Vivir en blanco y negro
Siempre me han gustado las películas en blanco y negro, siento que revisten un cierto enigma, algo desconocido, y también porque disfruto esa atmósfera distante que crean sus imágenes aplanadas en la pantalla sin color, que me permiten vivir la sensación de estar en un sueño.
Hace tiempo empecé a escribir un cuento que ha terminado siendo una novela, aún inconclusa, “Un día en la nieve, el sueño de Lázaro”, de corte neorrealista, por estar enfocada en el mundo cotidiano y rutinario de su protagonista, pero también su estructura responde a eso que los alemanes denominan “Bildungsroman” porque narra el crecimiento del personaje y las experiencias que va acumulando consigo.
Lázaro es un joven que representa al antihéroe latinoamericano de nuestro tiempo, marcado por la desilusión y el individualismo; sin una identidad clara, se siente más como un espectador de su propia vida, atrapado en la superficialidad, el hedonismo y una serie de relaciones afectivas vacías; sin una verdadera misión, con una existencia que va a la deriva marcada por la nostalgia, lo picaresco, el amor, el despecho y lo absurdo, y quien pese a haber nacido en una de las regiones más calientes del soleado Caribe, persigue el sueño de irse a vivir a un lugar frío, donde caiga nieve.
Cuando Lázaro tiene una emoción fuerte, o está frente a una mujer bella, el mundo se le vuelve en blanco y negro, la realidad deja de tener color, una condición que le dura varios días hasta que vuelva a su punto de equilibrio el tabulador de sus emociones.
La película Pleasantville, que retrata a una típica sociedad conservadora norteamericana de los años 50, nadie conoce el color, incluso le tienen miedo a todo lo que se guarda detrás de él, porque lo consideran un escándalo, una suerte de sacrilegio. Se sienten seguros, con sus tonos grises en un mundo blanco y negro.
Hasta que un día, algunos de sus personajes descubren el placer del sexo y lo que con éste pueden experimentar, ocurre que todo comienza a llenarse de color en sus vidas.
Poco a poco la sociedad de Pleasantville, comienza a despojarse de esa camisa de fuerza de vivir en lo previsible, lo moralmente correcto, abandona el deber ser y comienza a enfrentar el miedo a perder el miedo, para asumir la sexualidad como una dimensión natural y transformadora del ser humano, capaz de enriquecer la vida y abrir el camino a la libertad personal.
Pese a que Pleasantville, realizada en 1998, a lo largo de casi tres décadas se ha convertido en una película de culto y un clásico del cine irreverente, al colocar al sexo como la emoción esencial del individuo, una gran mayoría sigue sin comprender su metáfora de la liberación, la que hizo de su personaje Betty, la primera mujer en adquirir color por la felicidad sexual, como símbolo de la liberación femenina. Casi treinta años después, muchas continúan viviendo en un mundo gris son color, atrapadas en su cotidianidad, sin cambios, en su típico rol de amas de casa.
¿De dónde proviene ese mundo blanco y negro que se desdobla para opacar los colores de la vida? Quienes viven bajo la sombra del blanco y negro al igual que los habitantes de la caverna platónica, creen que esa es su única realidad.
Ese mundo proviene de la culpa por la mítica caída en el tiempo de Adam y Eva, tras ser expulsados del paraíso. El sexo como pecado (salvo que tenga lugar dentro del matrimonio).
Toda persona gris siempre le temerá y huirá del color, se aferrará a cualquier asidero, para sostener su defensa de aislarse y preservar su integridad en blanco y negro, aunque a veces sueñe en colores.

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