martes, 5 de agosto de 2025

Y...desembarcamos en el "fake state"



El término "fake state" viene a inaugurar una nueva hipótesis política, y al mismo tiempo funge como alerta filosófica sobre los riesgos a los que están sometidos los habitantes de una sociedad que vive bajo una distorsión del ejercicio del poder.

El gobierno que promueve y sustenta el "fake state", no necesita ser justo, porque no está capacitado para ello, lo que si necesita es ser creíble, y esa credibilidad la genera con una oleada de informaciones efectistas que terminan por obnubilar el sentido crítico de la gente ¿Cómo definir un sistema de gobierno que combina al mismo tiempo inacción con esperanza, fracasos con promesas, decadencia con esplendor? Donde todo, absolutamente todo no es más que un hecho de palabras que buscan encubrir con falsas apologías algo inexistente.

El concepto que he desarrollado del "fake state" apunta a definir esto como una estructura de simulacro político permanente, donde el Estado no actúa para transformar la realidad, sino para mantener viva la ilusión de que lo hará algún día.
La parálisis institucional -desmantelamiento de la red de salud, educación e institucional en general-, se maquilla con retórica redentora, mientras los fracasos se resignifican como “pasos necesarios” hacia un futuro que jamás llega.
Este fenómeno, típico del “fake state”, no se sostiene a pesar del autoengaño, sino precisamente gracias a él: el discurso oficial no describe la realidad, sino que la sustituye. Así, el poder se perpetúa no por sus resultados, sino por su capacidad de mantener viva la ficción de sentido en la gente.

Reconocer sus mecanismos es el primer paso para desmantelarlos. Como sociedad, estamos llamados a defender la verdad no solo como un principio moral, sino como la base de toda convivencia democrática

La expresión “fake state” es el término que hemos acuñado para referirnos a esos estados cuyos gobiernos se sostienen mediante mentiras, manipulación sistemática de la verdad y distorsión de la realidad. Es una formulación poderosa y sugerente, aunque no es un término técnico en ciencias políticas, y se acerca mucho al concepto de estado distópico o incluso estado totalitario orwelliano.

Características de un "fake state" (estado falso): Legitimidad basada en falsedades: el poder no se justifica por la voluntad popular (robo de elecciones), no existe un marco jurídico justo (manipulación de tribunales y fiscalía para criminalizar a los opositores políticos), con narrativas manipuladas.

Monopolio de la información: control o distorsión deliberada de los medios de comunicación, educación, historia oficial.

Revisión o negación de hechos: uso sistemático de la mentira, la censura o la desinformación para modificar la percepción colectiva.

Control emocional: apelación al miedo, al enemigo externo, al nacionalismo exacerbado o al culto a la personalidad.

Desactivación del pensamiento crítico: se alienta la obediencia emocional antes que la reflexión lógica o ética.

En su novela 1984, George Orwell describe un estado totalitario en el que: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza.

En la novela 1984, existe un lenguaje llamado la neolengua, y la manipulación del pasado son herramientas clave del poder. En este sentido, el “fake state” es el heredero moderno de esa visión de gobierno sustentando por un sistema político que no necesita que le crean, porque que nadie se atreve a cuestionarlo, y ante eso estamos.

Douglas Gonzalez Carmona (*)
Periodista especializado
en Comunicación Estratégica y Opinión Pública

sábado, 26 de abril de 2025

 

La eternidad como destino


Vivimos una existencia impregnada por una falsa idea de eternidad, esa una de las razones por las que la muerte siempre nos sorprende y no nos habituamos a ella. Siempre es un huésped inesperado que llega como una tempestad a socavar los estamentos de los afectos y los apegos. La muerte no existe para nosotros salvo cuando la pensamos o somos testigos de su perpetuidad, pero cuando nos olvidamos de ella, la mayor parte del tiempo vivimos inmersos en una narrativa ficcional con la sensación de ser eternos. Todos los hombres estamos condenados a morir, el cesar definitivo es una realidad impostergable, a diferencia de los animales que son inmortales porque la ignoran.

En su cuento El Inmortal, el escritor Jorge Luis Borges devela el estamento filosófico de la muerte, es la que le otorga sentido a la vida. El relato hace referencia a una ciudad bordeada por un río secreto que purifica de la muerte a los hombres y los convierte en inmortales. Borges nos muestra y a la vez justifica el imperioso juego de la finitud como modelador de la vida con todas las posibilidades que hacen su diversidad.
 
Para él la eternidad es cosa banal, una empresa fallida para el ser humano, donde no hay ni creatividad ni destino porque al prescindir del tiempo, todo está condenado a la inmanencia, a girar en la rueda infinita del eterno retorno, "donde nada es que no haya sido". Borges describe a los inmortales como seres obligados a cargar el pesado yugo del hastío, a vivir una existencia vacía y monótona, atrapados en una eternidad sin sentido.
 
Hay personas que pensamos que vivirán para siempre y no las asociamos con la muerte, quizás porque creemos que su presencia hacen mejor la existencia de este mundo. A mi me ha pasado con algunos escritores cuyas muertes me han tomado por sorpresa: Gabriel García Márquez, José Saramago, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato y la más reciente Mario Vargas Llosa; con cada uno de ellos mi oficio de lector me ha llevado a vincularse íntimamente con sus palabras, porque cuando los he leído han pasado a habitar en mí, y ahora son parte de mi memoria. Son amistades literarias con las que he sentido mayor identidad y vínculo, cercanía y sentido de vida que muchas otras que han caminado junto a mi cotidianidad.

Para Borges vivir eternamente significa experimentarlo todo, hasta que ya no quede nada nuevo y nos coloca frente a aquella máxima bíblica, "no hay nada nuevo bajo el sol". Al no haber fin, no hay posibilidad del deseo fuera de ese instante "ad infinitum", no hay sentido de la urgencia, ningún proyecto significativo, ni motivos para actuar. Las experiencias, por más extraordinarias que sean, son repeticiones y como todo lo que se repite muchas veces, pierde su valor.

El Inmortal, revela el lado oscuro de la eternidad: los hombres dejan de luchar, de sentir pasiones, se pierde el anhelo de conquistar el tiempo futuro; es el reino del hastío; incluso el protagonista se olvida de su propio nombre. La inmortalidad, en vez de ser una bendición es todo lo contrario, los despoja de su naturaleza humana: el deseo, el miedo a la muerte, la memoria individual, el soñar, es el retorno al mundo adámico original, a la existencia "vegetativa" del primer hombre, antes de su caída en el tiempo.

He pensado en el tema de la eternidad a propósito de la muerte de Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de literatura y uno de los pilares del llamado "boom" latinoamericano. Con su novela "La Casa Verde", en mi temprana pubertad me inicié en la lectura de una de las mejores -sino la mejor- literatura del mundo.
Saber que su palabra llegó al punto final nos deja en medio de una orfandad literaria, porque con los escritores no pasa como con otras cosas que inmediatamente pueden ser sustituidas, no. 
La literatura es una experiencia "estética" del lenguaje, exige dotes narrativos, el manejo magistral de recursos literarios: metáfora, ritmo, imágenes; además de escribir con un estilo único, profundo y original, es la manifestación artística de la palabra escrita.

Sin embargo, ese sentimiento de orfandad no es lo suficientemente egoísta como para  haberle deseado a Vargas Llosa, que viviera eternamente, porque al final más que una gracia divina, los estaríamos condenando a sufrir el castigo de la monotonía que desgasta el alma, la deshumaniza y la conduce a un callejón sin salida que es la vida sin la muerte; sin límites ni propósitos, perpetuada en el hastío que es otra muerte para la condición humana.
 
Tras esta argumentación, al estimado Vargas Llosa, a quien tuve el privilegio de conocer en una Conferencia que dio en el Auditorio de la Facultad de Humanidades en la Universidad Central de Venezuela, deseo que descanse en paz, y que sus palabras sigan trascendiendo el tiempo de los hombres que es una manera digna de ser eterno sin llegar al hastío.

domingo, 6 de abril de 2025


Vivir en blanco y negro


Siempre me han gustado las películas en blanco y negro, siento que revisten un cierto enigma, algo desconocido, y también porque disfruto esa atmósfera distante que crean sus imágenes aplanadas en la pantalla sin color, que me permiten vivir la sensación de estar en un sueño.

Hace tiempo empecé a escribir un cuento que ha terminado siendo una novela, aún inconclusa, “Un día en la nieve, el sueño de Lázaro”, de corte neorrealista, por estar enfocada en el mundo cotidiano y rutinario de su protagonista, pero también su estructura responde a eso que los alemanes denominan “Bildungsroman” porque narra el crecimiento del personaje y las experiencias que va acumulando consigo.

Lázaro es un joven que representa al antihéroe latinoamericano de nuestro tiempo, marcado por la desilusión y el individualismo; sin una identidad clara, se siente más como un espectador de su propia vida, atrapado en la superficialidad, el hedonismo y una serie de relaciones afectivas vacías; sin una verdadera misión, con una existencia que va a la deriva marcada por la nostalgia, lo picaresco, el amor, el despecho y lo absurdo, y quien pese a haber nacido en una de las regiones más calientes del soleado Caribe, persigue el sueño de irse a vivir a un lugar frío, donde caiga nieve.

Cuando Lázaro tiene una emoción fuerte, o está frente a una mujer bella, el mundo se le vuelve en blanco y negro, la realidad deja de tener color, una condición que le dura varios días hasta que vuelva a su punto de equilibrio el tabulador de sus emociones.

La película Pleasantville, que retrata a una típica sociedad conservadora norteamericana de los años 50, nadie conoce el color, incluso le tienen miedo a todo lo que se guarda detrás de él, porque lo consideran un escándalo, una suerte de sacrilegio. Se sienten seguros, con sus tonos grises en un mundo blanco y negro.

Hasta que un día, algunos de sus personajes descubren el placer del sexo y lo que con éste pueden experimentar, ocurre que todo comienza a llenarse de color en sus vidas.

Poco a poco la sociedad de Pleasantville, comienza a despojarse de esa camisa de fuerza de vivir en lo previsible, lo moralmente correcto, abandona el deber ser y comienza a enfrentar el miedo a perder el miedo, para asumir la sexualidad como una dimensión natural y transformadora del ser humano, capaz de enriquecer la vida y abrir el camino a la libertad personal.

Pese a que Pleasantville, realizada en 1998, a lo largo de casi tres décadas se ha convertido en una película de culto y un clásico del cine irreverente, al colocar al sexo como la emoción esencial del individuo, una gran mayoría sigue sin comprender su metáfora de la liberación, la que hizo de su personaje Betty, la primera mujer en adquirir color por la felicidad sexual, como símbolo de la liberación femenina. Casi treinta años después, muchas continúan viviendo en un mundo gris son color, atrapadas en su cotidianidad, sin cambios, en su típico rol de amas de casa.

¿De dónde proviene ese mundo blanco y negro que se desdobla para opacar los colores de la vida? Quienes viven bajo la sombra del blanco y negro al igual que los habitantes de la caverna platónica, creen que esa es su única realidad.

Ese mundo proviene de la culpa por la mítica caída en el tiempo de Adam y Eva, tras ser expulsados del paraíso. El sexo como pecado (salvo que tenga lugar dentro del matrimonio).

Toda persona gris siempre le temerá y huirá del color, se aferrará a cualquier asidero, para sostener su defensa de aislarse y preservar su integridad en blanco y negro, aunque a veces sueñe en colores.



domingo, 9 de marzo de 2025

 


El paraíso perdido de Don José*

New York es la única ciudad que estando bajo un capote gris de nubes inciertas, ejerce una fascinación sobre mí, quizás porque la veo erguida como una luminaria en el centro del mundo, es lo que yo llamo el hechizo neoyorquino y que convierte a esa ciudad, en una ciudad única, haciendo que las demás parezcan simples paradojas, malogrados remedos, fallidas anunciaciones, espacios del declive civilizatorio, arquitecturas con aspiraciones a metrópolis en perpetuó simulacro, pero New York es como el centro del caleidoscopio y eso es otro cosa.

Esta ciudad donde estoy tiene dos colores básicos, un gris tremulante en invierno y un color matizado de tierra agreste el resto del año. Me asomo por la ventana del primer piso y contemplo el paisaje lleno de casas que no se han movido de allí por siglos.

Con los ojos impregnados con esa mirada bajo a la calle, apenas doy tres pasos una gota de agua estalla en mi frente, lo tomé como un mensaje a destiempo, pero ya era tarde, no podía detener mis pies que avanzaban facultados por el afán de la curiosidad de ver con qué tropezaban en su afán por recorrer los rincones de la ciudad. Algo que había sido infructuoso en los últimos días, sólo se veía turistas caminando en tropel, con la mirada expectante como preguntándose dónde estaba la aventura de vivir, sin saber dónde, al final terminaban todos vencidos, tanto descorazonados estafados por sus propias emociones. Eso si siempre guardan su una última sonrisa para tomarse la foto en la Catedral de 700 años donde siempre terminan sus pasos.

La mente es una relatora de paisajes cuando escuchamos música; por ejemplo, el jazz evoca en mí calles sombreadas, antros desvencijados, un farol en una esquina adormilado por la penumbra como aquél que despuntaba en esa calle empedrada de aquella ciudad sin nombre, con rastros centenarios pegados a cada lado de la acera, donde las cortinas de lluvia se corrían de un lado a otro mecidas por el viento. 

Caminaba en medio de esa calle y frente a mí tenía la perfecta escena que surge al escuchar el ritmo musical sincopado del Dixieland del sur de los Estados Unidos. No faltó que sonarán las notas de Summertime salidas de la trompeta de Miles Davis, o que Ella Fiztgerald y Louis Armstrong cantarán a dúo, They Cant´n take that away from me, para sentirme en medio de una de esas escenas que promueve en mi mente las viejas canciones de jazz, mientras el cielo comenzaba a desparramarse con su intenso rumor de lluvia.

Era marzo con su coda invernal dejaba impregnada todas las cosas, con su viento húmedo, dejando al horizonte tapizado de ceniza, antes de esconderse en las montañas de hielo.
Justo entré a una taberna, cuyo interior estaba iluminado con escasez por unas lámparas color ámbar. 

Pedí una copa, justo al lado, presidía una mesa redonda la figura prominente de un hombre de unos sesenta años que con su volumen la abarcaba casi toda; estaba sentado a sus anchas, era alto y calvo con una melena crecida en la parte de atrás de su cabeza, como la figura de Benjamín Franklin que está estampada en los billetes de cien dólares. En ese momento arremetía contra el recinto con voz altisonante, como la de un director de subastas, ante medio docena de almas que estaban frente a él, expectante e hipnotizadas por la desnudez de sus palabras. Lo miraban con cierta reverencia, mientras él se desgañitaba con el énfasis teatral que le imprimía a cada frase de su monólogo que rememoraba la historia de una esquina de putas.

Nunca supe su nombre, lo llamaré Don José a secas para los fines de esta crónica.

El ambiente del lugar me resultaba medieval, la impasibilidad de los presentes, cuerpos cansados hace tiempo, con sus rostros de humanidad dormida. Don José hablaba de la rutina negadora de la vida que propiciaba la infelicidad. Recordó otra ciudad sin nombre en la que había descubierto una posibilidad abierta al paraíso. Una esquina capaz de borrar en un instante esa faz de mundo hostil y degradante, transformar la depresión en entusiasmo.

Era una esquina que surgía del cruce de una calle y una avenida, pero en un haz que escapaba a las miradas comunes se revelaba un ambiente, una suerte de burbuja que surgía en medio de la calle, contenida en la atmósfera de un universo oculto, em donde solían fugarse quienes lograban robarle minutos a las horas de vida que habían vendido a las empresas para subsistir, y se iban a escondidas a descolgar ese tiempo en aquél espacio habitado por las ofertas flamígeras del amor, los descotes, los labios de carmín, el perfume alucinante que embriagaba por desbordarse en las caricias y el sexo tarifado de las putas.

Sin quitar la mirada a su copa de vino en la que parecía utilizar como bola de cristal para ver las escenas del pasado, Don José, sentado en medio de esa mesa sin lustro, aquél día lluvioso del invierno europeo, hurgaba en su memoria con visible entusiasmo, como quien lanza al río de sus memorias el anzuelo de sus palabras para pescar un pedazo del tiempo perdido.

Entre palabras, Don José tomaba un sorbo de vino, dejaba la copa sobre la mesa, si quitarle la mirada, mientras degustaba la bebida, paseando el líquido unos segundos por su boca, como un catador cuando analiza la virtud sensorial del tinto, y sin levantar sus ojos de la copa siguió relatando con tono de solemnidad, “ninguna de aquellas mujeres, tenían un rostro real, el rostro siempre se los poníamos nosotros, o sino ellas llegaban con sus máscaras elaboradas para la seducción. Paseaban sus siluetas ceñidas a las bondades del cuerpo, prendas sugestivas, iban bañadas en perfumes de almizcle que herían la razón, y se movían con un tongoneo de carmín detrás del cual emergía la imagen del fetiche, idea que nos asistía en el momento de alquilar por una hora nuestra idea fugaz hecha mujer”, dijo.

Don José recordó que los visitantes de aquel paraíso se dejaban arrastrar por lo ilusión que cifraban sus sentidos: “éramos nosotros quienes las vestíamos con el ropaje que fabricaba la fantasía de nuestra mente, veíamos lo que queríamos ver, vírgenes, santas o perversas, porque nuestros ojos en ese momento miraban a través de las metáforas eróticas que reposaban sobre aquellos cuerpos en alquiler, cada uno dispuesto para la entrega de esa ficción que era el refugio al que la brevedad de nuestros instintos no podía renunciar” .

En instantes su mirada parecía extraviarse, en ell fondo de un abismo, y decía: hubo amores, si los hubo; pero de los que nunca supimos su nombre verdadero, porque sólo existieron en la brevedad; simple, ellas no eran ellas, eran sólo un instrumento utilizado por el tormento de nuestras almas románticas.

Al final de aquella tarde, quizás asistido por ese sentimiento de pesadumbre que suele acompañar a quien se sabe desalojado de lo fantasioso y está condenado para siempre del reducto de su realidad , Don José dijo en tono melancólico, “creo que aquél paraíso jamás existió, fue un espejismo de nuestros propios anhelos, algo con lo que le dimos rienda suelta a lo que imaginaba el deseo, y eso es algo peligroso, porque distorsiona nuestra manera de ver las cosas y hace que actuemos de manera alocada, con la conciencia anulada por el sentimiento lúdico.

“Por eso digo que sólo existía para nosotros -reiteró Don José-; porque tal como nosotros veíamos aquél lugar, nunca existió para ellas.

“A decir verdad -enfatizó-, aquella nunca dejó de ser una esquina quejumbrosa y patética, un "zoohumano" donde pululaban todas las especies malvivientes, un zoo que se extendía alrededor de unos cuatrocientos metros a la redonda, en el que vivían encerradas esas mujeres condenadas a llevar una existencia brutal y desolada, desterradas del mundo real.

En la representación de esa tragedia había muchos matices de personajes -dijo Don José- estaba la penitente, con sentimiento de culpa por el simple hecho de ser mujer, porque se consideraba un defecto: la engañada que buscaba venganza hiriéndose a sí misma, la vampiresa que sólo deseaba devorar almas humanas y la ritualista, que ejercía una especie de prostitución sagrada, tal como existió en Grecia en los tiempos antiguos, cuyo fin y arte es el oficio, como las que servían en el templo de la diosa Afrodita y que estaban obligadas a entregarse al desenfreno sexual de quien llamara a la puerta.

Antes de despedirse con el vaho lento de la tarde, Don José de pie y con la copa en la mano, concluyó diciendo que aquel paraíso “perdido”, como todos los que se convierten en palabras, fue el desespero de una incomprendida utopía del placer, que los hacía ir tras lo imposible, como ir a buscar ángeles en el infierno.

Cuando salí, la calle la lluvia había cesado, con su suelo humedecido me pareció más estrecha de cómo la recordaba, el agua sobre su calzada de piedra le daba un brillo del pasado, me adentré por su estrechez mirando cada esquina, como buscando alguna pista del paraíso perdido de Don José.

*Texto tomado del libro: El oficio más viejo del mundo y otras crónicas / AUTOR: Douglas González Carmona


lunes, 23 de septiembre de 2024


LA SEMEJANZA DE UN HOMBRE


En los años de la post-guerra, a finales de de la década del 40, los escritores Herman Hesse y Thomas Mann, mantenían un serio intercambio epistolar.  En una carta que Hesse le envía a Mann le advierte que no confíe que todas esas personas que suele ver a diario salir de sus hogares con impecables camisas blancas, con trajes y elegantes corbatas, empujando los cochecitos con sus bebes, y sus zapatos bien lustrados son hombres. No lo son. En realidad no son seres humanos, son la semejanza de un hombre. 

Herman Hesse se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, para ilustrar una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la vida auténtica y el conformismo superficial. Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de autenticidad o profundidad interior. Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.

Hermann Hesse, en su carta a Thomas Mann, donde se refiere a ciertos individuos como “semejanzas humanas” o “bípedos”, está profundizando en una de sus temáticas filosóficas recurrentes: la diferencia entre la "vida auténtica" y el "conformismo superficial". Lo que Hesse señala es que muchas personas, aunque cumplan con las expectativas sociales (ropa impecable, comportamiento cívico, roles familiares), no viven desde un lugar de "autenticidad" o "profundidad interior". Para él, estas personas solo imitan la forma humana, pero no encarnan plenamente lo que significa ser un "hombre" en el sentido espiritual y existencial más profundo.

Hesse siempre estuvo profundamente influenciado por el "existencialismo" y las ideas de "individualidad". En obras como "Demian" o "El lobo estepario", explora la lucha entre el ser interior y las máscaras que la sociedad nos impone. Hesse cree que muchos seres humanos viven como autómatas, sin cuestionar su existencia o conectarse con su ser más profundo. Se adaptan a las normas y convenciones sociales sin reflexión.

La década de 1940 es un periodo en el que la industrialización y el progreso tecnológico habían generado un cambio en la vida urbana. Hesse veía en este nuevo estilo de vida un peligro: la "alienación del ser humano" frente a la rutina diaria, donde el comportamiento cívico y las apariencias externas se convertían en el único parámetro de valor, en lugar de la "búsqueda interior" o la "autenticidad".

En sus escritos, Hesse a menudo critica el concepto de "hombres-máquina", individuos que, si bien mantienen un aspecto impecable y cumplen sus funciones sociales, han perdido contacto con su alma, con su esencia más íntima.

Hesse también fue influenciado por las filosofías orientales, particularmente el budismo y el hinduismo, que ponen un gran énfasis en la idea de la "ilusión" o "maya": la apariencia superficial del mundo que oculta la verdadera naturaleza de la existencia. De este modo, muchas de las personas que cumplen con las expectativas sociales son como “semejanzas humanas”, atrapadas en esta ilusión, sin buscar el verdadero sentido de su ser.

 En su famosa novela El lobo estepario, Hesse habla de la dualidad que existe en el ser humano: por un lado, la parte civilizada y, por el otro, el lado salvaje, instintivo. Aquellos que solo viven en la superficie, preocupados por sus camisas blancas y su buen comportamiento, han reprimido esa parte de sí mismos que es más auténtica y verdadera, convirtiéndose en una especie de “caricatura” de lo que es ser humano.

Hesse, al calificar a algunos individuos como “bípedos” o “semejanzas humanas”, no está atacando su humanidad per se, sino señalando que no han alcanzado una vida verdaderamente plena y consciente. En su visión, ser humano no es solo cumplir con las expectativas externas, sino también conectar con el yo profundo, cuestionar la existencia, y perseguir el autoconocimiento.

Lo que cuestiona Hesse es la sociedad-espejo, donde existe la tendencia a dejarse llevar por las apariencias y las expectativas sociales, mientras se ignora la necesidad de una vida reflexiva y auténtica. Para él, muchos se conforman con el “rol” de ser humano, sin explorar la profundidad y el sentido más amplio de la vida, lo que los convierte en una especie de "espectro" de lo que podrían llegar a ser.

Hesse critica la superficialidad de aquellos que parecen humanos en el sentido externo pero no lo son en el sentido más profundo, porque no han despertado a su verdadero ser. Es una invitación a no ser "simulacros" de lo que se espera de nosotros, sino a buscar la autenticidad en nuestra vida.





lunes, 15 de julio de 2024



Bella entre las bellas

Al tercer día de cumplir 83 años, Zoila recibió el regalo de su vida, fue electa Reina de Carnaval del asilo de ancianos donde residía. 

A partir de ese momento, sintió que era arrastrada por el tiempo inmemorial, y que las agujas que señalan el tiempo finito que orienta el sentido de las vanidades, aceleraban su corazón, y en su cuerpo estalló una vitalidad desbordada para ella desconocida, pensó que era algo natural entre las mujeres que son declaradas soberanas de la belleza, bella entre las bellas. 

El rostro de Zoila dibujó en su rostro una sonrisa del tamaño del cielo cuando le colocaron la corona de cartulina forrada con diamantinos de plástico, bañada en el falso oro creado con escarcha dorada y retazos de oropel, que como un embrujo apagó en una brevedad las horas sordas y largas del tiempo, de su fealdad y anuló todos los años de ostracismo, abandono y soledad que acumuló su cuerpo como una segunda piel y que estaba pegada a ella.

Ese día Zoila sintió que no recibía una corona, sino algo más, una suerte de bendición absolutoria, algo que descendía desde lo más alto del cielo, como gesto de una tardía justicia divina que ponía fin a su condena irrevocable de fealdad que la acompañó toda la vida, porque Zoila era fea, porque los dioses de la belleza, Apolo y Afrodita, se habían negado a mirarla cuando nació.

Quizá por eso Zoila llevó la corona pocos minutos, porque cuando la directora del ancianato la colocó en su cabeza, Zoila fue encandilada por los destellos de ese artificio plástico escarchado que brillaba como mil soles, le dio un beri-beri, una especie de descompensación de la existencia y cayó de largo a largo, sin sentido, debido a ese éxtasis emocional y murió.

El médico que la examinó y firmó el acta de defunción, dictaminó: muerte por ictus, aunque para Zoila fue sumirse en un largo letargo del sueño con la sensación eterna de su reinado, sentada en su trono hecho de cartulina de colores y adornos de papel crepé, del que no se levantaría jamás.

El destino que selló aquel día como el único de su vida en que fue bella, hizo el milagro que por años estuvo esperando años. Sin saberlo, aquella tarde Zoila fue coronada como la más bella sólo para ir a tocar las puertas del cielo.

miércoles, 10 de julio de 2024

 Amor en contraste



Leer "El Mono Blanco" de John Galsworthy, cien años después, conlleva un dilatado y profundo ejercicio de contraste. El Mono Blanco es una novela que forma parte de la saga de los Forsyte escrita en 1924, y todo un clásico de literatura inglesa del S.XX, escrita por Galsworthy, premio Nobel 1932, una novela que describe los aspectos del amor como se vivía en la época post-victoriana, con la precisión de un cirujano, y así nos lo presenta: cercenado, domado, condicionado, mutilado, por decir lo menos. 

Sujeto a las férreas convenciones sociales que imponían a la desbocada naturaleza del amor, la pasión, el rigor de una camisa de fuerza.

A medida que avanzaba en la lectura de la novela -Tomo V. Los Premios Nobel de Literatura / Editorial Plaza y Janés (papel biblia) 1964 - recordaba la película Lost in Traslation, de Scarlet Johanson y Bill Murray, sobre el encuentro de dos amigos en Tokio, entre los que nace un amor cómplice guiado por la necesidad que a ambos les impone un sentimiento de soledad que los lleva a abrazar un sentimiento ambiguo, desbordado en la atracción, la búsqueda, el roce cercano y que viene a ser como una revelación sobre los sentimientos de estos dos personajes, pero en ese preciso instante en que la historia parece próxima al desenlace carnal, ese amor que no merma y los tiene apasionados, rompe con todas las convenciones, se despiden, con la promesa de esperar una nueva oportunidad.

El denominador común se preguntará qué es ¿amistad profunda o amor no convencional? Una inventada manera de amar en abandono. Sobre la mesa quedan abiertas las cartas de la profunda conexión emocional y de una intimidad que no trasciende lo físico.

La pareja protagonista del Mono Blanco, Dinny Cherrell y Michael Mont, es un matrimonio que se enfrenta a diversas pruebas. Michael, en un momento de tensiones entre el progreso económico y las tradiciones familiares, un enfrentamiento entre el dinero y los ideales.

El amor y el contraste en la novela de Galsworthy, lo determina las rígidas estructuras de clase y las convenciones sociales de la Inglaterra de los años 20 del siglo pasado. Las relaciones están sujetas no por los individuos, sino a las expectativas de la sociedad y la presión por mantener las apariencias, que los maneja como unas marionetas, lo que impide puedan ir tras sus sueños.

En la película "Lost in Translation", el amor se desarrolla en el contexto moderno y multicultural de Tokio, donde sus personajes están muy lejos de sus entornos familiares y sociales; es esta desconexión lo que les permite abrirse a una relación libre de restricciones sociales, aunque sigue siendo compleja y ambigua al mismo tiempo, debido a los propios compromisos personales de cada quien, y que tienen un peso en sus respectivas existencias. Sin libertad para amar.

"En el mono blanco", el amor matrimonial de Michael y Dinny Mont es una relación formal y comprometida, pero también llena de conflictos. El amor es visto como un capital social, algo que debe ser mantenido a pesar de las dificultades y las insatisfacciones personales, sin posibilidad de ser libres.

Mientras que  "Lost in Translation" nos propone una mirada más efímera y menos definida. Porque se trata de una conexión emocional profunda que surge en un breve encuentro, donde ambos encuentran consuelo y comprensión mutua. El amor es un algo transitorio, nada lo ata a largo plazo, vive del momento.

En "El mono blanco": de Galsworthy las tensiones amorosas se resuelven desde la moral del deber ser, a pesar de sus dificultades, poco a poco los personajes encuentran la forma de coexistir dentro de lo establecido.

Quizá el argumento más relevante de la película de Coppola es que abre un compás al futuro en la relación entre Charlotte (Scarlett Johanson) y Bob (Bill Murray, a dejarse redescubrir en lo abierto e incierto, porque el futuro es lo que no se sabe. 
A diferencia de Michael y Dinny, no hay nada definido, ni un escenario claro sobre si su conexión se transformará en algo más o si permanecerá como un recuerdo significativo. 

El final cerrado que tiene el amor en El Mono Blanco, arraigado en esa frase lapidaria, hasta que la muerte los separe, contrasta con el final abierto de Lost in traslation, que refleja la ambigüedad y la naturaleza indeterminada del amor del mundo moderno.


Amor en contraste