sábado, 7 de febrero de 2026

 


CUANDO EL INSPECTOR se marchó, la radio anunciaba la paralización del servicio de correos, sus trabajadores estaban en huelga porque no querían ser acusados de ser mensajeros de malas noticias. Mientras atravesaba la avenida observó a varios de sus repartidores instalando banderas con corazones rosa con las que el gobierno promovía su campaña de la felicidad. 

En ese momento pensó que con la muerte del Comisario la clave para resolver aquel misterioso caso, quedó sepultada en el silencio perpetuo que existe bajo tres metros de tierra, y que como todas las cosas allanadas por el misterio, terminaban por llenar de incertidumbre su condición humana. 

Algo que nunca sabremos -se dijo a si mismo-, porque la realidad se comporta  como una colección de aparentes verdades –se detuvo un instante-, mientras se sacudía el polvo de su elegante traje inglés de color gris, marca de Gieves & Hawkes, justo antes de montarse en su auto. 

Enfiló derecho hacia una calle poblada de árboles, con aceras tapizadas de grama tupida que enmarcaban largas hileras de casas a ambos lados. Los porches resplandecían, exhibiendo cada uno  grandes ventanales que invitaban a pasar la mirada al interior. En algunas casas ya habían prendido las primeras luces de la tarde para esparcir las sombras del anochecer. 

Sentado al volante, el Inspector observó a través de un ventanal a una joven rubia con falda roja y jersey blanco inclinar su cuerpo para ser besada por el joven que la rodeaba con su brazo atrayéndola hacia él, inaugurando con ese gesto, la forma perenne que tienen los cuerpos de entenderse mutuamente. 

Hundió el acelerador y se alejó sacando toda la potencia al motor que rugió, mientras las sombras de las tupidas ramas de los árboles, semejantes a briznas de paja movidas por el viento, pasaban como una película sobre el parabrisas. Encendió la radio y oyó el final de la melodía "Fly to the Moon", y  lamentó no haberla sintonizado desde el principio: era una canción que lo conmovía y que como todas las de su estilo, hablaba de amor y de amantes cobijados bajo la secreta nocturnidad de una vieja Luna nostálgica, por los anhelos de todos los enamorados. 

De alguien cuya voz va y viene atrapada en ese viento que trae los ecos del pasado que lo adormece todo, incluso el resarcir del alma cuando llega la soledad, después de hacer su giro interminable por los 24 Husos Horarios que tejen el tiempo solar y el espacio geográfico de todas las regiones del planeta. De unos besos que nunca se dieron y que se guardaron con una sincera promesa en un lugar en quién sabe dónde. 

Tras sonar el último compás, el locutor dio la hora, indicando que eran las 6:43 pm, y anunciando la siguiente melodía; la voz de Martha Tilton, acompañada con la orquesta de Benny Goodman inumdó la atmósfera del auto con las notas de esa canción que a esa hora de la tarde le imprimía un dejo inquebrantable del desamor. 

El Inspector dejó escurrir su auto libremente por un camino cubierto de hojas marrones y secas, que crujían bajo el peso de las ruedas, pensando que quizás la felicidad era tan frágil que de sólo nombrarla desaparecen como las.hojas que iban quedando atrás en en la vía.

Mientras avanzaba por el asfalto, sintió como si estuviera dentro de una vieja película a blanco y negro, y que en algún otro lado del Universo unos espectadores estarían en el cine conmovidos viendo las escenas finales donde transcurría ese trozo de la historia de su vida. 

Eso pensaba, mientras se imbuía en el brillo de aquella tarde con un sol rendido en el horizonte que a esa hora pintaba de dorado todas las cosas, haciéndolas refulgir como si estuvieran sumergidas en un mar de oro, cuyos límites llegaban justo hasta la siguiente esquina, en la cual tenía que ir hacia la derecha, o a la izquierda. En verdad no le importaba en cuál de esos dos sentidos comenzará a girar una vez más la perseverante rueda de su destino; una decisión que jamás lo trasnocharía. Iba agarrado con todas sus fuerzas al volante de su auto siguiendo la línea blanca e indivisible de la carretera, donde la verdad se torna una apariencia con la que esquivamos lo irónico de la vida, y la felicidad una búsqueda perpetua a la que estamos condenados para siempre.


(Separata de la Novela: Nunca Jamás digas la palabra felicidad - Douglas González Carmona / En 2da Edición, revisada -Próximamente a la venta en Amazon.com)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.