La eternidad como destino
Vivimos una existencia impregnada por una falsa idea de eternidad, esa una de las razones por las que la muerte nos sorprende y no nos habituamos a ella. Siempre es un huésped inesperado que llega como una tempestad a socavar los estamentos de los afectos y los apegos. La muerte no existe para nosotros salvo cuando la pensamos o somos testigos de su perpetuidad, pero cuando nos olvidamos de ella, la mayor parte del tiempo vivimos inmersos en una narrativa ficcional con la sensación de ser eternos. Todos los hombres estamos condenados a morir, el cesar definitivo es una realidad impostergable, a diferencia de los animales que son inmortales porque la ignoran.
En su cuento El Inmortal, el escritor Jorge Luis Borges devela el estamento filosófico de la muerte, es la que le otorga sentido a la vida. El relato hace referencia a una ciudad bordeada por un río secreto que purifica de la muerte a los hombres y los convierte en inmortales. Borges nos muestra y a la vez justifica el imperioso juego de la finitud como modelador de la vida con todas las posibilidades que hacen su diversidad.
Para él la eternidad es cosa banal, una empresa fallida para el ser humano, donde no hay ni creatividad ni destino porque al prescindir del tiempo, todo está condenado a la inmanencia, a girar en la rueda infinita del eterno retorno, "donde nada es que no haya sido". Borges describe a los inmortales como seres obligados a cargar el pesado yugo del hastío, a vivir una existencia vacía y monótona, atrapados en una eternidad sin sentido.
Hay personas que pensamos que vivirán para siempre y no las asociamos con la muerte, quizás porque creemos que su presencia hacen mejor la existencia de este mundo. A mi me ha pasado con algunos escritores cuyas muertes me han tomado por sorpresa: Gabriel García Márquez, José Saramago, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato y la más reciente Mario Vargas Llosa; con cada uno de ellos mi oficio de lector me ha llevado a vincularse íntimamente con sus palabras, porque cuando los he leído han pasado a habitar en mí, y ahora son parte de mi memoria. Son amistades literarias con las que he sentido mayor identidad y vínculo, cercanía y sentido de vida que muchas otras que han caminado junto a mi cotidianidad.
Para Borges vivir eternamente significa experimentarlo todo, hasta que ya no quede nada nuevo y nos coloca frente a aquella máxima bíblica, "no hay nada nuevo bajo el sol". Al no haber fin, no hay posibilidad del deseo fuera de ese instante "ad infinitum", no hay sentido de la urgencia, ningún proyecto significativo, ni motivos para actuar. Las experiencias, por más extraordinarias que sean, son repeticiones y como todo lo que se repite muchas veces, pierde su valor.
El Inmortal, revela el lado oscuro de la eternidad: los hombres dejan de luchar, de sentir pasiones, se pierde el anhelo de conquistar el tiempo futuro; es el reino del hastío; incluso el protagonista se olvida de su propio nombre. La inmortalidad, en vez de ser una bendición es todo lo contrario, los despoja de su naturaleza humana: el deseo, el miedo a la muerte, la memoria individual, el soñar, es el retorno al mundo adámico original, a la existencia "vegetativa" del primer hombre, antes de su caída en el tiempo.
He pensado en el tema de la eternidad a propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de literatura y uno de los pilares del llamado "boom" latinoamericano. Con su novela "La Casa Verde", inicié a los doce años la lectura de una de las mejores -sino la mejor- literatura del mundo.
Saber que su palabra llegó al punto final nos deja en medio de una orfandad literaria, porque con los escritores no pasa como con otras cosas que inmediatamente pueden ser sustituidas, no. La literatura es una experiencia "estética" del lenguaje, exige dotes narrativos, el manejo magistral de recursos literarios: metáfora, ritmo, imágenes; además de escribir con un estilo único, profundo y original, puede decirse que es la manifestación artística de la palabra escrita.
Sin embargo, ese sentimiento de orfandad no es lo suficientemente egoísta como para haberle deseado a Vargas Llosa que viviera eternamente, porque al final más que una gracia divina, los estaríamos condenando a sufrir el castigo de la monotonía que desgasta el alma, la deshumaniza y la conduce a un callejón sin salida que es una vida sin muerte, sin límites y sin propósitos, perpetuada en el hastío que es la otra muerte de la condición humana.
Tras esta argumentación, al estimado Vargas Llosa, a quien tuve el privilegio de conocer en una Conferencia que dio en el Auditorio de la Facultad de Humanidades en la Universidad Central de Venezuela, deseo que descanse en paz, y que sus palabras sigan trascendiendo el tiempo de los hombres que es una manera digna ser eterno sin llegar al hastío.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.