domingo, 9 de marzo de 2025
lunes, 23 de septiembre de 2024
En los años de la post-guerra, a finales de de la década del 40, los escritores Herman Hesse y Thomas Mann, mantenían un serio intercambio epistolar. En una carta que Hesse le envía a Mann le advierte que no confíe que todas esas personas que suele ver a diario salir de sus hogares con impecables camisas blancas, con trajes y elegantes corbatas, empujando los cochecitos con sus bebes, y sus zapatos bien lustrados son hombres. No lo son. En realidad no son seres humanos, son la semejanza de un hombre.
Herman Hesse se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, para ilustrar una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la vida auténtica y el conformismo superficial. Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de autenticidad o profundidad interior. Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.
Hermann Hesse, en su carta a Thomas Mann, donde se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, está profundizando en una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la "vida auténtica" y el "conformismo superficial". Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de "autenticidad" o "profundidad interior". Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.
Hesse siempre estuvo profundamente influenciado por el "existencialismo" y las ideas de "individualidad". En obras como "Demian" o "El lobo estepario", explora la lucha entre el ser interior y las máscaras que la sociedad nos impone. Hesse cree que muchos seres humanos viven como autómatas, sin cuestionar su existencia o conectarse con su ser más profundo. Se adaptan a las normas y convenciones sociales sin reflexión.
La década de 1940 es un periodo en el que la industrialización y el progreso tecnológico habían generado un cambio en la vida urbana. Hesse veía en este nuevo estilo de vida un peligro: la "alienación del ser humano" frente a la rutina diaria, donde el comportamiento cívico y las apariencias externas se convertían en el único parámetro de valor, en lugar de la "búsqueda interior" o la "autenticidad".
En sus escritos, Hesse a menudo critica el concepto de "hombres-máquina", individuos que, si bien mantienen un aspecto impecable y cumplen sus funciones sociales, han perdido contacto con su alma, con su esencia más íntima.
Hesse también fue influenciado por las filosofías orientales, particularmente el budismo y el hinduismo, que ponen un gran énfasis en la idea de la "ilusión" o "maya": la apariencia superficial del mundo que oculta la verdadera naturaleza de la existencia. De este modo, muchas de las personas que cumplen con las expectativas sociales son como “semejanzas humanas”, atrapadas en esta ilusión, sin buscar el verdadero sentido de su ser.
En su famosa novela El lobo estepario, Hesse habla de la dualidad que existe en el ser humano: por un lado, la parte civilizada y, por el otro, el lado salvaje, instintivo. Aquellos que solo viven en la superficie, preocupados por sus camisas blancas y su buen comportamiento, han reprimido esa parte de sí mismos que es más auténtica y verdadera, convirtiéndose en una especie de “caricatura” de lo que es ser humano.
Hesse, al calificar a algunos individuos como “bípedos” o “semejanzas humanas”, no está atacando su humanidad per se, sino señalando que no han alcanzado una vida verdaderamente plena y consciente. En su visión, ser humano no es solo cumplir con las expectativas externas, sino también conectar con el yo profundo, cuestionar la existencia, y perseguir el autoconocimiento.
Lo que cuestiona Hesse es la sociedad-espejo, donde existe la tendencia a dejarse llevar por las apariencias y las expectativas sociales, mientras se ignora la necesidad de una vida reflexiva y auténtica. Para él, muchos se conforman con el “rol” de ser humano, sin explorar la profundidad y el sentido más amplio de la vida, lo que los convierte en una especie de "espectro" de lo que podrían llegar a ser.
Hesse critica la superficialidad de aquellos que parecen humanos en el sentido externo pero no lo son en el sentido más profundo, porque no han despertado a su verdadero ser. Es una invitación a no ser "simulacros" de lo que se espera de nosotros, sino a buscar la autenticidad en nuestra vida.
lunes, 15 de julio de 2024
Bella entre las bellas
Al tercer día de cumplir 83 años, Zoila recibió el regalo de su vida, fue electa Reina de Carnaval del asilo de ancianos donde residía.
A partir de ese momento, sintió que era arrastrada por el tiempo inmemorial, y que las agujas que señalan el tiempo finito que orienta el sentido de las vanidades, aceleraban su corazón, y en su cuerpo estalló una vitalidad desbordada para ella desconocida, pensó que era algo natural entre las mujeres que son declaradas soberanas de la belleza, bella entre las bellas.
El rostro de Zoila dibujó en su rostro una sonrisa del tamaño del cielo cuando le colocaron la corona de cartulina forrada con diamantinos de plástico, bañada en el falso oro creado con escarcha dorada y retazos de oropel, que como un embrujo apagó en una brevedad las horas sordas y largas del tiempo, de su fealdad y anuló todos los años de ostracismo, abandono y soledad que acumuló su cuerpo como una segunda piel y que estaba pegada a ella.
Ese día Zoila sintió que no recibía una corona, sino algo más, una suerte de bendición absolutoria, algo que descendía desde lo más alto del cielo, como gesto de una tardía justicia divina que ponía fin a su condena irrevocable de fealdad que la acompañó toda la vida, porque Zoila era fea, porque los dioses de la belleza, Apolo y Afrodita, se habían negado a mirarla cuando nació.
Quizá por eso Zoila llevó la corona pocos minutos, porque cuando la directora del ancianato la colocó en su cabeza, Zoila fue encandilada por los destellos de ese artificio plástico escarchado que brillaba como mil soles, le dio un beri-beri, una especie de descompensación de la existencia y cayó de largo a largo, sin sentido, debido a ese éxtasis emocional y murió.
El médico que la examinó y firmó el acta de defunción, dictaminó: muerte por ictus, aunque para Zoila fue sumirse en un largo letargo del sueño con la sensación eterna de su reinado, sentada en su trono hecho de cartulina de colores y adornos de papel crepé, del que no se levantaría jamás.
El destino que selló aquel día como el único de su vida en que
fue bella, hizo el milagro que por años estuvo esperando años. Sin saberlo,
aquella tarde Zoila fue coronada como la más bella sólo para ir a tocar las
puertas del cielo.
miércoles, 10 de julio de 2024
Amor en contraste
domingo, 7 de julio de 2024
El Hombre Solo
sábado, 6 de julio de 2024
Me lo dijo con ese entusiasmo febril que le imprimió a sus palabras un matiz de lo que reserva algo oculto, la misma con la que alguien puede decirte, tienes que venir a mi casa a conocer al Dalai Lama, algo así.
Por un largo ejercicio de lucidez personal, hace tiempo que perdí mi capacidad de asombro; soy un escéptico declarado en lo relativo a iluminados, gurús, maestros elevados, santos, faquires y proclamadores de lo sagrado.
La sola mención de la palabra templo, retumbó en mi con el mismo efecto de la onda expansiva de una bomba sonora.
Quedé pensativo mirando a aquella mujer que estaba parada frente a mi, de apenas 1,60 metros de estatura, disminuida, desencajada que estaba sobre los huesos de un cuerpo que tenía la semblanza de quien ha vivido sometida a penurias y privaciones, lo que creo ayudaba a imprimirle a su voz un ritmo y un tono de quien ha estado habitando por largos períodos el invernadero de la ansiedad.
Hablaba como quien busca con desespero su lugar en el mundo, o viceversa.
-El templo que tenemos en la casa, afirmó, con una sonrisa.
Pronunció esas palabras sin la convicción propia de la fe. Enseguida comprendí que se trataba de un deseo, no una realidad, pero ya mi mente se había adentrado en la travesía por un túnel poblado de imágenes de posibles templos.
Trataba de ubicar si adjunta a la casa había una estructura como una capilla, o un salón budista que respondiera a lo que ella llamaba el templo.
Sabía que ella cuidaba una cierta mansión de arquitectura avant garde -que en algún momento intentaron invadir unos malvivientes-, era una edificación con un diseño danés ecléctico, con grandes alerones puntiagudos a dos aguas, de madera, con altas paredes de vidrio que circundaban gran parte de la primera y segunda planta, pero también sabía que ella tenía un acceso limitado a los espacios de esa casa.
Había estancias y habitaciones a las que le estaba vedada, estar, salvo para hacer labores de limpieza.
La pregunta era: ¿dentro de aquellos espacios dónde estaba el templo?
Guiado más por la curiosidad que por contactar cualquier estado de gracia autoinducido por ese ensamblaje de pensamiento sugestivo que es la nueva era, con la disposición propia de un boy scout, un día llame a la puerta de la casa.
Me abrió la puerta, y pasé al lado de un rellano frente al jardín, había una terraza donde un grupo de acólitos hacían ejercicios de yoga otros repetían mantras, o hacían las dos cosas al mismo tiempo sin mayor rigor, en medio de lo que parecía una hoguera de marihuana, porque cada uno tenía un tabaco de esos en la mano.
-Vine a conocer el templo, le dije.
-Que bueno -respondió ella riéndose-, el templo es todo esto, dijo haciendo un gesto circular con su brazo que abarcó toda la casa.
-¿En serio? -dije con cierto escepticismo.
Al ver mi cara de sorpresa y mi actitud de desconcierto, reiteró, "este es un espacio sagrado"- y caminamos.
Me invitó a pasar, a hacer un recorrido por el templo, que resultó ser una casa que en un tiempo no muy distante fue un lugar de lujo sofisticado, pero que ahora convertido en lo que ella llamaba "el templo" se había convertido en un lugar común y corriente, donde pernoctaba y permanecía gente con apetencias hippies, se vestían como tales, esgrimían sus mismo lugares comunes, mostraban una absoluta vocación errática, y jugaban a eso de paren el mundo que me quiero bajar.
Todos reunidos bajo el techo de lo que fue una casa de lujo, producto del sistema que ellos tanto cuestionan, convertida en carpa decadente, descuidada, sucia, decadente, porque al parecer es así la manera que responde la contracultura.
Aquella casa daba lástima, obras de mantenimiento que quedaron dormidas en el tiempo, otras tiradas al descuido, camas desordenadas, ropa de niños tirada aquí y allá en los salones principales, la cocina repleta de platos sucios con resto de las comidas del día.
Recordé a Thedoere Rosak, el primero que desmanteló al movimiento hippie y sus pretensiones contraculturales, y a eso lo llamó: escapismo, y es que sólo hacen eso escapar, vivir en una carpa, no bañarse, abundar en piojos, llenarse de un lenguaje bobo y floripondio y no hacer nada.
Entendí que lo del templo era un revestimiento metafísico que su imaginación le ponía a las cosas, pero nunca hubo tal, una suerte de solipsismo fallido diluido en lo ilusorio.
Todo aquello era producto de lo que he llamado una construcción de la "filosofía marihuana".
Porque un templo es un edificio o espacio sagrado destinado a la práctica de la adoración religiosa, la oración y otros rituales espirituales. A lo largo de la historia y en diversas culturas, los templos han sido lugares donde se venera a divinidades, se realizan ceremonias y se busca una conexión espiritual, o establecer vínculo con principios religiosos abstractos.
Le agradecí el tour por el templo, ya dispuesto a marcharme, me dijo no te he enseñado lo más importante, y me condujo a un recodo de la sala principal, en donde había una colchoneta tirada en el piso, "Aquí estuvo durmiendo mi maestro".
-¿Cuál maestro pregunté?
-Bueno en realidad es mi guía espiritual -y pronunció un nombre equis-. Él trabaja sobre superar la necesidad humana de comer alimentos y de elevar el alma no comiendo. Él lleva siete años sin comer, ni siquiera bebe agua.
La miré con fijeza. Mientras me hablaba de su maestro, su rostro, su tono de voz cambiaron, tras la mujer amigable y receptiva, emergió una fanática, que sin ninguna evidencia objetiva, quiere demostrar lo indemostrable, en ser más papista que el Papa, alguien que en ese momento solo quiere impresionar exteriorizando toda la carga de su ego desmedido. ella ya no se mostraba racional, quizá en ningún momento lo fue. Me hablaba y miraba ensimismada el horizonte, como quien delira confundiendo fantasía con realidad.
En ese momento ya habíamos llegado a la puerta de salida, me despedí y salí de aquél lugar con el alivio de quien escapa de un agujero negro. Me alejé convencido de que ese día había tenido un encuentro insospechado con la insensatez, ese acto circense donde la cordura comienza a coquetear con la locura, y seducida por esta termina caminando a ciegas por la cuerda floja.
domingo, 26 de noviembre de 2023
Thomas Pynchon: el outsider invisible
El influjo que ejerce la fuerza de su órbita gravitatoria de su obra es inmenso y perdurable, quien lee a Pynchon le pasa lo mismo que al lector de Dostoyevski, está condenado a recordarlo para siempre.
Hay huellas de su densidad narrativa -que el foro de los academicistas
llaman maximalismo literario- que he
encontrado presente en otros escritores, que podemos encontrar en la novelística
de Paul Auster o en la del japonés Haruki Murakami, en este último, con en la irrupción
de lo fantástico, o en la elaboración de sus atmósferas, para lo cual no ha hecho
falta ningún milagro metafísico, porque Murakami ha admitido su marcada
influencia de la literatura norteamericana, de autores como Jack Keroauc, quien
como Pynchon, formó parte del movimiento Beat de la literatura estadounidense, cuyos
miembros rompieron los viejos moldes y se atrevieron a contar las cosas como
nunca antes se habían contado. Pynchon fue parte de ese grupo y también bebió
del mismo pozo de la irreverencia que alimentó el talento de esos outsiders que
la historia bautizó como la Generación Perdida.
Pynchon al igual que Virginia Woolf,
expone una literatura que es más que una herramienta expresiva, es una forma de
vivir, es el alfa y omega de la existencia; la única manera factible de
respirar el mundo y de explicar y explicarse sus sintomatologías, sus engaños y
la larga cadena que procuran los sentidos, percepciones y su repercusión en las
emociones.
Sin duda, Pynchon es un pesimista
con influencias platónicas, siempre tiene a la mano un boleto para abordar el
tren conducido por el filósofo Arthur Schopenhauer, quien consideraba que el
arte nos libera del dolor de la existencia, porque es una forma de conocimiento
privilegiada, un conocimiento metafísico que tiene que ver con la contemplación
desinteresada de las ideas en su sentido trascendental, es decir en los
términos ya indicados por Platón, de aquello que es inmodificable e
imperecederamente verdadero.
En este sentido Schopenhauer, indicaba
que las ideas son las genuinas objetivaciones de la Voluntad, las define como
especie, arquetipos, lo esencialmente real, universales y genéricas. Las ideas
están fuera del espacio y el tiempo y del principio de causalidad en todas sus
formas porque son eternas e inmutables. Incluso están fuera del alcance del
individuo como tal, que sólo puede conocer cosas individuales, objetos que son
objetivación inmediata de la voluntad y mediata de las ideas, por ser sus representaciones.
Las novelas de Pynchon son mucho más
que buenas historias literarias, son mundos revelados desde el ámbito
imperecedero de las ideas que replican argumentos de eternidad.






