miércoles, 8 de marzo de 2017



INGREDIENTES QUE FALTAN

A decir de Saúl Bellow: Esta sociedad con sus titánicos productos nos condiciona pero puede desnaturalizarnos totalmente. Obliga a esconderse  a determinados elementos del genio  de nuestra especie. En Norteamérica, tales elementos ocultos adquieren formas secretas, curiosamente personales. Unas adquieren formas secretas curiosamente  personales. Unas veces corrompen a la gente, otras las impulsan a actuar con sorprendente generosidad. En conjunto, no se los encuentra en lo que denominamos nuestra Cultura.
No están en la calle, en la tienda, en el cine. Son los ingredientes que faltan.




El mayor peligro ya lo advertía Dostoeivski en, los hermanos Karamazov es el hormiguero universal (la aldea global). D.H. Lawrence consideraba que la gente corriente de nuestras ciudades se asemeja a la gran población de esclavos de los imperios antiguos. Joyce estaba convencido al parecer de que lo que le acontecía al hombre de la calle, su vida exterior, no era lo bastante interesante para narrarlo. En su prefacio a “Solitaria”, del filósofo ruso Rozanov, James Stephens afirmaba que el novelista se esfuerza en mantener vivos artificialmente  sentimientos y estados de ánimos extintos en el mundo moderno, dando a entender que no hacemos sino halagar a los enanos revistiéndolos con las pasiones de los gigantes.

miércoles, 1 de febrero de 2017


Anotación sobre José Saramago



Lo primero que leí de José Saramago –Premio Nobel de Literatura 1998- fue esa alucinante y desmedida novela que uno parece seguir leyendo cuando terminó su última página:“Ensayo sobre la Ceguera” –algo que con el tiempo descubres sigue ocurriendo con cada una de sus novelas.
Hasta leerlo, Saramago era la lejana referencia de un escritor portugués que había ganado el premio Nobel, pero una vez que frecuentamos su literatura se hace imprescindible seguirle los pasos a toda su obra. 

“Ensayo sobre la ceguera”, no sólo es una sorprendente historia, fantástica, impresionante por el entretejido de su escalada ficcional lograda de manera excepcional por el autor. Pero al mismo tiempo es un texto sembrado de paradojas, todas apuntan sobre la condición del sujeto alienado que habita nuestra sociedad, poblada por millones de seres que ven sin estar viendo ver la realidad, realmente, tal cual es, sino que ven la realidad aparente que les proporciona el modelo transferido y predeterminado que se ha establecido en su subjetividad.

Esa es la principal alerta que lanza Saramago: estamos rodeados de seres que creen ver sin ver absolutamente nada. Para el Nobel esto no es producto de un suceso espontáneo o casual, sino predeterminado por la llamada Industria Cultural, proceso de mistificación de las masas.  “Creo que nos quedamos ciegos –apunta-, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven. Quieren consumidores ciegos (el sistema) que ni lean, ni piensen. Ese es el futuro”. Destino propio de esas mentalidades en constante transferencia que pululan en esas masas obsesionadas y compulsivas que buscan en el mercado el mejor molde donde encajar su existencia, y que los convierte en piezas perfectas de la sociedad consumista y todo lo que ella representa con sus fatuos valores y un extenso formulario del deber ser”.

Saramago quien fue un confeso hombre de izquierda dice que la sociedad actual gravita en torno a los centros comerciales, el hombre no sólo se ha olvidado del hombre, se le ha olvidado ser ciudadano, “porque entre ciudadano y consumidor, prefiere ser consumidor. Si olvidamos los grandes valores estamos ciegos. Vivimos en un mundo donde la mayoría de la gente va a terminar siendo excluida, el consumo va a ser sólo para los privilegiados”.

Con Saramago se pasa rápidamente de la comprensión y el placer del texto, al contagio inmediato de su literatura, espacio donde nace ese puente de complicidad entre el lector y el libro como intermediario, y como siempre sucede esto nos condujo a la amistad literaria, esa suerte de complicidad a distancia, que no está precedida por un apretón de manos, sino por la puerta abierta que nos deja en cada una de sus obras, puertas a un mundo donde se nos muestra el denso imaginario que Saramago explora con la palabra. Con su narrativa levanta una larga torre de Babel que se ve atestada por la diversidad y lo múltiple de los personajes fijados a sus recuerdos, lo que en su opinión, son la gran justificación de su oficio como escritor: “creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos”.

Personajes a los que da vida como un pintor deja sus pinceladas en la densa geografía de ese otro lienzo que es la página en blanco, con las que siempre traza su narrativa versátil y culta, esmerada, meticulosa, sencilla, diáfana y precisa, aplicado a su oficio como los orfebres cuando elaboran joyas eternas, y ese fue parte de su quehacer, convertir sus recuerdos en una sucesión de obras, configurando lo que hoy conocemos como el arte narrativo de José Saramago.

La ventaja que nos otorgan las amistades literarias es que no están sujetas a los estados de ánimo y, en muy poca medida a los desacuerdos- y cuando surgen por lo general son estrictamente teóricos-. Son amistades que desde ese horizonte de la palabra dormida que habitan los libros, nos acompañan con su silencio cómplice que es el intercambio que produce el verbo escrito cuando es leído, reiniciando el secreto juego de volver inaugurar mundos, descorrer las cortinas que nos descubren esos otros rostros del universo; tal como asegura el escritor George Steiner: “En el mejor de los casos, el gran escritor añade graffitis sobre los muros de la morada ya existente del lenguaje. A su vez, estos graffitis ensanchan paredes y complican aún más sus ecos”.

Ese año se celebrará el séptimo aniversario de la muerte de José Saramago, poeta, escritor y dramaturgo que nació en el pueblo rural de Azhinaga en Portugal (1922). Jamás fue a la Universidad, como todos los autodidactas del oficio de escribir, primero se hizo lector y luego escritor, pero nunca le dio la espalda a sus raíces enraizadas en la inquietante memoria de sus abuelos.
“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir” dijo de Jerónimo Melrinho, el padre de su madre, campesino que sólo había aprendido a  leer el paso del tiempo en todas las cosas que lo habitan. 

Saramago recuerda que eran tan pobres que en invierno tenían tan poca leña que se veían obligados a dormir con la cría de sus cochinos para que no se murieran de frío.
A José Saramago le debemos una prodigiosa literatura y una vida  que casi perduró hasta los cien años. Una de las mejores definiciones que llegó a escribir José Saramago sobre sí mismo, y que mejor retrató el ánimo y anhelo que lo acompañaron sus últimos años fue en la que afirmó ser “un señor respetable que oyó demasiado ruido en su vida y le gusta el silencio y la palabra justa”.


viernes, 6 de enero de 2017



EL DIA Y LA NOCHE se repartían por la ciudad como un crucigrama, la ciudad contenía muchas noches y muchas mañanas y atardeceres en un mismo día, pasabas una calle donde despuntaba el amanecer y al otro lado podía estar cerrándose la noche en la madrugada. La gente empezó a perder el sentido original de las 24 horas, simplemente se acostaban cuando tenían sueño. Algunos idealistas les dio por salir a buscar el día y la noche que les pertenecía, pero era una tarea imposible de realizar en medio de esa vorágine de luz y oscuridades que se cernía por todos lados. Lo único que pudieron precisar es que la duración de los días y las noches dependían del estado de ánimo del durmiente que los soñaba. Nadie estaba a cabo de saber cuál era la noche de verdad y cuales eran las aparecidas por las fantasías de un sueño. 
[Aquí como que nadie habla de amor/Douglas González]

miércoles, 4 de enero de 2017



Los Locos

"Cuando la imaginación de los sueños se coló en la realidad y comenzó a alterar las cosas muchos se volvieron locos, porque nadie estaba hecho para soportar una visión tan múltiple, diversa, contradictoria, fantasiosa y exigente, donde lo real había que salirlo a buscar todos los días, como una aguja en un pajar. A eso lo llamaron el mal del sueño aunque era como si estuvieran muertos, porque permanecían deambulando en los laberintos extraviados de la conciencia".
[Aquí como que nadie habla de amor / copyright- Douglas González ]


martes, 3 de enero de 2017

 Le dijo que el amor era un sentimiento contra natura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa. [García Márquez]





Fragmento de “Hola Lulú soy Romeo”
[Apuntes de un cuento]

D.G
 “Hola Lulú soy Romeo”, es una sucesión de nostalgias en movimiento perpetuo que no convalidan para el recuerdo, y es que las historias tristes no necesitan memoria –eso leí por ahí-, se llevan a diario por todas partes, igual estarán a nuestro lado cuando crucemos una avenida principal, o si caminamos por una calle desierta y anónima, o si bien topamos con algún callejón de apariencia accidentada, seguirán a nuestro lado.

Tampoco importará el comportamiento climático, si hace frío o calor. Por eso le será indiferente si recurre a ti en medio de una mañana del final de ese mes de tiempo impreciso que es agosto, para venir a esconderse en algún lugar lejos de ti mismo. O si es una de esas tardes frías que suelen pintarse en diciembre. Pero lo que sí es seguro es que donde te agarre lo hará para siempre, y se quedará ahí contigo. ¿Dónde ocurre? La ciudad o el pueblo, no importa es lo de menos, más peso tienen los días que la suceden a eso que fue una entrañable y efímera sensación de felicidad hasta derivar en ese lúgubre descenso que es el desasosiego, el llamado paroxismo de la soledad de quien se asoma una y otra vez a los abismos de la desesperación.

Esta historia puede ser la de un hombre y una mujer cualquiera, si de nombre normal, Laura o María, y la de un hombre común y corriente, y también sobre muchas de las personas que vivieron alrededor de los dos, los que les querían pero creían que no, y los que jamás supieron que les tenían afecto pero descubrieron mucho después que sí, como siempre suele suceder cuando inevitablemente, ya es muy tarde.

Un hombre y una mujer que se amaron con la violenta prescindencia que los apartó de sí mismos hasta convertirse en una transparencia de su ser, como si se tratara de un hecho simulado, pero siendo los mismos y a la vez tan diferentes. Cada uno viviendo vidas distantes más allá del amor que los convocó. Por eso para escuchar historias como estas lo que menos necesitas es memoria, porque el dolor no requiere de ese argumento para elaborar sus propios recuerdos.

La memoria sobra cuando lo que se necesita para escuchar historias como estas es compasión al descubrir que no todas las luchas despiertan al espíritu guerrero, y como a veces el amor no basta para tener las cosas que se quieren y que nunca se llega a doblegar las obsesiones que siembra el apego. Por eso esta nunca será una historia del momento, tampoco teatral, ni cotidiana, es una historia donde el tiempo es lo de menos, pero si las obsesiones y las sensaciones que quedaron registradas en él. Esta historia no necesita que nadie la escriba, ni siquiera que una Musa la inspire, porque cuando se cuenta en momentos hay extravío donde emerge la voz en la garganta y la palabra se borra en ese espacio impreciso donde nace el silencio.

viernes, 21 de octubre de 2016



¿Se está devaluando el Premio Nobel de Literatura?

D.G

Cuando apenas ha transcurrido menos de una semana de haberse anunciado a Dylan como el ganador esta premiación le ha tocado navegar a medio camino entre el mal chiste de factura circense y lo que es un total desagrado. Transcurridos estos primeros siete días, el mundo literario como si fuera una maquinaria de un tren a vapor empezó con un lento arranque inicial, con puntuales pero muy comedidas críticas pero marcando cierto distanciamiento al conflicto, pero éste ha ido ganando velocidad, hasta llegar no sólo a cuestionarlo, sino a confrontar la naturaleza del galardón, al que se evalúa como un desacierto, como un capítulo oscuro en la historia de los Nobel, que sin duda pasará con más pena que gloria –lo que es un exhorto a la Academia Sueca para que evite, a futuro, una nueva devaluación de su presea-, a apropósito de esta afirmación el escritor Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura , dijo que Bob Dylan puede ser  un extraordinario cantante, pero no es  buen escritor.



Pero a los entendidos de la literatura esta premiación errática no les cayó de sorpresa, ya se había diferido el anuncio del ganador por poco más de una semana de la acostumbrada fecha  del anuncio protocolar, para ellos en esa semana de dilación sirvió para cocinarle el Nobel a Bob Dylan, algo de última hora, la mayoría  juzga que fue una salida fácil para no otorgárselo a quien en realidad se lo merecía este año, al novelista norteamericano Philip Roth, quien ha estado prevenido al bate - es decir esperando turno- por varios años consecutivos, además encabezando la lista de favoritos.





LITERATURA NO COMPLACIENTE

El silencio abre espacio a las conjeturas, y el mutis se cierne alrededor de la figura literaria de Roth, y en el caso de la Academia sueca, da a entender lo que para muchos siempre ha sido una sospecha, Phillip  Roht es un gran novelista –de lo que no hay duda- pero al parecer es un autor muy incómodo para premiar, por sus posturas anti estabilishment, la ironía con que trata el mito del sueño americano, su irreverencia ante el culto a la sociedad de masas, y su amplia escala de valores frívolos. No cree en las formulas para la vida feliz, que es lo que según Roth domina al mundo en estos momentos, como ese anhelo único. Una vida que la única libertad que te da es la de elegir: “Todo el mundo padece un trauma de adaptación, porque llevan una existencia privada de libertad”.

Según la opinión de algunas voces calificadas que año tras año vienen analizando los Nobel de Literatura, así como los entretelones de cada premiación, y el average de sus candidatos, concluyen que la Academia se distanció definitivamente de otorgarle el Nobel a Phillip Roth, por considerarlo un acto de provocación y de suma incomodidad, quienes al parecer ante la evidente realidad de premiarlo, prefirieron hacerse los suecos –cuestión que al parecer no les cuesta mayor trabajo-, y sacaron de la chistera del mago el nombre de Dylan. Algo que ha llamado la atención es que al parecer casi ninguno de los del comité de premiación, incluso su secretaria, Sara Danius, conocía la obra musical de Dylan a profundidad, la misma Danius confesó a la prensa que a lo sumo había escuchado un par de canciones del cantautor en toda su vida, lo que ya es mucho decir, ¿qué restaría para el resto del jurado?



UN MAR DE CONTRADICCIONES

La estampa del rebelde sin causa que encarnó la generación  Beatnik, o generación Beat, –sobre cuyo performance la Academia Sueca le otorga el Nobel- no tuvo en  Dylan, su mejor ni más grande exponente como poeta, tuvo otros como Alan Ginsberg, Jack Kerouac y hasta el mismísimo Willian Burroughs,  todos, cultivadores de esa literatura underground hecha por y para jóvenes irreverentes que usaban jeans las 24 horas y nunca iban a la barbería, ninguno de ellos jamás fue mencionado para un Nobel, entonces quedamos que sobre la literatura Beat, no recae eso que dijeron para justificar el premio de Dylan, por su nueva forma de narrativa para decir o narrar las cosas, simplemente porque otros ya habían inventado esa forma de decirlas y con mayor riqueza y propiedad literaria.

Salvo algunos defensores, para todos ha sido un acto hiperbólico, pantagruélicamente exagerado en el que incurrió la Academia Sueca al darle un posición de exagerada relevancia al canta-autor,  un premio que ha dejado sabor  tan simple como el de una ostia, sin dejar nada que saborear.

Bob dylan hasta ahora ha guardado silencio sobre la premiación recibida, algunos especulan que incluso pudiera rechazar la presea del Nobel en un acto de soberana honestidad. El único laureado que ha rechazado públicamente –a través de una carta- recibir el Nobel, fue el filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre-. Un hecho indudable es que a estas alturas de los tiempos Dylan es un cantautor muy poco radiado, cuyas canciones, no se corean con la misma permanencia como la de los Beatles –por citar un grupo musical legendario que también fue pionero en eso de inaugurar una nueva narrativa musical-.



LOS LIBROS DE PHILLIP ROTH

Son muchos los epítomes con que se reviste a Phillip Roth el escritor, y su obra, la sensación de tierra baldía con que impregna su narrativa –desolación palpable-, otras veces muy brusco, pero eminentemente feroz. La obra de Roth no es para nada apacible, es una narrativa intrincada que fácilmente conduce al lector a ese estado de desasosiego de la existencia.

Roth salta a la palestra literaria con su novela Adiós Columbus,(1959), bien recibida por la crítica, pero con una alta dosis de polémica, obra con la que ganó el National Book Award de 1960. Nueve años después Roth vuelve a ser punto de una polémica virulenta con El lamento de Portnoy (1969) Pero su narrativa tuvo que esperar treinta y siete años después para lograr su definitiva consagración al serle concedido el prestigioso premio Pulitzer con una de sus más importantes novelas: “Pastoral Americana”, donde vuelve a poner en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana, desenmascarando la ilusión de que todos pudieran vivir todos los días un feliz día de acción de gracias, con la contradicción que significó la guerra de Vietnam como telón de fondo. En 1988 recibió la Medalla de Oro de Ficción, concedida anteriormente a los escritores John Dos Passos, William Faulkner y Saul Bellow.

Phillip Roth es el último de los mohicanos, el último representante de una estirpe de escritores, de la llamada literatura dura, de hombres que se hacían a partir de cero, que pulso a pulso fue creando la gran narrativa moderna norteamericana. Su tema es el hombre frente a la sociedad que pese a su complejidad no lo descifra, todo lo contrario lo envanece, sea la gran depresión, la segunda guerra mundial, la guerra de Vietnam, el culto al dinero, el reconocimiento y la fama, en fin el recetario del sueño americano, y lo que habita al otro lado, las miserias humanas, los padecimientos de la gente, sus ansiedades por la existencia y sus penurias, esa parte de la vida que muchas obras literarias tienden a invisibilizar.  Mientras que Dylan, es un viejo caballo que difícilmente arranque a trotar, pastea apaciblemente en los establos del sistema, donde al parecer ni siquiera recibir el Nobel logra sacarlo de su apaciguada zona de confort.

miércoles, 14 de septiembre de 2016





El tiempo y los tiempos de la conciencia

El tiempo exterior de los relojes y el tiempo interior de la conciencia nos impide conocer al tiempo como una unidad, sino en una derivada fragmentación. La escritora inglesa Virginia Woolf señalo a este respecto que la única manera de conseguir la visión unitaria en este mundo fragmentado, es a través de la propia e individualizada percepción, con la que elaboramos el mundo de nuestras observaciones cada vez que lo vemos una y otra vez.


En el universo de las pasiones –por ejemplo- el tiempo suele ser un acertijo sin solución. Ernesto Sábato en el memorable capítulo 34 de su novela El Túnel revela la acuciante angustia del tiempo cuando es marcado por las agujas de las emociones, donde en un minuto se puede vaciar la eternidad entera.

“Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes de ese tiempo anónimo y universal de los relojes que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de la muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo […]”.


El tiempo es uno de los elementos obsesos de los enamorados: “Estar contigo o estar sin ti es la medida de mi tiempo”, escribió Borges. Esa obsesión la encontramos en Woolf como representaciones: diálogo que la es del verbo, el tiempo exterior, y el monólogo el tiempo en toda su interioridad. En su obra Virginia Woolf siempre tendrá entre ambos elementos una permanente tensión y reacomodo, tratando de subvertir su visión del mundo una y otra vez, entre el tiempo mecánico observable de los relojes, y los fragmentos de tiempos que habitan el interior de la conciencia humana.