domingo, 14 de noviembre de 2021

 

Memorias de Nueva York

Si tuviéramos que narrar esta historia en una película, la primera escena sería un primer plano ampliado de la ciudad de New York, vista desde arriba, porque es la única posibilidad de verla en términos de igualdad que puede ofrecerte la Gran Manzana, verla desde lo alto, desde el aire; como la vio el equilibrista Philipe Petit, en 1974, cuando caminó como un pájaro redentor sobre un cable de acero y atravesó los ocho metros de distancia entre las dos azoteas de las Torres Gemelas, a 409 metros de altura.

Es la manera cierta de verla y no sentirse un liliputiense tratando de escalar ese gran santuario de acero y concreto, como lo hacen cada uno de sus habitantes desde su descontada eternidad, cada vez que miran hacia las alturas del vértigo al caminar por las calles de la legendaria Babel de hierro.

Luego la cámara haría una toma en picado descendiendo vertiginosamente como un ojo gigantesco que se asoma a través de los entresijos de una ciudad miniatura, hasta que pasa su mirada rasante por una de esas amplias avenidas, con rascacielos pálidos y taxis amarillos como los que aparecen en las postales de Manhattan, entonces la cámara haría un rápido giro de 360 grados de esos que hacen que las imágenes parezcan líquidas, un breve negro y después el lente abriría su foco como si fuera un  túnel, frente a la entrada del Hotel equis .

La siguiente escena sería una toma ascendente de la fachada de un edificio, como si estuviéramos subiendo por un acelerado ascensor visual, pasando filas y filas de ventanas hasta llegar al piso 16 y entrar por una de ellas, encontrarnos ante la escena de una suite ejecutiva con paredes pintadas de  beige, decorada con muebles de color marrón-oso y negro mate, un ambiente con el más esencial estilo minimalista, todo ordenado tan milimétricamente y  con tal asepsia que pareciera que no es de este mundo. Te asomas a la ventana y ves ese paisaje que invade tu imaginación y se impregna de cualquier recuerdo de la ciudad, la isla Ellis , King Kong, los primeros quince segundos del planeta de los Simios, las Torres Gemelas.

Sigues recorriendo la ciudad con el ojo de tu imaginación, aparece la calle 42 eternizada por los espíritus centenarios de las prostitutas que con sus boquitas pintadas decoraban su desfile de solemnidad sus esquinas. La Central terminal, con su fachada que parece salida de una postal detrás de la cual se esconde la figura de Capone. Los rascacielos el rostro con que la ciudad mira de frente al cielo. El Empire State, y el  edificio Chrysler,  esos dos hijos prodigios que han aparecido en tantas películas que pudieran emular a Humphrey Bogart y a Robert De Niro.

La 5ta Avenida con sus intimidantes vidrieras que en realidad son las  casas de muñecas de las mujeres millonarias. Aquél pedazo de orilla del East River con el que nos ha condenado a soñar Woody  Allen, todos los domingos de nuestras vidas con su película Manhattan y que te obliga a imaginar a un New York en blanco y negro. La biblioteca N.Y y su techo pintado con un pedazo de cielo al óleo, bajo el cual tienes la sensación de que de pronto aparecerá el rostro de Dios.

Descontar un poco de eternidad parado al borde de la 5ta avenida con Broadway, mirando en una esquina al Flatiron Building, el edificio más hermoso del mundo, o la arquitectura neoclásica del edificio de la bolsa de valores.

Siempre he dicho que New York es un abismo al revés, todas esas luces de neón y multicolores que salpican sus calles hacen que la noche parezca una caminata sobre las constelaciones espaciales, miras los rascacielos que gravitan como taciturnas estalactitas apuntando hacia el fondo del precipicio.

Mantiene su sello futurista, de cuando prometía serlo, New York, es algo que se te mete por cada poro de la piel, después de estar en esa ciudad, nunca más la vida será igual, eres una especie de extraterrestre, el resto de la geografía la verás con la monotonía de un ser de otra galaxia, y es que New York tiene una clave, como un portal imaginario, cuando caminas por sus calles, vas impregnándote de cada detalle que hay en cada lugar, un poste, un color, una fachada, un enrejado, un arco de edificio, alguna escalinata, la profundidad de una calle herida con el sol, con árboles y abigarrados de luz y edificios bonachones que se han sentado a dialogar con el tiempo de la mejor manera; una puerta roja, los yellowcab, las modelos que aparecen de la nada, y asaltan las aceras, tanta y tanta vestimenta en uso que parece que frente a ti desfila toda la ropa del mundo.

New York es como la poesía, una vez que has comido de su pan maldito, que has disfrutado ese placer solo permisible a los dioses, en el caso de la ciudad a sus elegidos, ella te perseguirá por siempre, soñarás saltar de isla en isla, que te meces en sus puentes, que les llevas flores enamoradas a la estatua de la Libertad,  mientras recitas una estrofa libertaria del viejo Walt Whitman.

Es que New York se mete en tu imaginación, viendo la ciudad, es que puedes contemplar como surgen otros mundos, otras dimensiones en tu propia mente, como si New York fuera la entrada a todos los mundos posibles.

Esa era mi enfermedad, en el momento, New York de eso estaba enfermo, de amar una ciudad que existía en los sonidos de la noche, al otro lado de mi ventana en la madrugada, que me esperaba cada día cuando abría la puerta de mi apartamento y bajaba por las escaleras de ese edificio construido por italianos en 1957, con una arquitectura que unía los dos mundos.

Salía a la calle y respiraba con profundidad y sabía que era aire neoyorquino, no había ningún otro igual en el universo, y mientras iba caminando tropezaba con cada uno de sus olores, como si atravesara el jardín de las delicias, y cada uno de esos olores, era un nutrido grupo de sensaciones, ellas también era New York, la ciudad herida, la ciudad infinita, la de las mil caras, un poema de acero y concreto, con luces como metáforas con las que vuela cada noche, una ciudad para extraviarnos en nuestros corazones como muchos lo están ahora, buscándola en sus añoranzas, no la ven, aunque pisan sus avenidas y cada día engullan algo de la cautivante chatarra de su carrusel de comida rápida, porque para verlas hay que soñar con ella sus sueños insomnes y despertar con ella cuando se levantan sus amaneceres, cuando sale el Sol, va y duerme para seguir soñándose, y en ese tejido de sueños ver a New York.

©Copyright. Douglas González

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