Rituales de invierno
Llega noviembre y con él la cuenta regresiva de la ruta invernal, hasta llevar al clima a cero grados en muchas ciudades del globo terráqueo. Todos somos convertidos en viajeros de esa escalada por abrazar el nuevo año para reafirmarnos con la vida. No hay una época del año que active nuestro espíritu nómada como la navidad, cuando millones de personas van de un lado a otro para llegar al lugar donde lanzar su proclama de buena ventura por el nuevo año.
Los puentes se cruzan fugazmente como si fuesen
algo de la imaginación, como si se tratara de un viejo ejercicio de la memoria,
y no de la realidad, como si estuvieran hechos de niebla que se disipa con el
soplo del viento. Y ante nosotros se abre la larga carretera que deseamos
desaparezca, y que también se convierta en un puente de niebla porque lo
vaciamos de nuestras miradas en un abrir y cerrar de ojos.
Por esos días , todos van empujados en un embudo
hecho de tiempo acelerado, hacia una sola dirección ¿cuál? Aquella a la que
queremos llegar rápido. ¿A dónde? A ningún lugar, en verdad porque según el
griego Zenón, nada se mueve, uno siempre está parado en un punto perpetuo,
donde las cosas pasan frente a nosotros, lo demás parece que es imaginación.
Pero la
gente común ignora esto, por eso nos aceptamos el consenso de que vamos de un
lado a otro, y hacemos de eso una celebración global. Por eso en las fechas
pico del año, los aeropuertos colapsan, hay demora en los vuelos y en todos los
terminales, los aéreos, terrestres, marítimos y ferroviarios, en cada uno hay
una masa desamparada de rostros largos como de piedra hundidos en bufandas o el
cuello de sus abrigos, pasmados en torno a lo insoportable de la espera.
Experimentamos el vertiginoso ritmo del corazón
cuando sabemos la proximidad del destino que se acerca. Los aviones despegan
para atravesar imaginarias líneas de los Husos Horarios, de uno al otro lado
del mundo, llevando pasajeros henchidos de conciencia.
Mientras tanto la escena en los centros
comerciales no es distinta, también está marcada por lo inquietante,
compradores que van de un lado al otro demorados en la prisa, ninguno de ellos
quiere llegar al fin de su ritual de navidad, porque la navidad es comprar,
estar de compras, ir de compras de eso se trata, y llenar la casa con las
compras, ahí termina la magia de la navidad, lo demás es ritual que se repite
año tras año.
La fría nieve del invierno ocupa los rincones de
las grandes urbes, pese a las olas de calor que recorrieron el año, nos
recuerda que estamos en la séptima Era Glacial, del planeta azul.
Aunque todos sienten que hay algo que recuperan el
día de Nochebuena o en el Año Nuevo, un este ritual que nos reúne, todos alrededor del calor del
hogar, que en realidad somos todos, hay algo en nuestro cerebro que se antoja
de asociar el frío con el miedo, y a veces en convertirlo en uno solo.
Todos disfrutamos de ese simulacro que es la
navidad, en la esquina agarrados al poste de luz imitando una postal de época,
desfilando frente al iluminado árbolito de la plaza, o agrupándonos en la avenida
principal de Times Square, esperando que la gran bola de la bienvenida
iluminando al año nuevo con miles de estrellas, donde no fusionamos en ese río
humano de desconocidos que celebran la esperanza.
Todos están sumados al ritual, donde buscan redimirse, otros vienen a darle un stop a su inventada forma de soledad, la que les ha obligado su pacto con la incertidumbre colectiva, y a la que también nos sentencia la pandemia que ha colocado a la humanidad otra vez frente al horizonte del fin del año 1.000, época que se pensó que el mundo estaba a un paso del abismo del tiempo, y que antes de cumplirse el primer minuto del año 1001, llegaría el fin. Aunque una vez más se trate del viejo ritual de invierno que viene a anunciarnos que se cumple un año más que debemos sumar a los 4,543 miles de millones de años de la tierra que habitamos.
©Copyright. Douglas González

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