sábado, 7 de febrero de 2026


 NOVELAS SOBRE DICTADURAS: UN GUIÓN PARA TIRANOS


Al igual que el protagonista de la novela de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, que creyó ser un caballero andante por el delirio derivado de su lectura enajenante de las novelas de caballerìas; así mismo, ha habido gobernantes que atraídos por los estadios del poder reflejados en la novelística sobre dictadores, se han embriagado de sus lecturas para cultivar el ejercicio de su tiranía.

Era conocido el desmedido interés de Fidel Castro por las novelas de caudillos y dictadores. En su biblioteca personal abundaba una vasta colección de libros sobre esta temática, de la que más le interesaban eran las narraciones referidas a la conservación del poder y cómo construir una imágen de héroe-dictador. Libros que subrayaba y tomaba notas de lo que en ellos se describía: políticas represivas, espionaje de los opositores, medidas de control y vigilancia, comportamiento social y manipulación popular en base a las necesidades, como las del hambre: las que poco a poco fue asimilando y las hizo su manual personal del poder.

En su época de estudiante de derecho, Castro tropezó con el libro del a,b,c del poder: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, y que pasaría a ser su libro de cabecera y cambiaría su conciencia para siempre abriendola para que germinara en ella el germen del tirano. 

De su lectura aprendió que su prioridad era conservar el poder por encima de todo, incluso si para ello debía recurrir al uso de la violencia, la fuerza, el engaño e instaurar el miedo como modelo social. Hizo suya la frase "es mejor ser temido que amado", y que la crueldad bien administrada es de gran utilidad política, que la ley y la virtud debían estar sujetas a la razón de Estado, por lo que debían cambiarse tantas veces fuera necesario para mantener el dominio, lo que responde al axioma: el fin justifica los medios.

A diferencia del Quijote que alucinaba con molinos de viento, Castro lo hacía con el poder. Inventa con el uso de la propaganda el mito de la revolución cubana, y la hace un modelo político exportable. Pero Cuba le queda pequeña a sus ansias delirantes, Fidel sueña con toda América Latina.

El periodista y escritor colombiano, Plinio Apuleyo Mendoza, en su libro "Aquellos tiempos con Gabo", refiere que cuando conoció su amigo el Nobel Gabriel García Márquez, lo llevó a conocer a Fidel, se encontró con un hombre poco profundo y nada teórico que manejaba una revolución como si fuera una agencia de venta de carros, y anota, era un hombre común con el desenvolvimiento de un vendedor. Fidel usaba las notas de sus lecturas como guiones de actuación del personaje que él se había inventado sobre sí mismo porque carecía de densidad intelectual, era un político hábil y audaz, pero en esencia un hombre básico y pragmático.   

En el año 1969 llegó a las manos de Fidel Castro, la novela "Maten al León" del mexicano Jorge Ibarguengoitia, que le da la idea de cómo convertir una democracia en una dictadura disfrazada con la pantomina de unas elecciones libres, fórmula que promoverá  aplicar primero en Venezuela, luego en el resto de la américa latina, donde las victorias presidenciales de la izquierda siempre traían consigo el comodín de una reforma constituyente, recurso usado para modificar la Constitución y perpetuarse en el poder. 

"Maten al León", es una novela sobre el Presidente de una isla caribeña que se convierte en dictador. La Constitución de la isla no permite la reelección indefinida, pero él la modifica, bajo el argumento de ampliar las reivindicaciones sociales del pueblo, pero cuyo único fin es permanecer en el poder, instaurando un gobierno tiránico sustentado en el horror, tempranamente Cuba y Venezuela han sido fieles ejemplos de ese delirio por el poder que guió la vida de Fidel, un enajenado por sus lecturas de novelas sobre dictadores.

 


CUANDO EL INSPECTOR se marchó, la radio anunciaba la paralización del servicio de correos, sus trabajadores estaban en huelga porque no querían ser acusados de ser mensajeros de malas noticias. Mientras atravesaba la avenida observó a varios de sus repartidores instalando banderas con corazones rosa con las que el gobierno promovía su campaña de la felicidad. 

En ese momento pensó que con la muerte del Comisario la clave para resolver aquel misterioso caso, quedó sepultada en el silencio perpetuo que existe bajo tres metros de tierra, y que como todas las cosas allanadas por el misterio, terminaban por llenar de incertidumbre su condición humana. 

Algo que nunca sabremos -se dijo a si mismo-, porque la realidad se comporta  como una colección de aparentes verdades –se detuvo un instante-, mientras se sacudía el polvo de su elegante traje inglés de color gris, marca de Gieves & Hawkes, justo antes de montarse en su auto. 

Enfiló derecho hacia una calle poblada de árboles, con aceras tapizadas de grama tupida que enmarcaban largas hileras de casas a ambos lados. Los porches resplandecían, exhibiendo cada uno  grandes ventanales que invitaban a pasar la mirada al interior. En algunas casas ya habían prendido las primeras luces de la tarde para esparcir las sombras del anochecer. 

Sentado al volante, el Inspector observó a través de un ventanal a una joven rubia con falda roja y jersey blanco inclinar su cuerpo para ser besada por el joven que la rodeaba con su brazo atrayéndola hacia él, inaugurando con ese gesto, la forma perenne que tienen los cuerpos de entenderse mutuamente. 

Hundió el acelerador y se alejó sacando toda la potencia al motor que rugió, mientras las sombras de las tupidas ramas de los árboles, semejantes a briznas de paja movidas por el viento, pasaban como una película sobre el parabrisas. Encendió la radio y oyó el final de la melodía "Fly to the Moon", y  lamentó no haberla sintonizado desde el principio: era una canción que lo conmovía y que como todas las de su estilo, hablaba de amor y de amantes cobijados bajo la secreta nocturnidad de una vieja Luna nostálgica, por los anhelos de todos los enamorados. 

De alguien cuya voz va y viene atrapada en ese viento que trae los ecos del pasado que lo adormece todo, incluso el resarcir del alma cuando llega la soledad, después de hacer su giro interminable por los 24 Husos Horarios que tejen el tiempo solar y el espacio geográfico de todas las regiones del planeta. De unos besos que nunca se dieron y que se guardaron con una sincera promesa en un lugar en quién sabe dónde. 

Tras sonar el último compás, el locutor dio la hora, indicando que eran las 6:43 pm, y anunciando la siguiente melodía; la voz de Martha Tilton, acompañada con la orquesta de Benny Goodman inumdó la atmósfera del auto con las notas de esa canción que a esa hora de la tarde le imprimía un dejo inquebrantable del desamor. 

El Inspector dejó escurrir su auto libremente por un camino cubierto de hojas marrones y secas, que crujían bajo el peso de las ruedas, pensando que quizás la felicidad era tan frágil que de sólo nombrarla desaparecen como las.hojas que iban quedando atrás en en la vía.

Mientras avanzaba por el asfalto, sintió como si estuviera dentro de una vieja película a blanco y negro, y que en algún otro lado del Universo unos espectadores estarían en el cine conmovidos viendo las escenas finales donde transcurría ese trozo de la historia de su vida. 

Eso pensaba, mientras se imbuía en el brillo de aquella tarde con un sol rendido en el horizonte que a esa hora pintaba de dorado todas las cosas, haciéndolas refulgir como si estuvieran sumergidas en un mar de oro, cuyos límites llegaban justo hasta la siguiente esquina, en la cual tenía que ir hacia la derecha, o a la izquierda. En verdad no le importaba en cuál de esos dos sentidos comenzará a girar una vez más la perseverante rueda de su destino; una decisión que jamás lo trasnocharía. Iba agarrado con todas sus fuerzas al volante de su auto siguiendo la línea blanca e indivisible de la carretera, donde la verdad se torna una apariencia con la que esquivamos lo irónico de la vida, y la felicidad una búsqueda perpetua a la que estamos condenados para siempre.


(Separata de la Novela: Nunca Jamás digas la palabra felicidad - Douglas González Carmona / En 2da Edición, revisada -Próximamente a la venta en Amazon.com)