tal como nosotros veíamos aquél lugar, nunca existió para ellas.

“A decir verdad -enfatizó-, aquella nunca dejó de ser una esquina quejumbrosa y patética, un "zoohumano" donde pululaban todas las especies malvivientes, un zoo que se extendía alrededor de unos cuatrocientos metros a la redonda, en el que vivían encerradas esas mujeres condenadas a llevar una existencia brutal y desolada, desterradas del mundo real.

En la representación de esa tragedia había muchos matices de personajes -dijo Don José- estaba la penitente, con sentimiento de culpa por el simple hecho de ser mujer, porque se consideraba un defecto: la engañada que buscaba venganza hiriéndose a sí misma, la vampiresa que sólo deseaba devorar almas humanas y la ritualista, que ejercía una especie de prostitución sagrada, tal como existió en Grecia en los tiempos antiguos, cuyo fin y arte es el oficio, como las que servían en el templo de la diosa Afrodita y que estaban obligadas a entregarse al desenfreno sexual de quien llamara a la puerta.

Antes de despedirse con el vaho lento de la tarde, Don José de pie y con la copa en la mano, concluyó diciendo que aquel paraíso “perdido”, como todos los que se convierten en palabras, fue el desespero de una incomprendida utopía del placer, que los hacía ir tras lo imposible, como ir a buscar ángeles en el infierno.

Cuando salí, la calle la lluvia había cesado, con su suelo humedecido me pareció más estrecha de cómo la recordaba, el agua sobre su calzada de piedra le daba un brillo del pasado, me adentré por su estrechez mirando cada esquina, como buscando alguna pista del paraíso perdido de Don José.

*Texto tomado del libro: El oficio más viejo del mundo y otras crónicas / AUTOR: Douglas González Carmona


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.