miércoles, 10 de julio de 2024

 Amor en contraste



Leer "El Mono Blanco" de John Galsworthy, cien años después, conlleva un dilatado y profundo ejercicio de contraste. El Mono Blanco es una novela que forma parte de la saga de los Forsyte escrita en 1924, y todo un clásico de literatura inglesa del S.XX, escrita por Galsworthy, premio Nobel 1932, una novela que describe los aspectos del amor como se vivía en la época post-victoriana, con la precisión de un cirujano, y así nos lo presenta: cercenado, domado, condicionado, mutilado, por decir lo menos. 

Sujeto a las férreas convenciones sociales que imponían a la desbocada naturaleza del amor, la pasión, el rigor de una camisa de fuerza.

A medida que avanzaba en la lectura de la novela -Tomo V. Los Premios Nobel de Literatura / Editorial Plaza y Janés (papel biblia) 1964 - recordaba la película Lost in Traslation, de Scarlet Johanson y Bill Murray, sobre el encuentro de dos amigos en Tokio, entre los que nace un amor cómplice guiado por la necesidad que a ambos les impone un sentimiento de soledad que los lleva a abrazar un sentimiento ambiguo, desbordado en la atracción, la búsqueda, el roce cercano y que viene a ser como una revelación sobre los sentimientos de estos dos personajes, pero en ese preciso instante en que la historia parece próxima al desenlace carnal, ese amor que no merma y los tiene apasionados, rompe con todas las convenciones, se despiden, con la promesa de esperar una nueva oportunidad.

El denominador común se preguntará qué es ¿amistad profunda o amor no convencional? Una inventada manera de amar en abandono. Sobre la mesa quedan abiertas las cartas de la profunda conexión emocional y de una intimidad que no trasciende lo físico.

La pareja protagonista del Mono Blanco, Dinny Cherrell y Michael Mont, es un matrimonio que se enfrenta a diversas pruebas. Michael, en un momento de tensiones entre el progreso económico y las tradiciones familiares, un enfrentamiento entre el dinero y los ideales.

El amor y el contraste en la novela de Galsworthy, lo determina las rígidas estructuras de clase y las convenciones sociales de la Inglaterra de los años 20 del siglo pasado. Las relaciones están sujetas no por los individuos, sino a las expectativas de la sociedad y la presión por mantener las apariencias, que los maneja como unas marionetas, lo que impide puedan ir tras sus sueños.

En la película "Lost in Translation", el amor se desarrolla en el contexto moderno y multicultural de Tokio, donde sus personajes están muy lejos de sus entornos familiares y sociales; es esta desconexión lo que les permite abrirse a una relación libre de restricciones sociales, aunque sigue siendo compleja y ambigua al mismo tiempo, debido a los propios compromisos personales de cada quien, y que tienen un peso en sus respectivas existencias. Sin libertad para amar.

"En el mono blanco", el amor matrimonial de Michael y Dinny Mont es una relación formal y comprometida, pero también llena de conflictos. El amor es visto como un capital social, algo que debe ser mantenido a pesar de las dificultades y las insatisfacciones personales, sin posibilidad de ser libres.

Mientras que  "Lost in Translation" nos propone una mirada más efímera y menos definida. Porque se trata de una conexión emocional profunda que surge en un breve encuentro, donde ambos encuentran consuelo y comprensión mutua. El amor es un algo transitorio, nada lo ata a largo plazo, vive del momento.

En "El mono blanco": de Galsworthy las tensiones amorosas se resuelven desde la moral del deber ser, a pesar de sus dificultades, poco a poco los personajes encuentran la forma de coexistir dentro de lo establecido.

Quizá el argumento más relevante de la película de Coppola es que abre un compás al futuro en la relación entre Charlotte (Scarlett Johanson) y Bob (Bill Murray, a dejarse redescubrir en lo abierto e incierto, porque el futuro es lo que no se sabe. 
A diferencia de Michael y Dinny, no hay nada definido, ni un escenario claro sobre si su conexión se transformará en algo más o si permanecerá como un recuerdo significativo. 

El final cerrado que tiene el amor en El Mono Blanco, arraigado en esa frase lapidaria, hasta que la muerte los separe, contrasta con el final abierto de Lost in traslation, que refleja la ambigüedad y la naturaleza indeterminada del amor del mundo moderno.


Amor en contraste













domingo, 7 de julio de 2024

 

El Hombre Solo


La soledad es un fenómeno que se ha intensificado en la sociedad contemporánea, particularmente entre los hombres de mediana edad, entre los 40 o 50 años; haciendo que muchos se encuentren en el punto crítico de sus vidas, bien sea porque han perdido el su propósito de vida, por desarraigo familiar o producto de un divorcio, o tras sufrir una tragedia.

Lo que muchas veces los lleva a enfrentarse a una sensación de aislamiento y pérdida de metas en medio de un complejo sistema social cada vez más exigente, que, en lugar de proporcionar apoyo, a menudo los presiona y asfixia, para que estén a la par de las "expectativas" figuradas, que promocionan como ideal las redes sociales, que se han convertido, para el común denominador, en el lugar donde en la actualidad se legitima y se aprueba el éxito de las personas.

Las redes promueven una felicidad digital, esa sensación de tener reconocimiento, tener amigos que te siguen, sentirse acompañado, verdad es una ilusión, no existe. Enfrentados a la condición de soledad que padece el hombre en la sociedad actual, surgen las redes sociales para crear ese espejismo de felicidad. Un espacio de relaciones fáciles, donde se cree vencer la diferencia social, se vence la timidez, así como otras limitaciones. Las redes están hechas para los solitarios heridos de infelicidad, y las redes le dan esa sensación de acompañamiento, "sensación", pero que no es real.
La tecnología lleva años encargada de diseñar espacios de felicidad, así llegamos a las redes sociales, un dispositivo creado, no sólo para la difusión, sino para que cada quien se convierta en su propio manager, en supervisor de sí mismo, que reporte en su muro la tarea realizada, y al mismo tiempo viva en esa autoexigencia de siempre estar en "lo visible", lo aprobable, lo auditable por ese espejismo que llamamos opinión pública, y también audiencia que navega por las redes, las que etiquetan y dan me gusta, y que muchos suelen confundir con el concepto de logro.

Así vemos cómo día a día crece el desquiciamiento por "figurar", aparecer, postear. Un apetito insaciable por ser reconocido por los otros y la necesidad impostergable por el "me gusta", y en esta etapa cualquier individuo debe comprender que sin saberlo está viviendo una vida sin contenido, en la existencia vacua, la del "hombre interpretado", el que no habla ideas propias sino las habladas por otro, el loro social, del que hablaba Martín Heidegger, y que llamó el hombre de la vida falsa.
Esos selfis a diario, y a cada tantas horas, publicados de manera compulsiva, sin otro propósito, ni contenido que la exhibición del ego personal, nos vienen hablando de eso, igual que el sentimiento de ansiedad que persigue a muchos por miedo a desaparecer en las redes (no actualizar publicaciones).
Por lo general quien está ubicado en este horizonte, suele confundir el éxito con el logro, que aunque son conceptos relacionados, son distintos: El éxito se refiere a la realización de un objetivo deseado, al cumplimiento de una meta, y suele implicar una percepción social y personal de triunfo. Por su parte el logro, es la realización de una tarea específica o la consecución de una meta particular, sin que implique una evaluación social o dependa de una alta difusión (redes, publicidad, etcétera).
Sobre la soledad del hombre en la sociedad actual y las pautas conductuales que de esta condición existencial se deriva, voy a citar parte de lo afirmado por tres filósofos de la escuela filosófica de Frankfurt: Erich Fromm, Herbert Marcuse y Walter Benjamín, que arrojan mucha luz al respecto.
En su libro "El miedo a la libertad", Fromm, argumenta que vivimos en una sociedad generadora de alienación en todas las personas, ninguna escapa de ella. Todos entran en esa cosificación mental, porque esa es una condición central de la sociedad moderna tal como ha sido concebida. Para Fromm el hombre actual a pesar de los avances tecnológicos y sociales, se siente más aislado que nunca.
"El hombre moderno está al borde de la desesperación" señala, indicando que la libertad adquirida en la modernidad viene acompañada de un sentimiento de aislamiento y desconexión . A los 40 o 50 años, muchos hombres experimentan este vacío existencial, especialmente cuando se enfrentan a la crisis de la mediana edad. La pérdida de propósito y la desconexión emocional son síntomas de una sociedad que valora más el éxito económico que el bienestar emocional.
En su "El hombre unidimensional", Herbert Marcuse, explora los niveles de explotación de la mente y conciencia del hombre en la sociedad industrial avanzada manipula las necesidades y deseos de los individuos obligados a mantener el status quo. Según Marcuse, el hombre moderno es condicionado a aceptar y perpetuar una existencia superficial y conformista. En este contexto, los hombres de esa edad se sienten atrapados en roles y expectativas rígidas que limitan su autenticidad y creatividad.
La presión por cumplir con los estándares sociales de éxito y masculinidad contribuye a una sensación de asfixia y desesperanza, que a su vez debe enfrentar el pánico frente a un reloj que no se detiene en descontar su tiempo útil como individuo productivo.
Walter Benjamín, en sus "Tesis sobre la filosofía de la historia", describe la sociedad moderna, como una época marcada por la pérdida de significado. Benjamín argumenta que la aceleración del progreso y el enfoque en el consumo han erosionado las bases culturales y espirituales de la sociedad. "Cada época sueña con la siguiente" , pero en ese sueño, muchas veces se pierden las raíces que dan sentido a la existencia.
Para los hombres de mediana edad, esta pérdida se manifiesta en una crisis de identidad, donde el pasado se percibe con nostalgia y el futuro con incertidumbre.
Si bien la soledad del hombre moderno no es una condición irrevocable. La búsqueda de autenticidad y conexión puede ofrecer un camino hacia la redención y el sentido. Fromm sugiere que el amor y la creatividad son los antídotos contra la alienación. "El amor es la única respuesta sana y satisfactoria al problema de la existencia humana".
En este sentido, establecer relaciones auténticas y dedicarse a actividades creativas puede ayudar a los hombres de mediana edad a superar su soledad.
Marcuse, aboga por la resistencia al conformismo y la búsqueda de una vida más plena y significativa. Esto implica cuestionar las normas sociales y encontrar formas de expresión personal que trascienden las limitaciones impuestas por la sociedad industrial avanzada. Benjamín, con su enfoque en la recuperación de la memoria histórica y cultural, sugiere que reconectar con el pasado y valorar las tradiciones puede proporcionar un sentido de continuidad y pertenencia en un mundo cambiante.

Sin embargo, uno de los mayores retos que implica la soledad del hombre es también mantenerse apartado del fantasma de las adicciones, promotoras de estados de felicidad efímeros y ficticios, como los del alcohol y las drogas que terminan socavando al sujeto y dejándolo como un saco roto, por dónde poco a poco va perdiendo su conexión con la vida.

sábado, 6 de julio de 2024


El Templo

La primera vez que hablé con ella, enseguida me soltó: "tienes que ir a conocer el templo".

Me lo dijo con ese entusiasmo febril que le imprimió a sus palabras un matiz de lo que reserva algo oculto, la misma con la que alguien puede decirte, tienes que venir a mi casa a conocer al Dalai Lama, algo así.

Por un largo ejercicio de lucidez personal, hace tiempo que perdí mi capacidad de asombro; soy un escéptico declarado en lo relativo a iluminados, gurús, maestros elevados, santos, faquires y proclamadores de lo sagrado.

La sola mención de la palabra templo, retumbó en mi con el mismo efecto de la onda expansiva de una bomba sonora.

Quedé pensativo mirando a aquella mujer que estaba parada frente a mi, de apenas 1,60 metros de estatura, disminuida, desencajada que estaba sobre los huesos de un cuerpo que tenía la semblanza de quien ha vivido sometida a penurias y privaciones, lo que creo ayudaba a imprimirle a su voz un ritmo y un tono de quien ha estado habitando por largos períodos el invernadero de la ansiedad.

Hablaba como quien busca con desespero su lugar en el mundo, o viceversa.

-El templo que tenemos en la casa, afirmó, con una sonrisa.
Pronunció esas palabras sin la convicción propia de la fe. Enseguida comprendí que se trataba de un deseo, no una realidad, pero ya mi mente se había adentrado en la travesía por un túnel poblado de imágenes de posibles templos.

Trataba de ubicar si adjunta a la casa había una estructura como una capilla, o un salón budista que respondiera a lo que ella llamaba el templo.

Sabía que ella cuidaba una cierta mansión de arquitectura avant garde -que en algún momento intentaron invadir unos malvivientes-, era una edificación con un diseño danés ecléctico, con grandes alerones puntiagudos a dos aguas, de madera, con altas paredes de vidrio que circundaban gran parte de la primera y segunda planta, pero también sabía que ella tenía un acceso limitado a los espacios de esa casa.
Había estancias y habitaciones a las que le estaba vedada, estar, salvo para hacer labores de limpieza.

La pregunta era: ¿dentro de aquellos espacios dónde estaba el templo?

Guiado más por la curiosidad que por contactar cualquier estado de gracia autoinducido por ese ensamblaje de pensamiento sugestivo que es la nueva era, con la disposición propia de un boy scout, un día llame a la puerta de la casa.

Me abrió la puerta, y pasé al lado de un rellano frente al jardín, había una terraza donde un grupo de acólitos hacían ejercicios de yoga otros repetían mantras, o hacían las dos cosas al mismo tiempo sin mayor rigor, en medio de lo que parecía una hoguera de marihuana, porque cada uno tenía un tabaco de esos en la mano.

-Vine a conocer el templo, le dije.

-Que bueno -respondió ella riéndose-, el templo es todo esto, dijo haciendo un gesto circular con su brazo que abarcó toda la casa.

-¿En serio? -dije con cierto escepticismo.

Al ver mi cara de sorpresa y mi actitud de desconcierto, reiteró, "este es un espacio sagrado"- y caminamos.

Me invitó a pasar, a hacer un recorrido por el templo, que resultó ser una casa que en un tiempo no muy distante fue un lugar de lujo sofisticado, pero que ahora convertido en lo que ella llamaba "el templo" se había convertido en un lugar común y corriente, donde pernoctaba y permanecía gente con apetencias hippies, se vestían como tales, esgrimían sus mismo lugares comunes, mostraban una absoluta vocación errática, y jugaban a eso de paren el mundo que me quiero bajar.
Todos reunidos bajo el techo de lo que fue una casa de lujo, producto del sistema que ellos tanto cuestionan, convertida en carpa decadente, descuidada, sucia, decadente, porque al parecer es así la manera que responde la contracultura.

Aquella casa daba lástima, obras de mantenimiento que quedaron dormidas en el tiempo, otras tiradas al descuido, camas desordenadas, ropa de niños tirada aquí y allá en los salones principales, la cocina repleta de platos sucios con resto de las comidas del día.

Recordé a Thedoere Rosak, el primero que desmanteló al movimiento hippie y sus pretensiones contraculturales, y a eso lo llamó: escapismo, y es que sólo hacen eso escapar, vivir en una carpa, no bañarse, abundar en piojos, llenarse de un lenguaje bobo y floripondio y no hacer nada.

Entendí que lo del templo era un revestimiento metafísico que su imaginación le ponía a las cosas, pero nunca hubo tal, una suerte de solipsismo fallido diluido en lo ilusorio.

Todo aquello era producto de lo que he llamado una construcción de la "filosofía marihuana".
Porque un templo es un edificio o espacio sagrado destinado a la práctica de la adoración religiosa, la oración y otros rituales espirituales. A lo largo de la historia y en diversas culturas, los templos han sido lugares donde se venera a divinidades, se realizan ceremonias y se busca una conexión espiritual, o establecer vínculo con principios religiosos abstractos.

Le agradecí el tour por el templo, ya dispuesto a marcharme, me dijo no te he enseñado lo más importante, y me condujo a un recodo de la sala principal, en donde había una colchoneta tirada en el piso, "Aquí estuvo durmiendo mi maestro".

-¿Cuál maestro pregunté?

-Bueno en realidad es mi guía espiritual -y pronunció un nombre equis-. Él trabaja sobre superar la necesidad humana de comer alimentos y de elevar el alma no comiendo. Él lleva siete años sin comer, ni siquiera bebe agua.

La miré con fijeza. Mientras me hablaba de su maestro, su rostro, su tono de voz cambiaron, tras la mujer amigable y receptiva, emergió una fanática, que sin ninguna evidencia objetiva, quiere demostrar lo indemostrable, en ser más papista que el Papa, alguien que en ese momento solo quiere impresionar exteriorizando toda la carga de su ego desmedido. ella ya no se mostraba racional, quizá en ningún momento lo fue. Me hablaba y miraba ensimismada el horizonte, como quien delira confundiendo fantasía con realidad.
En ese momento ya habíamos llegado a la puerta de salida, me despedí y salí de aquél lugar con el alivio de quien escapa de un agujero negro. Me alejé convencido de que ese día había tenido un encuentro insospechado con la insensatez, ese acto circense donde la cordura comienza a coquetear con la locura, y seducida por esta termina caminando a ciegas por la cuerda floja.


 

domingo, 26 de noviembre de 2023

 

Thomas Pynchon: el outsider invisible

 En su mente…“se habían fusionado todas en una sola calle abstracta que, cuando había luna llena, le provocaba pesadillas. Perro convertido en Lobo, luz convertida en crepúsculo, vacuidad convertida en presencia expectante (…) a la moza de bar con una hélice tatuada en cada nalga, a un orate potencial estudiando la mejor técnica para atravesar de un salto la luna de un escaparate (¿Cuándo se debe gritar ¡Jerónimo!, antes o después de que el cristal se rompa?) …“



El párrafo es un subrayado mío de la novela V. del escritor norteamericano Thomas Pynchon, debo admitir que la obra de este narrador elusivo, obsesivo cultivador del anonimato, seduce desde la primera línea. Es un contador de historias que guarda ese sello de la literatura norteamericana de las primeras décadas del Siglo XX, cuyos exponentes se atrevieron a todo, contra todo el “establishment” de la época. Su prosa y su ritmo siempre parece tener algo nuevo que revelar, inédito, como si leyéramos a un talento literario recién aparecido en cada uno de sus libros, lo leemos con el mismo placer y devoción de manejar un auto nuevo último modelo.

El influjo que ejerce la fuerza de su órbita gravitatoria de su obra es inmenso y perdurable, quien lee a Pynchon le pasa lo mismo que al lector de Dostoyevski, está condenado a recordarlo para siempre. 

Hay huellas de su densidad narrativa -que el foro de los academicistas llaman maximalismo literario-  que he encontrado presente en otros escritores, que podemos encontrar en la novelística de Paul Auster o en la del japonés Haruki Murakami, en este último, con en la irrupción de lo fantástico, o en la elaboración de sus atmósferas, para lo cual no ha hecho falta ningún milagro metafísico, porque Murakami ha admitido su marcada influencia de la literatura norteamericana, de autores como Jack Keroauc, quien como Pynchon, formó parte del movimiento Beat de la literatura estadounidense, cuyos miembros rompieron los viejos moldes y se atrevieron a contar las cosas como nunca antes se habían contado. Pynchon fue parte de ese grupo y también bebió del mismo pozo de la irreverencia que alimentó el talento de esos outsiders que la historia bautizó como la Generación Perdida.

Pynchon al igual que Virginia Woolf, expone una literatura que es más que una herramienta expresiva, es una forma de vivir, es el alfa y omega de la existencia; la única manera factible de respirar el mundo y de explicar y explicarse sus sintomatologías, sus engaños y la larga cadena que procuran los sentidos, percepciones y su repercusión en las emociones.

Sin duda, Pynchon es un pesimista con influencias platónicas, siempre tiene a la mano un boleto para abordar el tren conducido por el filósofo Arthur Schopenhauer, quien consideraba que el arte nos libera del dolor de la existencia, porque es una forma de conocimiento privilegiada, un conocimiento metafísico que tiene que ver con la contemplación desinteresada de las ideas en su sentido trascendental, es decir en los términos ya indicados por Platón, de aquello que es inmodificable e imperecederamente verdadero.

En este sentido Schopenhauer, indicaba que las ideas son las genuinas objetivaciones de la Voluntad, las define como especie, arquetipos, lo esencialmente real, universales y genéricas. Las ideas están fuera del espacio y el tiempo y del principio de causalidad en todas sus formas porque son eternas e inmutables. Incluso están fuera del alcance del individuo como tal, que sólo puede conocer cosas individuales, objetos que son objetivación inmediata de la voluntad y mediata de las ideas, por ser sus representaciones.

Las novelas de Pynchon son mucho más que buenas historias literarias, son mundos revelados desde el ámbito imperecedero de las ideas que replican argumentos de eternidad.

lunes, 22 de mayo de 2023

 

Una partida de billar


Era un café tradicional con una atmósfera que recordaba los años 50. Aquel recinto lúdico desmembrado del tiempo era atendido por Gaspar un italiano de piedemonte. Era un espacio habitado por la brevedad del recuerdo, también un lugar de sombra, de temperatura fresca como el de las cuevas donde se almacenan los vinos o los quesos añejos. 

Entrar ahí era salir de la ciudad, y asomarte a una ventana a una estampa italiana trasplantada a tierra caribeña por el recuerdo. Ninguno de los presentes hablaba en español, eran otras voces, en ese idioma que tenía algo de épico y su pronunciación venía junto al énfasis de abundantes gestos de sus manos que le otorgaban un cierto acento actoral. Apoyado en la barra con una taza de café, su mente se iba con el transcurrir del tintineo de las tazas de cerámica blancas con bordes de líneas verdes que entrechocaban en el lavaplatos, fregadas con celeridad y certeza por las manos de Gaspar quien las enjuagaba e iba ordenando en una bandeja con la maestría de un croupier.

El ambiente de la barra siempre estaba cargado de los vapores emanados por la vieja máquina italiana “Gaggia” de acero inoxidable donde se colaba el mejor café “expresso” del mundo, que con singular devoción Gaspar, desarmaba,  limpiaba y pulía cada tarde, hasta que sus partes cromadas quedaran tan relucientes como una nave de artillería de fuego, haciendo relumbrar cada aspecto de su diseño “Vintage”, posada sobre el mostrador,  poseía un brillo tan deslumbrante como el de un Buick “Road Master” descapotable de los años 50, que con sus frontales con dientes cromados eran capaces de lanzar destellos a trescientos sesenta grados al rodar sobre el asfalto.

El local estaba dividido por una mampara de madera con forma de arco en el centro donde colgaba una cortina plástica con flecos de colores, que nos daban noticias de que pasábamos a un ambiente de tahúr que separaba al salón de billar del resto del mundo.

Era un lugar sencillo y preciso, alumbrado por la penumbra de dos lámparas bajas de salón sobre cada una de las mesas, que no iluminan rostros sino las dos bolas blancas y una roja en su ir y venir sobre el tapete verde, rebotando de las bandas tras ser golpeada en cada jugada.

Como un mar de niebla, sobre la cabeza de los jugadores se movían las nubes del humo incesante de media docena de fumadores, que liaban sus cigarros guindados en la comisuras de sus labios, mientras mantenían el taco al ristre que el jugador de turno apoyaba en el borde la mesa como si fuera un largo bastón de mando y golpeaba la bola para describir la secreta geometría de su jugada que sólo ellos conocían su valor pasando cercana o tumbando una de las cuatro fichas blancas o la única negra, parecidas a diminutos bolos de bowling que estaban colocadas en el centro de la mesa. Al final de cada tiro si había habido carambola, el director de la partida anotaba en una pizarra que consistía en fichas de madera ensartadas en tiras de alambre que movían de un extremo a otro para marcar la puntuación, eran un rollo de fichas blancas, rojas y negras, que acumulaban en un orden según el valor de cada jugada.

Era algo más que un salón de billar era el bunker donde se guarnecían aquellos italianos que al final de cada día, iban a aquel salón a pasear su elegancia y a recuperar un poco de su identidad, alrededor de las tres mesas con los tacos de madera en la mano, con los que golpeaban las tres bolas en juego. buscando dominar el arte del billar con elegancia y estilo, algo que incrementaban sus trajes de sastrería, sus camisas de corte preciso y aquellas corbatas de tejidos elegantes enlazadas a sus cuellos y que jamás él veía en ninguna otra parte de la ciudad

Parado allí en el café, en su oficio de observador, a simple vista, podía ser juzgado como un hombre cualquiera de esos que cruzan las calles con la peregrinación que elaboraban sus pasos todos los días. No había ningún rasgo característico en él, ni siquiera su densa monotonía en el vestir nos llevaría a pensar que se trataba de un ser acosado por esos abismos de naturaleza astrofísica que gravitaban en su mente. Menos aún podría sospecharse que había convertido su vida en una obsesión, de traspasar realidades y saltar de un universo a otro.

Al principio atesoró ideas ingenuas pensó que un hoyo o un hueco podían ser el epicentro energético que sirviera de plataforma para ese viaje, pasó largo tiempo observando lo profundo de las cavidades, hasta darse cuenta de su inutilidad.

Luego pensó en la necesidad de la velocidad, de contar con un vehículo impulsor, fue cuando le dio por contratar taxis a los que hacía atravesar los túneles de la autopista a 120 kilómetros por hora, lo que resultó una tarea infructuosa.

Un día mientras esperaba el tren del Metro, intuyó que en aquel lugar coexistían realidades paralelas. Convencido de que ahí era el sitio donde podía darse la conexión, todos los días, a la misma hora, se dirigía a abordar el subterráneo; recorría sus doce estaciones, esperando que en algún momento se concatenaran las misteriosas leyes que gobiernan ese extraño fenómeno, encargado de fabricar una copia de nosotros y todo lo que nos habitaba en el momento que lo atravesamos. Pensaba que aquello era como un gran pez capaz de engullirlo todo, vagones y pasajeros para luego vomitarlos en otra realidad, sin que nadie nunca se entere o se percate de lo sucedido. Porque la travesía por estos pasajes temporales apenas dura un instante, como un destello de luz, así es como se conectan dos universos.

Luego, tiempo después se enteró que un grupo de científicos habían llegado a su misma conclusión, con pruebas más concretas y los llamaban agujeros gusanos. Y pensó que si ellos habían llegado a descubrir los agujeros gusanos, también estaban enterados de su efecto, de la multiplicación de realidades que  estos producían sin cesar, y comprendió lo nefasto que resultaría dar a conocer esa noticia para el resto de la humanidad. El mundo quedaría sujeto al caos de la irracionalidad porque las personas no sabrían en qué momento estarían viviendo en lo genuino original, en el molde perfecto como le llamó Platón- o si su existencia residía en una vulgar copia imperfecta.

Como todos los que alimentan su mente con extrañas teorías astrofísicas, él creía que la vida tal como la conocemos, no está limitada al universo observable. Creía con certeza de que vivimos atravesando agujeros gusanos, y que al otro lado sale un duplicado de nuestra existencia, algo que puede suceder innumerable número de veces. Estaba convencido de que hay copias nuestras regadas en la vastedad del espacio, porque estos agujeros actúan como una compleja máquina fotocopiadora, cuyas reproducciones ayudan a poblar universos.

Abandonó el café sin la frustración de que el tren abriera sus puertas en ningún lugar de sus intuiciones. Atrás dejó las bolas entrechocando en su inesperado devenir, rebotando de una banda a otra, bajo un murmullo de frases que expresaban el júbilo o la frustración de los jugadores; “ma que fa, stronsso, da fangulo, maledetta, mientras uno de ellos juntando los cinco dedos de cada mano, las levantaba para increpar a otro jugador con el usual ma que diche, mientras ese ápice de la humanidad fumaba y bebía litros de café.

Le gustaba aquel lugar porque era una suerte de pausa levitante en medio del barullo de la ciudad, donde todo parecía sucumbir bajo el sol sofocante de las 2pm. Y porque cada vez que atravesaba el umbral de esa sala de juego tenía la sensación de que todo el mapa de su cuerpo, junto al plasma de su sangre atravesaban una cortina que lo ponía en contacto con otra dimensión, donde una bola roja y dos blancas, al rodar sobre la mesa formaban  carambolas que describían en su movimiento la directriz de un agujero gusano. Caminaba con pausa meditabunda, acompañado por la incertidumbre de no saber si en ese instante seguía siendo el hombre original, una copia o ninguno.

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domingo, 19 de marzo de 2023

 

Una familia para alquilar


Una familia para alquilar precio a convenir, más que un aviso clasificado puede tomarse como un acto-reflejo del instinto de supervivencia, sobre todo porque con el trata de hacerle mella a la desesperación, que amenaza echarnos el mundo encima, y dejarnos hecho un hoyo en medio del espanto de las alucinaciones.

Pero también pudiera ser el espejo de dos caras de una misma vida, un espejo hecho de palabras. Si, es que es con palabras que uno se expurga,  lo que va llevando por dentro. Y poder decir como la letra del viejo bolero, tender al Sol, lo que hasta ese día fue -antes de ser palabras-: alma, vida y corazón.

Juro que busqué frases menos cursis, pero este es un texto cargado de blasfemia contra la palabra, ninguna de las que están escritas aquí sobrevivirán tres aguaceros, y para no hacerlo más kitsch, les ahorraré lo del último gesto de un bohemio por una reina, pero he decretado la expulsión de estas letras las palabras: nostalgia, eternidad, estrellas, amor, besos, olvido, pena, corazón, labios, piel, poema, entre otras.

¿Cargos en su contra? En descargo debo ser honesto, no se trata de un caso de Prostitución continúa y sostenida; pero si de oferta Ilusoria, estafa agravada, ahogándote entre sus tallos. Esa que de tanto prometer te anula la conciencia, terminas en estado "zombi". A la final, me vale citar la frase más lúcida, de Dante en la Divina Comedia,  cuando bajó a los infiernos, “En el medio del camino de la vida / me encontré en una selva oscura, / porque la recta vía había perdido”.  Frase que me impresionó en mi adolescencia cuando la leí en letras grandes, pintadas en el patio de un burdel:

Yo también era ese hombre, lo único que esta vez la selva oscura, para mí tenía cara de mujer.  

¿Pero por qué hablar de un solo hombre? Cuando mi voz pudiera ser la voz de los miles que hoy están sometidos a la terrible dictadura con matices de sacrificado peregrinaje existencial de tener una familia sin rango de pertenencia, es decir, ser padre de familia y vivir como un pendejo anónimo, sin ser tomado en cuenta y cuando lo hacen siempre es para ser señalado como el saboteador de turno: “Coño mamá para que le dijiste a mi papá….qué ladilla pana ahora no me va a dejar ir” o una de las más comunes: “No le digas nada a mi papá porque sabes que en materia de necesidades decide con treinta años de atraso”. Con el tiempo vemos que nuestros hijos se acercan a nosotros cautelosos y con temor, sólo para pedirnos dinero; el resto del tiempo pasan caminando rápido frente a nosotros, sin mirarnos, nos evitan a toda costa, no toleran quedarse a solas con nosotros, y si eso ocurre  ponen cara de terror y huyen enseguida. Porque sé que la exacta medida del resentimiento femenino llegado a cierta edad madura de cultivo, se activa a través de los hijos, son el vehículo que ellas tienen para mantener abiertas nuestras heridas nuestras susceptibilidades, para desquitarse, para tomar revancha y si se te ocurre apelar a la conmiseración de ellas, el diálogo se puede convertir en un gancho al hígado de nuestras esperanzas:

-Bueno mujer y no le vas a decir nada, yo soy su papá dile que no me hable así. 

Y ella, siempre terminará apelando al pasado para hacer ver como “tabla”, una  el encubrimiento de nuestra premeditada derrota. 

-Y quién te decía a ti algo –responderá con ímpetu y peor aún si lo hace con los veinticuatro rollos de peluquería enroscados en su cabeza-, cuando los viernes yo te esperaba como una pendeja arregladita para que saliéramos aunque fuera a la tasca de la esquina y pasaban, y pasaban las horas y tú nunca llegabas, y cuando aparecías, era vuelto mierda y hediondo a puta de algún bar de mala muerte ¿a quién le decía yo que te pusiera reparo?

-Pero mujer eso pasó hace veinte años – apela uno tratando de persuadirla.

-No seas tú tan pendejo, para mí eso pasó ayer. -Si en ese momento pela los ojos desorbitados como Margot, pone su peor cara y empieza a mirar a su alrededor con cierto desespero, es mejor abandonar el ring, porque en los siguientes treinta segundos algún objeto puede volar por los aires directamente hacia nuestra cabeza. 

Ya persuadidos, liquidados y balbuciantes ante la victoria de nuestro eventual oponente. No nos queda otra que ir derechito al cuarto prender el televisor y escapar con nuestra imaginación por esa ventana de vidrio que en esos casos no te cura, ni te salva, pero te facilita cierta condición de anonimato, aunque terminas convertido en un organismo del período Criptozoico.

Pero dejemos esas viejas consideraciones del resentimientos a un lado, y vamos a centrarnos en ese hombre que soy yo, Eliseo Machado Candem, un viejo profesor de biología en situación de retiro, que siempre lamentaré que Mendel me cayera mal, que tuviera muy poca vocación por la genética y más aún que para nada tuve presente las leyes relativas al genoma humano cuando me enamoré de Esther, sino se me hubieran encendido las alarmas cuando conocí a su familia.

¿Familia? Es una palabra que me suena, como la propiedad onomatopéyica de la naturaleza del desastre, con la sola mención de su sustantivo: Bueno mi ¡familia! Si, esa misma, cuyo epicentro es la casa habitada por el matrimonio Machado Fanuquio junto a su prole. 

De eso se trata esta historia, y sobre todo, de la particularísima razón del por qué he decidido ponerla en alquiler. Lo cual no la dejará desprovista de seguir siendo toda, todita mía. Es decir, la medida de mis afectos, el centro donde seguirán convergiendo todas las dimensiones de mis sentimientos, así como también el Gólgota donde día a día se  crucifican los sueños y esperanzas de patter famili. 

Algo debe apuntarse cuando hablamos de sentimientos, si nos referimos a esos que nos atacan cuando tenemos la guardia baja. Llegan convocados sin previo aviso, filtrados entre los gestos que a diario intercambiamos entre las cuatro paredes de nuestro hogar. Y como casi siempre, dan paso a los interminables diálogos espirales de pareja, a ratos de familia o de tuti li mundi, que es cuando los demás terminan por sumarse a la discusión. Claro está, al final cada quien va tomando partido, no hacia un lado o hacia el otro, porque aquí todos como ya he apuntado se quedaban de un solo lado, del lado de la madre. Quizás porque desde chiquitos ella también los adoctrinó con ese cursilísimo sofisma feminista con que las mujeres nos han jodido toda la vida, eso de que madre es madre y padre es cualquiera.

Pero también es una convocatoria del verbo en desgracia, por todos esos diálogos de ayer y que hoy resuenan interminables, inconclusos y que en ociosa clasificación pudiéramos denominar: diálogos cotidianos, comunes, intrascendentes, tristes, cómicos, graves, afectuosos, conciliadores, sentimentales; diálogos rotos, de mea culpa, de salvación que son esos que llegan llenos de frases repletas de ese musgo aterciopelado y suave del que a veces están revestidas esas cosas efímeras que salen por nuestras gargantas, y que abonan el terreno de la emoción instantánea aunque nos haga sentir el ser más estúpido, sentimentaloide y  lagrimón sobre la Tierra, y que por lo general tienen una letra con denso sabor a rokola.

A mí siempre me pasaba, quizá porque algunas veces cuando las aguas se estaban saliendo de su cauce, me iba directo al tocadiscos y ponía para mí solito aquel bolero de Celio González con la Sonora Matancera, “Quémame los ojos”, canción con la que yo intentaba telegrafiarle a Esther, mi esposa, mis más profunda pena, que yo estaba sufriendo, a ver si le conmovía un poco el alma, que siempre sospeché la tenía en estado zombi, pero jamás se compadeció de mí.  Yo me escondía detrás del  compás de la música y de esa letra que contaba lo jodidamente que yo estaba:

Deja que tus ojos me vuelvan a mirar,

deja que mis labios te vuelvan a besar,

deja que tus besos ahuyenten las tristezas

que noche tras noche me hacen llorar.

Mientras del tocadiscos salía esa sonoridad con todo el ímpetu de arrebatado despecho, a ver si se le ablandaba ese lado del corazón, y terminara por reanimar en nuestros cuerpos lo que el agravio había vuelto de sal. Algo que me funcionó durante años. Pero en los últimos tiempos perdió su efecto conciliador, utilizando esa táctica sólo conseguí ir de revés en revés.

Porque cuando Esther apenas escuchaba la canción, asomaba la cabeza por la cocina y decía, su frase preferida: “!Claro estás peleando conmigo para coger la calle e irte con las putas. Seguro que estás pensado en todo ese arreo de putas que tienes por ahí regado”.  Frase ante la que yo hacía mutis, para luego tratar de recobrar el hilo de algún diálogo en ese tránsito en el que las palabras propias, y las extrañas también se han ido con su música a otro lado, y están a punto de bajar el telón, y uno parado ahí con la boca tiesa, y el barco familiar comienza a irse a palo abajo como El Titanic, y ¡zas!, llega una última frase de emergencia, y algo te dice en tu interior “Rompe el silencio y úsala”, como si un cartel en ese momento estuviera pegado en todos los lados de nuestra conciencia. Son frases que vienen en una especie de maletín de primeros auxilios, un manual de salvamento existencial al que podemos echar mano para refugiarnos, en lo que creemos que es una infalible estrategia de convencimiento.

Son las mismas frases que tras ser usadas una y mil veces terminan un día por agotarse, y por hacer de la familia, un compendio de personajes listos para ser depositados en esta hoja en blanco, como si de un catálogo semántico se tratara, listos para ser colocados en un anuncio clasificado.

(Separata de la novela: Una Familia para Alquilar /
Autor: Douglas González -Copyright 2020


Copyright - Douglas González

lunes, 21 de noviembre de 2022

De infortunios y esperanzas


"El Bar de las Grandes Esperanzas", es una película basada en el libro de memorias "The Tender Bar" del periodista y escritor J.R Moehringer, adaptación que está llena de abundantes matices literarios. Eso es lo que brinda la cinta desde un primer momento, aunque a medida que avanza su proyección se van haciendo notorias otras pistas que colocan al espectador frente a un virulento estilo novelesco en el que se debate el rol intelectual de los escritores. "¿Sabes por qué Dios inventó a los escritores? Porque le encanta una buena historia. Y a él le importan un carajo las palabras. Las palabras son la cortina que hemos colgado entre él y nosotros mismos. Trata de no pensar en las palabras. No busques la frase perfecta. No hay tal cosa. Escribir es conjeturar. Cada oración es una conjetura educada, tanto para los lectores como para ti”.  

El hecho de que el bar se llame Dickens, es como un homenaje a Charles Dickens y su novela ”Grandes Esperanzas", historia como es de suponerse, guarda mucho paralelismo con la novela de Moehringer:

El infortunio es la materia prima de la esperanza. En la novela de Dickens el protagonista es un niño llamado Pip, que los padece todos por haber sido criado en la pobreza. En el libro de Moehringer, el protagonista es un niño llamado JR, que padece la desdicha existencial de querer pertenecer y sentir que no pertenece a nada, ni a nadie. 

JR es un niño un tanto perturbado que vive en un hogar desfasado de Long Island, y que arrastra severos problemas de personalidad por haberse criado sin un hogar verdadero. Su padre lo abandona a él y su madre, y ambos se ven en la necesidad de vivir en casa de los abuelos maternos. JR, obsesivo y maniático producto de una crianza inestable, con una madre neurasténica que siempre parece estar al límite de la cordura y de su existencia, camina hacia la madurez atravesando el vía crucis de su infancia.

Sus abuelos maternos, un par de viejos decadentes como todo el ambiente que los rodea, que no han logrado superar el menoscabo que a sus cuerpos les ha traído la vejez y, una creciente depresión por el sin sentido que encuentran en una vida que ya les señala el camino a la muerte.

La casa posee una atmósfera de lo absurdo, donde hay todo un desfile de situaciones y personajes paradójicos, entre ellos destaca el Tío Charlie -coprotagonista-, quien funge como una suerte de reivindicador de la vida turbia de JR. El tío Charlie es el dueño del Bar Dickens, lugar que se convierte en el en el centro del peregrinaje existencial de JR, y es el portador de la voz y opiniones sensatas con la que trata de darle un sentido de verdadera a su existencia .

En el Dickens, JR, trata de responderse todas las preguntas que se ha hecho sobre la vida y su padre, de quien sólo sabe que trabajaba en la radio y que era una suerte de locutor, venido a menos. Su padre es el fantasma que lo habita, una voz que JR trata de atrapar de manera infructuosa sintonizando todas las emisoras el dial a diario. 

Pero es en el Bar Dickens donde la vida cobra sentido para JR, tratando de encontrar las respuestas que ha buscado toda la vida sobre el hecho de ser hombre. Preguntas que tratará de responder escuchando y observando la gama de personajes que frecuentan el lugar. Observa con atención, sobre todo, hombres que le sirvan de referencia de ese mundo exterior y desconocido, eso que nombran allá afuera, o en la calle, que nunca  marca con precisión un lugar que se sepa exactamente dónde está, sino que es una especie de metáfora para nombrar la experiencia de vida, la sumatoria de la existencia, JR es un niño que desde el Bar, trata de responder su relación con su mundo y descubre que sólo es posible con la literatura, y decide hacerse escritor.

Su tío Charlie lo alienta a seguir, trata de convencerlo de que está obligado a mirar más allá, de las cuatro calles del pueblo, y le repite una y otra vez que el verdadero éxito está lejos del Bar, lejos de todos ellos y lo que representa el poblado de Manhasset, el lugar donde viven y donde el tiempo transcurre en una burbuja, apartado de la realidad. La vida de JR puede resumirse en la de un ser que vive en el desamparo de hallar una familia, un hogar legítimo, un sentido de la vida, y eso lo encontrará en la literatura, porque sabe que los personajes literarios están hechos de otra sustancia  

De Moehringer se ha ponderado su estilo de escribir biografías, sin duda es un periodista con una particular manera de escribir biografías dado su estilo narrativo, al escribirlas lo hace al estilo de las crónicas periodísticas, con todos los recursos que implica el género más antiguo del lenguaje escrito.