sábado, 26 de abril de 2025

 

La eternidad como destino


Vivimos una existencia impregnada por una falsa idea de eternidad, esa una de las razones por las que la muerte nos sorprende y no nos habituamos a ella. Siempre es un huésped inesperado que llega como una tempestad a socavar los estamentos de los afectos y los apegos. La muerte no existe para nosotros salvo cuando la pensamos o somos testigos de su perpetuidad, pero cuando nos olvidamos de ella, la mayor parte del tiempo vivimos inmersos en una narrativa ficcional con la sensación de ser eternos. Todos los hombres estamos condenados a morir, el cesar definitivo es una realidad impostergable, a diferencia de los animales que son inmortales porque la ignoran.

En su cuento El Inmortal, el escritor Jorge Luis Borges devela el estamento filosófico de la muerte, es la que le otorga sentido a la vida. El relato hace referencia a una ciudad bordeada por un río secreto que purifica de la muerte a los hombres y los convierte en inmortales. Borges nos muestra y a la vez justifica el imperioso juego de la finitud como modelador de la vida con todas las posibilidades que hacen su diversidad.
 
Para él la eternidad es cosa banal, una empresa fallida para el ser humano, donde no hay ni creatividad ni destino porque al prescindir del tiempo, todo está condenado a la inmanencia, a girar en la rueda infinita del eterno retorno, "donde nada es que no haya sido". Borges describe a los inmortales como seres obligados a cargar el pesado yugo del hastío, a vivir una existencia vacía y monótona, atrapados en una eternidad sin sentido.
 
Hay personas que pensamos que vivirán para siempre y no las asociamos con la muerte, quizás porque creemos que su presencia hacen mejor la existencia de este mundo. A mi me ha pasado con algunos escritores cuyas muertes me han tomado por sorpresa: Gabriel García Márquez, José Saramago, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato y la más reciente Mario Vargas Llosa; con cada uno de ellos mi oficio de lector me ha llevado a vincularse íntimamente con sus palabras, porque cuando los he leído han pasado a habitar en mí, y ahora son parte de mi memoria. Son amistades literarias con las que he sentido mayor identidad y vínculo, cercanía y sentido de vida que muchas otras que han caminado junto a mi cotidianidad.

Para Borges vivir eternamente significa experimentarlo todo, hasta que ya no quede nada nuevo y nos coloca frente a aquella máxima bíblica, "no hay nada nuevo bajo el sol". Al no haber fin, no hay posibilidad del deseo fuera de ese instante "ad infinitum", no hay sentido de la urgencia, ningún proyecto significativo, ni motivos para actuar. Las experiencias, por más extraordinarias que sean, son repeticiones y como todo lo que se repite muchas veces, pierde su valor.

El Inmortal, revela el lado oscuro de la eternidad: los hombres dejan de luchar, de sentir pasiones, se pierde el anhelo de conquistar el tiempo futuro; es el reino del hastío; incluso el protagonista se olvida de su propio nombre. La inmortalidad, en vez de ser una bendición es todo lo contrario, los despoja de su naturaleza humana: el deseo, el miedo a la muerte, la memoria individual, el soñar, es el retorno al mundo adámico original, a la existencia "vegetativa" del primer hombre, antes de su caída en el tiempo.

He pensado en el tema de la eternidad a propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de literatura y uno de los pilares del llamado "boom" latinoamericano. Con su novela "La Casa Verde", inicié a los doce años la lectura de una de las mejores -sino la mejor- literatura del mundo.
Saber que su palabra llegó al punto final nos deja en medio de una orfandad literaria, porque con los escritores no pasa como con otras cosas que inmediatamente pueden ser sustituidas, no. La literatura es una experiencia "estética" del lenguaje, exige dotes narrativos, el manejo magistral de recursos literarios: metáfora, ritmo, imágenes; además de escribir con un estilo único, profundo y original, puede decirse que es la manifestación artística de la palabra escrita.

Sin embargo, ese sentimiento de orfandad no es lo suficientemente egoísta como para  haberle deseado a Vargas Llosa que viviera eternamente, porque al final más que una gracia divina, los estaríamos condenando a sufrir el castigo de la monotonía que desgasta el alma, la deshumaniza y la conduce a un callejón sin salida que es una vida sin muerte, sin límites y sin propósitos, perpetuada en el hastío que es la otra muerte de la condición humana.
 
Tras esta argumentación, al estimado Vargas Llosa, a quien tuve el privilegio de conocer en una Conferencia que dio en el Auditorio de la Facultad de Humanidades en la Universidad Central de Venezuela, deseo que descanse en paz, y que sus palabras sigan trascendiendo el tiempo de los hombres que es una manera digna ser eterno sin llegar al hastío.

domingo, 6 de abril de 2025


Vivir en blanco y negro


Siempre me han gustado las películas en blanco y negro, siento que revisten un cierto enigma, algo desconocido, y también porque disfruto esa atmósfera distante que crean sus imágenes aplanadas en la pantalla sin color, que me permiten vivir la sensación de estar en un sueño.

Hace tiempo empecé a escribir un cuento que ha terminado siendo una novela, aún inconclusa, “Un día en la nieve, el sueño de Lázaro”, de corte neorrealista, por estar enfocada en el mundo cotidiano y rutinario de su protagonista, pero también su estructura responde a eso que los alemanes denominan “Bildungsroman” porque narra el crecimiento del personaje y las experiencias que va acumulando consigo.

Lázaro es un joven que representa al antihéroe latinoamericano de nuestro tiempo, marcado por la desilusión y el individualismo; sin una identidad clara, se siente más como un espectador de su propia vida, atrapado en la superficialidad, el hedonismo y una serie de relaciones afectivas vacías; sin una verdadera misión, con una existencia que va a la deriva marcada por la nostalgia, lo picaresco, el amor, el despecho y lo absurdo, y quien pese a haber nacido en una de las regiones más calientes del soleado Caribe, persigue el sueño de irse a vivir a un lugar frío, donde caiga nieve.

Cuando Lázaro tiene una emoción fuerte, o está frente a una mujer bella, el mundo se le vuelve en blanco y negro, la realidad deja de tener color, una condición que le dura varios días hasta que vuelva a su punto de equilibrio el tabulador de sus emociones.

La película Pleasantville, que retrata a una típica sociedad conservadora norteamericana de los años 50, nadie conoce el color, incluso le tienen miedo a todo lo que se guarda detrás de él, porque lo consideran un escándalo, una suerte de sacrilegio. Se sienten seguros, con sus tonos grises en un mundo blanco y negro.

Hasta que un día, algunos de sus personajes descubren el placer del sexo y lo que con éste pueden experimentar, ocurre que todo comienza a llenarse de color en sus vidas.

Poco a poco la sociedad de Pleasantville, comienza a despojarse de esa camisa de fuerza de vivir en lo previsible, lo moralmente correcto, abandona el deber ser y comienza a enfrentar el miedo a perder el miedo, para asumir la sexualidad como una dimensión natural y transformadora del ser humano, capaz de enriquecer la vida y abrir el camino a la libertad personal.

Pese a que Pleasantville, realizada en 1998, a lo largo de casi tres décadas se ha convertido en una película de culto y un clásico del cine irreverente, al colocar al sexo como la emoción esencial del individuo, una gran mayoría sigue sin comprender su metáfora de la liberación, la que hizo de su personaje Betty, la primera mujer en adquirir color por la felicidad sexual, como símbolo de la liberación femenina. Casi treinta años después, muchas continúan viviendo en un mundo gris son color, atrapadas en su cotidianidad, sin cambios, en su típico rol de amas de casa.

¿De dónde proviene ese mundo blanco y negro que se desdobla para opacar los colores de la vida? Quienes viven bajo la sombra del blanco y negro al igual que los habitantes de la caverna platónica, creen que esa es su única realidad.

Ese mundo proviene de la culpa por la mítica caída en el tiempo de Adam y Eva, tras ser expulsados del paraíso. El sexo como pecado (salvo que tenga lugar dentro del matrimonio).

Toda persona gris siempre le temerá y huirá del color, se aferrará a cualquier asidero, para sostener su defensa de aislarse y preservar su integridad en blanco y negro, aunque a veces sueñe en colores.